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Yo lo esperaba en el apartamento de un viejo amigo; me había hablado tanto de él, de su capacidad para juntar los procesos, para analizar las cosas, su tesón para el trabajo con la gente, que sin conocerlo ya lo admiraba. Lo vi entrar por la puerta, se le notaban los años, pero irradiaba tanta vitalidad que uno identificaba allí a un hombre con la efervescencia propia de las juventudes más rebeldes. Esa cálida mañana conocí a Chucho. Me habló de la Minga, del Precongreso de los Pueblos, de caminar la palabra y mandar obedeciendo. Pronto nació una relación de compañerismo intenso entre ambos.

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Hablando con Amanda Chavarría, su compañera de vida, con la que luchó, construyó sueños colectivos y con quien dieron vida a Juan, su único hijo, supimos que Chucho nació un 16 de enero de 1953, en el corregimiento de Altamira del municipio de Betulia (Antioquia). Desde los 16 años ayudó a organizar varias tomas de tierras para comunidades que no tenían dónde vivir. Desde entonces estaba sintonizado con el movimiento social, particularmente con el movimiento campesino ligado a la ANUC (Asociación Nacional de Usuarios Campesinos). Poco después trabajó con una organización que se llamaba Solidaridad Un Peso por Cuba, que tenía como propósito conseguir recursos para enviar a este país.

Hizo parte de varios sindicatos de Medellín, como Asivipa, un sindicato de vigilantes. Con amigos organizaron también varios grupos de trabajo en algunos barrios para prestar vigilancia, por una parte, para tener la relación con la comunidad, y por otro lado también para ayudarse económicamente a sobrevivir.

Participó en la preparación de los diferentes paros que hubo en el departamento de Antioquia, como el paro de 1977 y 1985. En este último se hizo un encuentro en la ciudad de Bogotá al que llegó gente de todas partes: campesinos, indígenas, afros, obreros, gente de los barrios, estudiantes de diferentes universidades, entre otros, para preparar lo que fue el paro cívico nacional de ese año. Chucho estuvo de lleno en esa labor.

Esa dedicación, sus métodos de trabajo y la conciencia que él había desarrollado lo fueron proyectando como un líder de alcance nacional, y como era opositor a las políticas de Gobierno, fue detenido en 1994 en el marco de la cacería de brujas que buscaba ligar al movimiento social con la insurgencia. Esa privación de su libertad física duró 14 años, hasta el año 2008.

Allí también se organizó con los presos políticos. Pasó por distintas cárceles y en ellas se empeñó en el trabajo de derechos humanos y de convivencia de todas las personas privadas de la libertad. Se esmeró por el reconocimiento que se le debe dar a las personas que están en las cárceles por motivos políticos. Cuando salió de la cárcel ya tenía una vivencia, una experiencia que le permitió continuar trabajando con los familiares de los detenidos políticos, y con la población carcelaria en general.

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Desde esa mañana me acerqué y empecé a caminar con él la palabra. Aprendí de su espíritu crítico, de su terquedad, de su paciencia y su alegría. Él era un joven de espíritu llevando con valentía el cuerpo de un veterano de mil batallas.

Él podía pasar horas enteras conversando con alguien, un vendedor informal, un académico, un sindicalista, una líder feminista, un estudiante, un habitante de calle, un “pillo” o un gran dirigente político. Pero no era un hombre solo de palabra, sino ante todo de acción. Dedicaba cada hora de su vida a conversar, escuchar, proponer y hacer: ese era su palpitar, su caminar la palabra, ir haciendo desde el mismo acto de poner en común o en contradicción las ideas y desde allí tejer las acciones transformadoras. Era en esencia un sujeto del cambio, polémico, irreverente, cuestionador, pero profundamente disciplinado y dedicado a los intereses populares.

Durante 2008 hasta el día que su corazón dejó de latir, y sus pasos se hicieron palpitar en la memoria de muchos, Chucho se dedicó con ahínco a la construcción del Congreso de los Pueblos en el Eje Cafetero. Se volcó a las veredas recogiendo y regando semillas como todo un custodio; por ello, las Escuelas Agroecológicas de la región lo acogieron y abanderaron como uno de los suyos. Se adentró en barriadas populares para trabajar con adultos mayores, con pequeños productores y parceleros, con artistas populares, con jóvenes, estudiantes universitarios, sindicalistas y todo el complejo y diverso mundo del campo popular. Para unos Chucho era un irreverente y crítico severo que polemizaba hasta una coma, para otros, la gran mayoría, Chuchito era un tejedor, un relacionista, un verdadero trabajador popular que sabía, y actuaba en correspondencia con ello, que solo el trabajo con la gente de a pie, desde la base, podría labrar los cambios necesarios para nuestra adolorida Colombia.

Desde finales de 2014 cuando su salud se quebrantó, enfrentó con la dignidad del guerrero aquella penosa enfermedad que lo invadía y no cedió ante ella ni un segundo. Tomó los cuidados necesarios entre la medicina ancestral y occidental, y siguió sin pausa en sus tareas. Puso lo mejor de sí para afianzar procesos agroecológicos en la región, sobre todo para emprender con más urgencia y tacto la labor de tejedor y así juntar diversos sectores sociales en función de la defensa del territorio y la lucha contra el modelo de despojo, en el marco de la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular. Este fue su más persistente anhelo en el último tiempo.

Aunque sus pasos se habían vuelto mucho más lentos que de costumbre, producto de aquella dura enfermedad que se acicalaba también entre su ya difícil diabetes, su sentir y su espíritu continuaban irradiando a quienes lo rodeábamos. La última vez que lo vi, estaba bastante débil, iba para Medellín a someterse una vez más a procedimientos médicos que le frenaran la metástasis que ya el cáncer le había hecho. Le preocupaba irse en ese momento porque se preparaba un gran encuentro regional por la defensa del territorio, y sin temor a engaños, Chucho era quizás el gran gestor de ese esfuerzo. Yo saldría de viaje también en un par de días, me dijo que había que seguir haciendo esfuerzos por la unidad, que había en la región un potencial enorme desde diversas colectividades y procesos sociales, que era necesario acercarnos a ellos y no esperar que ellos llegaran a nosotros. Tenía la esperanza de recuperarse para dar un poquito más en ese propósito. El mismo día que regresé de mi viaje me dieron la noticia de su fallecimiento.

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Ningunas palabras pueden describir mejor a Chucho que las de su compañera de vida, cómplice y estandarte: “Chucho era una persona muy tranquila, muy pensante. Fue una persona muy amorosa con todo el mundo, el hombre irradiaba amor por todas partes, entonces en lo personal fue muy humano, pero sobre todo muy tranquilo, no se preocupaba o no lo veía uno con esos desesperos o carreras. Siempre pensaba en qué vamos a hacer con esto, con aquello, como la preocupación por las demás personas. Él hablaba mucho de la normalidad de la muerte. Cuando él se dio cuenta que tenía cáncer, que no fue cuando se lo dijo el médico, sino que él ya lo intuía, él dijo no, yo ya sé que tengo cáncer, pero no, eso es bonito porque es que nos tenemos que preparar para la vida y nos tenemos que preparar también para la muerte”.

Mayo Villareal, o Mayito como muchos le dicen de cariño, partera de La Esmeralda, corregimiento de Arauquita (Arauca), recibió un disparo en la mandíbula cuando a su esposo lo asesinaron mientras trabajaba en su farmacia, la del pueblo; el pecado que provocó el disparo a Mayo fue haber sido dirigente de la Unión Patriótica en una época (los años 90) donde el terror era el pan de cada día. Entre las historias que ha vivido Mayo se encuentra el haber asistido en el parto a la esposa del General que dirigía una operación en el municipio; sus manos dieron la bienvenida a la vida en medio de la muerte y la guerra.

En Arauquita, más de 26 años después, la violencia sigue siendo reina, las Fuerzas Militares tienen poca presencia y parecen destinadas exclusivamente a proteger, cuatro kilómetros a la redonda, el oleoducto Caño Limón-Coveñas, un campo petrolífero gigante de Ecopetrol, empresa lista para iniciar el piloto de fracking en Colombia.

En este pueblo olvidado por el Estado, no solo hay ausencia de Ejército sino, según informes de Defensores de Derechos Humanos, presencia activa de grupos al margen de la ley entre los que hay excombatientes de las FARC, guerrilleros del ELN y según panfletos amenazantes, miembros de la Autodefensas Gaitanistas de Colombia.

El escudo del municipio reza “Arauquita tierra de todos”, el cuartel inferior izquierdo es blanco y simboliza la paz; Arauquita es tierra de indígenas y de negros, de gente que vive y escribe, como Tony Villamizar, hijo de Mayo y guionista del corto en pre-producción “Las luciérnagas vuelan en mayo” inspirado en la historia de su madre, y el cual iba a ser dirigido por Mauricio Lezama, hasta que el 8 de mayo del presente año hombres armados le propinaran seis tiros por la espalda mientras planificaba el casting para el cortometraje, en la misma vereda de Mayo, La Esmeralda.


Mauricio no solo estaba haciendo un cortometraje. Como promotor cultural inventó el Festival de Cine de Frontera en el puente internacional José Antonio Páez en el 2012 y 2013. En ese momento el puente no estaba militarizado y él aprovechó para poner una pantalla en límite entre Colombia y Venezuela; impartió talleres de cine y teatro en siete municipios de Arauca gracias al programa INI (Imaginando Nuestra Imagen) y fue el primer habitante de Arauquita que ganó un estímulo por parte de Proimágenes para producir su cortometraje.

Lezama fue asesinado haciendo cine de denuncia, preparando un casting en el que iban a participar niños y niñas afros e indígenas, para un cortometraje que iba a contar la historia de Mayo, la partera de la paz. Su asesinato no deja frenada la producción de la cinta pues guionistas y co-director terminarán una obra necesaria en un país donde por lo menos tenemos que contar nuestro dolor, ponerle palabras (e imágenes) a un aluvión de violencia que se vive cada día; su rostro a modo de protesta llegó a la alfombra roja de Cannes gracias a un puñado de directores y actores entre los que se encuentran Ciro Guerra y Carolina Sanín, pero es el día a día el que nos obliga a reivindicar la vida de los que luchan por mantener viva la memoria.

El campo intelectual de nuestro siglo se ha caracterizado por un giro hacia teorías que desprecian los aportes del marxismo a las ciencias humanas y los movimientos revolucionarios. En lo que Pierre Bordieu llama la “vulgata planetaria” un nuevo lenguaje trata de empoderarse de la historia, la sociología, la ciencia política y la filosofía. El resultado es la proliferación de discursos funcionales al sistema capitalista depredador, que se declaran como verdad absoluta dentro de las instituciones del saber.

En nuestro país fue la apertura económica de Gaviria de mano de los “Chicago boys”, la que puso de moda esta nueva jerga dentro de los estudios sociales: gobernabilidad, coalición de clases, acción comunicativa, organización no gubernamental, tribus urbanas. El sueño revolucionario se cambia por la pesadilla del mercado. Asimismo, durante la “política de seguridad democrática” de Álvaro Uribe Vélez, los intelectuales en masa se plegaron al poder sobre tesis como “en Colombia no hay conflicto” o la necesidad de derrocar el pensamiento crítico, que según “analistas” como Alfredo Rangel o Rubén Darío Acevedo, son la causa verdadera de la emergencia de las guerrillas en Colombia.

Por fortuna, historiadores como Renán Vega Cantor dan muestras de una inquebrantable honestidad ética e intelectual, que se evidencia en cada una de sus investigaciones. Puestas al servicio de la formación de nuevos revolucionarios y actores sociales de nuestro país, son un referente obligado de aquellos que buscan una alternativa humana al sistema explotador que nos ha sido impuesto por cínicas clases gobernantes. A continuación, analizaremos algunas claves para la lectura de su obra.

La historia desde los marginados
Si bien en los años sesenta la llamada “Nueva Historia” clamaba por la revisión del relato nacional en clave del materialismo histórico, bien pronto los representantes de este movimiento fueron cooptados por las instituciones del Estado. El resultado fue la trivialización de las investigaciones que se convirtieron en un continuo elogio a la clase política colombiana y de los industriales que, entre otras cosas, pueden pagar por las publicaciones y tienen gran influencia en los comités de las universidades y centros del saber.

La obra de Renán Vega parte de los presupuestos de una historia que indague sobre los verdaderos constructores del país: los movimientos sociales. Gente Muy rebelde (2002) da cuenta de las luchas, derrotas y victorias de obreros, campesinos, mujeres, indígenas y artesanos, aquellos que precisamente fueron borrados por el relato oficial. De manera crítica y con un gran rigor investigativo logra dar cuenta de la disputa entre clases sociales, la llegada del capitalismo periférico a nuestro país, el avance de ideas libertarias y las formas de organización evidenciadas en huelgas, paros cívicos, creación de prensa alternativa y el fortalecimiento de los sindicatos. Una verdadera labor arqueológica en un país donde las fuentes documentales y de archivo se han perdido irreparablemente, bajo la mirada atenta del poder.

Rescatando las categorías del marxismo
La obra de Renán Vega no teme llamar las cosas por su nombre, sin eufemismos ni verdades a medias. En este sentido rescata las categorías centrales del marxismo que son las únicas capaces de interpretar la actual fase de la explotación capitalista. En su obra Un mundo incierto, un mundo para aprender y enseñar (2007), hace una revisión pormenorizada de fenómenos como la globalización, la sociedad de la información, la sociedad civil y la multitud. De esta manera logra problematizar tales categorías para mostrar que son parte de un antiguo fenómeno que ya Marx leyó en clave de explotación, imperialismo, acumulación del capital, precarización de las condiciones laborales y lucha de clases.

Va más allá de un discurso que avale la idea del fin de la historia, se hace un esfuerzo por analizar los acontecimientos desde sus causas estructurales. El mundo, que vio la caída del socialismo real, está muy lejos de llegar al paraíso del consumo. Por el contrario, la explotación de hombres, mujeres y niños ha alcanzado cotas similares a las de hace dos siglos, aunque se ha cambiado las minas de carbón por grandes maquinas enraizadas en el tercer mundo. Los condenados de la tierra están siendo triturados por el gran monstruo del capitalismo global.

Socialismo en clave ecológica
En obras como Capitalismo y despojo (2013) y Los economistas neoliberales: nuevos criminales de guerra (2005), se explica que la actual crisis ecológica va más allá de los ciclos de extinción natural, y se debe más bien a la incompatibilidad absoluta entre la supervivencia del planeta y el actual modelo económico. El mundo se ha convertido en el botín de grandes corporaciones que se encuentran establecidas en los antiguos centros del capitalismo. Desde allí dirigen la explotación de grandes masas humanas, la guerra por los recursos naturales, el despojo de campesinos y decretan la muerte de millones de inocentes.

La dependencia económica de las grandes potencias por el petróleo y otras tecnologías contaminantes está condenando al planeta a una muerte lenta, que no obstante ya muestra su cara más amarga en la desaparición de miles de especies naturales. Por primera vez en nuestra historia estamos en el umbral de la extinción, y esto se da mientras los magnates de la industria son exaltados como modelos a seguir, cuando en realidad como en el poema de Ozymandias solo nos condenan a unas “colosales ruinas, infinitas y desnudas”.

La historia como herramienta de la revolución
Si bien la enseñanza de la historia fue prácticamente eliminada de los programas educativos en Colombia, uno de los proyectos más ambiciosos de Renán Vega ha sido rescatar su estudio crítico y su articulación a las luchas de los diferentes sectores sociales. Esto en medio de un esfuerzo de las oligarquías por eliminar todo indicio del pasado o reescribir el relato nacional en clave heroica y empresarial. Obras como ¿Fin de la historia o desorden mundial? (1994), Historia, conocimiento y enseñanza (1998), Colombia y el imperialismo contemporáneo (2014), hablan de la importancia de conocer el pasado para poder transformar nuestro presente y soñar con la utopía de un futuro distinto.

La historia se convierte en la consciencia de los pueblos que luchan por su liberación, y si bien esta ha sido escrita por los vencedores, es necesario encontrar el lugar de la revuelta popular y el levantamiento en la construcción del relato verdadero. Así no es el transcurrir del tiempo sino la humanidad y la revolución que se echan a andar buscando su lugar en la memoria.

En suma, se puede afirmar que la obra de Renán Vega ha sido un remar a contracorriente, una búsqueda incesante por la verdad y una reivindicación de aquellos que han sido negados siempre por la historia oficial. Su esfuerzo, lejos de mantenerse en un oscuro gabinete de la Universidad, se ha encaminado a recuperar la memoria de aquellos que lucharon y luchan por la dignidad de nuestro país. En este sentido es lo que Gramsci llama un intelectual orgánico y comprometido.

En este especial sobre agroecología hemos reseñado algunos hitos históricos de esta manifestación (Edición 148), luego repasamos el contexto latinoamericano y sus luchas populares por defender sus tradiciones y costumbres (Edición 149). Para finalizar, la protagonista es nuestra querida Colombia.

Aunque la historia de la agroecología en Colombia no es lineal y se ha desarrollado de manera particular en varias zonas del país, se puede señalar que entre 1970 y 1980, la conciencia ambiental se consolidó como un hecho social que permeó a Latinoamérica y permitió conformar numerosas organizaciones en Colombia. Algunas de ellas se orientaron a la producción agrícola, manejando prácticas campesinas tradicionales y conceptos y métodos de la ecología, un objeto de estudio que para la época apenas iniciaba su propagación desde la academia.

La degradación ambiental y los efectos de la agricultura industrializada (Revolución Verde) fueron las razones por las que se empezó a gestar un pensamiento alternativo que se nutría de tradiciones ancestrales para proteger las costumbres arraigadas en nuestra memoria agraria. La situación que nos arrastró hacia el desequilibrio ambiental fue la que parió el antídoto para esta enfermedad verde.

Una nueva ola de conciencia social que está reconciliando al humano con el territorio y de la que germinó la semilla de las agriculturas alternativas, llevó el debate del movimiento ambiental a las esferas políticas, económicas, individuales, biofísicas, culturales, mejor dicho, unió todo un movimiento en una amalgama de disciplinas que enfrentaron las ideologías dominantes sobre el aprovechamiento del recurso, ideas de afuera que eran impuestas y adaptadas por hijos que no querían su patria.

Los agroecólogos, médicos veterinarios y antropólogos, entre otros, hacen parte de los profesionales que se encargaron de evidenciar los movimientos agroecológicos de Colombia, asesorando y trabajando de la mano de los campesinos, aquellos que no se sometieron al modelo general de la Revolución Verde, ya sea porque no tenían los recursos para adquirir los paquetes tecnológicos, o porque las propuestas chocaban con sus intereses y las formas de manejo de la tierra.

Considerado como el padre de la agroecología colombiana, Mario Mejía ha sacado la cara por generar una propuesta agroecológica de respeto al patrimonio ambiental y cultural, el rescate de semillas y las formas pacíficas de relacionarnos unos con otros. Lo más noble de su ejemplo es que expone la sensibilidad que necesita el tema, pues no solo es cuidar la tierra por las repercusiones que puedan darse, sino por una consciencia de amor y de vida innata.

Al haber tantas agriculturas como agricultores, las nociones de agroecología en Colombia se fueron consolidando con el análisis de las características de las agriculturas alternativas que se gestaron en el momento, puesto que algunas de ellas no estaban siendo coherentes con el pensamiento ecológico y solo usaban como escudo el término, mientras eran flexibles al uso de químicos sintéticos, justificando sus prácticas con el argumento de contaminar pero de una forma “sostenible”.

Estas inconsistencias llevaron a que el Ministerio de Agricultura diseñara la Resolución 544 de 1955, la cual reconoce como ecológicos todos los productos “orgánicos”, “biológicos” y “ecológicos”, caracterizados por ser productos agrícolas primarios o elaborados sin utilizar sustancias químicas. También especifica que el agua con la que se tratan no debe estar contaminada con residuos químicos, ni debe contener metales pesados. La agricultura ecológica es tratada como tema exclusivo de exportaciones, a la vez que el poder se le entrega a los certificadores. Es decir que se busca privilegiar una agricultura apta para un mercado “verde” internacional. No una agricultura que repare lo cultural y tampoco lo ecosistémico.

La agroecología y sus diferentes acepciones –agricultura biológica, ecológica, orgánica, biodinámica, sostenible, conservacionista y/o agroecológica– involucran al campesinado como una categoría activa, pero encubren un interés que es más económico que social, ya que todas esas precauciones y cuidados tomadas en cuenta en los cultivos, son impulsadas para alcanzar estándares de exportación, no porque se piense en la salud y la nutrición interna del país.

A esta hipocresía se someten muchos productores que al no tener asistencia técnica de un agroecólogo brindado por el Estado, se asocian con un comercializador independiente, que en la mayoría de los casos es extranjero, para que este financie los estudios de suelo y haga las proyecciones del cultivo, transporte su cosecha y la comercialice fuera del continente. La certificación como instrumento de dominación.

El tratado de libre comercio ha promovido estas rutas de exportación e importación que a fin de cuentas resultan encareciendo nuestro producto interno bruto y acumulando productos que nosotros mismos podríamos producir y usar si no fuera por el compromiso “diplomático” que nos impusieron como camino de desarrollo para nuestro país.

Los programas de desarrollo rural del Estado deben brindar la asistencia profesional técnica para que todos los campesinos productores se vean como un sistema articulado que depende uno del otro, y no compitan por seducir a empresas extranjeras. El desarrollo endógeno, desde lo propio, evitaría en gran medida que adquiriéramos problemas ambientales ajenos a nuestra cultura. Sembrar para la Vida y no para los bancos.

Esta lucha que traspasa todas las dimensiones humanas no es solo un estilo de vida, una tendencia o una ideología política, entendamos que es cuestión de supervivencia humana, es la armonía del territorio que va más allá de las fronteras imaginarias del mapamundi, es un entramado de raíces que nos abraza a todo el mundo por igual.

La esperanza la alimentan los campesinos a diario con la Agricultura Familiar, con la pala y el azadón, la forma más digna de la revolución, labrando con amor el útero que nos da de comer: la tierra. Los mercados agroecológicos son el escenario en donde todos esos héroes se reúnen a proporcionarnos alimentos producidos con la intención digna del corazón campesino y es un derecho y un deber de todos los ciudadanos participar de estos entramados sociales.

¿Cómo vamos a decir todas estas verdades y participar en las decisiones que siempre terminan tomándose a puerta cerrada en los fríos estrados del congreso? La movilización social es la respuesta. El papel no es la ley, la ley está inscrita en la ética de la vida por la vida. Esto no traduce violencia, es la celebración de nuestra diversidad y la protección de la Madre tierra, es un grito por nuestros indígenas amedrentados, por los líderes sociales caídos, por los que ignoran el sentido. Es la reunión en un mismo corazón, el corazón de la Tierra.

 

Debido a los altos índices de violencia de género, el tema se ha puesto en tela de juicio desde diferentes ámbitos, evidenciando la urgencia de tratarlo desde cada uno de ellos. Esta se ve reflejada a través de las denuncias que se han interpuesto en los espacios académicos, lo que ha presionado a profundizar más en las rutas y prevenciones para tratar la violencia de género.

 

El pasado 28 de marzo en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, Juliana Yepes Ayala colgó una cartelera la cual se buscaba conocer el concepto que tiene la comunidad académica respecto al acoso sexual. Sin embargo, la situación condujo a que algunas mujeres denunciaran públicamente y con nombre propio a sus presuntos agresores. “El objetivo era poner el tema en los pasillos de la facultad; se tenía mucho miedo de hablar porque se les puede coartar con la nota, por el señalamiento, entre otras cosas. Y ante la necesidad de aclararlo fue que pegamos el cartel con la pregunta: ¿Para usted qué es acoso? Pero, precisamente, por el silencio ante todas estas situaciones, cuando se colocó el cartel, la 'caja de pandora' se abrió y se empezaron a dar todas estas denuncias públicas”, expresa Yepes, quien también es representante estudiantil integral de Comunicaciones ante el Comité de carrera.

Según el Observatorio de Feminicidios de la Red Feminista Antimilitarista en febrero del 2019, se registraron en Colombia 110 casos que se inscriben en la categoría de violencia de género. El mayor índice es el feminicidio, el cual cuenta con 51 casos que representa el 46%, 20 registros de tentativa de feminicidio (18%), 15 casos de mujeres maltratadas físicamente por la pareja (14%), 5 por desconocidos y una niña víctima de acceso carnal violento.

La tasa de violencia de género que se registra en Colombia alerta a muchas mujeres que deciden pronunciarse sobre el asunto, y toma importancia en el ámbito académico puesto que allí se “replica el orden patriarcal y al hacerlo estamos hablando de esas inequidades, que son finalmente violentas, y de esas brechas que impiden a las mujeres estar en la sociedad en condiciones de igualdad”, argumenta Dora Cecilia Saldarriaga, profesora de Derecho de la Universidad Autónoma Latinoamericana.

A partir de la necesidad de analizar la violencia de género en las universidades, el colectivo Desde el 12 realizó una encuesta virtual en la cual se encontró que el 36% de las personas encuestadas admite haber sido víctima de este tipo de violencia y que el 44% afirma haber sido acosada. Frente a estos casos, solo el 2% de las víctimas han denunciado ante las rutas universitarias. El resto de la población encuestada argumenta no haber puesto la denuncia principalmente por el desconocimiento sobre dichas rutas y la desconfianza que genera la institución ante dicha problemática.

Al preguntarle a Juan David Rodas Patiño, Jefe de departamento de la Facultad de Comunicaciones, acerca de las rutas que establece la Universidad de Antioquia en caso de ser víctima de violencia de género respondió presentando un folleto, que “en la Universidad existen las rutas de violencia de género, las cuales son dirigidas principalmente por Bienestar Universitario, sin embargo desde las facultades se manejan de la manera que se cree pertinente, pero no siempre todas estas rutas llegan a ser conocidas por toda la comunidad o realmente funcionan como deberían”.

La encuesta, además, evidencia el descontento de la comunidad académica ante las rutas universitarias, debido a que algunas personas expresan que al interponer la respectiva denuncia se les cuestionó, o los administrativos a los que acudían desconocían el proceso que se debe seguir, por lo que finalmente decidían no apelar a dicha instancia u olvidar el caso; además, un requisito para hacer la denuncia efectiva es presentar pruebas del acontecimiento, que en su mayoría estas personas manifiestan no tener y no estar dispuestas a someterse nuevamente a tal violencia para conseguirlas.

Frente a esto, María Eugenia Osorio Soto, profesora titular de la Facultad de Comunicaciones manifiesta: “Yo creo que la Universidad no tiene una política consolidada ante el tema, me parece que los tropiezos tienen que ver con que la mayor parte de la dirección de la Universidad es masculina y creo que ellos finalmente no sienten la urgencia de tratar estos asuntos, porque todo lo que se ha logrado en la sociedad, respecto a esto, lo han logrado las mujeres luchando”.

El hecho de que la institución no tome cartas en el asunto conlleva a que algunas mujeres tomen vías alternas para denunciar a sus agresores, visibilizando el tema y presionando a las instituciones para crear rutas que ofrezcan soluciones ante la violencia de género, según explica la profesora Dora Saldarriaga.

Dichas denuncias se han realizado de diferentes maneras, pero lo más común es que se realicen a través de las redes sociales. Un ejemplo de ello es el trabajo realizado a través de estos medios por el colectivo feminista Bolívar en Falda, que nació a causa de la situación ocurrida en febrero del 2018, cuando la Universidad Pontificia Bolivariana publicó una guía sobre cómo vestirse para la universidad donde sugería a las mujeres no asistir con falda, shorts, o escotes muy profundos puesto que “no hay nada más incómodo que distraer la atención de tus compañeros de clase y profesores”.

Margarita Restrepo, estudiante de Comunicación social y periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana, y cofundadora de Bolívar en Falda, explica que llevan más de un año exigiendo a su universidad que implemente rutas para tratar los casos de violencia de género; ante la constante negativa, Bolívar en Falda busca visibilizar y denunciar estas situaciones que se dan dentro del entorno universitario.

Según la profesora Dora Saldarriaga, “la importancia de los medios acá es que construyen realidades; las violencias basadas en género no solamente son las directas como golpes, acoso o económica; sino también las violencias estructurales y simbólicas. Por ejemplo, asesinan a una mujer y su titular es “Crimen pasional”. De entrada están justificando su asesinato, además de reducirlo políticamente y catalogarlo como homicidio y no como feminicidio". Por eso, iniciativas como Bolívar en Falda son importantes para visibilizar e incentivar la violencia de género para prevenirla, y porque incentivan la formación y sensibilización sobre el tema.

La mayoría de fuentes coincidieron en la necesidad de conceptualizar, ya que es a través de la descripción que se construyen y conocen las realidades que muchas veces se invisibilizan por el desconocimiento de dichos términos.

Entonces ¿qué es violencia de género?

La violencia es entendida como el uso de la fuerza y el abuso de ella en razón de una relación de poder y subordinación. La docente de la Universidad de Antioquia, Sara Yaneth Fernández, ahonda en el concepto de violencia de género: “Hay un tránsito de violencia contra las mujeres, violencias basadas en género y violencia de género, esto va de la mano con los corpus jurídicos de cada territorio. Género es una categoría muy amplia que incluye a hombres y mujeres, una categoría histórica, relacional. Para yo poder hablar de género necesito hablar de esa dialéctica, hombres y mujeres; necesito hablar de aquella relación de subordinación que históricamente se ha construido sobre el hecho de ser hombre o ser mujer, en un patrón además muy heteronormativo, racializado y occidentalizado, donde justamente se impone una verdad hegemónica, el dominio masculino, androcéntrico y patriarcal sobre el orden de las cosas”.

Fernández también explica que ese orden patriarcal somete por igual a hombres y mujeres, dándole un impulso a esas relaciones de poder y subordinación que son injustificadas y están basadas en la violencia de género, “tiene unas connotaciones que incluso van más allá, condenando, por ejemplo, las secciones no heteronormativas. Es ahí donde se da la fobia, la homofobia y todas las formas de discriminación a lo que no es heteronormativo, racial y occidental. Todo ello llegando a las formas de violencia, de abuso de poder que producen lesiones físicas, psicológicas y económicas sobre una persona por el solo hecho de tener una orientación sexual y/o identidad diferente a la que imponen los estereotipos. Vemos cómo en razón del género, su orientación sexual y su identidad se marca a esa persona, se somete, se excluye, se domina y se aniquila”, explica.

¿Cómo prevenir la violencia de género?

Esta problemática suele ser sutil, subjetiva y perceptual. Fernández anuncia entonces la urgencia de trabajar formativamente, aprender a poner límites, eliminando así la concepción de la mujer como sumisa y obediente, “empoderarnos para poder lograr un cambio”.

Para mejorar las rutas universitarias en cuanto a violencia de género, según la misma docente, las personas que manejan el tema deben tener formación, en el mejor de los casos feminista o sino en cuanto a derecho; que posea todos los elementos; creerle a la persona, no revictimizar; conocer completamente la Ley 1257 del 2008; y no confrontar a la víctima con el agresor. En esta última recomendación, Sara enfatiza en la insistencia de algunos funcionarios para realizar una reconciliación. “¿Yo qué voy a reconciliar con un violador?”.

Ella resalta diversos problemas que poseen las rutas universitarias, “estas tienen que atraer, no expulsar”, no deben ocasionar temor a las víctimas, deben realizar un acompañamiento profesional con enfoque, incluso cuando se sale de las instancias académicas y queda en manos de las rutas de ciudad o de las autoridades correspondientes. La Universidad tiene la responsabilidad de formar a sus funcionarios, porque como servidores públicos tienen justificación para cuestionar y abusar de los demás. Otro problema de la institución es que el hecho se minimiza y se lleva a instancias psicológicas que, si bien son importantes, se quedan allí y no se hace nada más por resolverlo.

Sara apela a que en la Universidad no basta solo con activar la ruta, también es necesario formar en género y feminismo a todas las áreas e implementar una política de género. Para terminar Sara expresa que “la transformación de esta sociedad quiéralo o no, tiene que ser entre hombres y mujeres; tiene que ser pareja, los hombres se tienen que ocupar de sus problemas, que ciertamente los tienen, preocuparse de su papel y responsabilidad al formar parte de este mundo. Hay que considerar los derechos de ambas partes, puesto que podemos exterminar a todos los agresores pero seguiríamos con problemas de violencia, el problema es toda una estructura que hemos naturalizado, por eso debemos mirarnos a nosotros mismos y corregir, es una labor conjunta”.

Distintos funcionarios del régimen del sub presidente Iván Duque se han destacado en los últimos meses por sus grandiosas contribuciones a la cultura universal, como muestra fehaciente de su basto (no vasto, por supuesto) saber y de la sólida educación humanística, artística y científica del equipo gobernante que dirige al país más feliz del mundo.

El que da ejemplo de brillantez intelectual, como cabeza pensante de este gran equipo de gobierno, es el propio sub-presidente, quien ha hecho dos declaraciones memorables. La primera en París en plena sede de la Unesco, cuando disertando sobre las bondades de la economía naranja dijo con plena seguridad: “Y nos remontamos a lo que llamamos las siete íes. ¿Y por qué siete? Porque siete es un número importante para la cultura. Tenemos las siete notas musicales, las siete artes, los siete enanitos. Mejor dicho, hay muchas cosas que empiezan por siete”. Este fabuloso descubrimiento conceptual merece un doble Premio Nobel de Economía y de Literatura, ya que demuestra su amplio conocimiento de la narrativa universal.

Este importante hallazgo fue complementado en enero de este año al recibir a ese demócrata de los Estados Unidos, Mike Pompeo, humanista experto en recomendar caricias a los amigos de los Estados Unidos que disfrutan de vacaciones en sus hoteles de cinco estrellas, como el de la base de Guantánamo. En esa ocasión Duque dijo: “Hace 200 años el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial y hoy recibir este segundo día de 2019 con su visita nos llena de alegría y de honor, esta relación bilateral la tenemos que seguir fortaleciendo todos los días”. Con esta afirmación Duque ha hecho una decisiva contribución a la reinterpretación de la historia de Colombia, que muestra que, como complemento a sus dotes innatos de estadista, es un investigador social de renombre internacional.

Pero quien encabeza el listado de luminarias del gobierno de Iván Duque es de lejos su vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, quien ha descollado en los últimos meses por una serie de rutilantes afirmaciones que, aparte de mostrar a la luz pública su incomparable inteligencia (propia de la inteligencia superior de los uribeños), se constituyen en unos extraordinarios aportes al conocimiento no solo de los colombianos sino con toda seguridad de la humanidad en su conjunto. Una de sus contribuciones más notables fue anunciada en su visita a Washington, ante los amos imperiales, y se refiere al fabuloso descubrimiento de que el glifosato es una sustancia alimenticia.

Este, sin duda alguna, puede considerarse como el mayor descubrimiento que haya hecho la ciencia colombiana en todos los tiempos. Ese descubrimiento ha probado, sin ningún manto de duda, que el glifosato, un producto químico que se usa en la agricultura y la ganadería para destruir plagas, es en verdad un nutritivo alimento, lleno de proteínas y de virtudes dietéticas, que alimenta a gentes de todas las clases, edades y razas. Ahí estriba la sustancia de este descubrimiento, puesto que hasta ahora los críticos (comunistas y ecologistas) decían sin pruebas de ninguna clase que el glifosato era un producto contaminante, que genera cáncer y otras enfermedades. Esas son mentiras y calumnias de resentidos que solo buscan hacerle daño a la libre empresa, y para ello se apoyan en científicos e investigadores de quinta categoría que se han dejado manipular para enlodar a empresas de tanta ética y compromiso humano y social como lo son Bayer y Monsanto.

Ahora Marta Lucía Ramírez ha comunicado al mundo, con la modestia que caracteriza a los verdaderos sabios, que el glifosato es una bebida sana y un alimento nutritivo, al decir que “si usted se toma 500 vasos de agua al día, le aseguro que también se enferma”, con lo que enfatizó que el glifosato es benigno, una bebida apetitosa que puede tomarse varias veces al día para mejorar el funcionamiento de los sistemas digestivo e inmunológico. El glifosato puede consumirse en forma de bebida, rociando una cierta cantidad (entre más amplia más alimenticia resulta) en un poco de agua, preparándola en forma de batido, ya que puede combinarse con apio, manzana, zanahoria, mango, papaya o la fruta que a mano se tenga. El glifosato también puede usarse para preparar galletas, panes, colaciones, lo cual le confiere un sabor y un gusto especial, que es muy atractivo sobre todo para los niños y mujeres embarazadas. Puede servir de aliño en amasijos, tamales, envueltos, ayacos de mazorca y otros productos de la gastronomía colombiana.

Prueben su amplio radio de acción alimenticia, que no se arrepentirán, porque está confirmado que el glifosato nutre más que cualquiera de las sustancias hasta ahora conocidas en el mundo entero. Hasta tal punto es indiscutible que entre los comensales que aseguran que consumen glifosato diario se encuentran el embajador de los Estados Unidos y el personal de esa embajada en Colombia, los embajadores criollos ante Donald Trump, Francisco Santos y Alejandro Ordoñez

(este en la OEA), y el Ministro de Relaciones Exteriores Carlos Holmes Trujillo. Incluso, las malas lenguas comentan que un consumidor asiduo del glifosato es el ex Fiscal Néstor Humberto Martínez, quien a veces invitaba a sus amigos a saborearlo, con una formula especial de su propia cosecha, que incluía entre los ingredientes de su pócima secreta, al cianuro. Y si los ricos y poderosos degustan el glifosato, ¿por qué se quejan los pobres de que se les vierta en grandes cantidades?

Ahora que gozan de tanta fama los batidos, la Vicepresidenta recomienda que todos los colombianos disfrutemos todos los días en las primeras horas de la mañana de un nutritivo néctar de glifosato, que puede combinarse con muchas cosas, puesto que es un producto muy versátil. La misma Marta Lucía Ramírez con plena seguridad bebe sin falta unos cuantos vasos rociados con glifosato, con lo que mantiene la cordura y sobre todo ese equilibrio mental que tanto la caracteriza.

De tal manera que los gobiernos de los Estados Unidos y de Colombia, al fumigar con glifosato los campos colombianos durante dos décadas, no solo buscaban erradicar la “mata que mata” (la hoja de coca), como reza la propaganda corporativa, sino que además estaban proporcionándole nutrientes, proteínas y minerales sanos a los ignorantes campesinos criollos, que son tan malagradecidos que no entienden lo que significa este tipo de ayuda alimentaria.

No se crea que lo que dice la Vicepresidenta son ocurrencias, sino resultado de exhaustivas, profundas y rigurosas investigaciones, que la llevaron a presentar en público el gran descubrimiento de su vida, y que de seguro la catapultará por los siglos de los siglos en el panteón de los grandes científicos y sabios de todos los tiempos.

Es por eso que, como complemento alimenticio de la equilibrada dieta de los colombianos pobres, de ahora en adelante a comer y beber glifosato, con lo cual se garantiza que pasaremos a estar entre los países más nutritivos del planeta, si tenemos en cuenta que Estados Unidos y su súbdito, Iván Duque, están haciendo hasta lo imposible para que se vuelva a esparcir el glifosato sobre los campos colombianos.

“Yo nací en esta vereda, y no quiero una vida como la que yo tengo”, me dice la señora Marina como si no le deseara a nadie la vida vivida que tiene, ni siquiera a los responsables de que sus madrugadas sepan amargas.

Esta es solo una de las tantas denuncias hechas por campesinos y campesinas de Convención, El Carmen, Hacarí, Teorama, San Calixto y El Tarra durante la Segunda Misión de Verificación convocada y organizada por la Comisión por la Vida, la Reconciliación y la Paz del Catatumbo, escenario de unidad que articula al Comité de Integración Social del Catatumbo (Cisca), la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat), el Movimiento Constituyente Popular (MCP), y las Juntas de Acción Comunal con el propósito de denunciar ante el país y la comunidad internacional la crisis social, política y económica que atraviesa la región desde hace más de un año debido al conflicto armado y la excesiva militarización.

365 días atrás la población estaba en medio del fuego cruzado y sufría las consecuencias humanitarias de la confrontación entre el ELN y el EPL. Los decibeles de los fusiles mermaron. Pero este año, además de algunas disidencias de las FARC, hay un actor armado que, si bien estuvo siempre en el territorio, con el pasar de los meses incrementó sus acciones bélicas. Las Fuerzas Militares quieren implementar en el Catatumbo el llamado 'Plan Candado': cercar la zona norte que colinda con Venezuela y la parte sur que limita con el departamento de Cesar, censar la población, y posicionarse en la región hasta sustituir el poder civil por el poder militar. El tejido organizativo de las comunidades, y la presencia de insurgencias, son un obstáculo para explotar el petróleo y los minerales que yacen en estas tierras. Traba que el Estado pretende eliminar con más de 14.000 pares de botas militares.

Para los catatumberos el Ejército es una amenaza, un dolor de cabeza más. En los corregimientos y veredas visitadas por la Misión de Verificación los patrones violentos son reiterativos. En todos los lugares las personas denunciaron que el Ejército hace retenes, requisa, y fotografía las cédulas. Manifestaron además que los señalan de “guerrilleros” y los maltratan verbalmente. En Honduras, un islote de casas construido en el valle que separa dos filos montañosos, denunciaron que los militares los amenazaron diciéndoles que después de las seis de la tarde nadie podía transitar por las trochas que comunican las veredas aledañas, “porque después de las seis solo anda la guerrilla. Después de las seis al que veamos lo matamos”, les advirtieron. En este corregimiento de Convención también se presentan conductas extorsivas y fraudulentas denunciadas en otros sitios. Según cuentan los afectados, las tropas del Ejército ocupan sin permiso las fincas, toman plátanos, yucas y otros productos de pancoger, en ocasiones usan la energía de las casas, y amenazan con quemar los cultivos de coca si no les dan reses o gallinas.


En Cartagenita, una mujer con más de 70 años a cuestas, vestido hasta los tobillos, y mucha indignación en su voz, denunció que “se me comieron una tienda de siete millones. Me dijeron que yo era una estratega del ELN, eso es una falta de respeto muy grande, yo lo único que he hecho en la vida es vender empanadas”. Los perjuicios no solo son económicos. Los soldados tienen la costumbre de acantonarse cerca de las bocatomas de las que se abastecen los habitantes. Una vez los militares se asientan allí, se suspende con frecuencia el suministro de agua y el líquido vital no llega en condiciones higiénicas adecuadas, a veces ha salido materia fecal o condones por las canillas.

Lo que más preocupa a los catatumberos son las detenciones arbitrarias, el dinero que le ofrecen a los jóvenes a cambio de información sobre las insurgencias, los disparos indiscriminados contra la población civil, y las torturas como las que denunció un joven en La Trinidad, corregimiento de Convención. El veinteañero relató que fue retenido por varios militares cuando se desplazaba a su lugar de trabajo. Los uniformados lo ultrajaron, lo golpearon, le cubrieron la cabeza con una bolsa de tela, intentaron ahogarlo con una sustancia líquida desconocida que según él provocaba ardor, y amenazaron con arrancarle las uñas. En el Catatumbo no pueden evitar asociar este tipo de hechos con Dimar Torres, excombatiente de las FARC y líder de la vereda Campo Alegre asesinado por miembros del Ejército el 22 de abril, un día antes de que firmara su proyecto productivo de gallinas ponedoras. Dimar está vivo, los catatumberos tienen ese nombre en la punta de la lengua. Con él permanece acechante el recuerdo de lo vivido entre el 2004 y el 2010 cuando “los paramilitares decían que hasta las gallinas eran guerrilleras”.

***


La finca de Marina Prieto –pelambre cano recogido en una cola, los años hechos pliegues en el rostro, y unos dientes que parecen de leche– se ve desde aquí. Estamos en la escuela de la vereda Piedras de Moler que pertenece a Teorama. La brisa contrarresta el bochorno despiadado que hace en estas cuchillas. Marina me dice que allá, al frente, en la montaña más próxima de todo este mantel montañoso, tras las plataneras que se ven en la mitad de la colina, está su casa. Y me dice que en la cima, en la parte tupida, están acantonados los soldados.

Cada que hay un enfrentamiento entre la insurgencia y los militares, Marina queda en medio del fuego. Semanas antes uno de los dos bandos lanzó un cilindro que quedó a medio camino y cayó en su finca. “Si hubiéramos estado afuera [de la casa] habría muerto cualquier persona. Eso afectó mucho porque mi niño, mi nietecito, siguió llorando toda la noche. A una hija que acababa de llegar le afectó mucho el oído (…) Ese día tuve que meter a mis niños debajo de la cama, y llorar muchísimo por no poder trabajar y no poder dormir por el temor de que mi casa pueda ser derribada por un artefacto. He perdido muchos animales que se me mueren del impacto”, me dice Marina presa de una tristeza más grande que ella.

Pero Marina todavía tiene sueños por cumplir. En el 2008 conoció una comisión del Cisca, y antes de morir de tristeza pudo probar el sabor de la felicidad. El Cisca la invitó a unos talleres, y le enseñaron a elaborar jabones y cremas artesanales. Los primeros jabones, dice desenvainando una sonrisa, le quedaban “feítos”. Con el pasar de los talleres perfeccionó la técnica. Desde entonces a cada reunión, a cada taller, y a cada visita al pueblo, Marina va acompañada de una pequeña canasta copada de jabones, cremas para los dolores y cremas para las quemaduras. “Antes trabajaba en el oficio doméstico. Vivía como estresada, como triste porque no tenía economía. Ahora esa economía no la gasto porque quiero montar una empresa de pomadas. El Cisca es como si hubiera bajado mi Dios de los cielos porque me ha enseñado, me ha protegido, me ha ayudado muchísimo. Para mí el Cisca es el mejor regalo que yo tengo. Cuando me llama el Cisca soy feliz, estoy triste pero en ese momento yo me vuelvo feliz”.

A pesar de lo hostil que es la realidad en la región, gracias a las propuestas y a los horizontes del Cisca muchos catatumberos pueden encontrar razones y formas para permanecer en el territorio. “Nosotros venimos adelantando propuestas económicas para resolver el tema de la coca, que genera muchos recursos, pero también muchos problemas, uno de ellos es la especulación de precios”, quien habla es Dionaid Suarez, integrante del Cisca y de Asojuntas, habitante de Cartagenita y pionero de la tienda comunitaria del corregimiento. En dos años la iniciativa ha dado frutos, el kilo de arroz que antes costaba 3000 pesos, hoy cuesta 2000 o 2300 pesos máximo. Además de combatir la especulación de precios, la tienda comunitaria ha incentivado la producción propia. Antes entraban al corregimiento muchos productos producidos por otras manos en otras tierras, Cartagenita no producía lo que consumía. Una vez la tienda empezó a funcionar, los pagos justos y estables, y el valor agregado que se le da a los productos, motivaron a los habitantes a invertir esfuerzos en una alternativa productiva distinta a la coca.

“Tenemos varios proyectos, por ejemplo, la cría de pollos. Este es un corregimiento de aproximadamente 500 habitantes. Hubo una demanda del consumo de pollo, a la tienda semanalmente venían entrando más de 200 pollos de MacPollo y Pimpollo. Hoy en día los estamos produciendo nosotros mismos, lo mismo con el cerdo, el pescado, las gallinas ponedoras, y así con muchos productos que son pequeños pero que nos han permitido organizarnos –asegura Dionaid–. La idea es seguir viviendo aquí, ojalá morir de viejitos y que no sea en otras circunstancias. Una de las propuestas es permanecer en el territorio con alternativas que surjan desde la base de las comunidades”.

Si no se organizan, los catatumberos saben que no pueden pervivir. Y sin las mujeres el Catatumbo no podría mantenerse en pie. Las catatumberas aportan valor, pero sobre todo posibilidades y creatividad. Yuliana Herrera es lideresa comunitaria de La Trinidad, corregimiento de Convención. Minutos antes de que conversáramos, Yuliana estaba anunciando los números de las balotas que sus paisanos buscaban en las tarjetas del bingo. Cada que el comité de mujeres de La Trinidad necesita fondos para alguna actividad, organiza una rifa, un bazar, una fiesta, o un bingo bailable. El dinero que se recoja hoy será destinado al alquiler de los trajes para las comparsas de las fiestas patronales. De no ser por los fondos y los jornales voluntarios de la comunidad, La Trinidad no contaría con el polideportivo donde se realizó el bingo. De no ser por un bingo, la escuela de primaria no tendría techo ni piso. De no ser por la rifa de una novilla y un bingo, tampoco hubieran comprado el lote donde quieren construir la iglesia, y el lote donde piensan construir el nuevo internado para que cada vez más niños de las veredas lejanas puedan venir a estudiar. “Eso lo llamamos gestión de las comunidades. Hemos tocado muchas puertas, pero a la hora de la verdad uno también se cansa de eso, ¿no? Entonces nosotros hemos autogestionado, con eventos, con bazares, hemos descubierto que podemos hacer cosas, podemos avanzar sin estar esperando a la Alcaldía”, dice Yuliana.

El Catatumbo no puede mirar hacia adelante sin antes mirar hacia atrás. “Los catatumberos somos gente muy dada a resistir y por eso tenemos que hacer memoria, para que se den cuenta de la capacidad de resistencia que tenemos”, dice Edinson Delgado a las afueras de la Casa de la Memoria de El Aserrío, corregimiento de Teorama. Edinson es el representante legal de la Asociación de Desplazados del Medio Catatumbo. En el 2015 fue elegido para integrar la Mesa Nacional de Víctimas. Ese año viajó a Tumaco y tras conocer la casa de la memoria del municipio ubicado en el pacífico nariñense, inició gestiones para que su corregimiento también contara con un espacio que honrara la historia de El Aserrío y el Catatumbo. Con el apoyo del Centro Nacional de Memoria Histórica, los mismos habitantes pudieron construir su propia casa e inaugurarla el 2 de diciembre de 2018. Pocas regiones han padecido un conflicto de tales magnitudes. Entre 1980 y 2013 ocurrieron en el Catatumbo más de 66 masacres que desplazaron más de 110.000 personas. Resulta inevitable, asegura Edinson, “hacer memoria, recordar para no volver a repetir lo que ya vivimos”.

***


Hace un año también vine a la Misión de Verificación, nada cambia: vías de acceso que no son vías ni accesos, corregimientos y veredas que al crecer el río o enfangarse la trocha quedan incomunicadas, escuelas con paredes de tela, hacinamiento en las aulas, baterías sanitarias inservibles, puestos de salud inundados, medicamentos vencidos, camillas podridas, equipos consumidos por los años, casas que parecen del siglo XVIII con electrodomésticos del siglo XXI, distancias inabarcables, ausencia Estatal y botas, muchas botas.

La apuesta por la vida y la permanencia también sigue intacta. En el Catatumbo solo piden que no los involucren en una guerra ajena y que el Estado no los desprecie. Ellos con sus peajes comunitarios –satanizados porque según el Ejército eran la fuente de financiamiento del ELN–, con sus normas y sus formas propias, encontrarán la manera de echar una placa huella, construir un polideportivo, comercializar su café y sus pomadas, comprar una ambulancia para transportar al enfermo, o una retroexcavadora para volver transitable la trocha.

Marina no necesitó una maestría para descubrir la simplicidad de la fórmula: “Para mí la paz es cuando ya no haya más niños con hambre, cuando ya no haya más madres llorando, esa es la paz: que tengamos una vivienda digna para todos y una comida digna, porque a veces nuestros niños padecen mucho de hambre”.

El Catatumbo y el Cisca están cansados de que el Estado proponga la guerra como proyecto de vida, como único destino posible. “Al lado de este dolor histórico ha crecido también la templanza, valentía, y resistencia de una población que se niega a doblar la cabeza, a marchitarse, a cada golpe trágico lo ha sucedido un renovado esfuerzo por organizarse, por luchar, por permanecer en el territorio”, dijo el Cisca en un comunicado publicado el 30 de julio de 2018, día en el que asesinaron a nueve personas en el casco urbano de El Tarra. La historia del Catatumbo tiene inicio, nudo, y pareciera que no tiene final, aunque yo vi a las comunidades escribiéndolo.

La primera llamada la recibí en el andén de mi casa. –Ve, que te necesitan, dijo mi hermana al pasarme por la ventana el teléfono inalámbrico.


De este lado de la bocina se escuchaba la interferencia en la señal y del otro, la voz de mando de un hombre estalló:


–Bueno negra hijueputa, te callás ¿vas a seguir molestando en ese hospital o te limpiamos?
Intenté responder, pero con más fuerza insistió:
–Déjame hablar hijueputa, malparida, te callás o te vas de aquí.

Entonces me quedé en silencio y la llamada terminó, pasaron un par de minutos para que el teléfono volviera a timbrar, eran mis compañeros del sindicato; no solo me habían amenazado a mí, también habían contactado a Humberto Grueso, María Florentina Hurtado, Rubiela Libreros y Noreida Guerrero, todos hacíamos parte de la junta directiva del sindicato y para todos el mensaje era el mismo: debíamos desistir de exigir que nos pagaran el salario que el hospital nos debía desde hacía varios meses.

 

***

De mis 46 años de vida, 20 los he dedicado a la salud y al sindicalismo. A estos llegué en el año 1994 como estudiante del SENA para ser auxiliar de enfermería en el Hospital Departamental San Rafael en Zarzal, un municipio que queda al norte del Valle del Cauca. Durante mi formación nos hablaron mucho de la relación entre la sociedad y nuestra profesión, de su carácter humanitario, entonces el mundo se empieza a ver de otra manera, donde el otro importa, y por eso digo que para luchar por uno mismo también hay que emprender luchas por el otro, en este caso los usuarios.

Pero de esto ya me habían hablado en la casa, mi abuelo fue sindicalista de Colpuertos y mi padre perteneció al Sindicato de Trabajadores del Ingenio Riopaila, crecí escuchando sobre reclamar los derechos porque en Colombia, aunque estén consagrados en normas y ahí se vean muy bonitos, para que se te apliquen y se cumplan tienes que exigirlos. Esto se me grabó como una veta, por eso creo que ante una injusticia siempre hay que hacer algo.

Al año siguiente de haber iniciado mis prácticas, recibí un oficio en el cual la administración me informaba que empezaba a prestar mis servicios en nombramiento provisional en el área de consulta externa, y de inmediato me afilié a ANTHOC (la Asociación Nacional Sindical de Trabajadores y Servidores Públicos de la Salud y Seguridad Social Integral y Servicios Complementarios de Colombia del Hospital).

Para entonces todo era muy diferente, pero también empezaba a cambiar. Los primeros síntomas del problema comenzaron en 1997. A pesar de que la Ley 100 había entrado en rigor desde el año 1993, fue en este que se comenzaron a manifestar las consecuencias para los trabajadores del hospital.

 

***


¿Qué es lo primero que uno debe garantizar en su casa? Pues las necesidades básicas satisfechas con el salario, un derecho que debe tener todo trabajador a una remuneración por la prestación de sus servicios. Pero aquí eso cambió. En enero de 1997 ocurrió un primer atraso en el pago de los salarios, fueron más de cinco días y para nosotros era una sorpresa, también había comenzado a disminuir la contratación de personal; se reestructuró la E.S.E. Así iniciaba la crisis y el enfrentamiento del sindicato con la administración del hospital.

Con el tiempo estos atrasos se volvieron constantes, en el año 2000 esto hizo metástasis: llegamos a pasar hasta ocho meses sin salario, además no nos pagaban la seguridad social, las horas extras, los recargos nocturnos ni dominicales. Imagínese ¿cómo sobrevive uno sin salario tanto tiempo? Tocaba empeñar y prestar a los prestamistas, esos que llaman “gota-gota”, ahí aparece ese otro fenómeno de violencia económica de los prestamistas que cobraban interés al 10, 15 y 20 por ciento, entonces cuando llegaba el sueldo no se veía nada de dinero, había que entregarlo a estas personas.

Empezamos entonces a movilizarnos, a hacer asambleas, derechos de petición, a solicitar reuniones, a defender nuestros derechos. Siendo de la base, empecé a hablar y liderar procesos, y al notarlo, mis compañeras auxiliares de enfermería consideraron que debían blindarme con un fuero sindical y hacerme parte de la junta del sindicato, así llegué a ocupar con otros compañeros este espacio.

Y fue allí cuando llegó la amenaza por teléfono. Nos llamaron a casi todos los miembros de la junta, que si seguíamos molestando en ese hospital nos iban a desaparecer, que nos calláramos. Hicimos las denuncias respectivas, algunos de los compañeros dijeron que eran las águilas negras porque llegó también un panfleto, pero la respuesta de las autoridades fue que ese fenómeno no existía en nuestro municipio. Yo era nueva en la junta, no entendía muy bien por qué motivo nos amenazaban, si lo que estábamos pidiendo era justo.


Sobre esto hay mucho que decir, es difícil recordar fechas exactas sin tener en la mano algunos documentos que nos refresquen la memoria. Han sido varias las amenazas que nos han hecho, muchos compañeros se tuvieron que ir: el señor Humberto Grueso, la compañera Noreida Guerrero, la psicóloga del hospital, María Florentina Hurtado. Algunos exiliados y otros asilados. A otros los mataron como a Juan Carlos Libreros, ¿y quién quería ser el próximo difunto? Nadie, ya con un muerto de por medio uno dice: aquí toca callarse. Por ejemplo, la compañera que trabajaba con él se tuvo que ir, ella se llama Libia Yaneth Mejida Ibáñez.

Luego, en el año 2002, nos amenazaron por segunda vez. Llegó una carta con letras de papel periódico, y en esa ocasión me resultó asilo. Yo sentí morir. Uno lejos de la familia, lejos de la tierra. Pensaba que los que realmente hacen algo malo están tranquilos con las puertas abiertas en sus casas y uno por pedir que le paguen el salario, que está trabajando todos los días con gusto, amor y respeto por los pacientes, a uno sí lo amenazan. Si yo me retiro ¿será que no pasa nada? –me rondaba en la mente–, si me iba pensaba en la muerte de mis padres y en que si regresaba después seguiría latente la amenaza, como le pasó hace casi tres años al compañero Robinson Rendón que, al volver del exilio en Canadá, fue desaparecido.

“Yo no estoy matando a nadie, ni soy ninguna delincuente para tenerme que retirar del sindicato o irme del país. Aquí me quedo porque no estoy cometiendo ningún ilícito por reclamar un derecho que tiene todo el que trabaja, si en otros sectores se paga ¿a nosotros por qué no?”, me dije y tomé esta decisión como un acto de supervivencia.

 

***


Con las amenazas de muerte le cambia la vida a uno. Al salir de mi casa todos se quedaban preocupados sin saber si volvía o no, afuera sentía que me perseguían. Para entonces en Zarzal la violencia estaba en su auge, era un estado de zozobra y después de que los compañeros se fueron exiliados, siempre se estaba a la espera del momento en que arremeterían contra uno.
A nivel familiar siempre ha sido difícil combinar la actividad sindical con el rol de madre soltera y en este contexto de amenazas mucho más, porque a uno le cambia el panorama al no poder salir con sus hijos a caminar y compartir con normalidad. El solo hecho de estar dedicada al sindicalismo ha marcado también la vida de mis hijos y aunque siempre he tenido el apoyo de mi familia, no pude estar presente en muchos momentos de ellos por el hecho de que en ocasiones significaba riesgos. Como madre nunca pude enseñarles a mis tres hijos a montar bicicletica, por temor a que les pasara algo al estar cerca de mí, y mi hermana tenía que cubrirme en las reuniones de la escuela. Alguna vez mi hijo, que hoy tiene 22 años, me hizo el reclamo por no estar en la reunión de padres de familia y me dijo frente a su profesor:
–No pues siga dedicando el tiempo a su sindicato.

Estos sacrificios muchas veces no son valorados dentro del movimiento sindical y a veces venía sobre mí la pregunta: ¿será que sí vamos por el camino correcto? Pasa un gerente, llega otro, pasa un gobernador, llega otro, y todo es lo mismo. En ocasiones uno dice, bueno, y con tanta lucha usted qué consigue, cuando poco o nada cambia.

Pero para mí nada es difícil. Yo considero que uno está en lo correcto, si el que te doblega tiene unos derechos hasta de mandarte a amenazar y joderte la vida, no los va a tener uno que trabaja juicioso, cumple un horario, hace el trabajo con amor y entrega lo mejor de sí, así no me estén pagando y no pueda llevar en condiciones normales y dignas el sustento a mi casa, sino que me toque fiar, prestar o empeñar.

Aquí hay un problema que es estructural: a un soldado o policía no le pagan por producción, a él le pagan por una necesidad social, por prestar su servicio, pero a nosotros nos quieren pagar por número de enfermos atendidos y tenemos que emitir una factura que dice que se presta un servicio, pero tenemos que estar funcionando como hospital con personal las 24 horas.

 

***


Si tú construyes sobre cimientos débiles, esa estructura tiende a caerse. La verdad se debe construir para poder que en Colombia se respeten los derechos de las personas, y pienso que ahora hay una gran oportunidad para que se escuchen nuestras voces.

Si se logra construir verdad, que nuestros testimonios puedan servir y llegar a todos los rincones, que todas las personas puedan contribuir para construir esa verdad, va a ser importante. Cuando a mí me dicen la verdad, se puede sanar el alma, saber quién nos amenazó y por qué motivo, quién asesinó a nuestro compañero y por qué motivo, quién desapareció a nuestro compañero y por qué motivo, construir esa verdad pero que no se sigan enmascarando más situaciones de los trabajadores, de los líderes sociales que reclamamos lo justo.
A partir de eso se pueden cambiar procesos en el país y llegar a una verdadera democracia, si los colombianos en su mayoría lo quieren hacer, porque llegar a la verdad nos va a permitir, primero, calmar esa sed de justicia y que haya cambios estructurales, que es lo más importante para poder que se descubra y se materialice la corrupción como un fenómeno terrible. ¡Esa sí es una rueda en la estaca! No son los sindicalistas, porque a la corrupción le ofende que uno señale: vea, se están llevando tanto y estos se están oponiendo, porque en ocasiones no se pagan salarios, porque hay que pagarle al proveedor y el proveedor da tanto para los bolsillos de no sé quién. Conocer la verdad va a permitir que haya cambios de fondo.


*Este testimonio fue construido con el relato de una lideresa sindical, cuyo nombre se modifica por motivos de seguridad.
*El presente artículo es la primera entrega de la alianza entre la Escuela Nacional Sindical y Periferia con el propósito de visibilizar la violencia antisindical en el país y las apuestas del sindicalismo ante el SIVJRN.

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