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En un artículo de mayo de 2017, año anterior al de las elecciones en Brasil, escribimos: "Dado el fracaso venidero de este gobierno, quedarán solamente tres fichas de apuesta: la de la farsa estética, la de un gran pacto, o la de la fuerza. [...] La apuesta más certera de las clases dominantes para 2018 sería la de establecer un candidato que no se atreviera a retroceder al proyecto de Temer, pero que le diera una nueva actitud y ofreciera también aparentes beneficios al pueblo. [...] El problema, naturalmente, será mantener la farsa estética suficientemente luminosa, para cegar al pueblo de su dura realidad cotidiana. [...] Agotadas las posibilidades anteriores, quedará solamente la suspensión de las fachadas democráticas, que puede ocurrir de varias maneras – más o menos institucionales – y es la opción más peligrosa, aunque la más lucrativa”.

Pues bien: este primero de enero asumió la presidencia el capitán reformado Jair Messias Bolsonaro, elegido tras recibir cerca de 58 millones de votos en las elecciones de octubre de 2018. Es el presidente de la farsa estética por la promesa de la fuerza. Y, como sistematizamos en mayo, cuando la primera se disuelva, la última triunfará.

El Datafolha da cuenta de algunos datos interesantes en cuanto a la expectativa de los brasileños con el nuevo gobierno. Primero: el 65% tiene una expectativa óptima o buena en el nuevo gobierno. Aunque parezca alto a primera vista, el número es el más bajo desde Fernando Collor (71%), pasando por Fernando Henrique Cardoso (70%), Lula (76%) y Dilma (73%). Además, en lo que se refiere a las malas valoraciones o pésimas, Bolsonaro bate récord, con el 12% (Collor tenía un 4%; FHC, 5%; Lula, 3%; Dilma 6%). Segundo: la mayor parte de los brasileños (46%) cree que es en el combate a la violencia que el nuevo gobierno actuará más.

Es decir: desde 1990, Bolsonaro es el presidente que menos cuenta con uno de los componentes fundamentales de Brasil: la buena expectativa. Y, por otro lado, es el que más desconfianza tiene por parte de los brasileños.

Del marrón globalizante al mar de barro…

Hasta un niño pequeño sabe identificar que al mezclar muchos colores y tonos, todo se vuelve marrón, un lodo sin vivacidad. Y fue contra ese marrón de la mezcla de tonos que Bolsonaro hizo sus motos y llegó a la Presidencia.

En la economía, el vacío se caracterizaba por una política que estimulaba el consumo sin estimular la producción. Millones de brasileños accedieron a bienes que nunca habían tenido antes –básicos o superfluos, es bueno resaltar, sin que hubiera una política de desarrollo productivo (sea industrial, sea en la infraestructura básica). El resultado es que, por un lado, Brasil profundizó su dependencia, mientras que, por otro, se convirtió en un nuevo gran mercado consumidor. A pesar de las aparentes ganancias con el crecimiento económico, se hacía imposible mantener el cálculo económico acertado, ya que la generación de empleos se perjudicó, al menos en lo que se refiere a la calidad. En otras palabras: lo que doña María, a los 60 años, pasó a comprar, es lo que su hija, a los 30, no producía. Los bienes más relevantes para el desarrollo del país eran aquellos que Brasil más importaba. Para pagar la cuenta, producía y exportaba productos básicos que, para un proyecto de desarrollo nacional, no tienen gran relevancia. Tal vez el esfuerzo pudiera dar resultados en 30 o 40 años, pero en este continente el mundo político parece siempre girar más rápido que el económico.

En la política, este vacío se caracterizó por el acuerdo, por el amansamiento, por la negación de las diferencias conflictivas en favor de una afirmación de diferencias que supuestamente comulgan. Y si esto fue verdad en la "alta política" de los acuerdos infinitos de los gobiernos Lula, y en su continuación en los gobiernos Dilma, que llegó a intentar concederle al enemigo casi en absoluto en su segundo gobierno, para que este dejara de avanzar (y su falta de éxito hoy nos prueba que en este país las diferencias de hecho no comulgan por milagro divino), en la "baja política", en las costumbres, eso también fue real. La percepción de que hubo un cierto salto ideológico en Brasil durante los gobiernos petistas (del Partido de los Trabajadores), en especial entre los más jóvenes, aunque sea absolutamente exagerada e incluso falsificada por Bolsonaro y su campaña, tiene razón de ser.

En la medida en que las demandas tradicionales y concretas de las izquierdas fueron un tanto paralizadas por el estímulo al consumo y el burocratismo inmóvil del Partido de los Trabajadores, las demandas de las llamadas minorías crecieron y se fortalecieron, siguiendo un movimiento más o menos alineado globalmente. Primero porque pobres, negros y mujeres pasaron a otra situación social, aunque no tuvieran un gran salto económico. Los primeros fueron ampliamente insertados en el mercado consumidor, y todos tuvieron un avance inmenso  en el acceso a la enseñanza superior. Pero ¿a qué enseñanza superior? ¿Ha habido una propuesta de reforma educativa amplia, por ejemplo? ¿Una dirección, por parte del Partido de los Trabajadores, de esa masa que pasaba a politizarse en las universidades? No.

En la ausencia de un direccionamiento ideológico que chocara en lo real con la dominación a la que son sometidos, estos grupos fueron revestidos por la ideología dominante, pero por una línea ideológica que abraza, o al menos que aparenta abrazar sus demandas: una concepción de "activismo" típica del primer mundo cosmopolita, en que todos los problemas deben ser resueltos por la “iluminación de los incultos” y por la “modernización de los atrasados” (pero ni en el primer mundo esto parece ocurrir, y la victoria de Trump sobre Hillary Clinton es un indicativo de esto). Tal fue la magnitud de este proceso que hasta la Red Globo de Televisión, aliada del régimen durante la dictadura militar, pasó por un proceso de "modernización" en este sentido (la reportera Renata Vasconcellos presionando a Bolsonaro en cuanto a la cuestión de los salarios desiguales, la temporada de una telenovela juvenil cuyo gran motivo era "abrazar las diferencias", etc.).

Este es el primer punto: el embate político real fue desalentado, y en su lugar triunfó un embate ideológico que, bajo los auspicios de una cierta concepción de modernidad, no fue capaz de conversar con el país, al mismo tiempo que infló, en el nivel ideológico, la reacción conservadora.

El segundo punto es que no hubo una alteración, bajo los gobiernos petistas, en las relaciones concretas de esos grupos con la sociedad en general (de nuevo: porque fue meramente ideológica y, aún más, sin dirección). Los asesinatos masivos de jóvenes negros no cesaron, ni hubo una política amplia y radical de enfrentamiento al feminicidio. Las relaciones de trabajo, para ambos, tampoco fueron alteradas: mujeres y negros no pasaron a otra situación económica, aunque cada vez más estuvieran cursando la enseñanza superior. No hubo una reforma política que estableciera un mínimo de candidaturas provenientes de esos grupos, ni una reforma en las policías en cuanto al trato dado a ellos.

En el discurso, las demandas de estos grupos se convirtieron en el centro. Pero, en realidad, siguieron marginados. Un ejemplo más lúcido: el principal programa de vivienda de los gobiernos petistas fue el Minha Casa, Minha Vida ("Mi Casa, Mi Vida"). En este programa, el Estado financiaba o subsidiaba la compra de apartamentos, construidos por empresas privadas. ¿Y dónde se construyeron los apartamentos para las familias más pobres, que, en Brasil, son formadas mayoritariamente por la población negra? En las periferias, literalmente marginadas del centro.

La esperanza era que, tras algunos cambios sociales, los conflictos se resolverían por sí mismos. Pero el gran estadista no espera nada de nada. No espera que ciertos estímulos basten para que la economía se ajuste, ni calcula en treinta años los cambios que, a su pueblo, son urgentes. El gran estadista dirige, y dirige con puño firme, teniendo siempre en mente el enfrentamiento. Hay que crear orden a partir del caos. Y, cuando el orden presente no agrada, ha de transformarlo en caos, por la convicción contenciosa e intransigente, para establecer un nuevo orden. Imaginar crear un nuevo orden a partir del orden de ayer: este fue el pecado del PT. Crear un ordenamiento aún más duro, pintando como caos lo que era orden: esta es la virtud de Bolsonaro. Esta es la farsa estética.

Barro rojo

Los gobiernos petistas, tanto en lo que se refiere al campo económico como el político, significaron por lo tanto un cierto intento de mediación de los problemas brasileños entre dos mundos (el de los ricos y el de los pobres) que el fortalecimiento de uno de esos mundos. Bolsonaro se eligió precisamente por eso: porque esta mediación representaba una gran mezcla de tintas que, al final, se vuelve marrón, vacía, sin significado. Triunfó en ese vacío para reafirmar, por la violencia, el mundo de los ricos.

En la economía, Bolsonaro de hecho no propone nada. Quien lo hace es el responsable por la cartera, Paulo Guedes, con sus planes milagrosos de ultraliberalización. Privatizaciones de estatales, recorte de gastos, retirada de derechos: las pautas preferenciales de los ricos, con el apoyo esperanzado de la clase media (que compró esos discursos con la esperanza de mejores empleos, salarios etc.), contra los pobres.

En la política, promete una nueva cruzada moral (y eso aparentemente hace bien, a diferencia de los gobiernos petistas: quiere promover una escuela con partido único –aunque apodada “Sin Partido”–, hacer comunicación propia, etc.), confrontar con países disidentes y combatir a la criminalidad que, como vimos, es la esperanza de muchos.

Y así nacen los problemas, porque los sueños de una noche de verano de Paulo Guedes, aunque compartidos por las clases medias, pronto comenzarán a decepcionar. Después de todo, son los sueños de la élite. Hay una variable: a depender de lo que el gobierno escoja hacer (por ejemplo, liquidar en los próximos cuatro años las reservas internacionales de Brasil y/o conseguir préstamos con los norteamericanos), la revuelta de las clases medias podrá ser contenida momentáneamente. La de los pobres, sin embargo, es cierta. La nueva "cruzada moral" también pronto se desvanecerá (sea frente a un desastre económico, sea frente a la dura realidad que insiste en demostrar que ese tipo de "cambio", la farsa estética, poco altera la realidad). Por fin, el tan esperado combate a la criminalidad será inocuo. No sirve de nada estimular los deseos más violentos de la policía y de la sociedad, ni proveerlos de armas, mientras exista la intención de vivir con dignidad así sea necesario entregar el cuerpo a una celda o a los gusanos de la tierra. Y Pablo Guedes se encargará de aumentar cada vez más esta intención.

Si el proyecto de Bolsonaro fuera momentáneo, podría triunfar con relativo confort. Pero las élites quieren deshacerse por algún tiempo de los pactos. Cuando la fiesta termine, la luz se apague, el pueblo desaparezca y la noche se enfríe, se levantarán las revueltas (dirigidas, si actuamos con decisión, o difusas, si no lo hacemos) y solo será posible seguir con sus planes por medio de la violencia abierta, por la suspensión de los principios democráticos que lo hicieron presidente, por la guerra. Es probable que los planes sean asegurados hasta sin Bolsonaro.

¿Jair, y ahora?

Ahora viene el prometido mar de barro, que en estas tierras es rojo sangre. Si de 2015 a 2017 era necesario enfrentar al enemigo y sacar el poder de la iniciativa de sus manos, la tarea ahora parece imposible: ahora tiene toda la iniciativa, todo el aparato del Estado, la promesa de la radicalización y el uso de la violencia y, por encima de todo, la tan amada "legitimidad de las urnas".

En la izquierda, el Partido de los Trabajadores se desmorona. Su principal (¿o sería único?) líder está preso y así permanecerá; sus organizaciones de base se enfrentan cada vez más al sofocamiento económico; su nuevo líder (o algo así) insiste en las tesis ya comentadas sobre la “iluminación de los incultos” y “la modernización de los atrasados”. Mientras tanto, los sectores liberales de la izquierda quedarán cada vez más aislados. Primero porque el descontento que surgirá, de aquí en adelante, será más económico y concreto, y menos político e ideal. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno va a avanzar en el campo ideológico, restringiendo el terreno de estos sectores (al tiempo que los utilizará en sus tácticas de cortina de humo).

Solo los que se presten atención a las demandas concretas que surgirán, que fortalezcan y expandan sus bases, y mantengan una posición ideológica radical podrán enfrentar a Jair Bolsonaro. El tiempo urge.

“Por la fuerza que nos da el sumo creador sobre nuestra madre tierra,
con el acompañamiento del sol, la luna, los páramos, los ríos,
nuestros espíritus celestes,
la verraquera tierna de nuestros mayores,
los de aquí, los que se quedaron allá, los que están en el más allá,
con esa fuerza de la mujer generadora de vida,
con la alegría de nuestros niños,
con el entusiasmo de nuestros jóvenes, de nuestras señoritas,
conjuramos y exorcizamos nuestras semillas, nuestra hoja de coca,
nuestro territorio, nuestros pasos para subir al cerro,
para que a través de esta energía perviva en nuestros territorios”.
Herney Ruíz.

En Lerma, lo ancestral no es cosa del pasado. Por decisión de sus habitantes, las tradiciones y la cultura se recrean día a día, como una forma potente de hacerle frente a los problemas y cambiar el curso de su propia historia. Campesinos como Herney Ruíz trabajan a diario por recuperar las semillas propias, y por arraigar nuevamente el uso medicinal y nutricional de la coca, planta que años atrás se convirtió en el flagelo y la desesperanza de este pueblo. Hoy Lerma es un territorio campesino que contagia de la energía creadora y la fuerza transformadora de sus líderes sociales, de su misticismo y, sobre todo, de su amor y respeto por la hoja de coca.

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Lerma es un corregimiento de Bolívar, Cauca, ubicado sobre el macizo colombiano, y adornado con su cerro, uno de los miradores más importantes de esta región. La historia de este pequeño caserío, investigada y apropiada minuciosamente por sus habitantes, da cuenta de un territorio que, entre 1838 y 1851, se pobló con indígenas, afros y colonos que se mezclaron entre ellos. Café, garbanzo, maíz y yuca eran la base del sustento económico, y la coca un alimento y medicina. Lo más importante de estos años es que en Lerma, a pesar de ser un territorio olvidado, se vivía con calma.

En 1979 sobrevino la desgracia. Los Cuerpos de Paz, agencias estadounidenses que llegaron a Colombia con la misión de pacificar y hacer trabajo social, paradójicamente trajeron consigo la violencia a este territorio. Estos forasteros de ojos azules, cabello rubio y habla diferente, como se refieren a ellos los abuelos campesinos, se encargaron de enseñarle a la comunidad (igual que en otras zonas del país) a transformar la hoja de coca en cocaína. Y es que según explica Luis Alberto Gómez, profesor de Lerma, “hasta entonces nosotros no sabíamos que de la coca se sacaba cocaína. De un momento a otro empezamos a ver que la gente ya no la vendía tostada, para mambear, sino que la empezaba a comerciar cruda, pero no se sabía para qué era”.

Así empezó la bonanza cocalera. La libra de coca que se vendía a cinco centavos tostada, empezó a venderse a 50 centavos pero cruda, y luego a cinco pesos, hasta llegar, a finales de los 80, a valer 500 pesos. Por este flujo de dinero que generó la coca, los cultivos tradicionales se acabaron. Todo se vendía, todo se compraba. En cada casa (para entonces no eran más de 150 viviendas) había un carro o una moto, y también una empleada de servicio. Aunque no había energía eléctrica, había nevera. Y la mejor forma de divertirse era “echando plomo al aire”, porque cada uno portaba su arma.

La abundancia que pensaron duraría para siempre, se acabó cuatro años después, en el 83, cuando llegó la primera erradicación y la coca bajó de precio. El dinero dejó de circular como antes, y “como ya no había plata empezaron a robar entre ellos mismos. Pero si a mí me robaban yo estaba armado, y respondía con violencia. Empezaron las primeras muertes entre nuestras familias”, explica Luis Alberto. La población también empezó en un proceso de drogadicción, dado que por la falta de dinero, a los trabajadores se les pagaba con bazuco; niños, hombres y mujeres lo fumaban, y muchos no pudieron dejarlo. En este pequeño caserío había 15 cantinas, cinco griles y dos estancos, y a los extranjeros de los Cuerpos de Paz solo se les entendía cuando exclamaban “¡fuma, fuma, fuma!”.

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Cuando la bonanza cocalera empezó, Herney Ruíz tenía 11 años. Él y su mamá regresaron a Lerma, su lugar de origen, para sembrar con coca el cuarto de hectárea que tenían de herencia. A Herney le gustaba el campo, por eso cuando se terminó la bonanza y su mamá se fue, Herney “se rebeló” y decidió quedarse a vivir con sus tías. La violencia comenzó, y de manera inevitable se vio involucrado. Dice que recuerda haberse fumado, a esa edad, 250 cigarrillos de bazuco, pues a él como a todos le pagaban con base de coca. Sin embargo, la formación que recibió de su mamá lo llevó pronto a entender que eso no era bueno. “Ese humo que se iba uno como que lo quería atrapar, otra vez cogerlo, entonces llegó un momento en que decidí no ir a trabajar más, y esa fue la única manera de salirme de eso”, recuerda.


La vida en Lerma se ponía cada vez más difícil por la violencia interna. Pero él y un grupo de muchachos se resguardaron en el fútbol; construyeron en su vereda una cancha, y mientras la gente se mataba ellos jugaban. Herney se convirtió en el capitán del equipo que formaron y ese, recuerda muy bien, fue su primer liderazgo.

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La violencia en Lerma, que duró cinco años, dejó más de 120 muertes violentas; una cuarta parte de la población si se tiene en cuenta que para entonces el casco urbano tenía 400 habitantes. El panorama era crítico y algunos, cansados de la situación, clamaban para que llegara alguien que pudiera ayudarlos a salir del problema.

Fue así como Walter Gaviria, un lermeño que había logrado salir, estudiar y hacerse filósofo, regresó a Lerma en 1988 con la esperanza de hacer algo por su pueblo. Convocó a las juntas de acción comunal, a los pocos profesores de primaria, al inspector de Policía, a comerciantes, artistas y madres comunitarias, para encontrar salidas conjuntas a este problema. Discutieron, dieron ideas como por ejemplo revivir el puesto de Policía que se había acabado o instalar un batallón, pero las sabias palabras de un “gallero” llamado Roberto Quiñones fueron la base de la transformación en Lerma: “con los huevos malos ya no hay nada qué hacer, tenemos que anidar nuevos huevos para sacar nuevos pollos y verdaderos gallos de pelea”.

Entendieron así que necesitaban crear un colegio y fortalecer su proceso educativo con los niños y jóvenes. Además, que era necesario recuperar el sentido de pertenencia y la identidad a través del arte, la danza, el teatro y la cultura. También, que todo esto sería posible si mantenían intacta esta organización comunitaria. Y como este era un trabajo de largo aliento, también decidieron emprender acciones inmediatas: se dieron cuenta que se mataban entre ellos cuando estaban borrachos, por lo que autónomamente decidieron cerrar las cantinas y todos los sitios donde se expendiera licor. Durante diez años que estuvieron cerradas las cantinas, en Lerma hubo cero muertes violentas. Dejó de ser conocido como el pueblo donde se mataba o se robaba, para reconocerse por ser un territorio donde se construía paz.

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Cuando Walter Gaviria inició los talleres con los jóvenes, a Herney ya lo había picado el “bichito” de la rebeldía. Por eso se metió a hacer teatro y a aprender guitarra. “Uno no sabe si la cultura nace o se hace, pero ahí estaba en medio de esa violencia”, dice Herney, quien además empezó su propia escuela de estar preguntando: “Bueno, y yo quién diablos soy, por qué nací en Lerma, cómo hizo para poblarse Lerma, por qué nos encarcelan, por qué nos persiguen, por qué mascamos coca y cuáles son sus usos. Me agarré a investigar y a hablar con mi mamá, con unos tíos, con un tío de mi mamá, y me contaron historias bonitas, tristes, de guerra, por ejemplo que a la abuela le tocaba internarse en la montaña cuando se llevaban a los hombres, y que ella comía tal planta o la otra porque no se podía cocinar”.

Herney empezó a profundizar principalmente en los conocimientos alrededor de la coca. Por la misma época, fuertes movilizaciones surgieron en esta región agobiada por el olvido estatal, en las que él y otros tantos campesinos de Lerma participaron motivados por un mismo ideal. Nació el Comité de Integración del Macizo colombiano – CIMA-, y sin dudarlo se articularon. Esto fue importante para el fortalecimiento de su estructura organizativa, y para mostrar el proceso de Lerma hacia el resto del país. Gracias a esto, en 1993 Lerma fue reconocido como la mejor experiencia de autogestión comunitaria por el premio Luis Carlos Galán Sarmiento. Años después, en el 2013 y 2016, fue reconocido por el municipio y el departamento, respectivamente, como un Territorio de Convivencia y Paz.

Con el legado de Walter y los líderes del CIMA, Herney emprendió su liderazgo. Terminó su bachillerato, se hizo promotor de salud con la alcaldía, y luego con la empresa comunitaria Salud Bolívar de cuya creación también participó. Estudiar en una universidad se le hacía difícil, entonces se inscribió a la universidad de la vida, como él la llama, y se dedicó a estudiar “los secretos de los abuelos porque se están muriendo y se están perdiendo; la medicina tradicional porque nos hacen el paseo de la muerte y también es responsabilidad de nosotros, que cambiamos nuestros hábitos culturales de vida; la alimentación propia porque ahí está la esencia de la vida; también nuestros mitos y leyendas, los juegos tradicionales, entre otros”.

En estas, salió electo como concejal con la cuarta votación más alta de todo el municipio. Dice que fueron los cuatro años más largos de su vida por el conflicto armado en los territorios, y la persecución hacia los líderes sociales que lo obligaba a andar con miedo. Terminó su periodo, y con la formación recibida continuó desde el CIMA promoviendo el reconocimiento del uso tradicional de la hoja de coca para los campesinos. “La ley lo reconoce para los indígenas y no para los campesinos. Pero si uno mira la historia de nosotros que somos de Bolívar, se da cuenta que cuando todavía no había carretera para Popayán, ya nos llamaban bolsiverdes, porque los campesinos iban mascando coca, y de tanto mascar la bolsa o picha se volvía verde”.

Desde eso, Herney se ha encargado de llevar la coca a todo lado, a las reuniones, a las movilizaciones y encuentros. Ha logrado que muchos campesinos dejen de esconderse y sentir vergüenza por mascar la coca, y en ese proceso ya se conocen en Lerma 150 mascadores de coca. No deja de investigar sus usos y hoy, a través de una escuela agroambiental que se conserva desde los Laboratorios de Paz, tiene un proceso con 50 familias que directa e indirectamente se dedican al rescate de las semillas, al mambeo de la hoja y a la trasformación de la coca en productos y artesanías. Esto se suma a toda la estructura organizativa de Lerma, compuesta por la institución educativa, la Junta Territorio, Convivencia y Paz, las JAC, las iglesias, los grupos de mujeres, los guardianes de semillas, y el consejo afro.

Herney tiene su tienda donde comercializa productos como galletas, harina, hoja tostada, pan, artesanías y algunas postales de Lerma. Dice, y no hay que dudarlo, que en cualquier encuentro de coca en el país, si no está Lerma no hay coca, y ha logrado que los indígenas de la región dejen de pelearse el derecho exclusivo a mambear, demostrando que en su territorio la coca es el elemento transversal de su proceso de vida y resistencia.

Un equipo de periodistas viajó a la región del San Juan, en el departamento del Chocó, por invitación de una comunidad que quiere mostrar un lado más positivo de su territorio. Esta es una alianza Periferia – Zona Croma Comunicaciones.

El San Juan es uno de los ríos más importantes que tiene Colombia, aunque no sea tan mencionado como el río Cauca o el Magdalena. Nace en el Cerro de Caramanta, en límites de Antioquia y Risaralda, pasa por este último departamento, llega al Chocó y sigue su recorrido casi de manera paralela a la carretera Pereira – Quibdó, desde la vereda de Mumbú, a aproximadamente 50 kilómetros de Pueblo Rico, Risaralda. Luego de pasar por Istmina, sus aguas se convierten en la principal vía de transporte para muchas comunidades, que a punta de canalete o motor fuera de borda, se comunican entre sí y con el resto del país.

Siguiendo el recorrido por el San Juan, nos podemos encontrar diferentes comunidades, algunas organizadas en Resguardos Indígenas o en Consejos Comunitarios. En esta región el 95% de la población es afrocolombiana o negra, mientras que los mestizos, o paisas en el argot de la región, solo son el 3%, y los indígenas el 2%; sin embargo, las necesidades básicas insatisfechas golpean a todos por igual. Mientras bajamos por el río las casas hechas de cemento y ladrillo dan paso a casas hechas de madera, unas más grandes y elaboradas, otras solo con un piso y un techo de hoja de palma, todas ellas separadas del suelo por un metro o más, previendo el aumento del caudal del San Juan en época de lluvias.

Luego de algunas horas de viaje por el río, pasamos por varias comunidades, en donde nombres españoles se mezclan con nombres indígenas: San Miguel, Noanamá, Fujiadó, Potedó, Panamacito. En esta última comunidad nos quedamos por invitación de Willington Murillo, quien reiteró que “aquí estamos disponibles a que vengan a conocer, que se den cuenta de la realidad que vivimos nosotros acá, y que no es lo que muestran afuera, somos unas comunidades acogedoras con disponibilidad de prestar atención a todo el que llegue”.

Desafortunadamente, en esta parte del Chocó el conflicto armado ha sido lo único que los medios masivos han mostrado en los últimos años. Pero la situación no es fácil, después de la cabecera municipal de Istmina, por el río San Juan, hacen presencia diversos actores armados, la Armada, la Policía y el Ejercito; los paramilitares o bandas criminales como las llamadas Autodefensas Gaitanistas, y además la guerrilla del ELN; anteriormente también hacían presencia las FARC, pero luego del Acuerdo de La Habana con el gobierno de Santos no quedaron ni las disidencias. Por ahora, porque en esta parte del país, como en muchas otras, su riqueza ha sido un imán para los grupos armados, en una mezcla explosiva: oro, madera, coca y difícil acceso por lo adverso del terreno.

Pero Willington no quiere hablar de la guerra, sino del cambio. “Invitamos a todas esas personas que hoy quieran conocer una cosa tan especial que tiene el Chocó, que es su naturaleza, a que vengan y que se lleven una imagen de este paisaje tan hermoso que verdaderamente muchos no conocen”. En un recorrido por la comunidad, él nos cuenta que allí se produce arroz y tienen una trilladora donde procesan no solo lo que ellos cultivan, sino lo de otras comunidades cercanas. Con algunas familias intentaron un proyecto de Sacha Inchi, el maní Inca, pero las dificultades del transporte y posterior comercialización, sumado a la falta de apoyo por parte del Estado, dejaron pausado el proyecto. “Aquí se cultiva el arroz, se cultiva el maíz, todo se cultiva aquí, nosotros compramos el arroz cuando se nos acaba el de la cosecha, del maíz hacemos envueltos, hacemos mazamorra”, nos narra Josefina Murillo, una habitante de Panamacito, mientras su hija le hace trenzas en su canoso cabello.

En el camino nos encontramos con Clemente Perea, docente de la comunidad, y nos comenta que “las principales problemáticas de esta comunidad se refieren a la cuestión de la energía, el problema económico, el problema del transporte, el problema de la educación”. En ese sentido, Willington dice: “¿Problemáticas? El abandono del Estado, las malas condiciones de los centros de salud, no hay hospital, estamos sin vías de comunicación”. Doña Josefina nos cuenta otra situación que viven los habitantes de Panamacito: “...el problema es que aquí en el Chocó, los niños apenas terminan la primaria y el que quiera seguir estudiando por obligación se tiene que ir. A la mamá que no quiera dejar ir a su hijo solo, pues le toca irse también, por eso, por falta de esas cosas, se están quedando los campos solos, porque todos los niños, el papá o la mamá que quiera ver estudiar a su hijo, tiene que mandarlo que pa' Cali, pa' Istmina, el niño se puede ir llorando porque no se quiera ir, pero se tiene que ir porque no hay cómo terminar el bachillerato, entonces eso es algo que nos afecta mucho a las comunidades”.

A pesar de las dificultades que viven las comunidades, son pocos los que realmente quieren irse de sus territorios, pero ante la falta de alternativas, no son muchas las opciones que le quedan a las familias que han vivido por generaciones en esta comunidad, como el caso de doña Josefina, que nació y se crio en la comunidad de Panamacito, sigue allí desde hace 63 años y dice que no se quiere ir, ni quiere que sus hijos o nietos se vayan de esta región.

Contrario a los deseos que tiene la población, las casas se van quedando sin habitantes, abandonadas, no solo en esta comunidad, sino en muchas otras del Chocó; pero no es la violencia del conflicto lo que los está desplazando, sino la falta de oportunidades para progresar. ¿Cuáles son las garantías que le brinda el Estado? Muy pocas según comentan los habitantes en una reunión que convocó Willington horas después de nuestra llegada, en donde las voces de reclamo se multiplicaban y se podían resumir en una frase: “abandono estatal”. Piden mayor acompañamiento para iniciar proyectos productivos que funcionen a largo plazo, quieren vías de acceso, comercialización de productos. ¿Para qué lo piden? Para organizarse en asociaciones o cooperativas que les permitan mejorar sus condiciones de vida, quieren poder vender lo que producen y no tener que recurrir a la economía ilegal, pero sobre todo quieren que el Estado cumpla con sus obligaciones y les garantice sus derechos básicos.

 

La Cristalina

A la orilla del camino, a tabaquito y medio de la casa de don Tulio, está La Cristalina: el charco más bonito de la vereda. No hay nada más reconfortante que bajar de la molienda a las dos de la tarde y sumergirse en sus aguas, no sin antes dar una vuelta canela en el aire tirándose desde arriba del puente. Son dos metros de caída, pero realmente uno puede ver toda su vida mientras cae, desde el nacimiento hasta la tumba, lo recuerdo todo. La Cristalina es eje de la vida en mi vereda.

Un sancocho con la familia al lado del río, mis primas con sus encantos al viento, los tíos tomando tapetusa, el sabor amargo y dulce, fuerte y amable del primer aguardiente que me llenaba el pecho del valor suficiente para decir: ¡uy, prima!, usted como está de grande, le cambio esta flor de cámbulo por un besito. Y salía corriendo a refrescar mi cara enrojecida en las aguas del río, que era como mi mejor amigo.

Recuerdo que nos íbamos con las amistades después de las cinco de la tarde, cuando ya estaba oscurito, a montar la comitiva. Pedro traía una libra de panela, Gabriel llevaba el cacao que tostaba su papá con canela, María llevaba las ollas y las tazas de aluminio de la mamá, yo le robaba a mi abuelita unas arepas y un quesito envuelto en hojas de vihao, y Robeiro camuflaba una totumada de tapetusa que le sacaba al papá. Con el paso de la noche se prendía la fogata y con ella la fiesta.

Sin temor a equivocarme puedo decir que no existe cosa más hermosa en este mundo que La Cristalina iluminada por el color amarillento de la candela, reflejando las estrellas, y el destello de las siluetas de los míos, jugando a ser felices, cómplices del tiempo, altaneros, solapados, pero alegres y dispuestos a darlo todo por sus amigos.

Cuando íbamos a trabajar a la molienda de mi papá, desde las tres de la mañana sin parar hasta las tres de la tarde, nos daban dos horas para descansar a nosotros y a los caballos que estaban tan mareados que no podían ni caminar. Con el calor del horno en la sangre, empegotado de miel hasta la nuca, oliendo a caña vinagre y corriendo como locos, desembocábamos todos en el río para zambullirnos como si se fuera a acabar el mundo. Aun estando calorosos la vida nos sabía a buenos momentos, a trabajo con diversión y a migas de papa con huevo frito, carne, arepa y tajadas, envueltos en una hoja de plátano ahumada. Sinceramente no sé qué más le podía pedir a la vida.

Pero ahora resulta que vinieron a la vereda unos señores vestidos de corbata, sin sombrero, sin machete, sin poncho y sin un callo en la mano, a decirnos que lo mejor para la comunidad era “desviar el río”. Lo dijeron así, sin saberse el nombre del río, sin haberse bañado nunca en él, sin conocer a mis primas, sin probar la tapetusa del papá de Robeiro.

Nos dijeron: “Les vamos a hacer una placa deportiva, y les vamos a pavimentar la carretera hasta el pueblo”, sin saber que al pueblo bajamos una vez al mes, pero a La Cristalina vamos todos los días. Nos ofrecieron un carrielado de plata por la finca pintando pajaritos en el cielo, los mismos que iban a morir cuando desviaran el río. “Todo es por el progreso”, dijeron.

Le dijeron a mi papá que lo mejor era que yo me fuera a estudiar al pueblo, que tuviera un futuro mejor, que por allá estaba todo lo que yo necesitaba.

Pero qué van a saber ellos de necesidad, si llegan ofreciéndoles a los campesinos esta vida y la otra inventándose comodidades que no necesitamos, y creyendo que no sabemos todo lo que vale el río para nuestra vida, para nuestros hijos, para nuestros nietos. Sin saber que todo lo que necesitamos está siempre frente a nosotros: a la orilla del camino, a tabaquito y medio de la casa de don Tulio

Hoy, cuando de nuevo se abre el debate sobre la educación en Colombia, es necesario llevar el tema un poco más allá de la coyuntura del financiamiento y el acceso a la universidad. Y esto nos lleva a recorrer el camino ya transitado por los sectores sociales para ganar espacios dentro de la educación formal. Esta es una disputa con memoria.

A finales de la década de los ochenta una de las grandes problemáticas era la cobertura en los primeros niveles de enseñanza y el bachillerato. Viejas fórmulas se veían a medio camino cuando enfrentaban la realidad de infraestructuras deficientes, que no daban abasto para una población cada vez más concentrada en las principales ciudades de nuestro país. La Ley 115 de 1994 dio paso a un proyecto donde la modernización, por lo menos en el discurso, necesitaba transformar los colegios públicos en receptores efectivos de quienes se acercaban a las aulas tratando de procurarse un mejor futuro.

Si bien los indicadores en cobertura aumentaron de manera exponencial, lo cierto es que se logró debilitar al movimiento magisterial e implantar un modelo educativo propio de los países capitalistas periféricos: educación para el trabajo, logros, competencias, estándares. Una nueva vulgata tecnocrática vino a reemplazar la reflexión educativa crítica que apenas una década atrás había bebido de las fuentes de Paulo Freire, Lola Cendales, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, entre otros.

La Ley 30 de 1993 creó la ilusión de un Estatuto Universitario estable para un país que entraba en el escenario internacional con una nueva Constitución. Lo cierto es que, como ahora es evidente, se desfinanciaba la universidad pública, se planteaban ciclos más pensados para el trabajo que para el desarrollo tecnológico y se creaban instituciones a medio camino (universidades de garaje) que supuestamente cubrirían el déficit en cobertura de la educación superior. Los gobiernos de turno nombraron rectores más interesados en imponer reformas afines al capital. Ante este panorama, el estudiantado ha luchado y se ha movilizado por décadas.

Por otro lado, los movimientos sociales se fortalecieron a pesar de los embates de la apertura económica de Gaviria, el neoliberalismo de Samper y Pastrana, los dos gobiernos de Uribe, y la estigmatización hacia todas las formas de resistencia.

En la búsqueda de una paz negociada las bases incitaron, en la educación popular y alternativa, una reflexión que definiera el cómo de la construcción de nuevos escenarios de lucha ante el gran capital. Los medios de comunicación alternativa llegaron para acompañar y aportar en el camino de la formación de nuevos líderes que entendieron que la estrategia para el cambio debe ser integral y debe abarcar varios frentes de construcción de lo público.
Hoy, la educación necesita ser pensada en clave de la lucha y de los movimientos sociales, y en este sentido no puede alejarse del pensamiento crítico. Es por eso que la educación debe ser una educación crítica, que dé cuenta de los problemas y retos de la actualidad. En este sentido, no puede alejarse de la coyuntura o acontecer cotidiano, ni de las causas estructurales de los hechos. Debe ser una educación que dé respuesta al hoy para la construcción del mañana; siguiendo a Foucault, una “ontología del presente”. En este sentido el objetivo es crear sujetos libres, capaces de leer su entorno y transformarlo colectivamente. No una educación de contenidos con la cual prime el bien individual y el “éxito”.

También debe ser una educación popular, que emerja de las bases, de los movimientos sociales, dando espacio para la singularidad de los mismos. Por eso debe ser una educación originaria, raizal, obrera, estudiantil, urbana y campesina, que recoja las luchas de los actores sociales subalternos, tan pacientemente olvidados por la historia oficial, para iluminar los nuevos escenarios de resistencia. Así, es de suma importancia reconstruir archivos propios, escribir la historia de los colectivos, y dejar un insumo invaluable para futuras luchas.

Debe ser una educación liberadora. Como ya lo anunció Paulo Freire, no basta con un discurso pedagógico bancario (con saberes acumulados) sino que es necesario una dinámica donde el sujeto se construya y transforme al mismo tiempo que su entorno social. De lo contrario, la universidad seguirá siendo una simple reproductora de saberes del capitalismo. No asumir la educación del opresor es también no asumir su proyecto. Una educación verdaderamente liberadora y libre es capaz de pensar por fuera del capital y construir un mundo verdaderamente humano.

Debe ser una educación inclusiva, que borre las barreras construidas artificialmente entre los saberes teóricos y los prácticos. Esto es más notorio en los procesos sociales de base, donde han retrasado la integración de profesionales, muchos de ellos salidos de sus propias entrañas, proyectados a las dinámicas de transformación de las comunidades. Pero también una educación capaz de pensar en términos de alteridad, donde sea posible acoger los diferentes saberes originarios y ancestrales; donde la diferencia no sea un obstáculo sino un pilar sobre el cual construir.

Finalmente, debe ser una educación en sintonía con nuestra casa común, dado que uno de los grandes temas a trabajar en nuestras comunidades es el cuidado del planeta en sintonía con una ecología profunda. Leonardo Boff la plantea como una lucha más allá de los tópicos aceptados por el capitalismo. El sistema capitalista y la existencia del planeta son incompatibles, no entenderlo así solo produce reflexiones funcionales a un sistema depredador. Un nuevo paradigma debe surgir, donde el ser humano se reconozca como parte de un entramado de relaciones que lo obliga a replantear su proyecto, donde la tierra está en el centro como un ser vivo.

El debate por la educación y el rol de la universidad se extenderá en clave de resistencia durante el actual gobierno. Se avecina toda una etapa de movilización, reflexión y unidad. Los hombres y mujeres que componen los diferentes movimientos sociales están dispuestos a trabajar un país mejor. Citando a una de mis estudiantes, “un lugar en el mundo donde la hogaza no se haga roca, ni los ríos sean sangre”, un país donde pensar y actuar diferente sea sinónimo de cambio.

Paso a paso
El segundo semestre del 2018 fue una demostración de valentía, coraje, de organización y lucha de un movimiento estudiantil que un año antes se creía que dormía. Las movilizaciones, encuentros nacionales, debates y horas interminables de asamblea, fueron iniciando poco a poco en todo el territorio nacional. Así pasaron los días mientras el fuego de la esperanza y la lucha invadía a muchos corazones desprevenidos, que meses antes no se hubieran visto involucrados en un anhelo nacional que reclamaba una educación digna en nuestro país.

Fue así como despertó este movimiento que tenía el peso de una educación superior con 16 billones de déficit y que daría un primer paso seguro ante esta y otras problemáticas con la creación de la UNEES (Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior), una plataforma que nació en septiembre en Caquetá, en el marco del segundo Encuentro Nacional de Estudiantes de Educación Superior. Allí, entre instituciones de educación superior(IES); públicas y privadas de todo el país y delegaciones que representaban los sentires amplios de las asambleas estudiantiles, se construyó un pliego que sería la ruta de lucha de un paro nacional histórico que ni siquiera los asistentes del encuentro preveían.

En este segundo encuentro nacional se hizo el llamado a las instituciones de todo el país a implementar mecanismos de presión para posicionar el pliego. Así, entre movilizaciones locales, nacionales y diferentes procesos, se definió como hora cero del paro el día 11 de octubre. Horas antes el paro fue recibido con una multitudinaria movilización sin precedentes en muchas de las ciudades que marcharon y que, por el impacto logrado aquel 10 de octubre, logró instalar una mesa de negociación con organizaciones profesorales, estudiantiles y el Gobierno nacional.

El siguiente paso fue la mesa de negociación: luego de que los rectores del Sistema Universitario Estatal firmaran un acuerdo, los estudiantes continuaron presionando hasta lograr un espacio para ser escuchados. Esta mesa estuvo marcada por largas e intensas jornadas de movilización y negociación, donde el sector educativo y el Gobierno tuvieron bastantes diferencias, tanto así que el Gobierno decidió levantarse de la mesa dos veces, y los estudiantes suspenderla el 13 de diciembre horas antes de firmar. Esto debido a que este mismo día se dio una nefasta jornada de represión en las movilizaciones nacionales, en donde Esteban Mosquera – estudiante de la Universidad del Cauca– perdió un ojo a causa de un proyectil lanzado por el ESMAD. Sin embargo, al día siguiente todo el estamento estudiantil firmó el acuerdo.

El hecho se produjo tras la presión del Gobierno, que se mantuvo en una lógica de todo o nada: o se aceptaba la propuesta que había en la mesa o se retiraban de la mesa definitivamente sin que quedara nada de lo acordado. Esta firma presionada generó inconformidades en la comunidad estudiantil, pues se hizo un 14 de diciembre cuando las universidades estaban vacías, y cuando no había la posibilidad de convocar escenarios asamblearios para avalar (o no) la decisión, además, se firmó con una jornada de represión previa y con un Gobierno que había sido rechazado rotundamente en las calles.

De esta mesa de negociación nacional salieron varios avances y mesas temáticas que se negociarán este 2019: reforma a los artículos 86 y 87 de la Ley 30, al Sistema General de Regalías, al Icetex, y a Instituciones Técnicas, Tecnológicas y Universitarias (ITTUS) y Publindex. Adicionalmente, hay una con la Alta Consejería de los DDHH de la presidencia para tratar el tema de la vulneración de DDHH en el marco de la protesta social. Por otro lado, están los 4.5 billones que se lograron arrebatarle al Gobierno en la mesa de negociación, y los recursos que aumentarán la base presupuestal de la educación, ligados al aumento del Índice de Precios al Consumidor (IPC) que serán reajustados durante los próximos años así: a partir de 2019 se hará un aumento del IPC más 3,5%; para el 2020, IPC más 4%; para el 2021, IPC más 4,5%, y para 2022, IPC más 4,65%.

¿Quiénes lograron sentar al Gobierno saliendo a las calles?
La composición de este movimiento estudiantil representado en la UNEES tiene unas características bastante particulares: en su gran mayoría las personas que nutrieron y conformaron comités, consejos, asambleas y labores necesarias en este paro, fueron personas que quizás nunca se hubieran pensado en una organización de carácter claramente crítico y con principios como la combatividad, como lo es esta plataforma. En su gran mayoría son personas sin formación política u organización previa, con la inquietud causada por un país lleno de corrupción y con un Gobierno nefasto que viene perdiendo legitimidad en los espacios universitarios y estudiantiles. La falta de experiencia y formación es a la vez ventaja y desventaja de este movimiento: obtuvo avances cuantitativos gigantes y logró una correlación de fuerzas necesaria para lograr instalar una mesa, sin embargo, esta misma ventaja también cobró su deuda en la falta de claridades e insumos para poder arrebatarle al Gobierno un poco más y no dejarse obligar a firmar.

Cabe destacar que, aunque esta era la realidad de la mayoría, hubo algunas organizaciones y personalidades con experiencia y formación que en muchas partes del país lideraron procesos y jugaron un papel importante en los espacios de dinamización nacionales y locales.


2019, ¿Y ahora qué?
Luego de la firma y del comienzo de año, la gran mayoría de IES que se encontraban en paro han bajado su mecanismo de presión, y han pasado por procesos asamblearios donde han hecho consideraciones al acuerdo firmado en diciembre que no se puede modificar. Algunas hicieron su pliego local con las administraciones e instalaron mesas de negociación en cada institución, lo que ha generado una dinámica constante y organizativa en esas universidades, a pesar de la quietud, luego de la firma del acuerdo, de muchos estudiantes que no entraron en dinámica con el paro o alguna plataforma.

Este es un momento decisorio frente al futuro de un movimiento que debe definir si su carácter es reformista o está dispuesto a mantener su organización y estructura al servicio de las coyunturas del país. También se debe preguntar si está dispuesto a seguir haciendo presión desde las calles en apoyo a los puntos que faltan por concertar, y para exigir el cumplimiento de lo ya pactado. Además, debe definir si mantiene su cabeza en alto y las esperanzas de construir un movimiento que se comporte como un sector social en disputa –tal como lo hacen los indígenas o campesinos–, y pasar de lo reformista a las disputas constantes que van más allá de las salidas de las aulas universitarias. Este 2019 trae consigo el llamado a un gran paro cívico nacional, donde muchos sectores sociales harán apuestas de unidad para pelear cambios estructurales en nuestro país, y donde los estudiantes y la fuerza que demostraron serán más que necesarios para avanzar hacia una Colombia para la vida digna.

Mamá últimamente estaba muy feliz por lograr motivar a las familias de la vereda a participar en las iniciativas de defensa y protección del territorio. Esta tierra le recordaba la paz y la tranquilidad de aquellos años cuando vivía con mi papá. Estaba muy ilusionada y convencida de que la vereda podía ser productiva y autosostenible.

Mamá aprendió a fondo los vericuetos de la ley de víctimas. Se capacitó y enseñó a otras mujeres los procedimientos necesarios para reclamar el cumplimiento de sus derechos. Reivindicó siempre los derechos de las mujeres afrodescendientes. Y participó activamente en las diferentes iniciativas de memoria adelantadas por la Mesa de Víctimas de Santa Marta.

Nació el 26 de septiembre de 1958 en La Jagua de Ibirico, uno de los yacimientos de carbón más importantes del país ubicado al norte del Cesar. Maritza Isabel Quiroz Leyva, mi Mamá, pasó su niñez dedicada a las labores del campo. Se levantaba a las cinco de la mañana para ir al colegio. Como no había energía eléctrica en el pueblo, la gente alumbraba con mechones. En la tarde se quitaba el uniforme y salía a vender cocadas, caballitos y otros dulces hechos por su tía.

Cuando la tía entró en crisis económica, y Mamá tuvo que buscar otras alternativas, ganó una beca otorgada por el colegio. Con el dinero de la beca solventaba los gastos de transporte y adquiría los libros necesarios. Siempre fue una alumna destacada, se graduó con honores, y cosechó muchas amistades.
En esa época, la modistería, oficio al que se dedicaba una de sus primas, despertó en Mamá una pasión. Poco a poco perfeccionó el arte que practicaba con dedicación en la máquina de la prima. Años después conoció una amiga en Barranquilla y se fue para su casa. A cambio de ayudarle en los quehaceres del hogar, la amiga la recompensaba con tiempo y dinero para que cursara una técnica en modistería. Mamá aprovechó también para cursar algunos semestres de inglés.

La amiga barranquillera le presentó una pareja joven que tenía dos hijos y una finca en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. La invitaron a pasar una temporada en la finca y Mamá, que siempre amó la tranquilidad del campo, aceptó encantada. Visitaba con frecuencia la finca, hasta que un día decidió quedarse definitivamente. Estando allí descubrió que muchos niños y jóvenes de la región no podían acceder a la educación por vivir lejos de la ciudad o del municipio más cercano. Ayudada por los padres de familia, Mamá creó una escuela en la que le enseñaba a los niños a leer y a escribir.

En la Sierra conoció al padre de su primer hijo. Después del nacimiento y la ruptura con el papá del niño, Mamá se mudó a Santa Rosalía, vereda de Ciénaga Magdalena. Años después se trasladó a Santa Marta y luego a Aruba en busca de mejores vientos. Las condiciones inesperadas la obligaron a retornar. De nuevo en la Sierra floreció el amor. Formó un nuevo hogar y tuvo cinco hijos, yo soy la tercera de ellos. Los primeros años la familia sorteó muchas dificultades. Con arduo trabajo logramos pactar con el dueño de la finca la repartición por partes iguales de las utilidades de la finca sembrada de frutales y cultivos de pancoger.

Tras 12 años de empeño, decidimos invertir en un terreno propio. Preocupada por el difícil acceso educativo, Mamá contactó al rector de San Javier de la Sierra, el pueblo más cercano ubicado a diez horas a lomo de mula, para acceder al material educativo con el cual ella pudiera educarnos a nosotros y a los niños de la zona. El rector además se comprometió a que una vez finalizado quinto de primaria, el colegio realizaba las pruebas saber y demás exámenes necesarios para certificar a los estudiantes.

Mamá logró que en 2003 los pequeños que aprobaron quinto pudieran continuar sus estudios secundarios por medio de casetes que tenían grabadas las lecciones de ciencias sociales, español, inglés, religión, matemáticas y ciencias naturales del bachillerato radial emitido diariamente a las seis de la tarde por Inravisión.

La familia gozaba de gran prosperidad económica, estabilidad emocional, laboral y familiar en esa época. La producción abundaba, gozábamos de paz y tranquilidad, teníamos todas las necesidades satisfechas. Inesperadamente la violencia derrumbó todo. La muerte de mi papá y un tío nos obligó a dejar nuestra tierra y la vida que soñó Mamá; todos sus planes y esperanzas quedaron destrozadas.

“La mejor herencia que se puede dejar es el conocimiento”, decía Mamá. A pesar de las dificultades que afrontamos en Santa Marta, batalló, interpuso infinidad de tutelas, desempeñó oficios de modistería, labores domésticas en residencias e instituciones, educó y alfabetizó población adulta, trabajó la tierra, y defendió los derechos de las mujeres rurales y la población víctima para que nosotros pudiéramos estudiar y ser hoy en día técnicos, tecnólogos y profesionales.

El 26 de diciembre del 2013, mediante resolución 14435 del INCODER, Mamá y las familias de ocho mujeres accedieron a un subsidio integral para la compra de tierras, el cual hicieron efectivo con la compra del predio El Diviso, ubicado en la vereda San Isidro de Santa Marta.

Inicialmente pensaron trabajar el predio de manera colectiva, pero por algunas diferencias decidieron parcelarlo para que cada familia trabajara su parte. Esta no fue la única dificultad. El subsidio contemplaba la entrega de las tierras y un capital que nunca llegó. Las semillas que nos dieron eran de productos que no se pueden cosechar en la región. Además de esto, necesitábamos sistemas de riego pues la finca contaba con pocas fuentes hídricas. Y al entregar el predio, las medidas no correspondían a las reales, las familias tuvimos que contratar topógrafos para corregir las medidas.

A pesar de todo, Mamá era feliz con esas tierras, quería que visitantes de otros lugares conocieran el campo, se enamoraran de él y comprendieran la importancia de cuidarlo, de destinar recursos para trabajarlo. Decía que esto era un gran tesoro que no estaba siendo aprovechado, porque muchos en lugar de sembrar lo explotaban en busca de minerales, destruyendo el futuro de todos por riquezas pasajeras.

El 19 de diciembre 2018, la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema de Justicia anunció que la empresa Ocensa también tiene responsabilidad en los hechos que enlutaron al pueblo de Machuca el 18 de octubre de 1998, luego de un atentado contra el oleoducto perpetrado por el ELN, que dejó un saldo de 84 personas muertas y decenas de heridos.

El fallo se veía venir. La Corte Suprema ya había condenado al ELN por dolo eventual, es decir, que el resultado del atentado era previsible para los guerrilleros, y no les importó, por el contrario, decidieron seguir con su acción siendo conscientes de los posibles resultados. En mi libro Machuca, publicado en 2017, argumenté que no era tan cierto, pues entre los muertos y afectados había familiares y conocidos de los guerrilleros que pusieron la carga explosiva, y es poco probable que alguien asumiera la muerte de sus familiares tan ligeramente.

En octubre del año pasado se hizo una ceremonia para conmemorar los veinte años de la tragedia. Duque participó, pero fue algo de muy bajo perfil. Dada la crisis en la mesa de negociación con el ELN, esperaba que el gobierno fuera lanza en ristre contra esta guerrilla y diera más publicidad al tema. No lo hicieron. Lo más probable es que Duque sabía que iban a condenar a la empresa petrolera dos meses después y quedaría mal hacer mucha publicidad sobre el tema. En últimas, optaron por no decir nada sobre la empresa, asumiendo un silencio que continuaría incluso con la publicación del fallo pocos días antes de navidad, y que así muriera de una vez la discusión.

La culpa de la empresa tiene que ver, entre otras cosas, con la ubicación del tubo y la falta de previsión y capacidad de respuesta ante los hechos, algo que también argumenté en el libro. Ahora toca volver a mirar la cuestión de las responsabilidades penales. En el libro sustenté que el ELN era responsable por homicidio culposo, y no doloso como afirmó la Corte. Este fallo de la Sala Civil pone el fallo anterior bajo la lupa una vez más. Pero su relevancia está en que relaciona directamente a los servidores públicos y a la empresa petrolera.

Si parte del problema radica en la ubicación del tubo y la falta de prevención: ¿Quién decidió poner el tubo en ese lugar? ¿Quién redactó el Plan de Contingencia de la empresa? Ninguna de esas decisiones cumplía con las normas colombianas ni con las establecidas a nivel mundial. Por todo ello cabe preguntarse, ¿cuáles funcionarios de Ocensa serán juzgados? Y teniendo en cuenta que el Estado avaló en todo momento la actuación de la empresa, ¿cuáles funcionarios estatales serán juzgados por su responsabilidad en este homicidio culposo?

Es de resaltar que a pesar de la recomendación de la autoridad ambiental, Corantioquia, de mover el tubo o una parte significativa del pueblo, este sigue en el mismo lugar, y la tragedia, por ende, puede repetirse inclusive por un accidente. También es de anotar que el puesto de salud de Machuca y de muchos pueblos cercanos a los oleoductos no tienen la capacidad de lidiar con otra tragedia de esa naturaleza; y que la carretera, aunque ha mejorado un poco, sigue siendo muy deficiente si se tiene en cuenta que la demora en llegar ambulancias fue un factor clave en el fallecimiento de víctimas con quemaduras graves.

Ahora, 20 años después, el Estado no ha tomado las medidas necesarias para responder a semejante tragedia, y Machuca y otros pueblos del país son proclives a repetir la tragedia ocurrida en octubre del 98. Ni el Estado ni la empresa cumplen con las mejoras prácticas a nivel internacional.

La empresa nunca quiso aceptar su responsabilidad en los hechos, y obligó a las víctimas a luchar durante 20 años para conseguir algo de justicia. Vale recordar que el ELN reconoció su responsabilidad a los tres días del atentado, luego de haberla negado inicialmente debido a información falsa suministrada por el comandante en la zona, alias Julián, quien luego pasó a las filas de las FARC y murió en combate.

Por otro lado, si uno mira el fallo, unas de las razones por las cueles llegó a la Sala de Casación, tiene que ver con los montos otorgados en un fallo anterior, y ahora que han aumentado los montos, debemos tener claro que son irrisorios.

No sé qué opinan las víctimas, pero si uno mira las ganancias de la empresa, que anuncia en su página web que para el año 2023 proyecta generar una utilidad operacional de 1.500 millones de dólares, y las compara con las sumas miserables que la Corte dio a las víctimas, solo se puede concluir, en medio de una tristeza, que el Estado y la empresa siguen burlándose de ellas. Las víctimas fueron útiles para sustentar el discurso del Gobierno contra el ELN, pero no lo son ahora, veinte años después de la tragedia, que tanto la empresa como el Estado deben reconocer su responsabilidad

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