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El 68 fue un año que marcó la emergencia de grandes luchas revolucionarias: los jóvenes de París decidieron sacar las estructuras a la calle y declararse en rebeldía ante un gobierno anquilosado en la guerra fría. Vietnam enfrentó a sus enemigos imperialistas al igual que incontables naciones africanas que se reconocieron como “los condenados de la tierra” y gritaban por su libertad. Mandela, Fidel, el Che, Lumumba, Mosaddeq, Martin Luther King y Macolm X, dieron su voz a aquellos que siempre habían sido negados por la historia.

Entre tanto, en las selvas de Centro América, en los grandes “Certaos” de Brasil y en los pueblos mineros de Chile y el Perú, nació una nueva manera de leer en evangelio, de reconocer al Dios de los pobres: habría nacido la Teología de la Liberación.

Los comienzos
Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica se puso al día con el mundo moderno, amén de su patente culpa, por acción u omisión, en los males que aquejaron al mundo en las guerras de la primera parte del siglo XX. La Iglesia feudal, escolástica y poderosa, sencillamente no estuvo a la altura de las circunstancias históricas, y peor aún, demostró que estaba muy lejos del compromiso concreto que la fe exigía.

Esta reflexión llegó de manera diversa a América Latina. Si bien la filosofía de las luces guio la reflexión europea hacia una nueva fe madura, atenta a los retos de la mayoría de edad de la humanidad, en nuestro continente fueron las diferencias sociales las que marcaron el rumbo de la nueva forma de comprender el misterio de Dios. Lo que la escolástica tardía denominó la inmanencia, llegó en la Teología de la Liberación a identificarse con el mundo social, este explicado desde las categorías del marxismo. América Latina se vio como un continente en gran atraso económico y cultural, con grandes males como el hambre, el desempleo y la violación sistemática de los derechos humanos. Solo la filosofía de Marx en sus diferentes versiones podía dar cuenta y solución a estas situaciones, denominadas en el documento de Medellín como de “injusticia institucionalizada”.

Teología Acto Segundo
En nuestro continente, gran parte del trabajo intelectual se realizó en las universidades, que en su mayoría se cerraron endogámicamente sin dar cuenta de la realidad que las rodeaba y a la que debían responder con las armas de la inteligencia. El filósofo y el teólogo eran pues intelectuales encerrados en torres de marfil que al fin de cuentas servían al poder desde sus abstracciones, pues eran ciencias divorciadas del mundo. Los años sesenta fueron en América Latina una década de efervescencia de diferentes grupos y reflexiones de militancia política. Entre estos estaban, de manera especial, las Comunidades Eclesiales de Base (Cebs), que como células de organización plantearon verdaderos cambios sociales en los diferentes escenarios donde actuaban. Se puede resumir como un espacio de fe, de reflexión política y de praxis concreta para la liberación.

Esto cambió el lugar del teólogo y el intelectual; la reflexión se convirtió en acto segundo, en cuanto viene después del actuar liberador de la comunidad y el pueblo. La primacía no estuvo en la “ortodoxia”, sino en la “ortopraxis”, en el compromiso encaminado a la trasformación concreta de las realidades injustas. En este sentido, la comunidad no era objeto de la reflexión, o de una lastimera caridad de parte de la Iglesia institucional, sino sujeto mismo que genera saberes y procesos emancipatorios.

La fe encarnada en la historia
La fe se sintetizó como militancia, como identificación con la utopía del Reino de Dios, que no es más que el Reinado de la justicia del Dios liberador sobre la historia, la concretización de las más altas realizaciones humanas con la transformación de la sociedad, a partir de la socialización de la propiedad y la eliminación del pecado, entendido este como la negación del otro, y el egoísmo basado en la acumulación y la propiedad.

Por esto, la fe se comprometió con las luchas del pueblo, y no de manera abstracta. Fe es compromiso, encarnación en el sufrimiento de las grandes mayorías oprimidas. Los movimientos emancipatorios en lugares como Brasil, Nicaragua y El Salvador vieron cómo los cristianos comprometidos estaban en primera fila para encarar las luchas por la tierra, la defensa de los derechos humanos, la democratización, y la lucha contra las dictaduras.

Si consideramos todo el proceso de la Teología de la Liberación, nos encontramos con una diversidad de enfoques, de métodos y de contenidos. Esto se debe a la libertad en la creación, y a que cada teólogo le imprimió su propio talante, desde sus posibilidades y limitaciones, a la iluminación de ese complejo camino histórico que es la liberación del pueblo detrás del plan de Dios. Pero detrás de esa diversidad hay una unidad fundamental que es lo que permite hablar de una Teología de la Liberación. Esa unidad se ha conseguido en la medida en que la Teología de la Liberación se ha construido desde y para el pueblo oprimido, como lugar originario de la reflexión teológica. Esta teología ha estado más interesada en la liberación real que en la belleza formal de sus reflexiones sobre sí misma. Lo que unifica en el fondo a la Teología de la Liberación es la decidida voluntad de ponerse al servicio de la realidad para transformarla, y no meramente explicarla, y menos aún para perpetuarse a sí misma como teología.

Este nuevo modo de hacer teología lo vemos como un modo de superación de las teologías que se han entregado a nuestro continente, y que han sido importadas histórica y geográficamente. También a nivel de teología es una superación de esta, pues el teólogo es capaz, desde su subjetividad, de liberarse de las ataduras teóricas e ideológicas que se le ha impuesto, siendo capaz de explicar la realidad sin a priori, viendo el continente y sus situaciones como son y no como el aparato ideológico dominante quisiera explicarlo para su justificación.

En la Teología de la Liberación, el pueblo explotado toma la palabra para interpretar su realidad y poderla transformar. Hoy, cincuenta años después de la conferencia de Medellín, que reconoce como necesaria la reflexión sobre los pobres de nuestro continente para su emancipación definitiva, será de nuevo en las Comunidades de Base, en los más humildes, en los líderes que dan su vida por el pueblo, donde se mantenga viva la llama de la Teología de la Liberación.

Los relatos que escuchamos en nuestras casas, la construcción de historias de vecino a vecino y los dilemas del habitar en un entorno hostil, degradado por las modificaciones urbanas, problemas de droga y de relaciones entre habitantes, hacen que se viva otro tipo dinámicas, otras vidas. Un segundo barrio nace, uno de ficción, donde aparecen relatos nuevos, acordes a esa dinámica: un entorno que se transforma fieramente. Madres jóvenes, niñas y niños… todos en un movimiento que pende de su entorno, del barrio.

De allí las miradas, los cariños, las manifestaciones de afecto, todo aquello que se creía destruido, quería volver a nacer por medio de los niños y niñas, y sus vagabundeos en el barrio destruido, porque como nos decía Karen, de apenas siete años de edad, “el barrio no lo cambiaron, lo destruyeron”. Ella juega en las ruinas, en los techos de las antiguas casas, ahora convertidas en lotes enmarañados por malezas, buenezas y olvido. En estas ruinas nacemos cargados de esperanza y cariño.

Allí estábamos nosotros, un grupo de amigos, con algunas cámaras y equipos de luces. También algunos agricultores, periodistas, gente de la comunidad. Hablábamos sobre cómo dar a conocer nuestro barrio, toda esta transformación aún en curso que ha creado hasta hoy un ambiente de incertidumbre y crisis especulativa. Así que después de realizar varios procesos pedagógicos (charlas y acompañamientos con niños y jóvenes del barrio y sus familias) decidimos dar un paso hacia adelante y crear un espacio comunitario, popular, que actuase como generador de intercambios sociales, culturales y académicos en la comuna San José, en sus barrios y, por qué no, en Manizales.

En nuestro inicio el objetivo era mostrarles a los padres de los chicos y chicas asistentes a las clases lo que se estaba realizando. Analizar cómo estaban viendo y sintiendo su barrio aquellos habitantes. Tomamos entonces la decisión de crear una muestra de video y fotografía. Convocamos a la comunidad y realizamos dos días de muestras y proyecciones, y una productora amiga de la ciudad, 057 Films, nos ayudó con unos talleres de realización en cine.

Esta muestra fue llamada Qué hay pa' la cabeza –por aquella frase de barrio entre juveniles de esquina–. En este caso lo que teníamos para la cabeza era cine, fotografía, video, huerta y clown. Nuevos horizontes venían en curso. Muy tímidamente en la primera edición pudimos dar a conocer esas imágenes que los mismos habitantes de la comuna estaban realizando: documentos audiovisuales de las cuadras, el movimiento generacional de las cafeterías, las diversidades de las tiendas y detalles antropológicos y gastronómicos como las múltiples arepas con mantequilla y hogao, y sus comensales de la ciudad. A su vez proyectamos diferentes contenidos de otros barrios y veredas que nos enviaban, animados para mostrar su modo de verse… sus cotidianidades.

Un año después, en la segunda edición, nos adentramos más en la problemática de los barrios que componen la comuna. Convocamos a diferentes colectividades que hacen parte de este tejido de amistad entre calles, como las juntas de acción local y los ediles de áreas. Ellos nos guiaron para esta segunda muestra en la que incluimos material audiovisual, fotográfico, crónicas, documentales y videos aficionados sobre el barrio, su historia y las primeras luchas que algunos líderes habían tenido que dar contra la primera administración municipal que propuso el megaproyecto de renovación urbana, también conocido como macrodesastre de la comuna San José en Manizales, en el año 2008.

Memoria colectiva
La proyección en pantallas de sus antiguos espacios de diversión, las casas de familiares que ya no estaban, videos y fotos de desalojos, expropiaciones y demoliciones, causaron una serie de sentimientos asombrosos en los habitantes del San José que, si bien habían sufrido ese despojo años atrás, no lo habían visto en imágenes y sonidos, en testimonios de muchas de sus familias, sus vecinos. Para nosotros era algo grandioso. Estábamos haciendo recrear el antiguo barrio, su tradición, sus dificultades, y sobre todo estábamos volviendo a recordar en comunidad.

Con el tiempo, este proceso que nació por la labor de los niños y niñas del San José, motivados por el colectivo de cine y comunidad Sábalo Pro y la Fundación Comunativa Huertas Urbanas, sigue creciendo. Apoyados por las diferentes personas y colectividades que convergen en la Universidad de la Tierra Manizales (Unitierra) cada vez más habitantes se van sumando: comerciantes, asalariados, amas de casa, estudiantes… este festival nos ha juntado para trabajar unidos desde diferentes territorios.

Ahora más que nunca queremos fortalecer el sentido comunal del barrio, crear nuevos lazos de vecindad, amistades reales y comprensivas que salgan de realizaciones empíricas, de improvisaciones, paisajes sonoros, talleres pedagógicos… todo es posible para la comunidad de San José, que ha visto cómo hace real la creación de espacios como instrumentos de recuperación histórica, fortalecimiento de la identidad, promoción cultural, denuncia, educación y democratización de los medios de información y comunicación.

El cine comunitario se ha convertido en el relato más cercano que tienen algunas comunidades marginadas o en conflicto –de cualquier tipo– para narrar su vida. Y es que no se necesitan grandes producciones para reconocer, para recrear las historias que están en la esquina: en el préstamo de una olla, en la conversación con la señora de las arepas o con el zapatero… hay allí una solidaridad mutua, un sentido de pertenencia colectivo que se convierte en documento histórico, en el hecho social. Cuando se está detrás de las cámaras creando, proponiendo diálogos nuevos, es cuando se hace realidad el consenso y cobra sentido la unidad.

Lo que antes era una muestra de obras barriales, se convirtió en un Festival para que la comunidad de San José pueda reunirse, y aun sabiendo que estamos creciendo y que el objetivo es que las generaciones del barrio puedan seguir realizando su festival de cine comunitario, creemos que con estas sinergias podremos mostrar claramente cómo resultan contraproducentes, retardatarias y fallidas estas “renovaciones urbanas”, sin ningún tipo de proyección social, humana y ambiental.

Hoy, para su tercera versión que se realizará el 24 y 25 de noviembre, lo llamamos Qué hay pa la cabeza: Festival de cine comunitario y Talleres al barrio. En esta versión tendremos muy presente a la Comunidad que Resiste, que sigue haciéndolo tras nueve años de modificación silenciosa. Se trata de un barrio nuevo que surge marcando un camino, un dialogar nuevo como sendero, y una comunicación nueva entre gentes de la urbe. Allí aparece la alegría constante entre la desesperanza y el abandono. Este nuevo barrio fusiona el estar en comunidad real, que necesita escucharse y hacerse escuchar, con la realidad cruda que se enfrenta la cara. Allí donde nace ese Barrio de ficción, en la cruda distopía creada por ellos, los habitantes pretenden buscar una voz de empoderamiento en comunidad, para que a través de esos nuevos diálogos se pueda crear barrio más unido. Uno que crearemos desde la otra comunicación. 

Mi sueño

Mónica Hoyos Giraldo siempre se ve sonriente. Al abrir la puerta camina adelante y sube las escaleras de madera como de afán; pero cada dos o tres escalones hace un pare, mira hacia atrás y dice: “Siga por aquí, señor”. Su pieza está al fondo, después de llegar al segundo piso y recorrer el largo corredor de la añeja vivienda. Inmediatamente entra en ella, mira para todas partes. Observa y muestra cuando tenía tres, cuatro y cinco años. También señala las fotos de los grados de jardín y bachillerato, con sus compañeros. Después se detiene en otras donde está con toda, o, mejor dicho, la que era toda su familia. Su pequeña habitación es una llama viva: las paredes blancas son ocupadas por recuadros de colores alrededor de las fotografías, que prácticamente las alumbran. Además, hay cartulinas color fucsia con frases alusivas al amor y a la vida. Luego detiene su mirada en un álbum con más fotos; lo toma y se sienta en la cama, que tiene un tendido rojo con rayas amarillas y un gran peluche sobre la almohada. En esa habitación, en esas fotos y en su alma se esconde esta historia:

***


Cuando mi papá ya no salía al pueblo por causa de la violencia, mi mamá me dejaba enllavada y me decía que no mirara para la calle. Y yo, por una rendijita de la puerta, desde el balcón, me ponía a ver pasar los carros. Y un día vi una volqueta con puros muertos. Otra vez vi que pasaban a caballo, con los que habían matado ahí colgando y moviéndose con el paso; cuando los descargaron al pie de la quebrada, sacaron un hacha y empezaron a partirlos. Pero nada que veía llegar a mi papá.

La última vez que vi a mi hermano, Edis Norbey, y a mi papá, fue un día que mi mamá me llevó a la finca. Estando allá, Norbey se fue a pescar y lo cogió la guerrilla y le dijeron: “O se va con nosotros o lo matamos”. Que ese día lo hicieron andar como tres horas y lo iban azotando por todo el camino. Cuando él me mostró la espalda toda rajada, yo me puse a llorar y mi mamá me dijo que le rogara para que se viniera para el pueblo. Al decirle yo eso, Norbey me contestó: “Y si no le ayudo a mi papá, ¿quién nos va a dar para la comida?”.

Como ya mi papá no podía venir a visitarnos y mi mamá no podía ir a la finca, un día una tía vino aquí a decirle a mi mamá que, cuando mi papá le estaba sirviendo el desayuno a mi hermano, llegaron y le dijeron que se tenía que ir con ellos y que si no los iban a matar a los dos. Que cuando él salió, lo único que le alcanzó a decir a mi papá era que le diera la bendición. Eso fue en marzo de 2004 y desde ese momento no hemos vuelto a saber de él.

Unas dos semanas después de la desaparición de Norbey, ya pasó lo de mi papá… Ahí se volvió oscura mi vida.

Nos íbamos a ir para la procesión de Viernes Santo, y, mientras mi mamá y mis hermanos salían, yo me puse a jugar en la calle; cuando veo que paró un bus al frente de la casa y que venía pura familia de la vereda. Y toda contenta ya me iba a subir al carro, pero el ayudante se bajó y me dijo: “Aquí viene su papá, llame a la mamá”. Y como hacía muchísimo tiempo que no lo veía, toda feliz fui a la carrera a decirle a mi mamá, que se estaba bañando. Y grité: ¡Mamá, llegó mi papá!, y me devolví, sin dejar de correr, a verlo bajar, porque él ahí mismo que llegaba me cargaba y me daba chitos. Al momentico llegó mi mamá, que no sé cómo salió tan rápido del baño; ella también empezó a mirar el bus y, al no verlo, le dijo al ayudante: ¡Dígale que se baje rápido pues! Entonces se le acercó un tío que también venía ahí y le habló pasito: “No, es que a él lo traemos es en la maleta”. Y mi mamá: “¡Qué, como así!”. “Sí, es que lo mataron,” le dijo mi tío.

Mi mamá casi se cae. Se puso a llorar y a llorar. Y me decía: “Ya no va a volver a ver a su papá”. Eso era lo único que entendía en ese momento, que no volvería a ver a mi papá. “Yo que creí que lo iba a ver hoy”, recuerdo que aquel día pensaba eso. Pero lo que no podía entender era cómo hacía yo para que mi mamá no llorara más. Uno de cinco años se pone sin saber qué hacer. El carro siguió y mi mamá ya no se quería arreglar. En la velación, yo era como aturdida, elevada. Mi mamá me miraba y me repetía: “Ya no va a volver a ver a su papá”. Yo solo veía que no paraba de llorar. Y lo enterraron al otro día.

Después de lo ocurrido con mi papá y mi hermano, que eran los que nos sostenían, seguí un tiempo en el hogar donde me tenían antes cuando mi mamá le ayudaba a mi papá en la finca –claro, antes de que ella tuviera que quedarse del todo en el pueblo–. Pero le tocó sacarme porque no tenía con qué pagar.

Como los domingos la parroquia recogía mercados para repartir los lunes a la gente más pobre, mi mamá se madrugaba a hacer la fila. Y ese lunes uno era feliz esperándola en la casa con las cosas. Aunque había veces que traía solo una librita de arroz, porque eran muchas las familias que hacían fila. ¡Uy!, los días que mi mamá me mandaba a estudiar con aguapanela, que era simple simple, porque apenas se veía el agua con un poquito de color, fueron muchos. O incluso con mera agua porque no había nada de panela. ¡Uchsssss!, pasé mucha hambre en ese tiempo.

Después, una señora que se dio cuenta de lo de nosotros, fue y habló con las monjitas en el internado campesino y les dijo que por qué no me recibían allá y que mi mamá les pagaba con trabajo. Y así, ella labrando la tierra pagaba mi comida. Pero a veces era como peor porque sabía que mientras yo desayunaba bien, allá en la casa no tenían con qué comer. Yo no sabía cómo pasar una cucharada pensando en eso. No sé si era más duro pasar hambre o imaginarme lo que ocurría en la casa. Entonces yo guardaba en una bolsa cositas del almuerzo y como mi hermano menor también almorzaba allá y después de que hacía el aseo se iba para la casa, con él mandaba la bolsita. Y cuando las monjas se descuidaban cogía pan o alguna otra cosa y los fines de semana le llevaba a mi mamá.

Ya estando en segundo de escuela llegaron unas muchachas, me sacaron del salón un momentico y me preguntaron que cuánto hacía que habían matado a mi papá y que si quería ir a una reunión donde iba a ver más niños para que compartiera con ellos y jugara.

Yo me fui con Andrés Camilo, mi hermano menor. Estaba muy asustada y con pena, pero al ver tantos niños y otras niñas de mi misma edad que estaban jugando, me familiaricé más fácil. Ese día empezó la Fundación; allá teníamos la oportunidad de hablar con doña Gloria, la sicóloga, y como que iba sanando tanto rencor. Porque como yo sabía que iba a crecer, decía que algún día iba a conocer a los que mataron a mi papá y que yo les iba a hacer algo. La historia que yo contaba allá para desahogarme, como que uno no lo creía. Pero era la realidad. Y me he ido recuperando.

Cuando hablaba con la sicóloga, uffff, eso era muy triste recordar las cosas. Yo empezaba a decir papá o hermanito y ahí mismo se me salían las lágrimas. Lo más duro en la Fundación era el encuentro con doña Gloria. Un día ella me llamó, y como ya me suponía a qué era, yo por dentro temblaba del miedo. Tengo que hablar y no voy a ser capaz, pensaba muy asustada. Cuando me senté, ella me anticipó: “Bueno, Mónica, hablamos o hablamos”. Ese día recuerdo que cuando empecé a contar, lo que más hice fue llorar. Y ya cada ocho días fui contando a poquitos. Creo que hablé de todo lo que me había sucedido como a los dos años.

Y uno, además, como para desahogarse, le contaba a la sicóloga que mi mamá sufría mucho porque no tenía comida para darnos. Que nos mandaba a estudiar con hambre, que lavaba ropa ajena para que le dieran papa o una panela… Pero con eso y todo, con el tiempo me di cuenta que a mí no era a la única que le habían pasado cosas duras, y que era muy afortunada en tener a mi mamá viva, porque varios de mis compañeritos se habían quedado sin los dos. Sin papá y sin mamá.

Eso sí, en la Casa del Niño y la Niña, en tiempos de navidad y de cumpleaños, hacían una fiesta. Eso era increíble. Como que se le olvidaban a uno las tristezas porque éramos desesperaditos, pendientes de los dulces y del regalito que nunca faltaba.

Y en diciembre, como en la Fundación nos decían que le escribiéramos cositas al Niño Dios, yo siempre le pedía en la boletica: “Niño Dios, yo quiero estar con mi hermanito. Niño Dios, yo le pido que devuelva a Edis Norbey o que por lo menos le regresen a mi mamá los huesitos, porque ella sufre mucho. Si usted le da eso, mi mamá deja de llorar”. Y mi mamá también me decía que le pidiera eso al Niño Dios. Los otros compañeros le pedían patines, bicicleta y yo solamente le pedía que aparecieran los restos de mi hermanito. Es que mi mamá lloraba a toda hora.

Cuando nos tocaba ir a la Casa del Niño y la Niña era el día más feliz. La noche anterior, Camilo y yo preparábamos la ropa y lo que íbamos a llevar. Y como nos daban un ratico para jugar antes de empezar las actividades, el que llegara más temprano era el que podía disfrutar de los patines, que así fueran pecuecosos, porque los usábamos varios niños en diferentes días, era lo que más nos gustaba. Y ya los que llegaban tarde se conformaban con las muñecas o los juegos de mesa. Uno ahora se ríe al recordar el olor tan horrible de la pieza cuando uno entraba a coger los patines. ¡Dizque uno disfrutar la pecueca de los demás!

Y por más que uno se sentía bien en la fundación, cada rato volvían los recuerdos. Pero sobre todo cuando salíamos a vacaciones, después de celebrar la navidad. Aunque ya, como al último año, antes de sacar grado, que es hasta el momento que a uno lo admiten allá, dije, no, yo no puedo seguir así. Porque me ponía a mirar a los que se habían graduado: ellos ya con su proyecto de vida, desarrollándolo; y pensaba: cómo seguir quejándome y así con dolor toda una vida. Tengo que salir adelante y ayudar a mi mamá.

Pero eso era como difícil porque hay cosas que no se pueden superar del todo. Uno cree que ya ha olvidado y no es así. Por ejemplo, hace unas semanas fue el día del padre, y saber que no podía compartir con él. Recordar que cuando llegaba de la finca a caballo, con mis amiguitos lo hacíamos bajar y él nos montaba. Ese día me quería encerrar. Aunque sí fui al cementerio.

Y seguí pensando en mi mamá, porque yo la veía que terminaba muerta del cansancio con el trabajo en el hogar campesino y a mí me daba mucho pesar. Entonces un día le dije: “Mamá, retírese, que de alguna forma vemos cómo hacemos para la comida”. Y en esos momentos apareció un “angelito” en la Fundación. Una de las que inició la Casa del Niño me consiguió un padrino que mensualmente aportaba creo que cincuenta mil pesos, y con eso nos daban un bono para mercar. Y a pesar de que sabía que mi mamá descansaba, salí con mucha tristeza, porque yo estaba muy contenta con las monjitas.

Como ocho años después fui con mis hermanos a la finca y desde abajo de la carretera una hermana mía me mostró: “Miré, allá era donde vivíamos”. Estaba todo enrastrojado, en puro monte. Pero el techo sí se alcanzaba a ver. Subimos, vimos en la entrada el contador de la luz, luego entramos hasta la cocina, al baño y después a una pieza, y ahí todavía permanecían algunos afiches de mi hermanito –al ver eso se me salieron las lágrimas–. Y seguimos recordando cosas, pero sin mentar la tristeza, porque nos preocupábamos por contar solo anécdotas bonitas de cuando vivíamos allá y todos nos reíamos. Y hablábamos que qué bueno organizar de nuevo la casa para estar yendo. Pero eso sigue abandonado.

Como el año pasado me gradué de bachiller y técnica en asistencia administrativa con el Sena, desempeño esa técnica con Adepag -el proveedor de los restaurantes escolares de aquí de Granada-, y con ese ingreso le doy plata a mi mamá, pero también quiero ayudar a mi hermanito Camilo, porque él me dice que desde que mataron a mi papá no ha podido perdonar y eso ahora lo tiene sumido en las drogas.

***


Mónica, sentada en su cama, después de haber paseado la mirada por sus diecisiete años de vida a través de fotografías, deja el álbum abierto encima de las piernas y los ojos puestos sobre la foto de los quince años, que está acompañada de una frase. Antes de leerla, dice: “Yo quiero sacar a mi hermano Camilo de donde se encuentra y poner a vivir como una reina a mi mamá. Ese es mi sueño”.

Y leyó en voz alta:
“La vida está llena de pequeñas sorpresas como las que me han brindado Dios y mi familia. Corrí tras el sol, tras el mar, tras las nubes, vestí muñecas de sueños y alcancé el umbral de mi juventud, tengo mi mirada en el presente y me siento mujer, tengo en mi mente un futuro lleno de anhelos, oportunidades y sueños por vivir”.

Rosmery Agudelo vive reproduciendo lo que aprendió de su padre, Juan Agudelo, de 80 años. Madrugar antes de que salga el sol, cumplir con la rutina hasta que se esconda la tarde, profanar las oraciones de la virgen, levantarse tomando agua panela, criarse con regaños incluidos, y darle la bienvenida a la noche para retomar, de nuevo, a las 4:30 a.m.

Para ella, trabajar lo representa todo. Y el descanso es el resultado de un esfuerzo ganado. “El cuerpo me acostumbró desde niña a trabajar a diario”, comenta Rosmery. Por eso, en su casa está prohibido refunfuñar. “¡Si usted se queja no sirve!” Aprendió que el silencio es indispensable para equivocarse menos.

En San Francisco, Antioquia, las normas del campo se deben practicar con rectitud y sin mediocridad. Lo más importante para esta mujer, con aproximadamente 40 años de edad y dos hijos, son los domingos de feria campesina. Mientras hablamos, no para de señalarme que pocas veces ha dejado de participar en la feria, y que cuando lo hace es por fuerza mayor. Desde el 2011 participa con otras madres de familia en este mercado campesino. “Pasé de vender la yuca, el plátano, el limón, el frijol, a transformar esos mismos productos en una bandeja paisa que me dejará mayores ganancias”. La bandeja paisa viene acompañada de una tazada de limonada hecha en la mañana de cada domingo de feria.

- ¿A cómo vende el plato de bandeja paisa? -. Se retrae por unos segundos: “El frijol con el que hago la bandeja paisa se llama Lima y lo cosecho en la finca de mi esposo”, me cuenta mientras golpea con las manos un cortaúñas. “¿Ha probado la tinta del frijol? Trato que el plato quede tintudo para darle al arroz un toque distinto”. ¡Ahora sí –concluye–: vale 6000 pesos la bandeja!”.

El cacao de la Maravilla
“Nuestra devoción se cumple antes de acostarnos, y a las cuatro de la mañana me voy para donde tengo los santos y rezo. A las siete escucho la misa por la radio. Reflexiono. A los tres dulces nombres ­–Jesús, María y José–, les entrego las labores del día. Ellos son mi guía, mi compañía a donde quiera que vaya. Jesús, José y María. Que nos libren de todo mal y peligro”. Esa es la devoción diaria. Así comienza el amanecer de Margarita Daza en la vereda La Maravilla, bajo la protección de sus oraciones. Vive con el temor de que le estanquen el agua cristalina que riega a San Francisco, rincón de cascadas y promotor del turismo ecológico.

A Margarita la despierta la costumbre. Si a las cuatro de la mañana la alarma no ha sonado ella le sale adelante. El cantar de los gallos nunca falla, desde la una de la mañana están dando lidia, descansan de las dos hasta las tres de la mañana, y a las cuatro retoman su canto hasta las seis.
– ¿Cuál es el producto típico de la vereda?
–Ha escuchado el cacao de La Maravilla.
–No señora.
– Mira, sin cacao la feria no es lo mismo. Si no fuera por el cacao no hubiéramos dado el primer paso para potenciar la seguridad alimentaria. Es transformado por quienes conformamos la Asociación de Familias Guardabosques (Asofagua). La persistencia a la hora de fabricar este típico producto nos enorgullece y es un ejemplo claro de los procesos organizativos liderados por la Asociación Campesina de Antioquia –ACA–­.  

Aquí el cacao manda la parada, porque hay motivación y ganas de salir adelante. Sin embargo, todo lo bueno lleva un proceso minucioso y lleno de paciencia. Son seis pasos que requieren varias horas de trabajo. Al final, el producto estará en el mercado y la pasta de chocolate se remojará en la batidora con agua o en leche caliente. Cuando el palo de cacao ha cumplido dos años después de la siembra, empiezan a germinar los primeros granos, que son seleccionados según su grado de madurez. Tuestan el grano en un sartén y lo pelan. Quitan la cáscara del cacao hasta quedar en almendra. Muelen la almendra en la máquina de la ACA y sacan el licor del cacao caldudo como si fuera tinta de chocolate. Ese caldo se echa en el diseño del molde y finalmente lo ponen en el refrigerador durante varias horas para empacar el cacao y comercializarlo en el mercado.

Pueden preguntar por el toldo de Margarita y Socorro. Seguramente la buena atención ayuda a que los vendedores y los compradores se sientan identificados con la fiesta del trueque. Mientras tanto, Margarita improvisa una oficina para la recolección del dinero ganado con el sudor de la frente.

Las Soñadoras del Pajui
Entre mujeres se entienden. Tienen un sueño en común. Llevan reunidas diez años. En el 2008 les llamó la atención trabajar en grupo las huertas campesinas. Cuando dialogan, la palabra les ofrece cambio. Cada una tiene el derecho a ofrecer nuevas ideas. Se reúnen los jueves antes del domingo de mercado campesino. Hablan pausado, seguras de que la lucha nunca acaba. Sus tareas son varias, y tienen prohibido utilizar cualquier conjugación en negativo, piensan que si lo hacen comienzan los problemas. Caminan hacia el mismo lado, sincronizadas. De ahí parte el principio fundamental de las Mujeres Soñadoras del Pajui: buscar un fin colectivo que potencie las capacidades individuales. Para las Soñadoras la unión es el valor central del grupo. Nancy, la presidenta, guía este proyecto integrado por 10 mujeres.

¿Qué le podría faltar a la feria campesina? Ya está la bandeja paisa, el chocolate y la mazamorra. Pero… ¿Y el sancocho? Estas mujeres se encargan de preparar el mejor sancocho de San Francisco. Cuesta solo 7000 pesos. Trae arroz, ensalada, papa, plátano, limón... El domingo, a las seis de la mañana, se encuentran para preparar el delicioso plato. Y cuando cae la tarde reparten los beneficios colectivos de la venta, que serán destinados –­aseguran- a los regalos de navidad de sus hijos.

Cuando a Nancy la ponen a hablar de la feria dice, entre risas: “Con la feria campesina me voy a pensionar. Yo nunca he dejado de participar”.

*Artículo original publicado en la edición nº 4 del periódico del Movete.

Cuando el reloj marca las 5:30 de la tarde la ciudad se prepara para la rutina, ambientada por los ruidos de los automóviles. Luces de color rojo y amarillo inundan el centro de la localidad. Se siente el agitado ritmo como señal de regreso a casa después de largas jornadas de trabajo. Mientras tanto, cuando el sol empieza a esconder su rostro, Agueda López se dispone a iniciar su trayecto como 'escobita'.

Ella, con una sonrisa genuina y espontánea, caracterizada por sus rasgos oporapeños, deja al descubierto la felicidad que rodea su alma. Con sus ojos claros y brillantes percibe en las noches la tranquilidad, o afán de la ciudad, mientras realiza sus labores junto a 12 mujeres y un hombre, distribuidos en el interior del municipio de Pitalito, Huila.

Llega el ocaso y Agueda se pone su overol color azul oscuro, que en la parte inferior lleva dos cintas reflectivas que le permiten ser visible frente a cualquier fondo. Portarlas puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Sus zapatos bajos y oscuros la acompañarán a recorrer un camino que espera por ser relucido. Se ajusta su gorra y acomoda un tapabocas que solo deja ver su tranquila mirada.

Acompañada de una mochila pequeña colgada sobre su espalda donde guarda las bolsas plásticas, y una escoba hecha con bejucos secos y un tubo plástico, emprende a pie su recorrido desde el barrio Villa del Prado hasta la carrera segunda del centro. Mientras saluda a sus compañeros de trabajo observa a su alrededor la basura que algunas personas han dejado en el suelo durante el día, y como de costumbre, desde su rol de coordinadora, organiza su equipo y lo distribuye en todo el centro del municipio. Entre ellos una mujer particular, doña Dioselina, quien a sus 70 años barre y con vivacidad levanta carretas llenas de bolsas de basura. “Hay que darle la oportunidad porque uno no sabe cuándo me toque a mí, que no me quieran dar trabajo”, comenta Agueda.

Se oye el ir y venir del roce de su escoba con las calles. Hojas de color otoño descienden de las grandes ramas de los árboles, y mientras barre el impetuoso viento se convierte en su mayor rival.

–La ciudad a ninguna hora está quieta–, dice mientras amontona unas cuantas hojas combinadas con bolsas de alimentos.

Barre, limpia y recoge. Cruza cada una de las calles de la zona central del municipio, se detiene para dar un respiro, limpiar su sudor y continuar su labor. A su vez supervisa el trabajo de sus compañeras que se encuentran unas cuadras más adelante. Agueda las reúne para firmar asistencia y empieza a entablar una amena conversación sobre los quehaceres del día. En medio del momento ella dice algunas ocurrencias para que el tiempo pase rápido. “Conmigo viven contentas, uno el rato se la pasa chévere”, afirma con una sonrisa.

Con temor recuerda una noche mientras se encontraba barriendo y de momento vio caer un hombre muerto. Sintió miedo. Una persona se acercó y le dijo: “usted no ha visto nada”. También, con alegría en su rostro llegan a su pensamiento bonitas experiencias con su equipo de trabajo, como cuando celebran el mes del amor y la amistad. En una oportunidad visitaron el Parque Acuático de Playa Juncal en Palermo, Huila, y disfrutaron de los termales en el municipio de Rivera.

Desde su rol como mujer protectora siempre está pendiente de amparar a sus compañeras para que los habitantes de la calle no las molesten. Menciona que en alguna ocasión se enfrentó con uno de ellos porque tenía la costumbre de robar las bolsas que les suministraba la empresa para recoger la basura.

Agueda afirma que gracias a su trabajo como escobita ha logrado darle el estudio a sus cuatro hijos. El mayor es auxiliar contable, el segundo es conductor, su tercera hija es psicóloga y su hijo menor cursa actualmente sexto semestre de Derecho. Se siente feliz de brindarles la oportunidad de estudiar. Oportunidad que ella no tuvo debido a la situación económica que vivía su madre. Como hermana mayor debió trabajar desde temprana edad para colaborar con los gastos de su casa y ayudar a sus hermanos. Sin embargo, en el 2012, gracias al proyecto de gobierno en alfabetización para adultos 'Viva la Letra Viva' logró graduarse como bachiller, en el mismo año que lo hizo su hijo menor.

Mientras las escobitas trabajan, en el lugar se percibe la inseguridad. Los domingos, cada 15 días, su jornada inicia a las 2 de la mañana. “Solamente Dios nos cuida”, dice mientras recoge unas hojas en el parque principal. Expresa que le duele ver cómo en Pitalito se está dañando la juventud, y que desde su percepción no es culpa del Estado porque los padres tienen la responsabilidad de infundir valores desde temprana edad. A pesar de la situación que viven los jóvenes sumergidos en el consumo de alucinógenos, Agueda conserva la esperanza de una ciudad mejor, con más oportunidades, dado que “es una ciudad bonita, progresiva y de gente muy amable”.   

 Desde el año 1994 inició su trabajo como escobita. Antes se dedicaba a lavar ropa y a hacer limpieza en casas de familia. En otro tiempo se ocupó en la recolección de café. Junto a su esposo de 49 años, maestro de construcción, logró formar a sus hijos, que hoy la llaman desde la capital del país para estar pendientes de ella.

–Doña Agueda, ¿cuál es su mayor sueño? –, preguntamos.  

Sin dudar, en un instante responde que es poder ver a su hijo graduado como abogado, “me doy por bien servida”, afirma satisfecha. “Los años van pasando, uno se va sintiendo cansado”. Pero con el proyecto de terminar su casa de dos plantas, que durante 22 años ha estado construyendo junto a su familia, a sus 52 años toma su carrito y herramientas para salir a trabajar cada noche. “Ahí vamos haciendo, poco a poco”.

Las selfies son una de las derivaciones de las innovaciones microelectrónicas presentadas como una notable expresión de libertad individual. Una de sus aristas perversas, y del capitalismo en general, es el incremento de muertes por las fotografías extremas. Una investigación realizada en los Estados Unidos registra 259 muertes en el mundo, ocasionadas por tomarse selfies en el período transcurrido entre 2011 y 2017. Esta cifra, que debe ser considerada como conservadora, indica la magnitud de lo que está ocurriendo con la utilización de esta “nueva tecnología” de la muerte. Vale la pena preguntarse qué está detrás de esta epidemia de suicidios, y qué relación tienen con el capitalismo.

La tecnología y la imposición del individualismo compulsivo
El capitalismo representa la imposición del individualismo compulsivo, entendido como la creencia ilusoria de que en la sociedad solo existen los seres individuales, como lo proclamó Margaret Thatcher, una de las vedettes (artistas de espectáculo) del capitalismo realmente existente. De eso se deriva la suposición de que el individuo es el centro del mundo, y nada puede oponerse a sus designios de maximización de ganancias, acumulación, superación y ruptura de cualquier límite.

El individualismo egoísta, posesivo y hedonista es una característica central de la ideología capitalista. Solo existe el “yo” y no el “nosotros”, lo cual quiere decir que mi existencia individual es más importante que cualquier grupo o colectivo humano, y de eso se deriva que a diario se deba (de) mostrar que el “yo” (el individuo) es el centro del universo. No importan los lazos sociales, ni vínculos de solidaridad, fraternidad o ayuda mutua. Eso es cosa del pasado, porque ahora solo vale y existe lo que haga un individuo, el que necesita mostrar a cada rato su presencia, porque de lo contrario se considera frustrado o incompleto.

Para hacerse notar, el “yo” cuenta con dispositivos técnicos que se encargan de potenciar y difundir su presencia en el mundo, y el más poderoso de esos dispositivos técnicos es el celular, por la difusión de imágenes visuales que muestran de manera instantánea y directa todo cuanto hace una persona, hasta sus actos más privados, que ahora son puestos a la vista pública sin pudor alguno. Con la utilización de las nuevas tecnologías se pierde la idea de dignidad, de auto-estima, de respeto, y se proclama que lo privado ya no existe, que cualquier acto de nuestra vida debe darse a conocer a los cuatro vientos, por medio de las fotos que un individuo se tome de sí mismo y difunda a través de las redes. Lo que antes se consideraba de la esfera privada, y hasta de la intimidad de las personas (como su vida sexual), hoy debe compartirse con la pretensión de demostrar que se es importante.  

Por eso, se ha impuesto una especie de voyerismo universal, en que se muestra y se exhibe lo que esté referenciado con el “yo” y una forma expedita de lograrlo es a través de las selfies, que apenas son tomadas se envían para que circulen por las redes y lleguen a los ojos de los amigos, conocidos o admiradores. El “me gusta” es el premio que se le atribuye a quien envía la última foto de cuanta estupidez se le ocurre registrar. Quien tenga una mayor cantidad de “me gusta” y de seguidores en las redes es considerado una estrella. El problema es que esa sensación es efímera y requiere de estarse activando minuto a minuto, lo cual genera frustración, que debe ser superada con nuevas fotos, que aumentan la frustración en una forma patológica, creando un círculo vicioso que no tiene fin.

Las selfies mortales
Como las fotos normales ya no son atractivas y se tornan monótonas, es necesario experimentar con algo inesperado y sorprendente, para evidenciar la centralidad del “yo”. En consecuencia, se debe acudir a experiencias extremas. Aquí es donde las selfies adquieren un rol principal como indicadores de ese individualismo hedonista que caracteriza al capitalismo, y se basa en un principio implícito: para el individuo, como para el capitalismo, no existen límites, todo puede ser sorteado, sin importar los riesgos y peligros que se enfrenten, pero no con el deseo de una realización personal como tal y mucho menos en beneficio colectivo, sino porque eso es compensado con el consumo mercantilista del estrés y de las emociones fuertes, un gran nicho de mercado en el capitalismo de nuestro tiempo.

Al final, el premio es lo que cuenta: que una selfie arriesgada le dé créditos al individuo que osó desafiar hasta la muerte. Ese premio se expresa cuantitativamente en el crecimiento del número de seguidores en Facebook, Instagram, o cualquier red parecida, quienes, como robots amaestrados, solo atinan a escribir “me gusta”. Pero esa acción arriesgada no es placentera sino obsesiva, y requiere nuevos retos extremos, para demostrarse a sí mismo que es importante. Este comportamiento compulsivo aumenta la insatisfacción, porque ya no hay límite que satisfaga el deseo de mostrarse como alguien destacado, como una luminaria del espectáculo.   

Este es un claro ejemplo de la pulsión de la muerte, que no se define solo por el deseo de morir, sino algo peor, según las palabras del escritor inglés Mark Fisher: “encontrarse entre las garras de una compulsión tan poderosa que uno se vuelve indiferente a la misma muerte”. Lo más trágico es la banalidad del contenido de esa pulsión, porque estamos hablando de personas que enfrentan la muerte, sin entender que esa posibilidad existe, por el deseo de figurar como los más arriesgados o intrépidos, como sucede cuando se toma una selfie con una mano en la boca de un cocodrilo, al que otros sujetan, o en el piso 50 de un rascacielos, o cuando se lanzan en un tren en marcha…

Esa intrepidez es la clara demostración de que el capitalismo ha generado la idea de que no existen límites a lo que quieran hacer los sujetos aislados, porque todo puede ser posible con tal de alcanzar la fama y el reconocimiento. Y este comportamiento que origina un espíritu irresponsablemente suicida, es el mismo que caracteriza al capitalismo como un todo, puesto que se basa en la idea de que para la acumulación y el crecimiento económico no existen límites.

Con esa lógica suicida se está destruyendo el planeta, se está alterando el clima y se está poniendo en riesgo la existencia de la humanidad, porque lo que sí es seguro es que vamos directamente hacia el abismo, hacia la muerte como especie, de la misma manera que le sucede al individuo que piensa que puede burlarse de la naturaleza y de las leyes físicas, cuando se toma una selfie junto a un tiburón, al borde de un precipicio, junto a un volcán en erupción, subido en el techo de un tren o con una pistola apuntando a su propia cabeza.

En síntesis, el capitalismo y las tecnologías microelectrónicas que refuerzan el individualismo extremo, que enfatiza la centralidad exclusiva del “yo”, pretenden hacernos olvidar nuestro carácter efímero y perecedero, generando un espíritu de grandeza individual, de vanidad y egolatría, que cree posible evadir la muerte, porque nos ha convertido en sonámbulos tecnológicos, al suponer que en el mundo solamente existe mi “yo” y mis selfies. Esta es la religión del “yo” que prometió el capitalismo, que se ha impuesto a nivel planetario y que cree posible sortear la muerte, aunque se muera en el intento.

Han pasado ya más de dos años desde la puesta en marcha del Acuerdo Final de Paz entre el Gobierno colombiano y las FARC. Si bien es cierto que se evidencian algunos avances y que la construcción de la paz es un reto proyectado a 15 años, el cumplimiento de los aspectos más importantes contenidos en dicho acuerdo ha sido lento y genera muchas dudas frente a la necesidad de concretar el ideal de paz estable y duradera.

Por eso, es necesario que el Gobierno fortalezca sus acciones para avanzar en la efectiva aplicación de los acuerdos en el territorio. Esta es la conclusión a la que llegan diferentes organizaciones, universidades y entes garantes en sus informes de seguimiento de la implementación, entre estos, el más reciente entregado para la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final por el Centro de Investigación y Educación Popular –CINEP– y el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos –CERAC–, en el que se llama la atención sobre los retrasos que tiene su cumplimiento, particularmente, en el desarrollo territorial y tierras, proyectos colectivos y protección a líderes sociales.

Así va la implementación
Punto 1. Hacia un nuevo campo colombiano: Reforma Rural Integral (RRI)
Para garantizar la implementación de la reforma, se proyectó un conjunto de medidas que reflejen las apuestas de transformación del campo y permitan mejorar el acceso y el uso de la tierra. Sin embargo, el período legislativo anterior concluyó sin que se aprobaran leyes importantes para la creación del Sistema de Catastro Multipropósito, de Adecuación de Tierras, de reforma a la Ley Orgánica del Plan Nacional de Desarrollo y de creación de la Jurisdicción Agraria. De acuerdo con el informe “La falta de aprobación de estas leyes ha retrasado el avance de la Reforma Rural Integral, comprometiendo su integralidad y generando incertidumbre sobre su desarrollo”.


En cuanto a la implementación de las políticas, se logró la conformación del Fondo de Tierras, pero no se reportan acciones específicas de asignación de predios, ni de formalización. Al respecto, la Secretaría Técnica del Componente de Verificación Internacional hizo un llamado al nuevo gobierno “para que aborden sin dilación los aspectos normativos faltantes de la RRI, en especial en lo relacionado con la creación del Sistema de Catastro Multipropósito y la Jurisdicción Agraria, como mecanismos de protección de los derechos de propiedad, de planificación del territorio y de resolución de conflictos en las zonas rurales del país”.

Finalmente, el informe señala que el tema más atrasado en este punto es el diseño e implementación de los Planes Nacionales para la Reforma Rural Integral, que son la apuesta por el cierre de brechas entre territorios rurales y urbanos y por el desarrollo de infraestructura económica y social de los territorios. Esta lentitud implica un retraso en la implementación de la reforma del campo, ya que al no iniciar la planeación de la forma en que se hará la dotación de bienes públicos y el acceso a los derechos sociales, se corre el riesgo de continuar ahondando la desigualdad, la vulnerabilidad y la brecha social existente.

Punto 2. Participación política: apertura democrática para construir la paz
A pesar del desarrollo de algunas acciones orientadas hacia la activación del Estatuto de la Oposición, programas encaminados a brindar mayores garantías de seguridad y la expedición de un protocolo para la atención de la protesta pacífica, persiste la problemática de la violencia en contra de líderes sociales y excombatientes, lo cual muestra que los avances en esta materia son insuficientes y siguen pendientes de cumplimiento. En este sentido, se le pide al Gobierno fortalecer las capacidades institucionales de las entidades territoriales para que puedan responder a las exigencias de seguridad y protección que se les demanda.   

En temas de participación, es destacado el rol desempeñado por las organizaciones de mujeres y de los pueblos étnicos en el desarrollo de los Consejos Territoriales de Paz y en las jornadas de construcción de los primeros lineamientos de política pública de reconciliación, convivencia y no estigmatización. Pero la escasa implementación de estos enfoques en la participación e inclusión de estos actores en la política electoral, hace que los anteriores esfuerzos continúen siendo insuficientes.

Punto 3. Fin del conflicto
Para este punto se tienen en cuenta un conjunto de medidas adoptadas por las partes negociadoras, para el cese al fuego definitivo y bilateral, la dejación de armas, la reincorporación socioeconómica y política de los exintegrantes de las FARC y las medidas necesarias para crear las garantías de seguridad que se requieren para la construcción de una paz estable y duradera. Al respecto, el informe muestra que, si bien se ha cumplido en aspectos como dejación de armas y protocolos para la reinserción, las acciones puntuales para la reincorporación se han quedado cortas en garantizar la seguridad y los programas de desarrollo económico.

Ante esto, el partido Farc ha denunciado fallas en esquemas de seguridad, desatención estatal a la situación del asesinato de desmovilizados y una desconfianza que ha causado disidencias al proceso. Por lo tanto, el informe pide definir procedimientos operativos de la ruta de reincorporación y mecanismos jurídicos que garanticen los derechos de las víctimas y los derechos a los excombatientes asociados a la reincorporación.

Punto 4. Solución al problema de las drogas ilícitas
Los principales avances se dan en relación con los programas de sustitución y erradicación de cultivos de uso ilícito, mientras que la gran mayoría de compromisos en materia de consumo y lucha contra el narcotráfico aún no presentan avances. Además, la reactivación de la fumigación con glifosato para la erradicación es una grave afrenta a lo acordado y afecta la confianza y credibilidad de las partes.

Punto 5 - Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de no Repetición
Aún persisten grandes dificultades para su pleno desarrollo, no solo políticas sino institucionales y presupuestales influenciadas por un contexto de cambio de gobierno y alta polarización política, que aumentan la incertidumbre en algunos temas. Las constantes trabas puestas a la JEP y las disputas con la Fiscalía han generado retrasos en el cumplimiento de lo acordado para este punto y desencadenado serias dudas frente al proceso tanto de los actores, como de la opinión pública.

Según el informe, no se ha hecho realidad el compromiso de adecuación y modificación de la política de asistencia y reparación integral a víctimas. Ya que es un tema de gran importancia para las víctimas, la misión internacional pide al Gobierno avanzar en el fortalecimiento de esta Política Pública, haciendo los ajustes requeridos para ampliar su impacto reparador.

Punto 6. Implementación, verificación y refrendación
El informe muestra una desaceleración e incluso etapas frenadas en la implementación, lo que impacta negativamente la calidad del proceso. Por ejemplo, la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación atraviesa un momento de incertidumbre en relación a su continuidad, pues el Gobierno del presidente Iván Duque no se ha pronunciado al respecto ni ha establecido públicamente un canal de comunicación con representantes del partido Farc. También se han registrado dificultades en la coordinación y debilidad institucional en el proceso de implementación debido a la inexistencia de una entidad de Gobierno responsable y que considere estrategias pedagógicas y comunicativas para los acuerdos.

Los acuerdos en peligro
En términos generales, las controversias de opinión generadas por la transición de gobierno, las promesas de campaña enfocadas en la modificación del acuerdo (desconociendo lo acordado), las trabas en el Senado para la JEP, las disputas de poder con la Fiscalía, la polarización alrededor de los beneficios políticos para el partido Farc, las denuncias de malversación de los recursos destinados para el posconflicto, el asesinato sistemático de líderes sociales y defensores de derechos humanos, la inseguridad jurídica, así como la incapacidad del Estado para llevar la institucionalidad a las zonas más afectadas por el conflicto de forma real y honesta, con programas que tengan en cuenta las necesidades y propuestas de las comunidades, entre otros factores, ponen en riesgo la implementación y el desarrollo adecuado de los acuerdos.

Siendo este el panorama, es indiscutible el peligro en el que se encuentra el acuerdo y la fragilidad que puede hacer que se vaya agrietando hasta que logre romperse. Por lo tanto, es importante rodear el acuerdo y exigir de las partes la voluntad política necesaria para sacar adelante el trabajo realizado por tanto tiempo para la consecución de la paz.

Desde el municipio de San Lorenzo, Nariño, llegaron delegados y delegadas a la Asamblea Legislativa Popular y de los Pueblos para poner un granito de arena junto al resto de pueblo que también participó. En un ratico del evento conversé con uno de los delegados de ese municipio, Antonio Alvarado, quien pertenece al Comité de Integración del Macizo Colombiano –CIMA–. Lo cogí en turno de guardia, en uno de los bloques de salones del colegio donde sesionaba la Asamblea.

Lo abordé para que me hablara de la Consulta Popular Legítima programada para el 25 de noviembre, una iniciativa impulsada por las comunidades de San Lorenzo a punta de autogestión y convicción de defender el territorio. La iniciativa hace parte de la construcción del reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos, ya que en esa lucha se identifica una debilidad: la desarticulación territorial entre los municipios, que se da mientras los problemas estructurales del país continúan. Bajo este análisis, llegaron a la conclusión de que el territorio es el techo que garantiza la protección de la vida, y que también impulsa la conquista de los derechos.  

Para Antonio, un tema de articulación en el norte de Nariño y el sur del Cauca es el problema minero-energético y del agua, por lo que surgió la necesidad de formar un lenguaje común e integrador. Y para materializar ese lenguaje, decidieron acudir a una herramienta constitucional: la consulta popular. Parten del aprendizaje que dejó la consulta contra el Tratado de Libre Comercio, hecha en los municipios de Toribío, Jambaló, Caldono, Silvia, Inzá y Belalcázar, ubicados al norte y oriente caucano. Esta fue realizada en el 2005, y arrojó un resultado de 3000 votos, lo que evidencia la fuerza que tiene la gente para votar en contra de las políticas que los afectan. “No nos consultaron para hacer las leyes, vamos a desobedecerlas democráticamente acudiendo al constituyente primario”, expresa Antonio.    

Cuenta, además, que el Ministerio de Hacienda dijo que no hay plata para la consulta, y que en la Alcaldía tampoco. “La haremos nosotros mismos. Estamos en minga consiguiendo los recursos, para ir construyendo elementos que creen poder en la gente. Y esta pregunta me puso a pensar… si Hacienda dice sí, la hacemos. ¿Y si dice no? ¿No la hacemos? ¿Dónde está la autoridad?”.

El tema de los recursos está siendo solucionado, como lo dijo Antonio, a través de la minga. ¿Pero de cara al Estado, cómo se posicionarán los resultados de la consulta? Al respecto, nuestro amigo de Nariño hizo énfasis en que la consulta popular legítima potencia la articulación de la comunidad, e incide políticamente entre las personas bajo el tema del agua por ser un bien común que no distingue colores políticos. Todos necesitamos del agua, sea cual sea su forma de ver el mundo. Además, la voluntad de los votantes en la consulta se traducirá en propuestas políticas para la Alcaldía y el Consejo municipal el próximo año.

Con respecto al reconocimiento gubernamental de este proceso, los habitantes de San Lorenzo argumentan que son los constituyentes primarios y ese carácter está por encima de la posición de un ingeniero, doctor, ministro, o la Corte Constitucional. Dicen que no dependen de lo que ellos digan. La idea es ir de una manera legítima y enseñarle al departamento de Nariño, al sur-occidente y al mundo con este tipo de mecanismos populares.   

Hay que recordar que la Ley de Presupuesto General de la Nación, propuesta en octubre, contempla que las administraciones locales, como alcaldías, departamentos, o distritos, deben contar con los recursos para realizar las consultas populares, lo cual tiene una clara intención de asfixiar por el lado económico este mecanismo de participación ciudadana. Por eso la consulta popular legítima también será una acción de protesta contra el gobierno de Duque. Sin embargo, explica Antonio, si el presidente hubiera sido Petro la consulta legítima se haría. Dice que un presidente necesita de la acción de las comunidades para legitimarse: “Hay que hacer las cosas así haya un alcalde o presidente amigo, para que afine. Ese individuo no podrá cambiar el sistema, solo las comunidades podrán hacerlo”.

En este proceso han surgido cuestionamientos de parte de otros actores sociales por el hecho de que esta consulta popular legítima no está “dentro de la Constitución”, a lo que Antonio responde que “la Constitución hace parte de un sistema y si nosotros no paramos el sistema, el sistema sigue siendo el mismo. Los que tenemos que transformar el sistema somos nosotros. Si no, ellos van a seguir haciendo leyes y nosotros calladitos. Hay que enseñarles así; hacen una ley, tenga papá, nosotros no la aceptamos. Hacia allá queremos avanzar”.

Cuenta Antonio que hay gente al interior del movimiento nacional ambiental que está de acuerdo con la parte legal-constitucionalista, y que no acepta el carácter legítimo de la consulta en San Lorenzo. Sin embargo, la postura de sus impulsores es que el amarrar estas acciones comunitarias con la Constitución limita la construcción del verdadero poder local legítimo. Las consultas legítimas empoderan más los procesos.

El otro trabajo que adelantan las comunidades de San Lorenzo es tener el acompañamiento internacional, incluyendo a medios de comunicación alternativos y no alternativos que acompañen el proceso, con el ánimo de blindarlo, y de difundir esta experiencia en otras partes. Mientras se va logrando este acompañamiento, Antonio Alvarado nos invita a participar este 25 de noviembre en la Consulta Popular Legítima de San Lorenzo, Nariño, y a votar “NO” contra la mega-minería.

*Secretaría de Formación y Comunicación. Coordinador Nacional Agrario.

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