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El 68 fue un año que marcó la emergencia de grandes luchas revolucionarias: los jóvenes de París decidieron sacar las estructuras a la calle y declararse en rebeldía ante un gobierno anquilosado en la guerra fría. Vietnam enfrentó a sus enemigos imperialistas al igual que incontables naciones africanas que se reconocieron como “los condenados de la tierra” y gritaban por su libertad. Mandela, Fidel, el Che, Lumumba, Mosaddeq, Martin Luther King y Macolm X, dieron su voz a aquellos que siempre habían sido negados por la historia.

Entre tanto, en las selvas de Centro América, en los grandes “Certaos” de Brasil y en los pueblos mineros de Chile y el Perú, nació una nueva manera de leer en evangelio, de reconocer al Dios de los pobres: habría nacido la Teología de la Liberación.

Los comienzos
Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica se puso al día con el mundo moderno, amén de su patente culpa, por acción u omisión, en los males que aquejaron al mundo en las guerras de la primera parte del siglo XX. La Iglesia feudal, escolástica y poderosa, sencillamente no estuvo a la altura de las circunstancias históricas, y peor aún, demostró que estaba muy lejos del compromiso concreto que la fe exigía.

Esta reflexión llegó de manera diversa a América Latina. Si bien la filosofía de las luces guio la reflexión europea hacia una nueva fe madura, atenta a los retos de la mayoría de edad de la humanidad, en nuestro continente fueron las diferencias sociales las que marcaron el rumbo de la nueva forma de comprender el misterio de Dios. Lo que la escolástica tardía denominó la inmanencia, llegó en la Teología de la Liberación a identificarse con el mundo social, este explicado desde las categorías del marxismo. América Latina se vio como un continente en gran atraso económico y cultural, con grandes males como el hambre, el desempleo y la violación sistemática de los derechos humanos. Solo la filosofía de Marx en sus diferentes versiones podía dar cuenta y solución a estas situaciones, denominadas en el documento de Medellín como de “injusticia institucionalizada”.

Teología Acto Segundo
En nuestro continente, gran parte del trabajo intelectual se realizó en las universidades, que en su mayoría se cerraron endogámicamente sin dar cuenta de la realidad que las rodeaba y a la que debían responder con las armas de la inteligencia. El filósofo y el teólogo eran pues intelectuales encerrados en torres de marfil que al fin de cuentas servían al poder desde sus abstracciones, pues eran ciencias divorciadas del mundo. Los años sesenta fueron en América Latina una década de efervescencia de diferentes grupos y reflexiones de militancia política. Entre estos estaban, de manera especial, las Comunidades Eclesiales de Base (Cebs), que como células de organización plantearon verdaderos cambios sociales en los diferentes escenarios donde actuaban. Se puede resumir como un espacio de fe, de reflexión política y de praxis concreta para la liberación.

Esto cambió el lugar del teólogo y el intelectual; la reflexión se convirtió en acto segundo, en cuanto viene después del actuar liberador de la comunidad y el pueblo. La primacía no estuvo en la “ortodoxia”, sino en la “ortopraxis”, en el compromiso encaminado a la trasformación concreta de las realidades injustas. En este sentido, la comunidad no era objeto de la reflexión, o de una lastimera caridad de parte de la Iglesia institucional, sino sujeto mismo que genera saberes y procesos emancipatorios.

La fe encarnada en la historia
La fe se sintetizó como militancia, como identificación con la utopía del Reino de Dios, que no es más que el Reinado de la justicia del Dios liberador sobre la historia, la concretización de las más altas realizaciones humanas con la transformación de la sociedad, a partir de la socialización de la propiedad y la eliminación del pecado, entendido este como la negación del otro, y el egoísmo basado en la acumulación y la propiedad.

Por esto, la fe se comprometió con las luchas del pueblo, y no de manera abstracta. Fe es compromiso, encarnación en el sufrimiento de las grandes mayorías oprimidas. Los movimientos emancipatorios en lugares como Brasil, Nicaragua y El Salvador vieron cómo los cristianos comprometidos estaban en primera fila para encarar las luchas por la tierra, la defensa de los derechos humanos, la democratización, y la lucha contra las dictaduras.

Si consideramos todo el proceso de la Teología de la Liberación, nos encontramos con una diversidad de enfoques, de métodos y de contenidos. Esto se debe a la libertad en la creación, y a que cada teólogo le imprimió su propio talante, desde sus posibilidades y limitaciones, a la iluminación de ese complejo camino histórico que es la liberación del pueblo detrás del plan de Dios. Pero detrás de esa diversidad hay una unidad fundamental que es lo que permite hablar de una Teología de la Liberación. Esa unidad se ha conseguido en la medida en que la Teología de la Liberación se ha construido desde y para el pueblo oprimido, como lugar originario de la reflexión teológica. Esta teología ha estado más interesada en la liberación real que en la belleza formal de sus reflexiones sobre sí misma. Lo que unifica en el fondo a la Teología de la Liberación es la decidida voluntad de ponerse al servicio de la realidad para transformarla, y no meramente explicarla, y menos aún para perpetuarse a sí misma como teología.

Este nuevo modo de hacer teología lo vemos como un modo de superación de las teologías que se han entregado a nuestro continente, y que han sido importadas histórica y geográficamente. También a nivel de teología es una superación de esta, pues el teólogo es capaz, desde su subjetividad, de liberarse de las ataduras teóricas e ideológicas que se le ha impuesto, siendo capaz de explicar la realidad sin a priori, viendo el continente y sus situaciones como son y no como el aparato ideológico dominante quisiera explicarlo para su justificación.

En la Teología de la Liberación, el pueblo explotado toma la palabra para interpretar su realidad y poderla transformar. Hoy, cincuenta años después de la conferencia de Medellín, que reconoce como necesaria la reflexión sobre los pobres de nuestro continente para su emancipación definitiva, será de nuevo en las Comunidades de Base, en los más humildes, en los líderes que dan su vida por el pueblo, donde se mantenga viva la llama de la Teología de la Liberación.

Los relatos que escuchamos en nuestras casas, la construcción de historias de vecino a vecino y los dilemas del habitar en un entorno hostil, degradado por las modificaciones urbanas, problemas de droga y de relaciones entre habitantes, hacen que se viva otro tipo dinámicas, otras vidas. Un segundo barrio nace, uno de ficción, donde aparecen relatos nuevos, acordes a esa dinámica: un entorno que se transforma fieramente. Madres jóvenes, niñas y niños… todos en un movimiento que pende de su entorno, del barrio.

De allí las miradas, los cariños, las manifestaciones de afecto, todo aquello que se creía destruido, quería volver a nacer por medio de los niños y niñas, y sus vagabundeos en el barrio destruido, porque como nos decía Karen, de apenas siete años de edad, “el barrio no lo cambiaron, lo destruyeron”. Ella juega en las ruinas, en los techos de las antiguas casas, ahora convertidas en lotes enmarañados por malezas, buenezas y olvido. En estas ruinas nacemos cargados de esperanza y cariño.

Allí estábamos nosotros, un grupo de amigos, con algunas cámaras y equipos de luces. También algunos agricultores, periodistas, gente de la comunidad. Hablábamos sobre cómo dar a conocer nuestro barrio, toda esta transformación aún en curso que ha creado hasta hoy un ambiente de incertidumbre y crisis especulativa. Así que después de realizar varios procesos pedagógicos (charlas y acompañamientos con niños y jóvenes del barrio y sus familias) decidimos dar un paso hacia adelante y crear un espacio comunitario, popular, que actuase como generador de intercambios sociales, culturales y académicos en la comuna San José, en sus barrios y, por qué no, en Manizales.

En nuestro inicio el objetivo era mostrarles a los padres de los chicos y chicas asistentes a las clases lo que se estaba realizando. Analizar cómo estaban viendo y sintiendo su barrio aquellos habitantes. Tomamos entonces la decisión de crear una muestra de video y fotografía. Convocamos a la comunidad y realizamos dos días de muestras y proyecciones, y una productora amiga de la ciudad, 057 Films, nos ayudó con unos talleres de realización en cine.

Esta muestra fue llamada Qué hay pa' la cabeza –por aquella frase de barrio entre juveniles de esquina–. En este caso lo que teníamos para la cabeza era cine, fotografía, video, huerta y clown. Nuevos horizontes venían en curso. Muy tímidamente en la primera edición pudimos dar a conocer esas imágenes que los mismos habitantes de la comuna estaban realizando: documentos audiovisuales de las cuadras, el movimiento generacional de las cafeterías, las diversidades de las tiendas y detalles antropológicos y gastronómicos como las múltiples arepas con mantequilla y hogao, y sus comensales de la ciudad. A su vez proyectamos diferentes contenidos de otros barrios y veredas que nos enviaban, animados para mostrar su modo de verse… sus cotidianidades.

Un año después, en la segunda edición, nos adentramos más en la problemática de los barrios que componen la comuna. Convocamos a diferentes colectividades que hacen parte de este tejido de amistad entre calles, como las juntas de acción local y los ediles de áreas. Ellos nos guiaron para esta segunda muestra en la que incluimos material audiovisual, fotográfico, crónicas, documentales y videos aficionados sobre el barrio, su historia y las primeras luchas que algunos líderes habían tenido que dar contra la primera administración municipal que propuso el megaproyecto de renovación urbana, también conocido como macrodesastre de la comuna San José en Manizales, en el año 2008.

Memoria colectiva
La proyección en pantallas de sus antiguos espacios de diversión, las casas de familiares que ya no estaban, videos y fotos de desalojos, expropiaciones y demoliciones, causaron una serie de sentimientos asombrosos en los habitantes del San José que, si bien habían sufrido ese despojo años atrás, no lo habían visto en imágenes y sonidos, en testimonios de muchas de sus familias, sus vecinos. Para nosotros era algo grandioso. Estábamos haciendo recrear el antiguo barrio, su tradición, sus dificultades, y sobre todo estábamos volviendo a recordar en comunidad.

Con el tiempo, este proceso que nació por la labor de los niños y niñas del San José, motivados por el colectivo de cine y comunidad Sábalo Pro y la Fundación Comunativa Huertas Urbanas, sigue creciendo. Apoyados por las diferentes personas y colectividades que convergen en la Universidad de la Tierra Manizales (Unitierra) cada vez más habitantes se van sumando: comerciantes, asalariados, amas de casa, estudiantes… este festival nos ha juntado para trabajar unidos desde diferentes territorios.

Ahora más que nunca queremos fortalecer el sentido comunal del barrio, crear nuevos lazos de vecindad, amistades reales y comprensivas que salgan de realizaciones empíricas, de improvisaciones, paisajes sonoros, talleres pedagógicos… todo es posible para la comunidad de San José, que ha visto cómo hace real la creación de espacios como instrumentos de recuperación histórica, fortalecimiento de la identidad, promoción cultural, denuncia, educación y democratización de los medios de información y comunicación.

El cine comunitario se ha convertido en el relato más cercano que tienen algunas comunidades marginadas o en conflicto –de cualquier tipo– para narrar su vida. Y es que no se necesitan grandes producciones para reconocer, para recrear las historias que están en la esquina: en el préstamo de una olla, en la conversación con la señora de las arepas o con el zapatero… hay allí una solidaridad mutua, un sentido de pertenencia colectivo que se convierte en documento histórico, en el hecho social. Cuando se está detrás de las cámaras creando, proponiendo diálogos nuevos, es cuando se hace realidad el consenso y cobra sentido la unidad.

Lo que antes era una muestra de obras barriales, se convirtió en un Festival para que la comunidad de San José pueda reunirse, y aun sabiendo que estamos creciendo y que el objetivo es que las generaciones del barrio puedan seguir realizando su festival de cine comunitario, creemos que con estas sinergias podremos mostrar claramente cómo resultan contraproducentes, retardatarias y fallidas estas “renovaciones urbanas”, sin ningún tipo de proyección social, humana y ambiental.

Hoy, para su tercera versión que se realizará el 24 y 25 de noviembre, lo llamamos Qué hay pa la cabeza: Festival de cine comunitario y Talleres al barrio. En esta versión tendremos muy presente a la Comunidad que Resiste, que sigue haciéndolo tras nueve años de modificación silenciosa. Se trata de un barrio nuevo que surge marcando un camino, un dialogar nuevo como sendero, y una comunicación nueva entre gentes de la urbe. Allí aparece la alegría constante entre la desesperanza y el abandono. Este nuevo barrio fusiona el estar en comunidad real, que necesita escucharse y hacerse escuchar, con la realidad cruda que se enfrenta la cara. Allí donde nace ese Barrio de ficción, en la cruda distopía creada por ellos, los habitantes pretenden buscar una voz de empoderamiento en comunidad, para que a través de esos nuevos diálogos se pueda crear barrio más unido. Uno que crearemos desde la otra comunicación. 

Mónica Hoyos Giraldo siempre se ve sonriente. Al abrir la puerta camina adelante y sube las escaleras de madera como de afán; pero cada dos o tres escalones hace un pare, mira hacia atrás y dice: “Siga por aquí, señor”. Su pieza está al fondo, después de llegar al segundo piso y recorrer el largo corredor de la añeja vivienda. Inmediatamente entra en ella, mira para todas partes. Observa y muestra cuando tenía tres, cuatro y cinco años. También señala las fotos de los grados de jardín y bachillerato, con sus compañeros. Después se detiene en otras donde está con toda, o, mejor dicho, la que era toda su familia. Su pequeña habitación es una llama viva: las paredes blancas son ocupadas por recuadros de colores alrededor de las fotografías, que prácticamente las alumbran. Además, hay cartulinas color fucsia con frases alusivas al amor y a la vida. Luego detiene su mirada en un álbum con más fotos; lo toma y se sienta en la cama, que tiene un tendido rojo con rayas amarillas y un gran peluche sobre la almohada. En esa habitación, en esas fotos y en su alma se esconde esta historia:

***


Cuando mi papá ya no salía al pueblo por causa de la violencia, mi mamá me dejaba enllavada y me decía que no mirara para la calle. Y yo, por una rendijita de la puerta, desde el balcón, me ponía a ver pasar los carros. Y un día vi una volqueta con puros muertos. Otra vez vi que pasaban a caballo, con los que habían matado ahí colgando y moviéndose con el paso; cuando los descargaron al pie de la quebrada, sacaron un hacha y empezaron a partirlos. Pero nada que veía llegar a mi papá.

La última vez que vi a mi hermano, Edis Norbey, y a mi papá, fue un día que mi mamá me llevó a la finca. Estando allá, Norbey se fue a pescar y lo cogió la guerrilla y le dijeron: “O se va con nosotros o lo matamos”. Que ese día lo hicieron andar como tres horas y lo iban azotando por todo el camino. Cuando él me mostró la espalda toda rajada, yo me puse a llorar y mi mamá me dijo que le rogara para que se viniera para el pueblo. Al decirle yo eso, Norbey me contestó: “Y si no le ayudo a mi papá, ¿quién nos va a dar para la comida?”.

Como ya mi papá no podía venir a visitarnos y mi mamá no podía ir a la finca, un día una tía vino aquí a decirle a mi mamá que, cuando mi papá le estaba sirviendo el desayuno a mi hermano, llegaron y le dijeron que se tenía que ir con ellos y que si no los iban a matar a los dos. Que cuando él salió, lo único que le alcanzó a decir a mi papá era que le diera la bendición. Eso fue en marzo de 2004 y desde ese momento no hemos vuelto a saber de él.

Unas dos semanas después de la desaparición de Norbey, ya pasó lo de mi papá… Ahí se volvió oscura mi vida.

Nos íbamos a ir para la procesión de Viernes Santo, y, mientras mi mamá y mis hermanos salían, yo me puse a jugar en la calle; cuando veo que paró un bus al frente de la casa y que venía pura familia de la vereda. Y toda contenta ya me iba a subir al carro, pero el ayudante se bajó y me dijo: “Aquí viene su papá, llame a la mamá”. Y como hacía muchísimo tiempo que no lo veía, toda feliz fui a la carrera a decirle a mi mamá, que se estaba bañando. Y grité: ¡Mamá, llegó mi papá!, y me devolví, sin dejar de correr, a verlo bajar, porque él ahí mismo que llegaba me cargaba y me daba chitos. Al momentico llegó mi mamá, que no sé cómo salió tan rápido del baño; ella también empezó a mirar el bus y, al no verlo, le dijo al ayudante: ¡Dígale que se baje rápido pues! Entonces se le acercó un tío que también venía ahí y le habló pasito: “No, es que a él lo traemos es en la maleta”. Y mi mamá: “¡Qué, como así!”. “Sí, es que lo mataron,” le dijo mi tío.

Mi mamá casi se cae. Se puso a llorar y a llorar. Y me decía: “Ya no va a volver a ver a su papá”. Eso era lo único que entendía en ese momento, que no volvería a ver a mi papá. “Yo que creí que lo iba a ver hoy”, recuerdo que aquel día pensaba eso. Pero lo que no podía entender era cómo hacía yo para que mi mamá no llorara más. Uno de cinco años se pone sin saber qué hacer. El carro siguió y mi mamá ya no se quería arreglar. En la velación, yo era como aturdida, elevada. Mi mamá me miraba y me repetía: “Ya no va a volver a ver a su papá”. Yo solo veía que no paraba de llorar. Y lo enterraron al otro día.

Después de lo ocurrido con mi papá y mi hermano, que eran los que nos sostenían, seguí un tiempo en el hogar donde me tenían antes cuando mi mamá le ayudaba a mi papá en la finca –claro, antes de que ella tuviera que quedarse del todo en el pueblo–. Pero le tocó sacarme porque no tenía con qué pagar.

Como los domingos la parroquia recogía mercados para repartir los lunes a la gente más pobre, mi mamá se madrugaba a hacer la fila. Y ese lunes uno era feliz esperándola en la casa con las cosas. Aunque había veces que traía solo una librita de arroz, porque eran muchas las familias que hacían fila. ¡Uy!, los días que mi mamá me mandaba a estudiar con aguapanela, que era simple simple, porque apenas se veía el agua con un poquito de color, fueron muchos. O incluso con mera agua porque no había nada de panela. ¡Uchsssss!, pasé mucha hambre en ese tiempo.

Después, una señora que se dio cuenta de lo de nosotros, fue y habló con las monjitas en el internado campesino y les dijo que por qué no me recibían allá y que mi mamá les pagaba con trabajo. Y así, ella labrando la tierra pagaba mi comida. Pero a veces era como peor porque sabía que mientras yo desayunaba bien, allá en la casa no tenían con qué comer. Yo no sabía cómo pasar una cucharada pensando en eso. No sé si era más duro pasar hambre o imaginarme lo que ocurría en la casa. Entonces yo guardaba en una bolsa cositas del almuerzo y como mi hermano menor también almorzaba allá y después de que hacía el aseo se iba para la casa, con él mandaba la bolsita. Y cuando las monjas se descuidaban cogía pan o alguna otra cosa y los fines de semana le llevaba a mi mamá.

Ya estando en segundo de escuela llegaron unas muchachas, me sacaron del salón un momentico y me preguntaron que cuánto hacía que habían matado a mi papá y que si quería ir a una reunión donde iba a ver más niños para que compartiera con ellos y jugara.

Yo me fui con Andrés Camilo, mi hermano menor. Estaba muy asustada y con pena, pero al ver tantos niños y otras niñas de mi misma edad que estaban jugando, me familiaricé más fácil. Ese día empezó la Fundación; allá teníamos la oportunidad de hablar con doña Gloria, la sicóloga, y como que iba sanando tanto rencor. Porque como yo sabía que iba a crecer, decía que algún día iba a conocer a los que mataron a mi papá y que yo les iba a hacer algo. La historia que yo contaba allá para desahogarme, como que uno no lo creía. Pero era la realidad. Y me he ido recuperando.

Cuando hablaba con la sicóloga, uffff, eso era muy triste recordar las cosas. Yo empezaba a decir papá o hermanito y ahí mismo se me salían las lágrimas. Lo más duro en la Fundación era el encuentro con doña Gloria. Un día ella me llamó, y como ya me suponía a qué era, yo por dentro temblaba del miedo. Tengo que hablar y no voy a ser capaz, pensaba muy asustada. Cuando me senté, ella me anticipó: “Bueno, Mónica, hablamos o hablamos”. Ese día recuerdo que cuando empecé a contar, lo que más hice fue llorar. Y ya cada ocho días fui contando a poquitos. Creo que hablé de todo lo que me había sucedido como a los dos años.

Y uno, además, como para desahogarse, le contaba a la sicóloga que mi mamá sufría mucho porque no tenía comida para darnos. Que nos mandaba a estudiar con hambre, que lavaba ropa ajena para que le dieran papa o una panela… Pero con eso y todo, con el tiempo me di cuenta que a mí no era a la única que le habían pasado cosas duras, y que era muy afortunada en tener a mi mamá viva, porque varios de mis compañeritos se habían quedado sin los dos. Sin papá y sin mamá.

Eso sí, en la Casa del Niño y la Niña, en tiempos de navidad y de cumpleaños, hacían una fiesta. Eso era increíble. Como que se le olvidaban a uno las tristezas porque éramos desesperaditos, pendientes de los dulces y del regalito que nunca faltaba.

Y en diciembre, como en la Fundación nos decían que le escribiéramos cositas al Niño Dios, yo siempre le pedía en la boletica: “Niño Dios, yo quiero estar con mi hermanito. Niño Dios, yo le pido que devuelva a Edis Norbey o que por lo menos le regresen a mi mamá los huesitos, porque ella sufre mucho. Si usted le da eso, mi mamá deja de llorar”. Y mi mamá también me decía que le pidiera eso al Niño Dios. Los otros compañeros le pedían patines, bicicleta y yo solamente le pedía que aparecieran los restos de mi hermanito. Es que mi mamá lloraba a toda hora.

Cuando nos tocaba ir a la Casa del Niño y la Niña era el día más feliz. La noche anterior, Camilo y yo preparábamos la ropa y lo que íbamos a llevar. Y como nos daban un ratico para jugar antes de empezar las actividades, el que llegara más temprano era el que podía disfrutar de los patines, que así fueran pecuecosos, porque los usábamos varios niños en diferentes días, era lo que más nos gustaba. Y ya los que llegaban tarde se conformaban con las muñecas o los juegos de mesa. Uno ahora se ríe al recordar el olor tan horrible de la pieza cuando uno entraba a coger los patines. ¡Dizque uno disfrutar la pecueca de los demás!

Y por más que uno se sentía bien en la fundación, cada rato volvían los recuerdos. Pero sobre todo cuando salíamos a vacaciones, después de celebrar la navidad. Aunque ya, como al último año, antes de sacar grado, que es hasta el momento que a uno lo admiten allá, dije, no, yo no puedo seguir así. Porque me ponía a mirar a los que se habían graduado: ellos ya con su proyecto de vida, desarrollándolo; y pensaba: cómo seguir quejándome y así con dolor toda una vida. Tengo que salir adelante y ayudar a mi mamá.

Pero eso era como difícil porque hay cosas que no se pueden superar del todo. Uno cree que ya ha olvidado y no es así. Por ejemplo, hace unas semanas fue el día del padre, y saber que no podía compartir con él. Recordar que cuando llegaba de la finca a caballo, con mis amiguitos lo hacíamos bajar y él nos montaba. Ese día me quería encerrar. Aunque sí fui al cementerio.

Y seguí pensando en mi mamá, porque yo la veía que terminaba muerta del cansancio con el trabajo en el hogar campesino y a mí me daba mucho pesar. Entonces un día le dije: “Mamá, retírese, que de alguna forma vemos cómo hacemos para la comida”. Y en esos momentos apareció un “angelito” en la Fundación. Una de las que inició la Casa del Niño me consiguió un padrino que mensualmente aportaba creo que cincuenta mil pesos, y con eso nos daban un bono para mercar. Y a pesar de que sabía que mi mamá descansaba, salí con mucha tristeza, porque yo estaba muy contenta con las monjitas.

Como ocho años después fui con mis hermanos a la finca y desde abajo de la carretera una hermana mía me mostró: “Miré, allá era donde vivíamos”. Estaba todo enrastrojado, en puro monte. Pero el techo sí se alcanzaba a ver. Subimos, vimos en la entrada el contador de la luz, luego entramos hasta la cocina, al baño y después a una pieza, y ahí todavía permanecían algunos afiches de mi hermanito –al ver eso se me salieron las lágrimas–. Y seguimos recordando cosas, pero sin mentar la tristeza, porque nos preocupábamos por contar solo anécdotas bonitas de cuando vivíamos allá y todos nos reíamos. Y hablábamos que qué bueno organizar de nuevo la casa para estar yendo. Pero eso sigue abandonado.

Como el año pasado me gradué de bachiller y técnica en asistencia administrativa con el Sena, desempeño esa técnica con Adepag -el proveedor de los restaurantes escolares de aquí de Granada-, y con ese ingreso le doy plata a mi mamá, pero también quiero ayudar a mi hermanito Camilo, porque él me dice que desde que mataron a mi papá no ha podido perdonar y eso ahora lo tiene sumido en las drogas.

***


Mónica, sentada en su cama, después de haber paseado la mirada por sus diecisiete años de vida a través de fotografías, deja el álbum abierto encima de las piernas y los ojos puestos sobre la foto de los quince años, que está acompañada de una frase. Antes de leerla, dice: “Yo quiero sacar a mi hermano Camilo de donde se encuentra y poner a vivir como una reina a mi mamá. Ese es mi sueño”.

Y leyó en voz alta:
“La vida está llena de pequeñas sorpresas como las que me han brindado Dios y mi familia. Corrí tras el sol, tras el mar, tras las nubes, vestí muñecas de sueños y alcancé el umbral de mi juventud, tengo mi mirada en el presente y me siento mujer, tengo en mi mente un futuro lleno de anhelos, oportunidades y sueños por vivir”.

Las selfies son una de las derivaciones de las innovaciones microelectrónicas presentadas como una notable expresión de libertad individual. Una de sus aristas perversas, y del capitalismo en general, es el incremento de muertes por las fotografías extremas. Una investigación realizada en los Estados Unidos registra 259 muertes en el mundo, ocasionadas por tomarse selfies en el período transcurrido entre 2011 y 2017. Esta cifra, que debe ser considerada como conservadora, indica la magnitud de lo que está ocurriendo con la utilización de esta “nueva tecnología” de la muerte. Vale la pena preguntarse qué está detrás de esta epidemia de suicidios, y qué relación tienen con el capitalismo.

La tecnología y la imposición del individualismo compulsivo
El capitalismo representa la imposición del individualismo compulsivo, entendido como la creencia ilusoria de que en la sociedad solo existen los seres individuales, como lo proclamó Margaret Thatcher, una de las vedettes (artistas de espectáculo) del capitalismo realmente existente. De eso se deriva la suposición de que el individuo es el centro del mundo, y nada puede oponerse a sus designios de maximización de ganancias, acumulación, superación y ruptura de cualquier límite.

El individualismo egoísta, posesivo y hedonista es una característica central de la ideología capitalista. Solo existe el “yo” y no el “nosotros”, lo cual quiere decir que mi existencia individual es más importante que cualquier grupo o colectivo humano, y de eso se deriva que a diario se deba (de) mostrar que el “yo” (el individuo) es el centro del universo. No importan los lazos sociales, ni vínculos de solidaridad, fraternidad o ayuda mutua. Eso es cosa del pasado, porque ahora solo vale y existe lo que haga un individuo, el que necesita mostrar a cada rato su presencia, porque de lo contrario se considera frustrado o incompleto.

Para hacerse notar, el “yo” cuenta con dispositivos técnicos que se encargan de potenciar y difundir su presencia en el mundo, y el más poderoso de esos dispositivos técnicos es el celular, por la difusión de imágenes visuales que muestran de manera instantánea y directa todo cuanto hace una persona, hasta sus actos más privados, que ahora son puestos a la vista pública sin pudor alguno. Con la utilización de las nuevas tecnologías se pierde la idea de dignidad, de auto-estima, de respeto, y se proclama que lo privado ya no existe, que cualquier acto de nuestra vida debe darse a conocer a los cuatro vientos, por medio de las fotos que un individuo se tome de sí mismo y difunda a través de las redes. Lo que antes se consideraba de la esfera privada, y hasta de la intimidad de las personas (como su vida sexual), hoy debe compartirse con la pretensión de demostrar que se es importante.  

Por eso, se ha impuesto una especie de voyerismo universal, en que se muestra y se exhibe lo que esté referenciado con el “yo” y una forma expedita de lograrlo es a través de las selfies, que apenas son tomadas se envían para que circulen por las redes y lleguen a los ojos de los amigos, conocidos o admiradores. El “me gusta” es el premio que se le atribuye a quien envía la última foto de cuanta estupidez se le ocurre registrar. Quien tenga una mayor cantidad de “me gusta” y de seguidores en las redes es considerado una estrella. El problema es que esa sensación es efímera y requiere de estarse activando minuto a minuto, lo cual genera frustración, que debe ser superada con nuevas fotos, que aumentan la frustración en una forma patológica, creando un círculo vicioso que no tiene fin.

Las selfies mortales
Como las fotos normales ya no son atractivas y se tornan monótonas, es necesario experimentar con algo inesperado y sorprendente, para evidenciar la centralidad del “yo”. En consecuencia, se debe acudir a experiencias extremas. Aquí es donde las selfies adquieren un rol principal como indicadores de ese individualismo hedonista que caracteriza al capitalismo, y se basa en un principio implícito: para el individuo, como para el capitalismo, no existen límites, todo puede ser sorteado, sin importar los riesgos y peligros que se enfrenten, pero no con el deseo de una realización personal como tal y mucho menos en beneficio colectivo, sino porque eso es compensado con el consumo mercantilista del estrés y de las emociones fuertes, un gran nicho de mercado en el capitalismo de nuestro tiempo.

Al final, el premio es lo que cuenta: que una selfie arriesgada le dé créditos al individuo que osó desafiar hasta la muerte. Ese premio se expresa cuantitativamente en el crecimiento del número de seguidores en Facebook, Instagram, o cualquier red parecida, quienes, como robots amaestrados, solo atinan a escribir “me gusta”. Pero esa acción arriesgada no es placentera sino obsesiva, y requiere nuevos retos extremos, para demostrarse a sí mismo que es importante. Este comportamiento compulsivo aumenta la insatisfacción, porque ya no hay límite que satisfaga el deseo de mostrarse como alguien destacado, como una luminaria del espectáculo.   

Este es un claro ejemplo de la pulsión de la muerte, que no se define solo por el deseo de morir, sino algo peor, según las palabras del escritor inglés Mark Fisher: “encontrarse entre las garras de una compulsión tan poderosa que uno se vuelve indiferente a la misma muerte”. Lo más trágico es la banalidad del contenido de esa pulsión, porque estamos hablando de personas que enfrentan la muerte, sin entender que esa posibilidad existe, por el deseo de figurar como los más arriesgados o intrépidos, como sucede cuando se toma una selfie con una mano en la boca de un cocodrilo, al que otros sujetan, o en el piso 50 de un rascacielos, o cuando se lanzan en un tren en marcha…

Esa intrepidez es la clara demostración de que el capitalismo ha generado la idea de que no existen límites a lo que quieran hacer los sujetos aislados, porque todo puede ser posible con tal de alcanzar la fama y el reconocimiento. Y este comportamiento que origina un espíritu irresponsablemente suicida, es el mismo que caracteriza al capitalismo como un todo, puesto que se basa en la idea de que para la acumulación y el crecimiento económico no existen límites.

Con esa lógica suicida se está destruyendo el planeta, se está alterando el clima y se está poniendo en riesgo la existencia de la humanidad, porque lo que sí es seguro es que vamos directamente hacia el abismo, hacia la muerte como especie, de la misma manera que le sucede al individuo que piensa que puede burlarse de la naturaleza y de las leyes físicas, cuando se toma una selfie junto a un tiburón, al borde de un precipicio, junto a un volcán en erupción, subido en el techo de un tren o con una pistola apuntando a su propia cabeza.

En síntesis, el capitalismo y las tecnologías microelectrónicas que refuerzan el individualismo extremo, que enfatiza la centralidad exclusiva del “yo”, pretenden hacernos olvidar nuestro carácter efímero y perecedero, generando un espíritu de grandeza individual, de vanidad y egolatría, que cree posible evadir la muerte, porque nos ha convertido en sonámbulos tecnológicos, al suponer que en el mundo solamente existe mi “yo” y mis selfies. Esta es la religión del “yo” que prometió el capitalismo, que se ha impuesto a nivel planetario y que cree posible sortear la muerte, aunque se muera en el intento.

Al tiempo que el país se enfrenta más que nunca al drama sobre la producción de energía y extracción de recursos naturales, se moviliza en las ciudades, pueblos y veredas una masa de conciencia colectiva que hoy dice no al extractivismo salvaje ocasionado por las ansias de dinero y poder que caracterizan al sistema capitalista neoliberal, ampliamente apoyado por gobiernos y agentes internacionales.

A raíz de fenómenos como el fracking y la catástrofe de Hidroituango, la movilización se intensificó, y para responder a esta dinámica es que se celebró en Barrancabermeja, Santander, entre el 8 y el 12 de octubre, el segundo encuentro nacional del Movimiento Ríos Vivos. Fabio Muñoz, integrante del movimiento en el norte de Antioquia, habla un poco acerca de este encuentro: “El tema principal que nos trae acá tiene que ver con la transición minero-energética de nuestro país y nuestros territorios. La idea es mirar cómo le vamos a hacer para que no sigan los abusos y el saqueo de nuestras riquezas naturales”, y aclara que el primer día fue de ajustes, de acomodación logística y reafirmación de los principios del movimiento.

“Trabajamos con base en las tesis que se han creado en construcciones colectivas del movimiento. Es partir de los aportes de todas las personas y asociaciones que estamos vinculados al Movimiento Ríos Vivos”, destaca Muñoz, quien resalta además que entre las principales expectativas que se tuvieron fue la integración exitosa de regiones, de culturas, y de toda la riqueza que tiene el país. “A partir de eso, el segundo día en la noche hicimos una feria gastronómica, probamos muchas de las cosas sabrosas de nuestro país compartidas por las organizaciones, y tuvimos también el encuentro con las semillas, que es importantísimo porque muchos estamos en esa transición energética y la primera transición que tenemos que vivir es comernos nuestros propios alimentos con las semillas nativas”.


Un tejido de resistencias
El encuentro de Ríos Vivos contó con el acompañamiento de delegaciones de más de diez departamentos del país y de varios países del mundo. Cuba, Brasil, Alemania y Chile, hicieron parte de esta lista. Las situaciones particulares de las personas y organizaciones nacionales e internacionales que participaron hacen que se teja una red de resistencia que, apoyada por el arte y la simbología, va arando un nuevo rumbo para esta tierra sagrada.  

Mientras Elver Calderón escucha la poesía que una negra de Córdoba le canta a su territorio, cuenta un poco su historia. Elver es de la Asociación de afectados por la hidroeléctrica El Quimbo en Zuluaga, Huila. “Nosotros fuimos unos desplazados más de la multinacional que hizo este proyecto. Nos quitaron el trabajadero, la pesca, la minería artesanal y todos los derechos que teníamos sobre el río Magdalena. Ni siquiera podemos ir al paseo de olla porque privatizaron el río”.

Elver relata que se opusieron desde que empezaron las construcciones del megaproyecto. En el 2011 hicieron una movilización que hizo parar la construcción por cerca de 15 días y la multinacional, con ayuda del Gobierno, les echó el ESMAD. “Hubo varios heridos, entre ellos un niño de siete años que perdió un ojo”. Han hecho varias manifestaciones y tomas de tierra, reclamando lo que les pertenece.

“Reclamamos tierra para poder trabajar y nos volvieron a echar el ESMAD. En este momento hemos estado hablando con EMGESA para que vuelvan a realizar el censo de la población afectada y reconozcan sus derechos. No queremos más represas en el Huila, porque la energía no es para nosotros, la energía se la llevan para otros países. Lo nuestro vale más que una basada de petróleo o un kilovatio de energía”, atina Calderón.

Así, esta resistencia en Huila se conecta con la de La Patagonia en Chile. Pamela Díaz, cofundadora del movimiento Patagonia sin represas que lleva 12 años de lucha, relata que su trabajo consiste en impedir que los dos ríos más importantes de la región sean represados: “El Baquer y el Pascua, con tres y dos proyectos de represas respectivamente”.

“La lucha se convirtió sin querer en un hito a nivel chileno y logró frenar el que sería uno de los tendidos eléctricos más grandes del mundo. Nos empezamos a autoeducar; la campaña empezó muy incipiente, pero tomó un nivel de importancia enorme por lo que significa La Patagonia, al ser una de las reservas más grandes de agua dulce del planeta”, anota la chilena destacando que les ayudó mucho haber actuado frente a un proyecto que no se había consumado.

Por su parte, Carlos Rivera llegó desde El Salvador y es integrante del Movimiento Latinoamericano contra las Represas. Quisiera que todos los países se pudieran unir “para ser un solo frente de lucha contra las represas que tanto daño han hecho a la humanidad”. Carlos también es integrante del Frente Nacional Agrario de su país, y comenta que “hay una constante problemática con la privatización del agua que se expande por todo el mundo. Los capitalistas la ven con fines de lucro, no como bien común. A la lucha en nuestro país se han unido organizaciones como universidades y religiones, esperamos que la lucha no pare”. A Rivera le llama atención el afán de lucha alrededor de la energía en Colombia. “Acá veo que luchan mucho, se están dando pasos y se ve el avance en la defensa de la vida”, concluye.

Repensar el modelo energético
Álvaro Restrepo Gaviria, integrante de la Red de Acción Frente al Extractivismo (RAFE), presente en Medellín, cuenta a modo de reflexión que los seres humanos somos energía y necesitamos de ella, pero la forma en la que se genera y se distribuye es inequitativa, injusta y violenta. “Alrededor de 40 millones de personas en todo el mundo han sido desplazadas por proyectos de generación de energía hidroeléctrica, nuestro caso más reciente es el de Hidroituango. En Colombia tenemos un potencial importante en la generación de energía solar, esos son caminos que debemos empezar a explorar más”.

Varios paneles y conversatorios con expertos y con comunidades, una audiencia pública a la que asistieron varios congresistas de la oposición y una movilización por las calles de Barrancabermeja, fueron otras de las acciones realizadas en el encuentro. “De aquí salimos con unas bases y unos planes para cada una de las organizaciones”, afirma Fabio Muñoz de Ríos Vivos y añade que “como movimiento es placentero saber que recibimos varias delegaciones del país interesadas en conocer sobre el tema y aquí también están como veedores y acompañantes de este proceso que es importantísimo, porque no es hacer solos sino articulados”.

Álvaro, de la RAFE, concluye que “esencialmente la vida y la energía son una, todos somos parte de ese tejido, entonces cuando se rompe un nudo, todo se desarticula. Grandes ecosistemas se ven afectados por ese modelo capitalista. La idea no es chocar y crear más caos, sino fluir por otros rumbos y buscar mejores alternativas.”

No sé bien qué decirte. Apenas puedo imaginarte en un sofá de tu casa en Buenos Aires mirando por la ventana. Es otoño y la ciudad está cubierta por una luz láctea que cae sobre edificios y árboles como un manto, sé que ya no ves ni escuchas bien y que esa ventana se ha convertido en una forma de entender el mundo, de salir al mundo. Joaquín Salvador Lavado Tejón es tu nombre completo, Joaquín como tu tío, el primero que te mostró una tira cómica y quien te inoculó el amor por el dibujo.

Para que no te confundieran con él, tu mamá te dijo Quino cuando tenías cinco años, o sea que no tuviste la oportunidad de decir si te gustaba o no. Sin embargo, tu nombre se convirtió en una marca, una insignia en algunas de las tiras más famosas de América Latina. Pero eso ya lo sabés, Quino. Sabés de tu paso por el mundo, de tus huellas en la cultura popular. De lo que tus creaciones hicieron en millones de niñas. A pesar de eso no sabés lo que me pasó a mí.

Cuando estaba niña le preguntaba todo a mi mamá: las palabras desconocidas, los países y sus capitales, el nombre de las canciones, el color de las estrellas cuando amanece. Todo. Pensaba —pienso— que ella tenía el poder para resolverme cualquier duda. Un día, cuando tenía quince años y estaba leyendo una tira de Mafalda, le pregunté cuándo iríamos a Buenos Aires a conocerla. A Mafalda, a Susanita, en San Telmo. Mi mamá, sabiendo que ya era grande para entenderlo, pero sin querer herirme, me dijo: “Hazte la promesa. Uno se debe prometer cosas que luego las use como metas. Cuando cumples una promesa a ti mismo, significa que te estás queriendo. Promételo, prométete que irás tú sola a conocer a Mafalda y sus amigos".

Yo me quedé callada, no me gustó la respuesta de mi mamá porque en el fondo sentía que lo que decía era un artilugio para ocultar nuestra falta de dinero. Sin embargo, sabía que tenía que hacerlo: tarde o temprano conocería la cuadra en la que Quino puso a un grupo de niños a dialogar con la imaginación y pensar que ese mundo creado a partir de sus sueños o frustraciones no está tan alejado del mundo real.

Pasaron todavía muchos años hasta que pude conocer el sitio.

Cuando llegué, caía una lluvia helada. Tenía el abrigo, la bufanda y el gorro tan fríos que parecían tener alfileres clavándose en cada centímetro de mi piel. Las calles estaban desiertas, los árboles esqueléticos y el cielo ácido. Me quedé de frente a un edificio de San Telmo. El edificio de la Calle Chile 371. La casa de Raquel, “un rubio gordito” y Mafalda. Giré y en la banca, mirando hacia la placa, estaban Susanita, Manolito y ella, la chica que me mantuvo de pie cuando en el colegio me gritaban insultos por no ser igual a las otras niñas. El primer libro que me dio mi mamá. Mi marca personal de heroína. El corazón se me subió a la garganta.

El llanto fue inevitable. La calle estaba desierta y solo atiné a sentarme en la banca y decirle, como si estuviera viva, como si sirviera de algo, “gracias, niña”. Querido Quino, estas palabras que no llegarás a leer, las escribo igual porque es justo que sepas cómo le cambiaste la vida a una mujer que apenas estaba creando su identidad en un pueblo de Antioquia, Colombia.

Supongo que, en algún momento, tendremos que dejar de venderle a cada niña del mundo la idea de que lo único que tiene que hacer para conseguir algo es ser bella y delgada, fina y amorosa. Y cuando leí a Mafalda entendí un poco de eso, la voz de ella, a pesar, es la voz tuya, Quino, la de un hombre. Y sin embargo.

Lograste meterte en la psiquis de una mujer feminista, de una que disfruta de su sexualidad y su pensamiento, de su sentir y su dolor. Nunca has reconocido que Mafalda sea feminista, pero yo quiero creerlo así. Entiendo por qué las mujeres reniegan y se distancian del feminismo. Lo sé porque yo también me alejé de él. Nunca serví para los colectivos, no fui niña scout ni participé en obras de teatro. Yo también renegaba, porque cuando me llamaban feminista la etiqueta me sonaba a insulto. De hecho, generalmente esa era la intención subyacente.

No hace muchos años que me resistía al feminismo porque me preocupaba que no me permitiera ser el desastre de mujer que sabía que era. Pero creo que eso ya no me preocupa. Y cuando lo descubrí me encontré a Mafalda entre mis primeras heroínas. Aprendí a separar el feminismo de los feminismos, de las feministas, de la idea del feminismo. Supongo que por eso todavía no dices que Mafalda es feminista.
Espero que algún día vivamos en una cultura en la que no tengamos por qué distanciarnos de la etiqueta feminista, en la que la etiqueta no nos haga tener miedo de quedarnos solas, de ser demasiado diferentes o de querer demasiado. Vos entendés.

Quino, ¿qué estás viendo a través de la ventana?

El 19 de julio de este año, en medio de las movilizaciones en Argentina por la legalización del aborto, publicaste: “Se han difundido imágenes de Mafalda con el pañuelo azul que simboliza la oposición a la ley de interrupción voluntaria del embarazo. No la he autorizado, no refleja mi posición y solicito sea removida. Siempre he acompañado las causas de derechos humanos en general, y la de los derechos humanos de las mujeres en particular, a quienes les deseo suerte en sus reivindicaciones”.

¿Las viste marchar? ¿Las escuchaste gritar? Espero que así sea.

Gracias por dejarme claro lo poco que sé de mí: que solo soy una mujer que trata de darle sentido a este mundo en el que vivimos. Que alzo mi voz para mostrar todas las formas con las que podemos querer más y hacerlo mejor. Y que no me gusta la sopa.

*Algunos apartados de este artículo fueron publicados por la autora en El Espectador

Se veía venir en el mundo entero una tendencia ultraderechista y autoritaria. En algunos casos fascista como en los países ricos de Europa (Francia, Inglaterra, Suecia, Italia, Alemania), y en otros como Grecia y Austria, en donde los “fachos” ya tienen representación parlamentaria. El discurso fascista caracterizado por una retórica anticomunista, militarista, y nacionalista, ganó terreno y sus prácticas recorren ahora otras latitudes. Sus seguidores agreden a las mujeres, a expresiones LGTBI, a los negros e indígenas y a los pobres. Aunque la propuesta beneficia a las clases elitistas, viene siendo avalada por las propias capas sociales deprimidas y empobrecidas que sufren su imposición.

Su propuesta económica varía según la necesidad. Defender la producción nacional para crear empleo, o lanzarse a las fauces del mercado neoliberal, con el mismo fin, según ellos; también puede ser combinar la una y la otra, de todas formas, siempre con gran sacrificio de las clases populares, los derechos sociales y el patrimonio público. Hoy en día son varios los ejemplos de países donde se llegó a la presidencia con discursos insultantes, indignos, violentos, degradantes de la condición humana, y con los medios masivos como vehículo de estos discursos.  

Y, aunque los politólogos y analistas piden mesura en la calificación de “fascistas” que se le hace a estas expresiones políticas e ideológicas, lo que sí es cierto es que las tendencias mundiales antidemocráticas, autoritarias, racistas y abiertamente defensoras de los poderosos se vienen imponiendo en el mundo, con el auspicio de los grupos de poder y su máquina mediática.

En América, el multimillonario Donald Trump, con el eslogan “¡Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo!”, se alzó con la presidencia utilizando una retórica racista en la que ensalzaba la raza blanca y menospreciaba inmigrantes y negros; además validando la guerra contra el comunismo y la intervención en los países que considere como enemigos de los Estados Unidos.

Se notó su mano intervencionista en el golpe de Estado contra Dilma Rousseff, y la detención del expresidente Lula, basados en escándalos mediáticos de corrupción; en los desórdenes, atentados y ataques permanentes contra Venezuela y su presidente, y en el inesperado giro de postura política del presidente de Ecuador Lenin Moreno. Hoy América Latina vive un giro a la derecha. Con la llegada a la presidencia de Iván Duque en Colombia y de Jair Bolsonaro en Brasil se fortaleció un bloque al que se suma Argentina, Chile y Perú.  Las principales economías de Latinoamérica están al servicio del imperio y con una aparente fuerza popular.

Este 28 de octubre las propuestas sociales y transformadoras de América Latina sufrieron una nueva derrota. La victoria de las ideas fascistas encarnadas en el nuevo presidente de Brasil Jair Bolsonaro son una bofetada más en los rostros pálidos de los pobres del continente, y una afrenta contra las luchas de los pueblos por retornar al humanismo, la democracia y la justicia social. La de Bolsonaro fue una campaña calcada de Donal Trump, sus asesores fueron los mismos; ganó a pesar de insultar a las mujeres y a los negros, y prometerle plomo al partido de los trabajadores.


Lo de Colombia es diferente en la forma más no en el fondo. Los que dominan este país desde hace más de 200 años han fortalecido en todo el mundo la idea de que Colombia es la democracia más antigua y sólida de América, por eso, aunque a la presidencia han llegado dictadores, bandidos, criminales y analfabetas políticos de toda clase, su estrategia sigue siendo la del engaño, la de prometer y jurar que se va a luchar contra la pobreza. El gobierno de Duque se enmarca en ese modelo: la renovación de las costumbres políticas, la lucha contra la corrupción, la generación de empleo, la guerra contra la inseguridad y el narcotráfico, y un largo etcétera acompañado de banderas conservadoras y moralistas como la cadena perpetua contra los violadores de niños, la prohibición de la dosis personal y el aborto, que son las delicias de la incauta clase popular.

Duque no necesita insultar, para eso cuenta con el apoyo de su partido, el Centro Democrático. Y sus extravagantes figuras como Macías, Cabal, Paloma, Rangel, José Obdulio, y el ministro Carrasquilla; ellos dicen lo que al jefe de Estado le está vedado. Ellos y ellas, sin asco, le informan al pueblo cómo es que lo van a joder. El de Duque es un gobierno de dos caras, una democrática que posa ante el mundo, y la otra autoritaria y hasta fascista que le habla claro a la Nación, y logra como en Brasil, Estados Unidos o Italia que la gente pobre lo ovacione.

No han pasado tres meses desde que el desconocido Iván Duque ganara en cuerpo ajeno la presidencia de la república, y ya nos enseñó de qué está hecho su gobierno. Como dice el refrán popular en el desayuno se sabe cómo va a estar la cena.

Su primera grosería contra los que creyeron en la renovación prometida se dio con los nombramientos en diferentes carteras, cargos y embajadas: Carrasquilla de Hacienda, Ordoñez a la OEA, Nancy Patricia Gutiérrez como ministra del Interior, Angelino Garzón a Costa Rica, entre otros. Luego sus magistrados de pacotilla del Consejo Nacional Electoral le negaron la personaría jurídica a la Colombia Humana, poniéndole zancadilla a las aspiraciones democráticas de la primera fuerza política del país; después vino la Consulta Anticorrupción en donde las dos caras del partido de gobierno y sus secuaces jugaron a las mil maravillas, los unos llamando a no apoyar la Consulta y el otro tibiamente impulsándola.

La cosa no terminó allí. Inesperadamente en el Congreso de la República se puso a consideración la prórroga de los períodos de mandatos de alcaldes y gobernadores, o sea el segundo golpe a las aspiraciones de la oposición de la Colombia Humana que disputó la presidencia con Duque. También, la penúltima semana de octubre el país recibió sin mayores aspavientos de los medios masivos el golpe mortal contra la aspiración de Gustavo Petro como presidente en 2022, con un fallo de la Corte Constitucional que lo deja muerto políticamente de por vida si no cancela una suma impagable, impuesta como multa por el contralor de Bogotá hoy procesado por corrupto. Esa misma Corte Constitucional, que venía fallando en favor de las consultas populares y los derechos de la naturaleza le asestó un golpe a la democracia fallando en contra de la jurisprudencia que ellos mismos, los jueces y otras instancias, venían apoyando.

En Colombia no hay una dictadura, ni un gobierno fascista; hay una democracia que odia a los pobres,  mata a sus líderes a plomo y a los niños de hambre.

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