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Ya habíamos pasado una vergüenza mundial cuando en octubre de 2016, casi seis millones y medio de colombianos y colombianas votaron negativamente el plebiscito por la paz, a pesar de los daños irreparables y los sufrimientos que el conflicto armado, social y político les ha provocado a millones de compatriotas humildes. Ese “triunfo”, alcanzado a través de una cifra ridícula de menos del 20% del censo electoral y obtenido mediante engaño, les permitió a las élites económicas y políticas mantener el poder, y catapultarse hacia las elecciones de 2018.

La campaña electoral a la presidencia desarrollada en medio del genocidio de líderes sociales, se encargó de asustar a todo el mundo con el castrochavismo. Prometió luchar contra la corrupción, bajar los impuestos y renovar la política. Se valió de todo para poder ganar, incluso fue preciso juntar a antiguos archienemigos políticos como Uribe, Gaviria y Pastrana, tres expresidentes enmermelados hasta las orejas y desacreditados, que además se habían tratado públicamente entre sí de narcotraficantes, paramilitares y corruptos. Esos fueron los que ganaron el gobierno a nombre de Duque. Esa fue otra vergüenza internacional.

Lo que nadie podría creer era que después de tanto hablar contra la corrupción en la campaña presidencial y señalarla como el peor flagelo de la sociedad, y luego del acuerdo que alcanzaron todos los partidos para aprobar la Consulta Popular Anticorrupción en el Congreso de la República, comprometiéndose a votarla el 26 de agosto, la Consulta se haya perdido. Y se perdió por varias razones: porque los medios se hicieron los locos, y le quitaron el peso real que tenía, porque a los poderosos medios masivos les gusta el show, el amarillismo, el destape de ollas podridas, pero sus dueños les prohíben el compromiso con la sociedad. Tampoco el gobierno del buen joven Duque hizo el más mínimo esfuerzo para impulsarla, y no lo hicieron como era de esperarse los partidos tradicionales quienes se benefician de la corrupción.

Pero hay dos protagonistas a los que se les puede cargar más la mano, tanto por su irresponsabilidad como por su falta de compromiso en esa fundamental tarea de mandatar medidas para atacar la corrupción: al partido de gobierno, el Centro Democrático, y al pueblo colombiano.

El Centro Democrático se ha caracterizado por practicar el cinismo, el doble discurso y la perversidad a la hora de comprometerse con las salidas a las graves problemáticas que afronta el país, como son la violencia estructural, y la morbosa desigualdad social. Y no solamente evade enfrentar estos flagelos, sino que por el contrario es su principal promotor. Centenares de investigaciones judiciales, procesos penales, actos de corrupción y crímenes de lesa humanidad enfrentan sus militantes, y en casi todos los grandes escándalos de corrupción hay como mínimo un uribista. Por eso, aunque no extraña, sí duele y da rabia que hayan aprobado la Consulta Anticorrupción y solicitado su cambio de fecha para que no coincidiera con las elecciones presidenciales, se comprometieran a votarla, y luego, en cabeza de su patrón, la deslegitimaran y desprestigiaran con la misma vehemencia que la habían aprobado. Y es el colmo además que culparan a los promotores de la consulta de despilfarrar más de 300 mil millones de pesos, suma que se conocía desde el mismo día que ellos solicitaron el cambio de fecha.

En cuanto al pueblo colombiano… es muy duro, pero también hay que responsabilizarlo. Las excusas para no salir a votar la consulta sobran: van desde la falta de tiempo, el cuento de que se podían aprobar por vía legislativa, o que eso era para beneficiar a los castrochavistas, hasta la argumentación de que así se ganara el Gobierno no las iba a respetar. Como sea, todos esos argumentos eran pobres frente al principal de todos, y es que aquí se jugaba un nuevo pulso con las élites, los corruptos, y los genocidas que manejan el país.

No hay excusa que valga. El gobierno de Duque no lleva ni un mes en el poder y ya ha engañado una y otra vez a la sociedad toda, y en especial ha castigado a los más pobres con reformas que prometen afectar sus ingresos y sus condiciones de vida. Y en materia de corrupción y renovación de la política es terriblemente cínico; Duque y su bancada le han contado el chiste más flojo de las últimas décadas a los colombianos, nombrando en su gabinete a personajes implicados en actos de corrupción y con antecedentes judiciales como el ministro de Hacienda, la ministra del Interior, o la de Educación. También nos ha hecho pasar otra vergüenza al nombrar al corrupto exprocurador Ordoñez como embajador ante la OEA. Sin contar con el esfuerzo que hicieron sus jefes para nombrar a Lafaurie como Contralor. No hay nada de renovación y mucho menos de ataque a la corrupción, y por eso la gente, el pueblo de a pie, también debe responder y reflexionar ante su falta de compromiso.

Que hay cosas positivas, claro que sí, pero es mejor reconocer que aún nos falta avanzar en la recuperación de cultura política. El futuro no es más que la proyección de lo que hagamos hoy, en el presente. Si seguimos repitiendo que superamos la votación de antier y la de ayer, pero seguimos subordinados, eso de nada nos servirá. Perdimos otra gran oportunidad y será duro reponernos. Con trabajo, dedicación, movilización y confrontación lo haremos, pero hay que remar más fuerte.

Hay algo para destacar: el millón trecientos mil votos de Antioquia, es el doble de los que votaron por Petro en segunda vuelta; y el hecho de que sin lugar a dudas hay una buena cantidad de uribistas en todo el país que por cualquier razón reflexionaron, y le hicieron más caso a su conciencia humana y social que a la voz dañina y engañosa del jefe del Centro Democrático. Eso sí puede ser una buena señal, una cuña clavada en las fisuras del muro que ampara a los que conducen a Colombia por la ruta del odio y la destrucción. Tal vez la creación de un gran frente amplio, social y político sea hoy más que nunca la propuesta que le abra paso a todas esas voluntades políticas que quieren el bien de la Nación.

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