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Quino, decí que sos feminista

No sé bien qué decirte. Apenas puedo imaginarte en un sofá de tu casa en Buenos Aires mirando por la ventana. Es otoño y la ciudad está cubierta por una luz láctea que cae sobre edificios y árboles como un manto, sé que ya no ves ni escuchas bien y que esa ventana se ha convertido en una forma de entender el mundo, de salir al mundo. Joaquín Salvador Lavado Tejón es tu nombre completo, Joaquín como tu tío, el primero que te mostró una tira cómica y quien te inoculó el amor por el dibujo.

Para que no te confundieran con él, tu mamá te dijo Quino cuando tenías cinco años, o sea que no tuviste la oportunidad de decir si te gustaba o no. Sin embargo, tu nombre se convirtió en una marca, una insignia en algunas de las tiras más famosas de América Latina. Pero eso ya lo sabés, Quino. Sabés de tu paso por el mundo, de tus huellas en la cultura popular. De lo que tus creaciones hicieron en millones de niñas. A pesar de eso no sabés lo que me pasó a mí.

Cuando estaba niña le preguntaba todo a mi mamá: las palabras desconocidas, los países y sus capitales, el nombre de las canciones, el color de las estrellas cuando amanece. Todo. Pensaba —pienso— que ella tenía el poder para resolverme cualquier duda. Un día, cuando tenía quince años y estaba leyendo una tira de Mafalda, le pregunté cuándo iríamos a Buenos Aires a conocerla. A Mafalda, a Susanita, en San Telmo. Mi mamá, sabiendo que ya era grande para entenderlo, pero sin querer herirme, me dijo: “Hazte la promesa. Uno se debe prometer cosas que luego las use como metas. Cuando cumples una promesa a ti mismo, significa que te estás queriendo. Promételo, prométete que irás tú sola a conocer a Mafalda y sus amigos".

Yo me quedé callada, no me gustó la respuesta de mi mamá porque en el fondo sentía que lo que decía era un artilugio para ocultar nuestra falta de dinero. Sin embargo, sabía que tenía que hacerlo: tarde o temprano conocería la cuadra en la que Quino puso a un grupo de niños a dialogar con la imaginación y pensar que ese mundo creado a partir de sus sueños o frustraciones no está tan alejado del mundo real.

Pasaron todavía muchos años hasta que pude conocer el sitio.

Cuando llegué, caía una lluvia helada. Tenía el abrigo, la bufanda y el gorro tan fríos que parecían tener alfileres clavándose en cada centímetro de mi piel. Las calles estaban desiertas, los árboles esqueléticos y el cielo ácido. Me quedé de frente a un edificio de San Telmo. El edificio de la Calle Chile 371. La casa de Raquel, “un rubio gordito” y Mafalda. Giré y en la banca, mirando hacia la placa, estaban Susanita, Manolito y ella, la chica que me mantuvo de pie cuando en el colegio me gritaban insultos por no ser igual a las otras niñas. El primer libro que me dio mi mamá. Mi marca personal de heroína. El corazón se me subió a la garganta.

El llanto fue inevitable. La calle estaba desierta y solo atiné a sentarme en la banca y decirle, como si estuviera viva, como si sirviera de algo, “gracias, niña”. Querido Quino, estas palabras que no llegarás a leer, las escribo igual porque es justo que sepas cómo le cambiaste la vida a una mujer que apenas estaba creando su identidad en un pueblo de Antioquia, Colombia.

Supongo que, en algún momento, tendremos que dejar de venderle a cada niña del mundo la idea de que lo único que tiene que hacer para conseguir algo es ser bella y delgada, fina y amorosa. Y cuando leí a Mafalda entendí un poco de eso, la voz de ella, a pesar, es la voz tuya, Quino, la de un hombre. Y sin embargo.

Lograste meterte en la psiquis de una mujer feminista, de una que disfruta de su sexualidad y su pensamiento, de su sentir y su dolor. Nunca has reconocido que Mafalda sea feminista, pero yo quiero creerlo así. Entiendo por qué las mujeres reniegan y se distancian del feminismo. Lo sé porque yo también me alejé de él. Nunca serví para los colectivos, no fui niña scout ni participé en obras de teatro. Yo también renegaba, porque cuando me llamaban feminista la etiqueta me sonaba a insulto. De hecho, generalmente esa era la intención subyacente.

No hace muchos años que me resistía al feminismo porque me preocupaba que no me permitiera ser el desastre de mujer que sabía que era. Pero creo que eso ya no me preocupa. Y cuando lo descubrí me encontré a Mafalda entre mis primeras heroínas. Aprendí a separar el feminismo de los feminismos, de las feministas, de la idea del feminismo. Supongo que por eso todavía no dices que Mafalda es feminista.
Espero que algún día vivamos en una cultura en la que no tengamos por qué distanciarnos de la etiqueta feminista, en la que la etiqueta no nos haga tener miedo de quedarnos solas, de ser demasiado diferentes o de querer demasiado. Vos entendés.

Quino, ¿qué estás viendo a través de la ventana?

El 19 de julio de este año, en medio de las movilizaciones en Argentina por la legalización del aborto, publicaste: “Se han difundido imágenes de Mafalda con el pañuelo azul que simboliza la oposición a la ley de interrupción voluntaria del embarazo. No la he autorizado, no refleja mi posición y solicito sea removida. Siempre he acompañado las causas de derechos humanos en general, y la de los derechos humanos de las mujeres en particular, a quienes les deseo suerte en sus reivindicaciones”.

¿Las viste marchar? ¿Las escuchaste gritar? Espero que así sea.

Gracias por dejarme claro lo poco que sé de mí: que solo soy una mujer que trata de darle sentido a este mundo en el que vivimos. Que alzo mi voz para mostrar todas las formas con las que podemos querer más y hacerlo mejor. Y que no me gusta la sopa.

*Algunos apartados de este artículo fueron publicados por la autora en El Espectador

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