Editorial 70: De la pax romana del capitalismo y la tarea de las organizaciones populares

 

En su columna del 13 de noviembre de 2011, en El Espectador, a propósito de la muerte del comandante de las Farc Alfonso Cano, Alfredo Molano asegura que a los militares como gremio no les conviene la paz, con lo cual no hace más que expresar una verdad de Perogrullo. Pero se equivoca Molano al creer que a Santos, por el contrario, sí la persigue como una forma de pasar a la gloria en la historia de Colombia. Por principio, la oligarquía capitalista, de Colombia y de cualquier lugar del mundo, vive en función de la guerra: la guerra es el motor que alienta permanentemente el régimen de acumulación de capital y conjura sus crisis recurrentes. O para decirlo de forma contundente: la guerra en el capitalismo no es un estado de excepción sino la norma.

 


Por eso se equivocan también los “teóricos” que en la última década han venido posicionando el mito de la globalización como el fin del Estado Nación y, sobre todo, del imperialismo. Justo en esta época de globalización los Estados capitalistas se han evidenciado como el vehículo más eficaz para la dominación imperialista y como la máquina de guerra más poderosa contra los sectores populares y a favor del capital multinacional. El hecho mismo de que el Estado neoliberal se haya desentendido de la asistencia social y haya concentrado su actuación en el favorecimiento descarado del capital ha sido mostrado como evidencia de su disolución, ignorando lo fundamental, que precisamente el Estado hoy se ha fortalecido militar y políticamente para cumplir con su función esencial: garantizar y agudizar la explotación del trabajo por parte del capital transnacional.

Toda la legislación mundial, en todas sus dimensiones (laboral, financiera, minera, forestal, de salud, de servicios públicos, etc.) así lo demuestra: todas tienden a crear las condiciones ideales para la explotación del trabajo y la riqueza de los territorios en detrimento de los sectores populares. Pero en donde más se evidencia esta situación es en el incremento del gasto militar por parte de todos los Estados y en el desarrollo de las estrategias de guerra por parte del imperio y sus Estados lacayos.

La guerra misma es una estrategia de redistribución de la riqueza a favor del capital: las inversiones que hace el Estado en la guerra salen del bolsillo de todos los contribuyentes, pero se convierten en posibilidades de negocios y mayor rentabilidad para unas pocas empresas multinacionales. La inversión de Estados Unidos en las guerras recientes en Irak, Afganistán y Paquistán es al menos de 3.7 billones de dólares y podría alcanzar todavía los 4.4 billones, según la investigación realizada por el Instituto de Estudios Internacionales Watson de la Universidad Brown (Véase http://www.costsofwar.org), dinero que sale de todos sus ciudadanos. Pero se traducirá en cifras aún más fabulosas de ganancias para las empresas norteamericanas que se posicionarán en estos países y las que participarán en su reconstrucción, después de haberlos destruido y saqueado. Análisis similar puede hacerse con la inversión del Estado colombiano en el Plan Colombia, el Plan Patriota y, en general, en toda la estrategia militar y de seguridad en las tres últimas décadas. Por algo el mismo Álvaro Uribe relacionaba directamente su famosa política de seguridad democrática con la anhelada confianza inversionista que buscaba atraer hacia nuestros territorios al capital financiero para que se llevara toda nuestra riqueza, servida en bandeja de plata.

Como bien lo muestra Orwell en su novela 1984, el Estado siempre tiene necesidad de la guerra, en aras de mantener toda la dinámica social bajo control. Por eso se inventa constantemente nuevos enemigos, tal como hoy mismo pone en práctica el imperio estadounidense. Pero lo que no alcanza a ver Orwell es que tales enemigos no son meramente inventados y que la guerra no es una estrategia a favor de un control abstracto: el control es siempre a favor de las grandes empresas transnacionales y las multinacionales y su sed insaciable de acumulación de capital. Por eso los enemigos del imperio son siempre los países ricos en recursos, que se niegan a poner pasivamente sus recursos en manos de las multinacionales; y dentro de los países incondicionales del imperio (como Colombia, México, Perú y Panamá, por mencionar algunos) los enemigos son siempre los sectores populares que defienden sus territorios y sus riquezas; pero también puede verse hoy cómo los Estados imperialistas despliegan sus más enconadas estrategias de guerra contra su propia población. Finalmente, esta es una guerra inclemente del capital contra las clases populares.

La guerra, en general, cumple múltiples funciones en la sociedad capitalista, siempre orientada a su perpetuación y, por tanto, al mantenimiento de las relaciones de explotación, opresión e inequidad crecientes. Incluso cuando la violencia parece desbordarse del control del Estado, como en el caso de las bandas asentadas en las grandes urbes, siempre sirve de justificación para que el Estado aumente su represión y justifique mayores incrementos del presupuesto en seguridad y defensa.

Así, la guerra en la sociedad capitalista no se da porque existan unos grupos de forajidos que desafían el orden y la decencia. Tales grupos surgen más bien de una opresión asfixiante que ejerce el capital a través de sus máquinas de guerra: los Estados Nacionales. En ese mismo sentido, la guerra en Colombia no es causada por la existencia de grupos guerrilleros que confrontan y desafían al Estado, como quiere hacernos creer la oligarquía de este país, sino al contrario: los grupos guerrilleros son consecuencia de las estrategias de exclusión, opresión e injusticia desarrolladas por este Estado asesino. Por tanto, la guerra no termina con la desaparición de las guerrillas, pues, al fin de cuentas, la confrontación entre guerrilla y Estado es apenas una de las manifestaciones de esta guerra.

El capitalismo, a través del Estado, implementa lo que le prohíbe a sus opositores: la combinación de todas las formas de lucha. Ataca a los sectores populares mediante la represión directa, con la propaganda mediática que estigmatiza la protesta, con la legislación sobre aprovechamiento de los recursos del territorio, a través de la corrupción rampante con que se roba los recursos del país, con el sistema penal que reduce la dignidad de los presos (sobre todo de los presos políticos), con la privatización de la salud y la educación que las convierte en negocios rentables para el capital, con la legislación laboral que humilla y empobrece a los trabajadores, con la ampliación de la edad de jubilación, con todo el régimen del terror sembrado por la fuerza pública y sus brazos paraestatales, etc.

En Colombia todo ello se perfecciona con una Constitución cínica que encomienda la búsqueda de la paz exclusivamente al presidente; es decir, a la cabeza del Estado que tiene la función fáctica de promover en todas sus dimensiones la guerra contra los pobres. La estrategia es desfachatada: la élite, con el presidente a la cabeza, corea públicamente la falta de compromiso político de las guerrillas para abordar seriamente un proceso de paz, mientras cínicamente desarrolla la guerra contra los sectores populares a través de las legislaciones. Así ha ocurrido en todos los supuestos diálogos del Estado con las guerrillas, los de Tlascala hasta los del Caguán. En última instancia, para estos Estados paz es sinónimo de pacificación (como la pensó Estados Unidos en Irak y Colombia en Urabá y la comuna 13 de Medellín, por mencionar dos ejemplos) y su estrategia siempre es la de la pax romana.

Si el Estado es una máquina de guerra que combina todas las formas de lucha a favor del capital, es claro que la paz no puede ser tarea sino de los sectores populares que se organizan y buscan la construcción de una sociedad justa y emancipada de todas las formas de opresión. Y ello sólo será posible en la medida en que avancen en la construcción de un poder popular articulado nacional e internacionalmente, capaz de develar y confrontar las múltiples estrategias de guerra del imperio y sus Estados sirvientes. Hacia allá también deben mirar los procesos de articulación de las organizaciones populares que se vienen gestando en Colombia. La paz es también su gran tarea y sólo florecerá tras la superación de las formas de vida que nos impone el capitalismo.

 

Modificado por última vez el 16/06/2012

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