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EDITORIAL 67: ¡La tierra es para quien la trabaja y la cuida!

Desde el Congreso de Tierras, Territorios y Soberanías las organizaciones sociales y populares de Colombia tenemos una nueva consigna que anima nuestro accionar en el mediano y en el largo plazo. Si antes pareció revolucionaria la ley que consagraba la propiedad de la tierra como una función social y por eso afirmaba que la tierra tenía que ser de quien la trabajaba, ahora sabemos que eso no es suficiente. La tierra es sobre todo de quien la cuida. No es sólo que dicha consigna nos ponga a tono con los tiempos en que la supervivencia misma del planeta está amenazada por las formas voraces de explotación que ha desplegado el capitalismo; es que la revolución no puede reducirse a un simple cambio en la estructura de propiedad, pues es necesario construir nuevas formas de relacionarnos en y con el territorio sobre las lógicas de la solidaridad, la ternura y el afecto.

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Y las comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas de Colombia en resistencia al modelo extractivo y de despojo que nos impone el neoliberalismo nos han enseñado que esto no sólo es necesario sino posible. Estas comunidades han comprobado en la práctica que “la  única opción de vida no es el consumismo, la adicción al petróleo, la destrucción de la naturaleza y la economía impulsada por la guerra”. Y también han venido construyendo alternativas: “territorios gobernados por las comunidades, relaciones sociales y de trabajo equitativas e igualitarias, economías sustentables donde impera el uso respetuoso de los bienes de la naturaleza, decisión autónoma sobre la producción de alimentos”. Todo ello se encuentra recogido y relacionado con otros elementos que lo enriquecen en lo que estas mismas comunidades han denominado sus propios “planes de vida”.

Es cierto que todavía tenemos que seguir luchando, y tal vez por mucho tiempo aún, contra las condiciones que este Estado oligarca y asesino nos quiere imponer desde sus políticas económicas, culturales y educativas; desde el aparato de justicia que nos persigue y condena, desde la represión militar que nos mata, desplaza y desaparece y, en fin, desde la regulación caprichosa hasta de los más mínimos espacios de la cotidianidad como el de la movilidad en el espacio público y, lo que es vergonzoso, hasta desde el manejo de nuestro propio cuerpo, como se quiere hacer nuevamente con la penalización del aborto, impulsada cínicamente en el Congreso de la República por esta élite conservadora y mojigata, pero siempre asesina.

Y la lucha la estamos desarrollando: de nuevo se suman en un paro nacional indefinido, con movilizaciones multitudinarias y vigorosas los profesores y estudiantes frente a la reforma a la ley de Educación Superior, con las Universidades Públicas paralizadas y los estudiantes comprometidos en la organización política de la resistencia. También está la lucha de las víctimas de la violencia estatal en sus múltiples formas, con una organización fortalecida y decidida a lograr la reparación y sobre todo las condiciones que garanticen la no repetición de los hechos. Igual se reactiva la lucha sindical ante la indignación frente a un nuevo enclave petrolero, en pleno siglo XXI, en Puerto Gaitán, donde una empresa canadiense, con la aquiescencia del Estado en todos sus niveles institucionales, prácticamente esclaviza y humilla a los trabajadores y a toda la comunidad que los rodea. Y cabe, además, mencionar las movilizaciones nacionales de una multitud de organizaciones sociales por detener como sea la gran locomotora minera  de Santos.

Esto por mencionar algunas de las luchas más vistosas. Hay otras menos vistosas, pero continuas y exitosas como la lucha de las comunidades campesinas por proteger sus (nuestros) bienes naturales y sus (nuestras) fuentes de agua; y la de los/as desconectados/as de los servicios públicos en la ciudades, y de quienes luchan por una vivienda digna, que en Colombia, desde hace decenios, es un lujo de pocos.

Pero hoy lo sabemos con la certeza que dan ya tantas luchas: el reto que tenemos es la construcción de una sociedad mejor (que desde luego implica la destrucción del orden establecido, su régimen y sus prácticas). Esa construcción ha ido materializándose y ganando terreno en los planes de vida diseñados por las comunidades en sus propios territorios e incorporados conscientemente en la vida cotidiana de sus integrantes. Hasta ahora eso ha sido posible sobre todo en las comunidades rurales, y ello se explica por su propia historia y las dinámicas propias que se viven en estos territorios. La pregunta es ¿cómo construir también planes de vida en las ciudades?

Desde luego, tenemos mucho que aprender de la construcción de estas comunidades. No se trata de un retorno idílico de la ciudad tumultuosa a los campos pacíficos. Esa no ha sido nunca la situación del campo colombiano. Se trata más bien de construir nuevos puentes, de avanzar en la deconstrucción de la división del trabajo entre la ciudad y el campo que desde sus inicios nos impuso el capitalismo como algo necesario para el desarrollo y el progreso, siendo justamente la vida urbana la representante de tal progreso. Si vemos bien las cosas tendríamos que hablar de la vida urbana tal y como la vivimos hoy, sobre todo en los países pobres, como una regresión desvergonzada del espíritu humano.
De territorios justamente es de lo que no hablamos en las ciudades. Sólo hemos empezado a hablar del territorio, más allá de la posesión de un terreno donde construir una casa o sembrar una mata, como un espacio vital que construimos con el otro y con la tierra misma, a partir de la reflexión de las comunidades rurales. Pero entonces hablamos de territorio como algo a construir, algo que nunca hemos vivido o que nos han quitado. ¿Cómo construir territorio en las ciudades, adónde muchos hemos llegado precisamente huyendo de nuestros territorios, donde nuestras casas han sido demolidas para hacinarnos y encerrarnos luego en edificios de apartamentos, donde los ritmos de la vida nos los impone la dinámica de la industria y el comercio, allí donde las organizaciones populares han sido desterradas de sus barrios, donde las bandas y los paramilitares, con la policía y el ejército, nos imponen fronteras invisibles pero bien custodiadas?

Es una dinámica distinta, cierto, pero no por ello dejamos de aprender de ese intercambio de saberes y experiencias tan diversas como las del campesinado, indígenas y afrodescendientes. ¿Qué aportamos desde la ciudad a estas articulaciones? Por las dinámicas de los últimos años podríamos decir que la fuerza del trabajo organizativo en las ciudades hoy recae en los procesos de educación popular y comunicación popular en el que muchas de las organizaciones hemos identificado no sólo una necesidad para la revolución sino un potencial dispuesto para el desarrollo a partir de nuestras dinámicas.

De hecho, las organizaciones populares urbanas trabajamos mucho con las organizaciones rurales en el desarrollo de sus propios procesos de comunicación y educación popular, pero siempre con el mal prejuicio heredado de la modernidad, según el cual el progreso está en la ciudad y en el campo sólo se ve lo tradicional, sinónimo de atraso; por eso hasta ahora reparamos en sus construcciones políticas y organizativas. Y es que, contrario a nosotros/as, las comunidades rurales se caracterizan, tal vez por el mismo prejuicio, por su disposición al aprendizaje y por llevar a sus prácticas cotidianas dicho aprendizaje. Tal vez sea hora de cambiar la estrategia; de ir a los territorios rurales a enseñar menos y a aprender más. Así aprenderemos con los negros, indios y campesinos las posibilidades concretas de construcción del concepto de territorio, punto clave de avance para elaborar con las comunidades urbanas una propuesta autónoma de territorio para la ciudad. Es un buen inicio sobre todo hacia la construcción de otras formas de vida, desde otras lógicas no capitalistas, sobre relaciones humanas justas y solidarias entre todos los seres vivos.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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