EDITORIAL 58. La unidad popular exige renovación

Con renovado vigor y entusiasmo afrontamos este año que empieza, comprometidos con los procesos sociales y populares que buscan construir un mundo mejor. Y convencidos además de que hacen falta muchos cambios en nuestra praxis política y que en buena medida los esquemas organizativos de la izquierda están desgastados y urge una verdadera renovación en estos aspectos, si de verdad se quiere consolidar un proceso de unidad popular que logre sacar adelante una propuesta de país distinta a la que nos han impuesto, que convoque a la solidaridad con la diversidad y al enriquecimiento de nuestro espacio vital.

Estamos convencidos de que no se trata ya de la toma del poder, ni siquiera de conquistarlo a través de procesos electorales, sino de la construcción del poder popular, lo cual nos habla de un proceso de largo plazo y de mucha paciencia, de apertura para los descubrimientos y espíritu para superar los errores. Por eso nuestra apuesta es por fortalecer el proceso de Minga Popular y su impulso al Congreso de los Pueblos desde los procesos regionales y  locales.

Como proceso de comunicación popular, estamos convencidos de la necesidad de construir una agenda propia desde los diversos sectores populares a fin de diseñar un proyecto político de largo alcance, en vez de seguir bailando al son de las propuestas del Estado o como perro apestado ladrando echado e impotente frente a cada reforma o proyecto impulsado por la oligarquía a través de su gobierno y sus lugartenientes en el Congreso de la República. Esta práctica de reacción nos mantendrá siempre rezagados y limitará nuestro horizonte de lucha al presente más inmediato.

Por eso nuestra apuesta para este año, a la cual invitamos a los distintos medios de comunicación alternativa y popular, y otros procesos políticos y populares, es posicionar la agenda de los sectores populares que se integran en el Congreso de los Pueblos, proyectada hacia la construcción de un programa político y que efectivamente diseñe desde la realidad actual las posibilidades reales de construir el socialismo, y que posibilite discutir el tipo de socialismo que estaríamos dispuestos y en condiciones de construir.

Consideramos que buena parte de esta agenda tiene que ver con la reflexión y la praxis sobre la fortaleza y la articulación de las organizaciones de base que convergen en el Congreso de los Pueblos, pues su fuerza y proyección dependen de la fuerza y articulación de estas y de su ingenio en la construcción de nuevas formas organizativas y de articulación, en remplazo de las desgastadas formas personalistas, burocráticas y clientelistas que reinan hoy en buena parte  de las organizaciones de la izquierda, sobre todo en las más tradicionales. De obviarse este debate, el Congreso de los Pueblos solo tendrá dos posibilidades: ser un aparato o no ser nada.

En este sentido es urgente reflexionar sobre la crisis organizativa de los sectores populares en Colombia, desde los sindicatos, desgarrados en las luchas intestinas entre las distintas facciones, supuestamente de izquierda; pasando por las organizaciones comunitarias, convertidas muchas de ellas en apéndices de las instituciones públicas que las financian; hasta las demás organizaciones sociales que han virado a la ola del onegismo y se han convertido en limosneras de la cooperación internacional.

Desde luego, este proceso no ha surgido de la noche a la mañana. Lo que caracteriza a la sociedad capitalista es la lucha de clases y en este sentido cada época trae su propia correlación de fuerzas entre las clases, producto de las diversas estrategias utilizadas por los actores.

La flexibilización laboral, el desempleo y el subempleo, las formas de intermediación laboral desarrolladas por el Estado colombiano, en sintonía con el neoliberalismo a nivel mundial, sin duda, han terminado debilitando y en muchos casos reventando, por sustracción de materia, a los sindicatos. Y no solo a los sindicatos, pues la arremetida mediática y el arrinconamiento económico han logrado también un vaciamiento en la conciencia de la gente, que hace cada vez más difícil la consolidación de organizaciones populares comprometidas con la transformación radical de su entorno.

A parte de eso, no podemos olvidar que el colombiano es un Estado que ha sido gobernado desde siempre por una oligarquía asesina, a quien no le ha temblado la mano de ningún sicario, militar o paramilitar para aniquilar a sus contradictores. La historia de Colombia es la historia de una guerra estatal contra las organizaciones  populares, en la cual son ya incontables los líderes sociales muertos, desaparecidos y desplazados por los sicarios del Estado, lo cual implica la desarticulación permanente de estas organizaciones.

Muchas son las causas que explican el momento actual de debilidad organizativa de los sectores populares (por eso cobra todavía más sentido  la Minga y El Congreso de los pueblos), entre ellas la propia praxis, irreflexiva en muchas ocasiones pero enquistada en su manera de ser, de la izquierda colombiana. No es, sin embargo, propósito de este editorial analizar las posibles causas de tal debilitamiento (aunque reconocemos que la realización de este es una de las mayores urgencias del movimiento popular en Colombia), sino llamar la atención de este fenómeno como punto de partida en la construcción de poder popular que se impulsa desde el Congreso de los Pueblos: la debilidad actual de las organizaciones populares y de su articulación, lo que implica la necesidad de renovación en las formas organizativas, en las formas de articulación y en la praxis de los sujetos, individualidades y colectivos. 

El diagnóstico debe incorporar un aspecto todavía más preocupante: la crisis actual es determinante. Como viene sosteniendo el profesor Renán Vega Cantor, y con él otros intelectuales, esta es una crisis de civilización. Nunca como hoy fue tan contundente la dicotomía entre socialismo o barbarie. En este mismo sentido es necesario vincular a la reflexión y a la praxis de la resistencia asuntos que el capitalismo ha despreciado, pisoteado y hasta anulado, y que la misma izquierda tradicional siempre ha dejado por fuera: asuntos como el medio ambiente, la vida enriquecida espiritualmente, el arte, el amor, la individualidad, el sujeto en toda su complejidad, en ellos es en donde de verdad se juega la humanidad. Lo que está en juego es la vida, no solo por la indigencia del espíritu al que conduce de manera indolente el capitalismo, sino que con esta misma indolencia ha destruido ya prácticamente el planeta. Queda poco tiempo, urge la acción certera y rápida, pero no serán los capitalistas los que frenen el camino hacia el abismo al que nos han abocado.

Y sin embargo, en el Congreso de los Pueblos y en sus organizaciones de base habrá que desempolvar la sabiduría contenida en las máximas de los sabios orientales y en la propia dialéctica: para llegar más rápido camino más despacio  y me armo de paciencia. Las reformas capitalistas o los paños tibios al modelo no son un atajo hacia el socialismo sino hacia el abismo de la barbarie, en la medida en que sostienen un orden de cosas que no pueden sostenerse más.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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