EDITORIAL 57 Congreso de los Pueblos: Propuesta de país para una Vida Digna

“Hermanos. Hermanas. Nuestra palabra, que camina y teje razones y sueños, ahora se levanta para compartirles a todos y todas, habitantes del territorio colombiano, pero también a todos los pueblos hermanos, que hombres y mujeres de la más variada procedencia y diversidad de edades nos dimos cita en Bogotá, entre el 8 y el 12 de octubre de 2010, para asumir en nuestras manos la responsabilidad histórica de nuestras vidas y motivar a nuestro pueblo para que haga lo propio con la suya”.

¿Cuál es el fondo que encierran estas bellas palabras de la proclama final del Congreso de los Pueblos expresadas el 12 de octubre de 2010 en medio de una Plaza de Bolívar de Bogotá completamente llena de rostros alegres, dignos, convencidos, esperanzados y decididos a  transformar las condiciones actuales de la nación? Para responder es necesario recordar una y otra vez los esfuerzos y las luchas que han librado los llamados sectores de la izquierda, pero también el origen y el camino andado por este proceso de Minga y Congreso de los Pueblos que crece y se encarna en las comunidades de base.

Son décadas dedicadas por la izquierda colombiana a la construcción de propuesta de nación, de gobierno y de Estado, y son las mismas décadas en las que ha fracasado envuelta en una suerte de situaciones atribuibles a la represión de una clase dirigente, elitista y asesina, pero también a errores propios. Por ejemplo, en la lectura de los momentos históricos y las particularidades de esta nación y en la aplicación de los métodos de construcción, de conducción y de formación desarrollados con la gente. Los vanguardismos de los partidos, las corrientes políticas y la insurgencia, los sectarismos, la prepotencia, la burocracia sindical, el divorcio de las bases y hasta la traición impidieron que una propuesta de unidad y de sociedad digna se cocinara. Por el contrario, la última década ha sido testigo del desplome de los valores de la propuesta socialista y el crecimiento de una élite socialdemócrata e incluso de derecha incrustada en las organizaciones históricas del proletariado.

La izquierda ocupada en la terrible disputa por un micropoder, por conducir un movimiento cada vez más raquítico y desclasado y a la vez confrontar la realidad del capital cada vez más cruel, se olvidó de su responsabilidad histórica. Pero a su vez y de manera alterna se gesta un movimiento liderado por las organizaciones sociales, populares, campesinas, negras e indígenas, que no se sienten representadas por partidos ni organizaciones políticas de izquierda tradicionales. Son estas las que se  echan al hombro la resistencia, la confrontación y las propuestas y en ese marco el movimiento indígena del Cauca impulsa la Minga de los pueblos.

Ellos no pidieron permiso a nadie, porque su práctica comunitaria, de respeto a la naturaleza, de solidaridad, es ancestral y natural, como ellos; además, sus reclamos superan las reivindicaciones históricas del movimiento obrero y de los partidos de izquierda, su percepción de la realidad y sus luchas son integrales y mucho más ajustadas a las transformaciones que ha sufrido la humanidad con la violencia capitalista; son más sencillas y básicas, pero más llenas de piel, de carne y hueso, de amor y sentimiento, de armonía. Ellos, los indígenas, nos enseñaron que no era necesario elevarse en propuestas complicadas para expresar la necesidad de parar la loca y depredadora carrera del capitalismo; su propuesta se reduce a luchar por el buen vivir. Por eso los vimos recuperando tierras a los ricos, enfrentando al ejército, a los ESMAD, a las transnacionales y a la guerrilla con simples bastones de mando y exigiéndoles que salieran de sus territorios. Esa acción dejó plasmada en el movimiento social la importancia del concepto de defensa del territorio.

Recordemos que en este movimiento se evita el liderazgo individual y se estimula el colectivo, eso quiere decir que para ellos escuchar a las bases y construir desde ellas es una necesidad, no una demagogia. En ese sentido fuimos testigos de impresionantes movilizaciones de decenas de miles de indígenas, ciudades ambulantes, para exigir el respeto a sus territorios, a sus vidas, a su cultura, en contra del TLC. Y obligaron a Uribe a desplazarse a su territorio y escucharlos a todos, no a una comisión o a un líder. En este marco el movimiento indígena entiende, y así lo hace saber al resto de los movimientos sociales, y a la izquierda tradicional, que la pelea no puede ser sólo de los indígenas y que semejantes propósitos de alcanzar el buen vivir para toda una sociedad requiere una lucha unificada y del concurso de todos y todas.

La minga pasó de ser indígena a ser social, popular y nacional. Desde entonces se viene caminando la palabra, compartiendo métodos y estilos de construcción, de formación y de lucha, aprendiendo de la gente y de los procesos y desarrollando una metodología sencilla que persigue que la gente diga desde su propia cotidianidad qué le pasa, cómo puede superarlo, cómo sueña un mejor vivir y qué está dispuesto a hacer para alcanzarlo.

El Congreso de los Pueblos en este sentido es un primer escaño que se propuso esa metodología. Si la gente entiende que no hay buen gobierno, que hay desigualdad, que no hay dignidad ni paz y que esas condiciones se las debemos a un sistema representado por un congreso oligarca y una élite excluyente y depredadora, entonces hay que construir un Congreso de los Pueblos para que legisle y cree programas para el buen vivir de los colombianos y colombianas. En un proceso como este no caben esquemas, ni estructuras pesadas, ni aparatos, justamente porque la metodología es la que le va a permitir a la gente definir sus propias formas de conducción, de gobierno y de desarrollo de la propuesta.

Los retos son grandes. Los partidos, las corrientes políticas, las centrales obreras, los sindicatos, las organizaciones revolucionarias armadas y otros actores históricos que se han disputado la dirección de los procesos tendrán que empezar a entender que la que está mandando es la base, el pueblo, la gente y que hay que meterse con todos, volver al barro, ponerse las botas, agarrar el machete, aprender, estudiar y enseñar. Los que ponen condiciones para llegar a este proceso deben guardar el ego y disponerse a desaprender los vicios y aportar lo mejor de cada experiencia con humildad. Deberán desaparecer los directivos y aparecer los dirigentes. La idea que dejó esa bella experiencia de convivencia de 4 días en la Universidad Nacional de Bogotá, es que en la localidad y la región la gente debe trabajar para elaborar y desarrollar sus propias leyes; habrá entonces que  construir Congresos Regionales o espacios precisos para este propósito.

Otros elementos de rica discusión y que merecen análisis tranquilo e inteligente son, por ejemplo: el énfasis en la construcción de lo local, hacia lo regional y la articulación de todo lo nacional (centralismo); la lucha política versus la lucha reivindicativa; la necesidad de dejar de pensar en las reformas para pensar en la legislación propia y desde las necesidades de las comunidades, entre otros aspectos. Será entonces con paciencia, con trabajo, con democracia y con mucho amor que se podrá aprovechar este proceso para sacar adelante una propuesta en la que cabemos todos y todas.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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