Rebelión y prosa contrainsurgente A propósito de la muerte del Mono Jojoy

Estas líneas se refieren a los hechos relacionados con la muerte del líder guerrillero Gabriel Briceño, conocido como Mono Jojoy. Buscan poner en relación lo dicho por diferentes sectores políticos y sociales del país (gobierno, militares, periodistas, empresarios, gremios) sobre la muerte del alzado en armas, con la construcción de una prosa contrainsurgente que pretende negar cualquier razón política a quienes se han propuesto, en el pasado o en el presente, subvertir el orden jurídico, económico y social. En concreto, aquí se analiza someramente el discurso dominante, el cual busca establecer una lectura políticamente correcta de los hechos referidos.

 

 

La muerte del rebelde en la historia nacional
Es evidente que en sociedades como la nuestra, donde existe una permanente confrontación entre distintas clases sociales, ciertas muertes son convertidas en oportunidades políticas para que los grupos sociales dominantes (elites, empresarios, autoridades militares, religiosas, etc.), establezcan o reafirmen lecturas sobre la dinámica política  y el funcionamiento del orden social. Generalmente, tras las muertes de individuos que se rebelaron contra dichos grupos dominantes, viene la construcción de sus significados, los cuales apuntan a impartir lecciones de discreción, aceptación de la autoridad y respeto al orden social y jurídico. Y eso se hace por medio de discursos, que pueden entenderse como aquellas narrativas –orales, escritas y visuales- que buscan precisamente darle “sentidos” a los hechos. Es decir, explicarlos desde el punto de vista de los dominantes, de sus intereses y expectativas.   

Algunos momentos del pasado nacional pueden entenderse como ejemplos de lo que aquí hemos anotado. Tal vez el caso de José Antonio Galán sea el más representativo. En efecto, el modo como fue tratado y asesinado el líder más consecuente del levantamiento comunero de 1781 por las autoridades del Virreinato de la Nueva Granada constituye un caso de muerte ejemplar impartida por el poder hegemónico. Como se recordará, Galán se negó a aceptar las Capitulaciones de Zipaquirá, que significaron la derrota del movimiento comunero, y continuó pregonando la rebelión contra las autoridades del virreinato. En esas anduvo durante un corto tiempo, hasta que fue apresado y conducido a Santa Fe de Bogotá. Desde antes Galán había sido acusado de sedicioso, ladrón, sin “religión”, reivindicador de “patrañas”, que faltó “al sagrado respeto de la justicia”. Luego de varios días de presidio, las autoridades dispusieron como castigo su muerte, la cual se ejecutó con sevicia, buscando, sin duda, generar escarmiento en la sociedad neogranadina que había presenciado la rebelión comunera. 

A pesar de los intentos de las autoridades coloniales por borrar de la memoria popular la imagen subversiva de José Antonio Galán, ésta logró mantenerse en los escenarios sociales e incluso desde mediados del siglo XIX su nombre cobró mayor fuerza. De modo que la proyección de su nombre se extendió mucho después de los hechos de 1781, a tal punto que fue invocado por distintas organizaciones de izquierda del siglo XX, entre ellas las guerrillas de los años sesentas.    

Otro caso que nos sirve de ejemplo es el del sacerdote y revolucionario Camilo Torres Restrepo, quien murió militando en las filas de la guerrilla en febrero de 1966. Al manifestar su interés por la revolución y disentir de las jerarquías religiosas, Camilo se ganó el despreció de éstas y de las elites políticas tradicionales, que lo condenaron sin vacilación desde los púlpitos y los periódicos oficiales. Se hizo entonces práctica común llamarlo bandolero, negándole de ese modo móviles políticos a su rebelión contra el orden social vigente. Desde luego, su muerte fue tomada por los sectores dominantes como la prueba de su “inoficiosa rebeldía”.      

El caso Mono Jojoy
Resulta cínico, por decir lo menos, que el presidente Juan Manuel Santos haya salido a decir a los medios de comunicación que el guerrillero muerto era la “representación del terror” en el país. El responsable político, como que era Ministro de Defensa del gobierno anterior, de los “falsos positivos”, es decir, del asesinato de jóvenes pobres de las periferias urbanas, se otorga el derecho de decir, sin rubor alguno, quién representa la virtud y la maldad en Colombia. Dicha lectura fue alimentada por otras “opiniones” afines de funcionarios, empresarios, militares, etc., siendo común en ellas, como en los tiempos del Virreinato de la Nueva Granda, referencias de desprecio hacia el subalterno en rebeldía, negándole cualquier motivo político a sus actos, y valiéndose incluso de invocaciones religiosas (mal, diablo, etc.) para legitimar lo dicho.

Por ejemplo, el actual ministro de defensa, al referirse a la muerte del insurgente, expresó con cierto dejo de desprecio hacia él: “Lamentamos la muerte de la perra Sacha”, refiriéndose al canino antiexplosivos que murió en la operación militar del mes pasado. Por su parte, el procurador general, experto en asuntos de camándula, al conocer la muerte del guerrillero, señaló: “Individualmente, elevamos oraciones por el alma del 'Mono Jojoy', pero socialmente las consecuencias (de su muerte, N.A.) son benéficas”.

Pero no sólo funcionarios del gobierno y autoridades de primer orden acudieron a ese tipo de razonamientos. Un escritor como Héctor Abad Faciolince acudió al elemento religioso para referirse al Mono Jojoy, al que consideró nada más ni nada menos que “(…), quizá la más colombiana personificación del diablo”. Incluso, el general retirado Álvaro Valencia Tovar puso en duda la condición de estratega militar del insurgente, cerrando de ese modo el círculo: además de no tener móviles políticos y ser un simple bandolero con estilo de vida traqueto, el insurrecto no fue un guerrero calificado capaz de dirigir golpes militares a sus enemigos. Estas “opiniones”, que configuran la prosa contrainsurgente, fueron emitidas a través de la radio, la televisión y la prensa, con enorme intensidad. 

Lo característico, decimos, de esta lectura promovida especialmente desde los sectores dominantes, es que establece unos marcos de interpretación de la vida y acción de un insurgente (incluso de movimientos populares o de izquierda, como también ha sucedido en la historia nacional), en donde se le resta cualquier móvil político a su rebeldía, negando de ese modo cualquier posibilidad de transformación social del país desde los sectores subalternos. Por lo dicho, queda entonces la obligación de volver a retomar un problema planteado en su momento por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, y que hoy tiene una importancia enorme: cómo revertir el monopolio de la producción de una visión del mundo social, hoy en manos de los sectores dominantes, el cual opera como un instrumento eficaz que garantiza el sostenimiento de un régimen injusto e ilegítimo como el existente en Colombia.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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