Historias de niños en la calle

Que critica esta situación social, ya nadie se sorprende, aunque debería hacerlo por que es un síntoma de que las cosas no están bien, se siente uno impotente al ver niños desesperados en la ciudad. Siempre veo a las gentes ir y venir por las calles de Medellín, parecen sonámbulas, nada las sorprende, cada vez están más insensibles. Es un efecto que va produciendo la pobreza, nos acostumbramos a las personas marginadas de una vida digna, sucias y dopadas, y es como si ya no existieran.

Me he sentido muy tocado con todo el problema de la indigencia, y más desde hace algunos días, cuando estaba en un restaurante almorzando, un día de mucho calor y no sé si por eso o por otra cosa hacia mucha hambre. De pronto sentí que me tocaron el hombro, al voltear me encontré con un niño que si mucho tendría 9 años, y me extrañe, pues no me molestó. Si un extraño al borde de la locura que produce el hambre se le acerca a alguien mientras come en un restaurante, le produce fastidio; es triste saberlo pero es cierto. Su voz era suave, no me pareció que tuviera ese tono desafiante que muestran los de la calle. Me pidió con mucha cordialidad que le regalara aunque fuera un hueso, pues tenía mucha hambre. Me sentí incomodo al ver como el cajero le decía: “hey pelado, sálgase o lo saco”. Yo le regalé un pedazo de pollo, luego él salio, pero quedo en mi mente ese momento, y me puse a reflexionar sobre aquellos que viven en las calles, el ambiente tan pesado que soportan.

La Venta de dulces es casi lo mismo que pedir limosnas en la calle o en los buses; por lo general quienes lo hacen son adultos, o eso parece. Pero ya hay demasiados niños vendedores ambulantes, que no son indigentes, pero lo que les falta es dejarse caer en una esquina con el sacol y dormir todo el día sobre un cartón y no tocar el agua por un mes.

Me motivé a saber un poco más sobre un caso. No es fácil tener una conversación con un indigente, pero con un niño que venda confites sí; por eso decidí conversar con Andrés. Me lo encontré por el parque Berrío y me le acerqué, le compre un chicle y traté de ponerle conversa, luego le invité a comerse algo en uno de esos comederos baratos. Le dije que necesitaba saber un poco de su situación para un trabajo, entonces aceptó, con la condición de que no se podía demorar. Tiene 12 años y hace ya algún tiempo que se salió de la escuela para poder ayudarles a su madre y a su hemanito de tres años. Vive en El Popular 1, donde la situación es aterradora, pues la violencia está prendida en estos momentos con la presión de los paramilitares. Todas esas condiciones casi infrahumanas les hacen sentirse más protegidos en el centro.
El recorre de extremo a extremo la ciudad de Medellín, mirando a ver qué se puede conseguir; a veces tiene el plante de confites para vender, y cuando no, se inventa algo como cantar en los buses. Me dice que a veces es tan fuerte el hambre que le da mucho cólico. Su hermanita Lorena tiene 13 años, también dejo sus estudios para vender mecato por la Mota en Belén. Allí conoció al papá de su hijo, que tiene 12 meses, y hace un año se fue a vivir con él a la Costa; antes le mandaba dinero a su mama, pero después de un tiempo su madre Cecilia le perdió el rastro. Todas estas circunstancias desafortunadas son un empuje para dedicarse a un trabajo muy duro; pero en realidad esto no es trabajo.

Andrés me cuenta que en las noches Cecilia, su mamá, se monta en los buses de Robledo a ver si puede vender unas cuantas bolsas de basura o gomitas, si el chofer la deja subir porque a veces no los dejan trabajar. Eso mientras le resulta, a veces, trabajo en una casa de familia. No sabe absolutamente nada de su marido, pues cuando vivían juntos la maltrataba mucho, y a pesar de eso ella reconocía su aporte para la comida, la ropa de sus tres hijos, era la columna vertebral del sostenimiento del hogar. Pero los abandonó y se fue con otra mujer; nunca supieron más de él.

Antes de llegar a esta situación en su casa no faltaba la comida, Andrés estaba estudiando y Lorena todavía jugaba con muñecas e iba a la escuela. Las cosas son así, muchas familias pobres sufren de una destrucción familiar, los hijos siempre son los más afectados. Con el tiempo la situación se vuelve común y corriente, se vuelve normal tanta miseria y cada vez son más los niños vendedores de confites y los indigentes. Las oportunidades para apenas sobrevivir son cada vez más escasas. En el Popular, que es donde vive Andrés -bueno ya casi no, porque se la pasa recorriendo las calles de la ciudad-, todos sus amigos están en las mismas, algunos son viciosos, venden vicio y otros trabajan en los buses. Y es que no da para más, las familias más vulnerables son aquellas que están incompletas y casi siempre las niñas quedan embarazadas a corta edad.

Esto por mencionar cómo viven muchas familias en extrema pobreza y lo que sufren los niños. Con el tiempo algunos encuentran más oportunidades, la mayoría simplemente empeora. Niños que venden mecato y cantan en los buses, lo más probable es que de jóvenes se unan al conflicto armado en los barrios. Como Yorman, un pelado que conozco desde hace muchos años; al igual que Andrés, se crió en la calle, ahora debe de tener 19 años, lo conocí desde que tenía 12 años. Hubo un tiempo en que conversábamos mucho, pero se mudó del barrio con su mamá, doña Marina, y su hermana Carolina, habían dejado de vivir con su padre en Andes.

Yorman tenía problemas para aprender, por eso se salio de estudiar; Carolina se salió del colegio cuando estaba en sexto. Marina trabajaba en casas de familia, mientras yorman vendía confites en los semáforos, luego se fueron a vivir con un padrastro que les dio dos medios hermanos a Yorman. Desafortunadamente asesinaron al padrastro por un problema con un lote que tenía en un morro. Paso a paso Yorman se alejaba más de su mamá y se mantenía peleando con su hermana. Ya ni siquiera llegaba a la casa sino que se quedaba a dormir debajo de un puente. A veces volvía a la casa con el deseo de buscar trabajo en la construcción, y otras con ganas de morirse, con el tiempo se volvió drogadicto y aunque conseguía trabajo de ayudante en unas obras de construcción todo el sueldo se lo gastaba en perico y marihuana. Pero no duró mucho, él se retiraba un tiempo y luego volvía a buscar trabajo, a Marina ya no le ayudaba mucho y vivían alegando, Carolina ya se había ido de la casa a vivir con un tipo, no sé a dónde. Hasta ahora solo sé que Yorman es un paramilitar drogadicto, su mamá sobrevive con los dos niños y no sé nada de Carolina.

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Diego Martinez
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