EDITORIAL 43 AGOSTO Que vergüenza con los vecinos

Imperio es imperio, definitivamente, no importa la pelambre que use. Y lo que en principio lo hace imperio es la voluntad de su élite para someter territorial, política y económicamente el mundo o la mayor parte de él. Lo otro es la capacidad que tenga para lograrlo, pero siempre en la historia imperial han existido élites locales dispuestas a entregar la soberanía de sus territorios a cambio de que el imperio les tolere y garantice sus privilegios y felonías dentro de este territorio sometido. Aunque en los países latinoamericanos y del Caribe casi todas sus élites se han postrado vilmente a los pies del imperio, hoy por hoy muchos gobiernos cercanos a los movimientos populares intentan revertir esta historia; sin embargo, en Colombia la derecha empotrada en el poder nos ha sumido en uno de los momentos más oscuros de nuestra historia; se abre impúdicamente ante las peticiones del gobierno norteamericano y se dispone a ser la punta de lanza para el hostigamiento, el ataque y la invasión a los países vecinos que han osado reclamar en serio sus soberanías.

Nada de esto debe extrañarnos, sin embargo. Todo se veía venir desde hace mucho. Casi al mismo tiempo en que empezaron a perfilarse algunos gobiernos progresistas en América Latina con proyectos económicos disidentes del modelo impuesto por el consenso de Washington, dispuestos a defender sus recursos naturales de la ambición sin fondo del capital extranjero, y con proyectos de integración regional política y económica distintos a la propuesta colonizadora del ALCA, más basados en la complementariedad y la solidaridad que en la competencia, empezó también el gobierno colombiano a perfilarse como el dique de contención que se le ofrecía a la USA para frenar estos procesos.  El pretexto perfecto: la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, que demandaba la intervención solidaria de los Estados Unidos en nuestro territorio para combatir este gran problema, y la colaboración solícita de los países vecinos, so pena de ser enlistados como alcahuetes del narcotráfico y el terrorismo cuando no de terroristas ellos mismos.

Hoy la élite colombiana en su impudicia ha ido demasiado lejos al entregar 7 bases militares a los gringos para que desde aquí operen, so pretexto de la manida colaboración en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, en labores de desestabilización de los gobiernos vecinos, calificados por los mismos gringos como países del eje del mal, porque se alejan decididamente de sus disposiciones imperiales y tratan de construir su propio proyecto político. Es tanta la confianza del gobierno colombiano en la protección de los gringos que ni siquiera se siente obligado a someter a debate en Colombia tal decisión, ni en la consulta con el Congreso- aunque las mayorías uribistas allí la aprobarían sin ningún debate - ni ante las altas cortes.

Y mientras los movimientos populares no salimos del asombro y la indignación – no estábamos preparados para el golpe, a pesar de que las piedras del río sonaban ya con la decisión, esa sí soberana, del gobierno de Ecuador de retirar de su territorio la base de Manta-, los distintos estamentos del establecimiento cierran filas a favor de la decisión del presidente. Lo curioso es que en esta actitud, en vez de intentar dilucidar los alcances de tal acuerdo se echa mano de un patriotismo trasnochado que a nadie en su sana razón podría convencer- tal vez los colombianos no tenemos sana la razón-. Realmente lo que hacen es desviar la discusión del asunto de las bases gringas en Colombia al de la soberanía nacional frente a los reclamos- naturales y justos, por demás- de los países vecinos, particularmente Venezuela y Ecuador que ven venir el tiburón con sus dientes afilados.

Todo parece una conspiración de la más rancia godarria contra los gobiernos progresistas de Venezuela y Ecuador. Los medios de comunicación se empecinan de manera grosera en publicitar las denuncias que ha hecho el gobierno colombiano de relaciones de Chávez y Correa con la guerrilla colombiana, denuncias que sospechosamente se hacen justo en los tiempos en se que anuncian las siete bases para los gringos, y que no tienen otro fundamento que la información de un supuesto computador que milagrosamente sobrevivió al bombardeo al campamento de Raúl Reyes y que solo conocen el gobierno colombiano y la Interpol. Sin cuestionar este hecho, los medios dan por verdadera tal relación y en vez de investigar se empeñan en una campaña de desprestigio a dichos gobiernos. Hasta periodistas que se han caracterizado por su independencia y sentido crítico han caído en el embrujo estigmatizador y despachan el asunto atribuyendo la actual tensión en las relaciones con Venezuela como una bravuconada más del presidente Chávez, sin prestar atención a lo que hay de fondo.

Patrañas. Toda la escaramuza de la élite colombiana son patrañas groseras para desviar la atención y atizar el conflicto con los países vecinos que avanzan en proyectos políticos distintos, lo cual es precisamente el objetivo inmediato de los Estados Unidos. Ahora resulta que el gobierno Colombiano reclama frente a los demás países soberanía para entregar su soberanía, aunque con ello pretenda socavar también la de los vecinos. Sin tener en cuenta que el gobierno norteamericano exige inmunidad total para sus soldados en Colombia. Es decir, estos pueden hacer lo que les dé la gana, cometer todo tipo de fechorías en nuestro territorio sin que puedan ser juzgados aquí. Y como la experiencia no se improvisa sabemos a qué atenernos con esta claudicación humillante del gobierno. El ejército de los Estados Unidos es uno de los más depravados del mundo, por lo menos fuera de su país y quizá por esta misma inmunidad. A parte de las masacres perpetradas en territorio extraño, han sembrado el dolor y la tragedia en miles de familias por los territorios donde han cruzado. No es sino recordar las imágenes de la guerra de Vietnam, o una imagen que recorrió el mundo gracias a la hermosa película de Oliver Stone, la violación miserable a dos monjas que prestaban asistencia a la población herida en la guerra de El Salvador. De hecho, mientras funcionó la Base Militar de EEUU en Manta, Ecuador, hubo más de 300 denuncias por robos y homicidios cometidos por soldados estadounidenses contra ciudadanos ecuatorianos.

Hace poco, en una sesión del Congreso, el senador Petro llevó a la señora Olga Castillo Campo para que relatara el caso de su hija de doce años violada en Melgar por dos soldados norteamericanos que prestaban sus servicios en la base aérea de Tolemaida en el marco de la ayuda al Plan Colombia. No la dejaron hablar, con argumentos baladíes entre los que se contaba la muy sensiblera razón de una senadora que aseguraba que aquello era pura morbosidad y un disfrute con el dolor del otro. El caso es que así embolataron el debate sobre lo que puede ocurrir a mucha gente en Colombia con la presencia de soldados gringos protegidos por la  inmunidad de los gringos. Este tema es conocido por el presidente Uribe, por la Fiscalía y la Cancillería, pero nada ha pasado.

No deja de ser interesante esta concepción de soberanía que, copiada del imperio, acoge el gobierno colombiano. Es la soberanía de la oligarquía para disponer de los recursos y las vidas de los colombianos a su antojo, por un lado, y para violar la soberanía de los vecinos- con el apoyo, claro, del imperio- con el flojo discurso de la lucha antiterrorista y la guerra preventiva. Así, pues, el acuerdo entre los estados de Colombia y de Estados Unidos son acuerdos entre las oligarquías respectivas, en donde la primera, como una meretriz mañosa y hasta pervertida se abre mimosa y siempre dispuesta a recibir  a su amante para que la descuartice, si es su deseo, siempre y cuando ella sea su consentida y la señora respetada en la casa. Eso hace ahora Uribe, eso hicieron sus antecesores y eso harán los demás presidentes que salgan de este grupo. Por algo, los candidatos políticos que hoy andan en campaña electoral no se atreven a hablar duro del asunto, aunque sería un punto fuerte para confrontar a Uribe, pero no quieren molestar al señor del imperio que los habrá de tutelar después, en caso de ser elegidos.

No es que debamos avergonzarnos por la conducta de esta élite podrida, la misma que nos ha mantenido en el oprobio y la miseria. Pero sí podríamos preguntarnos ¿cómo hemos llegado hasta aquí, hasta ser el mango de la espada que empuñan los gringos para atacar a los países americanos que intentan sacudirse su tutela y construir solidariamente su propio destino? ¿Cómo ha sido posible? Ahora lo que se juega es el destino de América, de esa América grande que soñó Bolívar y que poco a poco empieza a vislumbrarse como posible hoy, pero que justamente aquí, en el suelo donde se proyectó el sueño, nació también la oligarquía más monolítica y reaccionaria como el mayor obstáculo, desde Bolívar hasta hoy, para la realización de tal sueño. Suenan trompetas de guerra, pero esta no debe distraer la atención de los movimientos populares en la lucha por sacudirse el yugo de esta élite desnacionalizada, descastada y mercenaria. Ese será el mayor aporte de los colombianos a la construcción de una América fuerte y unida, que resista los embates del imperio y de sus propias oligarquías.

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