El dulce sabor de la huelga

En Medellín estuvo “gancho”, así le dicen a José Rusbel, un cortero del ingenio Providencia, denunciando en casi todas las organizaciones sociales, las universidades y otros escenarios de esta ciudad, la miserable explotación a la que son sometidos miles de corteros de caña en el Valle del Cauca y el hambre que estaban aguantando sus familias por cuenta de la insensibilidad de los poderosos dueños del negocio del azúcar y el etanol en Colombia. Tanto nos impactó su situación, que de inmediato nos reunimos en Asamblea general con los jóvenes de la Escuela de Formación Popular, para organizar comisiones a los barrios y a las organizaciones sociales y recolectar solidaridad en especie o en efectivo.

 

Aunque era puente festivo eso no importó, los de artes llevaron sus tambores y su clarinete, armaron su chirimía y se fueron en convite con los de comunicación popular y economía política a visitar las zonas que habían definido previamente. Otras comisiones hicieron boletines informativos y cartas pidiendo solidaridad. Las oficinas de la Red Juvenil y Periferia sirvieron de centros de acopio; esto se hizo en cuestión de tres días y el resultado fue satisfactorio, casi 800 mil pesos en efectivo y por lo menos media tonelada en alimentos.

El viaje al Valle del Cauca
Todos queríamos ir a entregar la solidaridad personalmente, palpar la problemática y realizar el trabajo periodístico. Entre otras cosas, para quitar el velo que tienden los medios masivos sobre estos acontecimientos que tocaban directamente los intereses del poderoso Ardila Lulle, dueño no sólo del azúcar, y del etanol que le revuelven a la gasolina en todo el país, sino del canal RCN.

Sin embargo, sólo pudimos viajar tres del equipo de comunicación popular Gerson, Andrés y yo. Empacamos cámaras fotográfica y de video, grabadoras y otros detalles necesarios para recoger las impresiones sobre la movilización de los corteros y la de los indígenas que llegarían ese fin de semana a Cali. Así que a las 9:30 de la noche nos montamos en un S-26 de Expreso Palmira que nos llevó hasta esa ciudad en poco menos de 8 horas. Llegamos a las 5:30 a.m. aproximadamente y nos dirigimos a la sede de Sinaltrainal Palmira. Grata sorpresa, todos estaban despiertos y listos para reunirse a organizar la información y la ración de alimentos que llevarían a los trabajadores de los ocho ingenios, Manuelita, Tumaco, Providencia, Riopaila, Incauca, Risaralda, Pichichí y Central Castilla.

Las Primeras Impresiones
“Las cosas no son tan fáciles”, dijo Páez, dirigente nacional de Sinaltrainal, el sindicato de la industria de alimentos más grande del país. “Mantener cerca de 18 mil corteros cuesta aproximadamente 8 millones de pesos diarios y si a eso se le suma la crítica situación de sus familias, se torna más grave. Si no fuera por la solidaridad tan grande no sería posible atender logísticamente este conflicto. Además, los dueños de los ingenios y el gobierno están encima a toda hora tratando de dividir a los corteros, les ofrecen cosas para que regresen al trabajo. Sin embargo, tenemos un espacio colectivo para discutir y organizar las tareas con las otras organizaciones sindicales, la CUT Valle y el movimiento 14 de junio, que surgió a partir de la audiencia programada para esa fecha por los corteros”.

A esa misma hora, las noticias “oficiales” daban cuenta de la detención de siete activistas del movimiento huelguístico, cinco de ellos corteros y dos asesores del senador Alexander López. Según la fiscalía, deberían responder por más de cinco cargos, entre los que se destacaba el concierto para delinquir. En menos de 15 días la fiscalía tenía, según ellos, méritos suficientes para ordenar la captura de estos reconocidos activistas sindicales y sociales, situación por demás sospechosa conociendo la lentitud de la justicia en Colombia. Además de cínico y descarado, comentábamos, era evidente el complot entre el gobierno que había rumorado infiltraciones de las Farc para deslegitimar el movimiento, los dueños de los ingenios que pedían a gritos la mano dura del gobierno, los organismos de seguridad del Estado que hostigaron todo el tiempo a los huelguistas y, como siempre, los grandes medios que ocultaban el fondo y los objetivos de la protesta, o simplemente se dedicaban a dar la versión de Asocaña y el Ministro de la Protección Social.

Llegamos a los ingenios azucareros

Por fortuna la “malparidez” se nos quitó tan sólo 10 minutos después, cuando encontramos los primeros cambuches de los corteros, en La Rita. Allí estaban cerca de 20 corteros al frente de la entrada de una de las haciendas. Se acercaron un poco desconfiados, pero al conocer las razones de nuestra presencia nos hicieron parte del grupo y nos impregnaron con su optimismo y sus lecciones de dignidad. “Aquí nos quedamos hasta que nos solucionen los problemas. Es que uno trabaja de domingo a domingo, casi 12 horas diarias y en oportunidades ni siquiera alcanzamos el mínimo. Ninguno de nosotros puede disfrutar un fin de semana con la familia, por falta de plata y de tiempo”, nos comentó uno de ellos. Los demás cerraron círculo a nuestro alrededor, la mayoría eran negros, pero no vallecaucanos sino del Cauca, de Guapi. Ahí nos enteramos que la caña no la cortan los vallunos sino los caucanos y los nariñenses y en menor proporción los paisas. Es un trabajo demasiado fuerte y agotador, eso se puede notar en las manos, los cuerpos y los semblantes de los corteros.

A unos cien metros de la Rita se encuentra uno de los ingenios más grandes y, seguramente, el que tiene a los trabajadores mejor organizados, Manuelita. Allí no eran 20 los corteros, eran cerca de 300 y nos dijeron que adentro había varios grupos con la misma cantidad. Tenían improvisadas cocinas con sus humeantes fogones, habían construido su cancha de voleibol, una caseta para distribuir los alimentos, una sección en donde guardaban el agua, tenían televisores que sólo funcionaban en la noche, cuando llegaba el fluido eléctrico, casi todos tenían colgado al cuello un radio de esos antiguos, la infaltable pañoleta roja y la cubierta con uno o dos pesados machetes, su herramienta. Por doquier se encontraban corteros labrando delicadamente la madera, haciendo utensilios y artesanías para vender; otros elaboraban chinchorros para pescar en un río un tanto retirado del campamento. Nos observaron serios, con la mirada que pregunta ¿Y ustedes quiénes son? No era para menos, la fuerza pública y agentes de civil hostigaban permanentemente los campamentos con cualquier excusa. De nuevo sería Diego, dirigente de Sinaltrainal, quien nos presentaría con la gente, de ahí en adelante seríamos centro de atención de los huelguistas.

Es increíble la fe que la gente le tiene a los medios. Aunque nosotros éramos un pequeño y desconocido equipo de comunicadores, ellos se arremolinaron a nuestro alrededor. Ellos creen que podemos resolver el problema, despertar a la sociedad y mostrarle con objetividad lo que está pasando, la justeza de su protesta, y así debería ser. Se acercan con ilusión y hablan incansablemente de sus penurias laborales, de sus empobrecidas vidas y también de sus acciones heroicas, como aquella en donde los “valientes” escuadrones antidisturbios Esmad, huyeron despavoridos ante la presencia de 300 corteros que levantaban en sus poderosos brazos su herramienta, ahora convertida en arma para cobrar justicia por la golpiza propinada a un cortero indefenso. Los Esmad jamás regresaron.

El problema es, eso les dijimos, que los grandes medios hacen parte de un acuerdo detestable con los más poderosos, que tienen idiotizados a la inmensa mayoría de colombianos y que es prácticamente imposible convencerlos de la obligación ética que tienen de informar la verdad. Les dijimos que, sin embargo, nosotros tenemos la convicción y estamos haciendo, como ellos, todo el esfuerzo para que esto cambie. Que su lucha ya es, gracias a los medios alternativos, un acontecimiento nacional y mundial.

La solidaridad ha sido la culpable
La presencia de nacionales y extranjeros en los campamentos llevando solidaridad moral y efectiva era permanente. De hecho varios extranjeros fueron deportados por orden del cuestionado DAS, pero esta medida logró más bien la difusión del conflicto; las condiciones de esclavitud de los corteros se supo por todo el mundo. Hicieron presencia los camioneros denunciando que el gobierno les había incumplido los acuerdos recientemente firmados y que por tanto una nueva movilización sería inminente; la misma historia repitieron los de Asonal Judicial; los indígenas informaron que su lucha ya no era sólo por tierras y por el incumplimiento de los acuerdos, sino por la dignidad y contra la estigmatización a la que los sometió el presidente Uribe. Llegaron de Pereira los del sindicato de los servicios públicos, Sintraemsdes, de Buenaventura los estibadores portuarios que enfrentan una situación similar de explotación. Decenas, cientos de personas pasaron por los campamentos con toneladas de alimentos, informando, denunciando, enterándose de la situación y comprometiéndose con los corteros y sus familias. La solidaridad ha sido la culpable de que los corteros hayan resistido y tocado las fibras de la sociedad colombiana.

Intrusos en los campamentos

El 24 de octubre fue un día agitado. Bajo un inclemente sol caleño participamos en el paro nacional convocado por las centrales obreras, realizamos varias entrevistas y en la tarde, bastante agotados, nos fuimos a quedar en el campamento con los corteros. Esa noche seríamos testigos de la incomodidad que les causaba a las fuerzas de seguridad de los ingenios y a la policía la presencia de visitantes en los campamentos. ¿Quiénes son ustedes, de dónde vienen, para dónde van, cuántos son? Fueron las preguntas de los policías que nos abordaron pasadas las 9 de la noche. Su actitud autoritaria se fue desvaneciendo cuando se enteraron que éramos periodistas, además los corteros les dejaron claro que en su campamento la seguridad era de su exclusiva responsabilidad, no de la policía.

El episodio abrió paso a la confabulación, a la camaradería alimentada con la complicidad de la noche, nos hizo sentir dueños de la situación y más seguros que antes. De las conversaciones surgieron intereses, necesidades; había que concretar una visita a Pradera, municipio en el que viven la mayoría de corteros de Manuelita y de otros ingenios y, por supuesto, sus esposas e hijos. Al día siguiente, a las siete de la mañana, nos montamos a un bus de propiedad de los corteros, que nos llevó en media hora a Pradera. Estos buses se los hicieron comprar, los mismos que los convencieron de la conformación de las cooperativas que hoy los tienen jodidos; son de ellos, pero las cláusulas de los contratos les prohíben utilizarlos en otros menesteres diferentes a trasladar a los corteros desde y hacia los lugares de corte y sus sitios de residencia.

Llegamos a Pradera con José “Melao”, nuestro guía en pradera. Él lleva 20 años trabajando como cortero y aunque no tuvo estudio, su sabiduría e inteligencia desborda, también la de su esposa Myriam. Ella nos dejó con la boca abierta, acababa de llegar de Bogotá, estaba sin dormir, pero nos atendió con gran amabilidad y disposición. “Nos hemos organizado con las demás esposas e hijas y familiares de los corteros- nos dijo- . A mí, junto con 11 mujeres más nos invitaron a Bogotá para que denunciáramos la problemática de nuestros esposos y la nuestra. Hemos pedido solidaridad por todo el Valle y por todo el país. La economía de este departamento está afectada por la intransigencia de los dueños de los ingenios y el gobierno, ellos son tan orgullosos que prefieren perder plata antes que resolver el problema. Por eso nosotras los apoyamos y estamos dispuestas a pedir limosna si es necesario para que nuestros compañeros puedan resistir la huelga”.

La conversación con Miryan nos sorprendió, nos llenó de vergüenza y a la vez de admiración y fortaleza, la misma que necesitaríamos para desplazarnos por el barrio y ser testigos de la miseria en la que viven hacinados los niños y las niñas familiares de los corteros. La mayoría pagan arriendo, otros tienen sus casas propias, todas en obra negra y a punto de que los bancos se las arrebaten. Nos tocó ver las tarifas descaradas que pagan por servicios públicos, en Pradera el estrato uno equivale al estrato tres o cuatro de Medellín. Nos pusimos a hacer las cuentas con las familias y es materialmente imposible que los ingresos de los corteros puedan garantizar una vida más o menos digna. De hecho, lo que más nos conmovió fue el comentario generalizado de los niños y niñas, que no recordaban la última vez que habían disfrutado de un helado, de una salida al parque un domingo con sus padres.

Las pequeñas tiendas que algunas familias han colocado como medio de sobrevivencia están quebradas porque los principales clientes son ellos mismos, los corteros. También las panaderías, los supermercados y toda clase de negocios de Pradera y de los otros municipios del Valle reciben el brutal coletazo de la problemática del azúcar. El presidente de Asocaña reconoce que las pérdidas ascienden a más 160 mil millones de pesos, aun así no cederán porque cuentan con el apoyo del gobierno y las fuerzas militares para estrangular los sueños de los obreros de la caña, de los esclavos modernos.

Al cierre de la presente edición los corteros llevaban 57 días de huelga. Las condiciones materiales obligaron a los trabajadores de cuatro de los ocho ingenios a firmar un acuerdo con el que mejoraron un poco sus ingresos, aunque sus condiciones laborales no mejoraron sustancialmente. Por ello los demás ingenios, entre ellos Manuelita, siguen en la lucha. El sistema de contratación por medio de cooperativas, corazón del modelo de explotación, aun sigue vivo. También sigue viva la convicción de los corteros y sus familias. Esta huelga fue la muestra gratis de lo que la dignidad de los obreros es capaz. Que tiemblen los explotadores.

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