Mujeres del Huila: entre violencia y resistencia

La violencia de género “corresponde a cualquier acción o conducta que se desarrolle a partir de las relaciones de ​poder asimétricas basadas en el género, que sobrevaloran lo relacionado con lo masculino y subvaloran lo relacionado con lo femenino. Son un problema de salud pública por las graves afectaciones físicas, mentales y emocionales que sufren las víctimas; por la gravedad y magnitud con la que se presentan y porque se pueden prevenir”.

Existen múltiples violencias de género: la física, aquella que provoca daño o sufrimiento físico; la psicológica, que consiste en el control o la dominación sobre las acciones o decisiones, y se expresa cuando se desvalorizan las opiniones, o a través del acoso, las restricciones, humillaciones, manipulación emocional, aislamiento obligatorio, amenazas, insultos; la sexual, cuando se vulnera el derecho a decidir sobre la sexualidad de una mujer y se vulnera la intimidad, ésta abarca todas las formas de contacto sexual. También la simbólica, aquellos estereotipos, mensajes, valores y/o signos que reproducen la desigualdad y discriminaciones basadas en los roles de género, subordinando la posición de las mujeres; y la económica, que corresponde al control del acceso a los recursos materiales.

El Informe sobre la Violencia de Género e Intrafamiliar del Instituto Nacional de Colombia (INC), señala que hasta agosto del 2020 se han registrado 38.099 casos de violencia de género e intrafamiliar a nivel nacional. El departamento del Huila se encuentra en el primer puesto de violencia contra la mujer, siendo la violencia física la más recurrente con 64,5 %, y le siguen en su orden la negligencia y abandono con 46,2%, la violencia sexual con 23,7%, y la violencia psicológica con 14,0%, dando como resultado un indicador de 148,4% casos notificados por cada 100.000 habitantes. Estas cifras demuestran que la cultura huilense sigue siendo muy tradicional y reproductora de los roles y estereotipos que socialmente se han impuesto por el sistema heteropatriarcal.

Para Melisa Pérez, defensora de los derechos de las mujeres, activista LGBTI y feminista, “siempre ha existido un alto número de casos, pero ahora se visibilizan más por medios, redes, comentarios, etc. Hay más denuncias y el tema ha generado discusiones más fuertes y políticas incluyentes”.

La socióloga Claudia Álvarez plantea que si bien la violencia física es reconocida, las otras formas están invisibilizadas: “Las campañas contra la violencia hacia las mujeres son “el ojo morado”, entonces obviamos el acoso callejero, la violación que ocurre cuando sales con tus amigos y terminas en la cama sin consentimiento, o cuando se nos menosprecia en una relación de pareja. No hay conciencia, hay muchos silencios, porque estas cosas eran normales en la sociedad, y nosotras las feministas somos las que hemos cuestionado este tipo de delitos. En el imaginario se concibe a la mujer como la que aguanta, no la que hace bulla, la que se queja, la que protesta. Además, en una relación de pareja, muchas veces no somos conscientes de muchas formas de control que se viven y se reproducen”.

Dicha invisibilización, según Claudia Álvarez, se debe, en parte, a las deficiencias que tienen las campañas que se realizan desde la Secretaría de la mujer, equidad e inclusión de Neiva, capital del departamento: “Realmente no se territorializa. Muchas mujeres que están más expuestas a estos tipos de violencias son mujeres que por su condición socioeconómica muy probablemente no están tan cercanas a redes sociales o no tienen muy claros sus derechos, es muy difícil que la información les llegue a ellas. Sacan una sola publicidad de prevención, pero no se enfocan en mujeres trabajadoras, rurales, docentes, como si todas las mujeres fueran iguales”. Además, las campañas siguen concentrándose en la víctima, responsabilizando a las mujeres de evitar las violencias. No hay campañas orientadas a los agresores, frente a sus concepciones del amor, por ejemplo.

Por otro lado, las cifras de impunidad demuestran la inoperancia del sistema de justicia, según la Fiscalía, el 85% de los casos que se presentaron en el 2019 permanecen impunes. Con el agravante de que una vez interponen las denuncias, muchas mujeres quedan solas en el proceso. Además, los tiempos para dar citas con algún/a psicólogo/a tardan mucho o se cambian constantemente.
Según la socióloga, “la cantidad de mujeres que han sido asesinadas después de haber denunciado es impresionante, ya que el acceso a la justicia es nulo, la justicia está desbordada. Entonces sacan todo muy rápido o se demoran años, y ya la mujer se separó o, en el peor de los casos, ya está muerta”.

En cuanto a la importancia y tratamiento que sociedad y gobiernos le están dando al tema, la activista huilense Karla Polanía considera que es “indolente, poco empática, mucha gente considera que somos 'viejas gritando' cada vez que salimos a exigir que dejen de matarnos. Todavía falta mucho. ¿Que si hemos impactado?, sí, pero aún falta un camino largo por recorrer. Creo que el gobierno departamental tiene bastantes falencias en cuanto a eso, el gobierno municipal se ha esforzado más que los anteriores”.

Karla Polanía, quien hace parte del colectivo feminista Quinchana, cuenta que han estado sensibilizando, educando y acompañando: “Hemos intentando no quedarnos quietas y no callarnos. La pandemia nos afecta, pero somos conscientes de que no nos podemos quedar calladas y encerradas, porque mientras algunas estamos tranquilas en nuestras casas con nuestras familias, hay otras que están viviendo infiernos. Nosotras hemos entendido que no es momento de descansar, el patriarcado y el machismo contra nosotras no descansa”.

La socióloga Álvarez considera que para contribuir a la erradicación de las violencias contra la mujer es necesario sacarla del escenario privado: “Hay que hablar de las cosas que nos duelen, los agresores tienen que hablar del control de la ira o la impotencia que sienten cuando la otra persona toma decisiones autónomas. Lo primero es hablarlo, generar diálogos al respecto para que empiecen a deslegitimar estas conductas en nuestra cotidianidad”.

También es necesario repensar el cubrimiento de los medios de comunicación, pues se sigue revictimizando y juzgando a las mujeres. Al respecto, la activista Melisa Pérez opina que es necesaria “la autocrítica, sobre todo de los hombres que han vivido en una cultura que piensa que esto no les toca, que el feminismo es solo una cuestión de ganas de joder. Pero realmente es toda una transformación política, cultural y social”.

Para poder disminuir la violencia de género en el Huila se debe incluir este tema en los sistemas educativos, familiares, sociales y políticos, reflexionar sobre cuáles son las violencias de género, visibilizar los casos que se presentan en el departamento y, sobre todo, no normalizar los comportamientos que violentan a las mujeres. Que desde la infancia se enseñe el respeto y se aclare que no somos propiedad de alguien.

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