Los caleidoscopios de la paz

“Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
¿quién se murió por mí en la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?
¿sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos,
los ojos que le arrancaron, viendo
por la mirada de mi cara,
y la mano que no es su mano,
que no es ya tampoco la mía,
escribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?”

El Otro, Roberto Fernández Retamar.

 

Un grupo de parceros con cámaras y RAP de Medellín y pueblos aledaños, fuimos invitados al Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) Carrizal, ubicado en la zona rural del municipio de Remedios, al nordeste de Antioquia, para hacer parte del tercer campamento Siembra tu árbol por la paz:

Aterrizamos a las 11:30 de la mañana. Juanjo, aún pálido por el mareo sufrido hacía unos instantes, nos apuraba a tomar el equipaje e instalar los instrumentos en la camioneta de la ONU. Allí, en el corazón de la Serranía de San Lucas, las miradas afables y los saludos protocolares no delataban su impostura como en la ciudad: podría pensarse que la serenidad se acompañaba con un aire de reconocimiento respecto a la situación propia; los retazos de lugares que parecen más bien una escisión de la realidad, la selva.

Días serenos. Sí, algunos de los muchachos concentrados en sus exploraciones personales regresaban luego al cuarto, destellando vapor en la mirada. “¡Hay una camada de gallinazos, rey!” o “hace demasiado frío cuando llueve en la mañana”, conversábamos. En su mayoría nombres nuevos, y aunque distantes al principio, bastó una noche de tertulia y rimas con potentes armonías para entender el reflejo recíproco que construíamos entre esa humilde morada con techo de zinc.

El lente atento de Jaco, la profunda pesadez letárgica de Diefer, las chicas instaladas en el primer cuarto y un largo etcétera, tomaron paulatinamente su lugar en ese orden apenas alcanzado, aunque con el paso de las horas diera la impresión de que siempre estuvo ahí, de que siempre había sido así y de que no tenía por qué ser de otra manera. Nos encontrábamos presos de una agradable sumisión. ¿Podría a todo eso llamársele romance? ¿Comedia quizá? Lo cierto es que la barrera de la intimidad se desdibujada por largos ratos, para recordarnos a su vez que la piel es la frontera de los semejantes: artificio.

Límites finalmente, imaginarios que llaman, porque aquí el mercado de los significados son un monopolio. Dones, señoras, perros que no ladran y plátanos del tamaño de un antebrazo nos aparecían como ajenos, bifurcaciones distantes de un nicho ameno a quienes (todos nosotros) la montaña aún nos hace eco. Era inevitable sentir un pesimismo circundante en esos paisanos negados al porvenir antes prometido en discursos aprendidos de repetidos. Ahora los alias fungen de diferente modo en tanto la camaradería y el concubinato juegan a la civilidad, elevándose a nuestras interpretaciones, naturalmente ajenas si se quiere, pero concatenadas.

Podíamos ser pintorescos, de seguro que así se presentaban hasta las sombras bajo 34 grados. Formábamos un caleidoscopio generacional curioso, entre periodistas, intelectuales, académicos de diversa índole, artistas con la humilde intención de presentar su trabajo, dejar alguna semilla y traerse algunas cuantas; no pudimos evitar acompañar el ejercicio creativo con las imágenes que la experiencia imprimía sesudamente en nuestros espíritus.

Aquel otro: ese tan difícil de ver en un espejo, en un intento de nación donde hay tantos países y resultamos tan distintos en cuestión de kilómetros. El morbo que nos produce la guerra a aquellos que nos sentimos alejados de ella, cuando todos fuimos víctimas, pero no de la misma manera. El otro: el de las manos sucias, el que nos pintaron como extraño, muchas veces como enemigo, ese otro también canta y baila, ríe y llora, también fue un niño inocente. La tierra: esa otra, la mutilada, la acabada, la resignada, el motivo de la disputa. Antes de todo, la Serranía de San Lucas fue el hogar de oso de anteojos y el camino del jaguar. Si nuestra forma de vivir y pensar depende del lugar que habitamos, ¿cómo es eso cuando se está en constante movilización? ¿Cuando ya no hay tierra y fue vendida a otro? Siempre a otro, y el dinero, nunca será un hogar.

Ahora, desde la comodidad de un escritorio (mesa de trabajo con cenicero aledaño) presentamos una suerte de segregación del ego, meditativa y conectada insistentemente a una representación general. Es imposible asegurar si querrá desprenderse pronto, pero, en la medida que aquellas impresiones nos acompañen, viajarán a nuestra vera múltiples mundos, con suerte en alguno de ellos se podrá desarrollar una verdadera revolución, necesariamente estética, si no ¿qué caso tendrían los encuentros al ocaso?

 

 

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