Chucho Minga: el palpitar de un caminante de la palabra

Yo lo esperaba en el apartamento de un viejo amigo; me había hablado tanto de él, de su capacidad para juntar los procesos, para analizar las cosas, su tesón para el trabajo con la gente, que sin conocerlo ya lo admiraba. Lo vi entrar por la puerta, se le notaban los años, pero irradiaba tanta vitalidad que uno identificaba allí a un hombre con la efervescencia propia de las juventudes más rebeldes. Esa cálida mañana conocí a Chucho. Me habló de la Minga, del Precongreso de los Pueblos, de caminar la palabra y mandar obedeciendo. Pronto nació una relación de compañerismo intenso entre ambos.

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Hablando con Amanda Chavarría, su compañera de vida, con la que luchó, construyó sueños colectivos y con quien dieron vida a Juan, su único hijo, supimos que Chucho nació un 16 de enero de 1953, en el corregimiento de Altamira del municipio de Betulia (Antioquia). Desde los 16 años ayudó a organizar varias tomas de tierras para comunidades que no tenían dónde vivir. Desde entonces estaba sintonizado con el movimiento social, particularmente con el movimiento campesino ligado a la ANUC (Asociación Nacional de Usuarios Campesinos). Poco después trabajó con una organización que se llamaba Solidaridad Un Peso por Cuba, que tenía como propósito conseguir recursos para enviar a este país.

Hizo parte de varios sindicatos de Medellín, como Asivipa, un sindicato de vigilantes. Con amigos organizaron también varios grupos de trabajo en algunos barrios para prestar vigilancia, por una parte, para tener la relación con la comunidad, y por otro lado también para ayudarse económicamente a sobrevivir.

Participó en la preparación de los diferentes paros que hubo en el departamento de Antioquia, como el paro de 1977 y 1985. En este último se hizo un encuentro en la ciudad de Bogotá al que llegó gente de todas partes: campesinos, indígenas, afros, obreros, gente de los barrios, estudiantes de diferentes universidades, entre otros, para preparar lo que fue el paro cívico nacional de ese año. Chucho estuvo de lleno en esa labor.

Esa dedicación, sus métodos de trabajo y la conciencia que él había desarrollado lo fueron proyectando como un líder de alcance nacional, y como era opositor a las políticas de Gobierno, fue detenido en 1994 en el marco de la cacería de brujas que buscaba ligar al movimiento social con la insurgencia. Esa privación de su libertad física duró 14 años, hasta el año 2008.

Allí también se organizó con los presos políticos. Pasó por distintas cárceles y en ellas se empeñó en el trabajo de derechos humanos y de convivencia de todas las personas privadas de la libertad. Se esmeró por el reconocimiento que se le debe dar a las personas que están en las cárceles por motivos políticos. Cuando salió de la cárcel ya tenía una vivencia, una experiencia que le permitió continuar trabajando con los familiares de los detenidos políticos, y con la población carcelaria en general.

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Desde esa mañana me acerqué y empecé a caminar con él la palabra. Aprendí de su espíritu crítico, de su terquedad, de su paciencia y su alegría. Él era un joven de espíritu llevando con valentía el cuerpo de un veterano de mil batallas.

Él podía pasar horas enteras conversando con alguien, un vendedor informal, un académico, un sindicalista, una líder feminista, un estudiante, un habitante de calle, un “pillo” o un gran dirigente político. Pero no era un hombre solo de palabra, sino ante todo de acción. Dedicaba cada hora de su vida a conversar, escuchar, proponer y hacer: ese era su palpitar, su caminar la palabra, ir haciendo desde el mismo acto de poner en común o en contradicción las ideas y desde allí tejer las acciones transformadoras. Era en esencia un sujeto del cambio, polémico, irreverente, cuestionador, pero profundamente disciplinado y dedicado a los intereses populares.

Durante 2008 hasta el día que su corazón dejó de latir, y sus pasos se hicieron palpitar en la memoria de muchos, Chucho se dedicó con ahínco a la construcción del Congreso de los Pueblos en el Eje Cafetero. Se volcó a las veredas recogiendo y regando semillas como todo un custodio; por ello, las Escuelas Agroecológicas de la región lo acogieron y abanderaron como uno de los suyos. Se adentró en barriadas populares para trabajar con adultos mayores, con pequeños productores y parceleros, con artistas populares, con jóvenes, estudiantes universitarios, sindicalistas y todo el complejo y diverso mundo del campo popular. Para unos Chucho era un irreverente y crítico severo que polemizaba hasta una coma, para otros, la gran mayoría, Chuchito era un tejedor, un relacionista, un verdadero trabajador popular que sabía, y actuaba en correspondencia con ello, que solo el trabajo con la gente de a pie, desde la base, podría labrar los cambios necesarios para nuestra adolorida Colombia.

Desde finales de 2014 cuando su salud se quebrantó, enfrentó con la dignidad del guerrero aquella penosa enfermedad que lo invadía y no cedió ante ella ni un segundo. Tomó los cuidados necesarios entre la medicina ancestral y occidental, y siguió sin pausa en sus tareas. Puso lo mejor de sí para afianzar procesos agroecológicos en la región, sobre todo para emprender con más urgencia y tacto la labor de tejedor y así juntar diversos sectores sociales en función de la defensa del territorio y la lucha contra el modelo de despojo, en el marco de la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular. Este fue su más persistente anhelo en el último tiempo.

Aunque sus pasos se habían vuelto mucho más lentos que de costumbre, producto de aquella dura enfermedad que se acicalaba también entre su ya difícil diabetes, su sentir y su espíritu continuaban irradiando a quienes lo rodeábamos. La última vez que lo vi, estaba bastante débil, iba para Medellín a someterse una vez más a procedimientos médicos que le frenaran la metástasis que ya el cáncer le había hecho. Le preocupaba irse en ese momento porque se preparaba un gran encuentro regional por la defensa del territorio, y sin temor a engaños, Chucho era quizás el gran gestor de ese esfuerzo. Yo saldría de viaje también en un par de días, me dijo que había que seguir haciendo esfuerzos por la unidad, que había en la región un potencial enorme desde diversas colectividades y procesos sociales, que era necesario acercarnos a ellos y no esperar que ellos llegaran a nosotros. Tenía la esperanza de recuperarse para dar un poquito más en ese propósito. El mismo día que regresé de mi viaje me dieron la noticia de su fallecimiento.

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Ningunas palabras pueden describir mejor a Chucho que las de su compañera de vida, cómplice y estandarte: “Chucho era una persona muy tranquila, muy pensante. Fue una persona muy amorosa con todo el mundo, el hombre irradiaba amor por todas partes, entonces en lo personal fue muy humano, pero sobre todo muy tranquilo, no se preocupaba o no lo veía uno con esos desesperos o carreras. Siempre pensaba en qué vamos a hacer con esto, con aquello, como la preocupación por las demás personas. Él hablaba mucho de la normalidad de la muerte. Cuando él se dio cuenta que tenía cáncer, que no fue cuando se lo dijo el médico, sino que él ya lo intuía, él dijo no, yo ya sé que tengo cáncer, pero no, eso es bonito porque es que nos tenemos que preparar para la vida y nos tenemos que preparar también para la muerte”.

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