Imprimir esta página

Editorial 150: ¿Si lo dicen los poderosos, póngale la firma?

Desde hace mucho tiempo la humanidad se ha inclinado, al parecer, por la consigna de creerle al poderoso y negar al humilde. Si los gremios económicos sienten que sus ganancias no son acordes a lo esperado, proponen reformas para ajustar sus expectativas, y sus gobiernos, los congresos, “sus instituciones”, y por supuesto los medios masivos de comunicación, salen a vociferar miles de razones para convencer a los pueblos sobre la necesidad de esos cambios. La mayoría de los afectados con esas transformaciones simplemente no se dan cuenta del engaño ni del daño causado.

Así convencieron a casi todo el mundo de que lo privado era mejor que lo público, que lo público era corrupto, ordinario, de mala calidad e ineficiente. Con ese argumento baladí, las familias más poderosas, los ricos, los empresarios y los políticos corruptos, convirtieron en negocio el agua y la tierra, se llevaron a sus bolsillos toda la riqueza natural, la comida de los humildes. También se apropiaron de la riqueza producida por el trabajo de miles de asalariados y explotados, en especial de la plata de sus pensiones, la de sus ahorros de cesantías, sus primas de servicio, la salud, vivienda y educación de sus hijos e hijas; les esculcaron los bolsillos a los pobres para salvar bancos y banqueros, para engordar ladrones de cuello blanco. Toda la riqueza de esta nave espacial llamada planeta tierra cae a chorros en sus arcas y de allí extraen migajas para continuar un ciclo interminable de injusticia.

Y la cosa no para allí. Cuando los humildes y desposeídos se organizan y exigen con justicia sus derechos, y protestan y reclaman, los que se han enriquecido a costillas de estos, los poderosos, arremeten de nuevo: se necesita mano dura, orden, moral y honor para defender la patria de la amenaza populista que podría expropiar los harapos y los tiestos de los pobres. Ahora no bastan los aparatos de engaño masivo, se requiere la fuerza física y la violencia legítima del régimen, el crimen, el desplazamiento, la masacre, la cárcel, el robo; y de nuevo los empobrecidos aplauden a “las instituciones”.

Aun así, hay quienes no aplauden, se organizan, denuncian, investigan, escriben, y a gritos informan y argumentan seriamente, y llaman a los empobrecidos y explotados al cambio. Pero a pesar de su esfuerzo casi nadie los escucha, a veces ni siquiera se creen entre ellos; sus medios de comunicación e información son débiles, marginales y en lugar de fortalecerlos y luchar unidos por recuperar el derecho a la comunicación y a la autonomía, se desalientan, huyen, se apartan, critican sin hacer nada por resolver el asunto de fondo, o esperan que la ética o la decencia de algún periodista de los medios masivos los rescate. Mientras tanto, los libros con grandes e impecables investigaciones, o las propuestas y sueños de nuevo país se quedan en las bibliotecas de sus oficinas, en los escritorios, o en los periódicos madurando aguacates; al parecer para generar el cambio están las redes sociales: tal vez un día una buena convocatoria provocará la revolución.


Una que otra vez, alguno de los grandes aparatos de engaño masivo reconoce el daño causado a la humanidad, y denuncia, señala y confronta en apariencia a sus dueños, tratan de decir que sí hay democracia en estos aparatos de engaño y que así como se alteró la realidad en favor de los poderosos podría hacerse en favor de los humildes. Entonces ocurre lo inesperado, los inconformes asumen que hay un cambio sincero dentro de los medios, se olvidan por completo que tienen dueños y que estos son los mismos que provocaron el caos y la injusticia, y creen que es posible que un par de comunicadores éticos y periodistas íntegros puedan cambiarlo todo. Así nace y crece una nueva esperanza, en realidad un nuevo engaño, pues mientras estos periodistas no se metan con el problema de fondo, el aparato les va a permitir hacer su trabajo, pero el día que toquen la cereza del pastel los van a despedir sin contemplación, o tal vez algo peor.

Y así como sucede dentro de cada país, ocurre en el ámbito internacional. Los ires y venires de la geopolítica de vez en cuando le permitirán a un poderoso decir más cosas que a otro; algunos mandarán a callar a los menos grandes, como hizo el New York Times. Duele saber que los crímenes del Estado que por décadas han padecido y denunciado los humildes, solo tengan eco y credibilidad cuando lo dice un poderoso.

Es lamentable que la suerte de una sociedad esté en manos de los poderosos, pero es peor que los inconformes estemos esperando que la solución llegue como por arte de magia de estos poderes que nos han socavado la dignidad. La salida del gran periodista Daniel Coronell de la poderosa revista Semana es un ejemplo, más no es el primero que ocurre en Colombia, del poder que maneja la economía, la política y la ideología en nuestro país. Pero a la vez es la demostración de la debilidad que acompaña la propuesta política de cambio y transformación de las fuerzas progresistas y democráticas.

La comunicación popular, la prensa alternativa, las iniciativas culturales y creativas que existen en nuestro entorno social siguen viendo cómo las marginan los mismos que las deberían fortalecer. Las posibilidades de construcción de autonomía, poder popular y democracia pasan por ser dueños de nuestra propia realidad, por poder construir coyuntura y no salirle al paso a la de los poderosos. Hay que voltear la mirada a lo que tenemos en nuestras colectividades, procesos y organizaciones y creer en esas propuestas.

No debemos poner sobre los hombros de la comunicación popular y las iniciativas alternativas toda la responsabilidad del cambio social, pero sí hay que darle la importancia que se merecen. Siempre cabrá la esperanza de ver juntos en un gran proyecto comunicativo y cultural a las decenas de periodistas, intelectuales, artistas, fotógrafos, cineastas, escritores, músicos y creadores en general que hacen parte del sueño transformador. ¿Cuándo sucederá?

 

Ilustración: Juan David Gil Villegas

Share this article

Acerca del Autor

Periferia