Relatos desde la Minga indígena en Putumayo

 

En el Putumayo, la Minga Indígena no ha terminado. Ya se cumplen aproximadamente dos meses de unión y resistencia, desde que bastones, banderas y plegarias se convirtieron en el arma de los pueblos indígenas para enfrentar cualquier amenaza y reclamar sus derechos.

Aunque la minga cumple 46 días, sus antecedentes se remontan al 2010, cuando gracias al liderazgo de José Homero Mutumbajoy, del resguardo Inga de Tunguillo, las comunidades se alzaron contra la violencia. La minga resurgió en el 2012 y se consolidó en el Resguardo de Condagua, donde llegaron a acuerdos con el Gobierno nacional que hasta el momento han sido incumplidos; por eso renació la “Minga de Resistencia”, un movimiento que hoy busca la creación de mesas de diálogo que permitan resolver las problemáticas en materia de territorio, derechos humanos, consulta previa, cultivos ilícitos, seguridad de líderes y lideresas, entre otros.

Los guardianes

En medio de la vía que desde Pitalito conduce al departamento del Putumayo, a 18 kilómetros de la ciudad de Mocoa, está la vereda Yunguillo, donde este proceso de resistencia ha tenido lugar. Sobre su carretera, se encuentran aproximadamente 200 personas que conforman la “Guardia Indígena”, es decir, los encargados del cuidado de la comunidad.  

Entre bastones y filas, la guardia visualiza a las personas que transitan su territorio, pero además da a conocer los motivos de esta movilización a los conductores de camiones, volquetas, carros, buses y motos por medio de volantes y de sus voces.

La cultura y la ancestralidad para muchos tienen poca importancia, pero para los pueblos indígenas siguen siendo vigentes. Los Cofán, Awá, Pastos, Inga, Yanacona, Coreguaje, Kamentsá, Siona, Kichwa, Murú, Emberas, Pijaos y Kiyasingas, buscan fortalecerlas en sus niños y niñas, y es por eso que en la Guardia Indígena se puede participar desde los siete años hasta los 150. En Putumayo son aproximadamente 700 participantes, de los cuales hacen presencia 200, acompañados por su bastón de mando. Su chaleco posee el nombre del pueblo al cual pertenecen y sus cintas identifican los colores de su bandera.  

La Guardia Indígena “es la parte fundamental del equipo humano para apoyar a las autoridades con el proceso de protección del territorio. Es la autoridad que protege los lugares sagrados, la parte espiritual de nuestros Mayores, las cordilleras donde nace el agua, la medicina, las montañas. Ese es el valor de ser guardia dentro de las mingas”, añade Luis Jansasoy Quinchoa, coordinador del grupo Cuidadores de la Madre Tierra. A su lado está Sinaida Yucurujaca, una mujer guardiana. Ella muestra la importancia de su rol dentro de la familia, dice que ser guardiana es una manera de mostrar la equidad, de apoyarse mutuamente con el hombre, y que ellas también son capaces de cuidar a su comunidad.

La comitiva de la Minga

Entre kioscos y senderos está reunida otra parte de la familia. Unos descansan mientras sigue su turno en la guardia, los otros organizan la comida y la bebida para sus compañeros y compañeras. En la hoguera hay una olla grande, la denominada “olla india”, mujeres y hombres preparan los ingredientes, pican la papa, la yuca y otros cargan el agua, porque se encuentra en un tubo a unos seis metros de la carretera.  

Cuando el almuerzo está listo, Luis hace el llamado. “El fisco -nombre que le dan al alimento- ya está para que pasen primero”, les dice a las mujeres. Luego, el grupo de “los “tigres” se dirige a la hoguera, y así sucesivamente va avanzando la comitiva indígena. Un hombre alegre, risueño y amigable es quien sirve la comida. Con un plato sopero saca el alimento de la olla para servirlo a las demás personas.

Se escuchan risas y chistes mientras comparten la comida: “Ya vienen los antimotines, para que les guarden la comida”, haciendo referencia a lo sucedido el lunes 29 de abril, cuando fueron atacados por el Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD). El arroz se acabó y los últimos de la guardia esperan. Unas 12 personas rodean la hoguera esperando el arroz, y otras más, pendientes por si se podía repetir. La comida en la minga es otro de los temas para recordar el trabajo en equipo. Siempre se acompañan mientras se alimentan. Entre adultos, niños y niñas, se mandan razones y así llegan al kiosco por el “fisco”.

El lugar sagrado, el lugar espiritual

A cinco minutos de la vía nacional, está ubicado el resguardo Condagua. “Este espacio particular es un resguardo tradicional, sagrado, que le pertenece a los Inga. Siempre buscamos un espacio de territorio propio, es aquí donde está la armonía, la espiritualidad y el ejercicio de la territorialidad”, expresa Mary Rojas, hija del pueblo Pastos, mientras el sol empieza a salir y los niños y niñas juegan descalzos en medio del barro.  

Al lado izquierdo del territorio, está la tienda Samuych Suma Samay –Bienvenidos a la casa de la sabiduría– de don Ramiro Silvino Chindoy, médico ancestral, quien da el conocimiento espiritual por medio de la medicina de la ayahuasca o yagé, al comenzar algún evento. Ramiro cuenta que en cada reunión busca orientar el pensamiento, darle amor a la palabra junto a la ayuda de los abuelos y la medicina, para que todos lleguen a un equilibrio y así se pueda tener unidad en la minga.

Mientras sonríe y muestra sus dientes blancos, dice que la toma del yagé también es importante, pues por medio de ella se brinda apoyo a los hermanos que están al frente para fortalecer cada comunidad. En su casa construida en madera hay una habitación con todas sus plántulas, bebidas, piedras y demás elementos. Allí hay una silla con forma de cama, y un ventanal para visualizar el horizonte, adornado con árboles, montañas y animales. Ramiro narra la historia y el uso de cada una de las plantas presentes. “Estas son las que permiten la armonización”, dice. Cuando reciben los ataques del ESMAD, se encarga de ayudar a eliminar todo el gas tóxico dejado por los gases lacrimógenos; por medio de alguna bebida para vomitar inicia la limpieza. La medicina “es la unidad de pensamiento de la Minga de Resistencia”.

Frente a la casa de Ramiro hay un salón comunal, ahí se reúnen gobernadores y autoridades de la Organización Zonal Indígena del Putumayo (OZIP), y representantes del gobierno de la ciudad de Mocoa. Está presente la Defensoría del Pueblo. La comunidad da a conocer las agresiones recibidas y presentan los cartuchos con los que fueron agredidos varios indígenas. Los funcionarios mencionan las denuncias recibidas y manifiestan que los indígenas han atacado con disparos a los del ESMAD, acción refutada por los y las gobernadoras. La “única arma física ha sido el bastón”, dicen.

Mientras cae la noche en el resguardo Condagua y la reunión continúa, la guardia empieza a llegar, se sientan alrededor del salón, en una cancha de barro con poca iluminación. Entre los murmullos se escuchan personas que hablan sobre la reunión con delegados del Gobierno nacional para alcanzar un acuerdo frente a las falencias presentadas y por la defensa de su territorio. Pero una vez más, y por quinta vez en estos dos meses, el gobierno dejó la silla vacía.  

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Natalia Andrea Peña Chacón

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