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La imaginación al poder

A mediados del siglo XX, el gobierno gaullista en Francia, en cabeza del general Charle de Gaulle, ejerció un control total de todos los medios de comunicación. Frente a esto, pequeñas irrupciones organizadas empezaron a construir mecanismos para descentralizar las fuentes de información y generar brotes de descontento y oposición. Radios, afiches, grafitis y comités por la libertad de expresión acompañaron la bola de nieve que luego conoceríamos como Mayo del 68.

La recordada revuelta de la primavera de mayo del 68 en Francia tuvo sus orígenes el 22 de marzo en la Universidad de Nanterre, en París. Estudiantes que protestaban contra la detención de seis militantes de un grupo antiimperialista forjaron un movimiento que continuó realizando diversas acciones, tras las cuales la Universidad fue cerrada. El descontento se generalizó y el 3 de mayo se realizó otro mitin en la Universidad de La Sorbona en el que la Fuerza Pública respondió con atropellos, generando una sublevación que duraría varias horas. A raíz de esto, sindicatos de la educación decretaron una huelga indefinida que generó más protestas, a las que luego se le sumarían razones como la oposición a la guerra de Vietnam y reivindicaciones de democracia estudiantil.

De esta manera, el lunes 6 de mayo se realizó otro mitin histórico en el que más de 10.000 estudiantes, obreros y desempleados estuvieron hasta la media noche en barricadas y enfrentamientos contra la Fuerza Pública. Aquel día empezaron a aparecer inscripciones con mensajes en los muros de las calles que contenían las revueltas. No eran mensajes del partido socialista o comunista, ni propaganda anarquista, eran deseos humanos: "Seamos realistas, pidamos lo imposible".

Grandes batallas campales se siguieron desarrollando en días posteriores, y los sindicatos y centrales obreras convocaron a huelga nacional para el 13 de mayo. Ese día, cerca de un millón de obreros desfilaron por las calles de París junto a maestros y estudiantes. Estos últimos decidieron ocupar nuevamente la Universidad de La Sorbona, y de forma imprevisible ocurrió que los universitarios abrieron las puertas para que los obreros también participaran de la ocupación. Empezaron a aparecer inscripciones, carteles y consignas en las paredes de La Sorbona y de la ciudad que tendrían una amplia resonancia.

A partir del 17 de mayo tuvo lugar otra huelga general e indefinida a nivel nacional, a la que se sumaron más de nueve millones de manifestantes, y que paralizó todo el país. En solo una semana millones de personas se sumaron y el descontento tomó forma en buscar romper los condicionantes de la vida funcional y de las manipulaciones ideológicas y mediáticas. Era un ambiente festivo, de accionar el sentir y sin roles jerárquicos, más que de apuestas estratégicas. Los desconocidos se saludaban y se encontraban en la acción, se respiraba libertad y revuelta. Esto desató una ola de creatividad política y de sentires nuevos que se reflejaron en los grafitis, volantes, radios, canciones, y talleres para la creación de estas piezas.

Mayo del 68, como diría Patricia Badenes, “representa el único y último momento en el que una sociedad, casi por completo, detuvo la maquinaria de su vida cotidiana, salió a la calle y liberó la palabra que llevaba prisionera en su seno”. Tanta fue la magia de esta corta irrupción que hasta un ente gubernamental del gaullismo como Claude Mauriac afirmó años después: “Lo que era fabuloso, en mayo, era la atmósfera, el aire. Aquéllos que no lo han conocido no lo pueden comprender, y siempre les faltará haber vivido esta experiencia”. El buen clima de aquella primavera hizo de las calles el lugar común para la discusión, la acción y la intervención de un sin número de piezas, que representaron un caso excepcional debido a su masividad, creatividad y carga transgresiva. Badenes dice que se contabilizaron más de quinientos carteles y cuatrocientos grafitis diferentes en esta revuelta.

Antes de que las protestas en Francia estallaran, la Secretaría de Estado para la Información había creado el Servicio de Enlace Interministerial para la Información. Desde allí se reunían diferentes funcionarios ministeriales con dirigentes de radios, periódicos y canales de televisión para coordinar la información audiovisual antes de ser emitida. Era una sociedad donde el 70% de los hogares tenía televisor, y Charles de Gaulle leyó bien el inmenso poder que en ese contexto tenían los medios de comunicación para transmitir mensajes que secundaran su proyecto político. Por eso, el ejercicio de contra información fue exitoso frente a la realidad comunicada por los medios de información oficiales, controlados por el Gobierno.

El epicentro de esta efervescencia contra informativa fue el taller Branchon de la Escuela de Bellas Artes, que luego sería bautizado Atelier populaire (Taller popular). Este taller tuvo su origen cuando un gran conglomerado de artistas que hacían presencia en las discusiones de La Sorbona decidió empezar a actuar, ideando y creando las piezas gráficas que serían la insignia del Mayo del 68. Allí se construyó lo que sería el valor agregado más importante de esta revuelta: su propuesta estética y simbólica. Por primera vez en una revuelta revolucionaria no predominaban panfletos partidistas, de movimientos o centrales obreras, sino que el arte mismo era el motor de las ideas que quedaban plasmadas en los muros. La fuente de información no era el comunicado del partido, sino el afiche y el grafiti anónimo en la calle.

Los afiches eran producidos con técnicas de litografía y serigrafía. El taller funcionaba toda la noche y a primera hora de la mañana grupos bien organizados llenaban de carteles toda la ciudad. Tanta fue la acogida de esta propuesta que se creó un manual de serigrafía para descentralizar la producción de estas piezas, así surgieron “talleres populares” por todo París y Francia. La mayoría de estos carteles eran sencillas combinaciones de texto e imagen, porque como diría Patricia Bedenes: “las mezclas resultaban complejas, porque la urgencia revolucionaria exigía ser práctico”. Mensajes contra la policía antidisturbios o Charles de Gaulle, y palabras de ánimo a la lucha eran las piezas más recurrentes.

La efervescencia se diluyó poco a poco, y el 25 de mayo las centrales obreras llamaron a terminar todas las protestas y huelgas, proponiendo negociar reformas en el marco de derechos laborales y económicos de los trabajadores. El Gobierno también repitió el llamado el 30 de mayo, y propuso dos caminos: la represión o las elecciones legislativas. Los líderes sindicales optaron por las elecciones y la salida negociada, lo que representó la pérdida de fuerza de todo el movimiento. Así, para mediados de junio todos los sectores habían negociado, o sus protestas habían sido reprimidas.

Mayo del 68 no cambió ni el poder ni el sistema, pero marcó un hito en la resignificación de la práctica revolucionaria, con una inmersión estética y sensitiva que hoy es imprescindible en las luchas y procesos contra informativos y revolucionarios. Frases como "La imaginación al poder", "Bajo los adoquines está la playa", "Haz el amor y no la guerra", "La belleza está en la calle", "Seamos realistas, pidamos lo imposible", todavía retumban y suenan en reivindicaciones actuales

 

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Acerca del Autor

D.Alejandro Pérez