Sobran razones para vivir

Fue la angustia la que llevó a los defensores y defensoras de derechos humanos de diferentes organizaciones sociales, populares y de algunas ONG a pensar en una acción política, una iniciativa de gran envergadura, que mostrara la magnitud de la tragedia que deja el genocidio de los que luchan por defender la vida, la libertad y dignidad en los territorios.

Al llamado acudieron miles desde Cauca, Chocó, Valle, Nariño, Arauca, Bolívar, Norte y Sur de Santander, Cundinamarca, Casanare, Meta, Putumayo, Atlántico y Magdalena, entre otros. Dejaron temerosos sus parcelas para apostarle al Refugio Humanitario por la Vida, una forma de protestar desde sus corazones buscando conmover a todo aquel o aquella que aún tiene en su pecho un corazón latiendo. Su objetivo era llamar la atención de una sociedad que ve los toros desde la barrera sin percatarse de su crisis humanitaria, y dar cuenta del genocidio que desde el primero de enero de 2016 y hasta hoy le ha costado la vida a más de 620 de sus hermanos y hermanas, y la libertad a otros cientos.

Llegaron a Bogotá en caravanas desde muy temprano el día 28 de abril. Y aunque la cita era para resistir a la muerte, las sonrisas reflejadas en sus rostros retaban con humildad la adversidad que cargaban en sus maletas llenas de dolor, sacrificio y pesar ante la pérdida de sus líderes, aquellos que habían dejado enterrados, amenazados, o tras las rejas de una mazmorra inhumana de esas que solo abren sus puertas a los pobres y se mantienen cerradas para los criminales de cuello blanco.

Fue una protesta digna, no era para llorar y pedir compasión al Gobierno, era para mirar a los ojos de la sociedad que los ignora y mostrarle su valor y compromiso con la vida, y con el país. También para exigir a las instancias nacionales e internacionales su obligación ética y legal de garantizar sus derechos humanos y decirle al mundo entero que en Colombia no hay autoridades que puedan y quieran detener el asesinato sistemático y selectivo de líderes y lideresas; para denunciar que incluso los miembros de la fuerza pública asesinan con alevosía a quienes le apostaron a la paz.

Una semana antes de instalar el Refugio Humanitario por la vida de líderes y lideresas, el 22 de abril, en Convención Norte de Santander el Ejército le quitó la vida a Dimar Torres, un excombatiente de las Farc, sin razón alguna. El hecho fue descubierto y enfrentado por la comunidad que pudo confirmar el homicidio y detener la consumación de un falso positivo. El cuerpo de Dimar, visiblemente torturado, iba a ser enterrado en una fosa que acababan de abrir los uniformados, pero lo peor de todo fue que el Ministro de Defensa, quien representa al más alto Gobierno, no solo justificó el asesinato, sino que trató de evadir la responsabilidad de la tropa inventando versiones que dejaban en el ambiente que todo había sido un accidente. A pesar de que los propios generales de división responsables de esas tropas reconocieron el grave crimen y pidieron perdón, hoy el ministro Botero permanece campante en su cargo y el presidente Duque guarda silencio.

Y en Nariño, el 28 de abril fue asesinado por desconocidos Marco Agrada, otro líder social integrante de la JAC de Leiva, que se disponía a participar en el Refugio Humanitario de Bogotá. Lo mataron antes de viajar. Tal vez los asesinatos viles de Dimar y de Marco son una respuesta cínica y despiadada del Estado y de los sicarios a la protesta, o simplemente un mensaje cruel a la humanidad que clama justicia.

Sin embargo, el Refugio cumplió sus objetivos, millones en Colombia y el mundo siguieron a través de los medios la valiente y digna jornada que contenía un programa de cinco días con acciones culturales, políticas, movilizaciones, audiencia en el Congreso de la República y visitas a embajadas y a la Unión Europea para pedir masivamente medidas de protección internacional, algo que jamás había ocurrido en Colombia, a pesar de los miles que han abandonado el país para proteger su vida.

Las tamboras de los pueblos negros retumbaron con más fuerza, los bastones de los pueblos indígenas se hincaron más alto, las banderas campesinas hondearon con orgullo, los cánticos de los jóvenes y los estudiantes se escucharon con más brillo, y las consignas dignas de las mujeres tuvieron mayor nitidez. Se escucharon en medio de las conversas cotidianas, a la hora de descanso dentro del Refugio, las valoraciones espirituales y filosóficas de algunos que compararon el refugio con el útero: “es la vida, aquí juntos y juntas apoyándonos entre todos y todas se siente uno más protegido como cuando uno está en el vientre de la madre”.

Protegernos y autoprotegernos, cuidarnos mutuamente, formar más guardias indígenas, cimarronas y campesinos para defender el territorio y la vida, construir refugios humanitarios territoriales para que los líderes y lideresas amenazadas o perseguidas puedan guarecerse allí, exigir al Gobierno la reinstalación de las mesas de garantías y otras instancias preventivas que eviten que el genocidio continúe, y adelantar asambleas humanitarias para hacer realidad todas estas ideas en los territorios. Al final, eso fue lo que discutieron y aprobaron los líderes y las lideresas que sesionaron durante un día completo en la Universidad Pedagógica Nacional en Bogotá.

Apenas estaban llegando a sus territorios los pueblos afros, agotados por las exigentes jornadas del Refugio, no se acababan de acomodar y deshacer de sus maletas, cuando recibieron en medio de su territorio, en Santander de Quilichao, departamento del Cauca, la terrible noticia del atentado con fusil y granadas que casi le cuesta la vida a sus mejores mujeres y hombres. Allí Francia Márquez y un puñado de sus compañeros y compañeras vieron de cerca a la muerte, palparon el desprecio que en Colombia se tiene por la vida. Sin embargo, el mismo cinco de mayo, día del atentado, desde muchos rincones del mundo y de Colombia se escucharon voces y mensajes repudiando el hecho, avivando la lucha y el valor del pueblo afro, haciéndoles entender que no están solos y solas. Hay que juntar a las colombianas y colombianos, al planeta entero si es necesario, en una sola voz, en un solo corazón para que entre todos y todas impidamos, sin más reparos, que se riegue más sangre de los perseguidores de sueños y utopías.

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