¿Qué queda de la Iglesia de los pobres?

El 68 fue un año que marcó la emergencia de grandes luchas revolucionarias: los jóvenes de París decidieron sacar las estructuras a la calle y declararse en rebeldía ante un gobierno anquilosado en la guerra fría. Vietnam enfrentó a sus enemigos imperialistas al igual que incontables naciones africanas que se reconocieron como “los condenados de la tierra” y gritaban por su libertad. Mandela, Fidel, el Che, Lumumba, Mosaddeq, Martin Luther King y Macolm X, dieron su voz a aquellos que siempre habían sido negados por la historia.

Entre tanto, en las selvas de Centro América, en los grandes “Certaos” de Brasil y en los pueblos mineros de Chile y el Perú, nació una nueva manera de leer en evangelio, de reconocer al Dios de los pobres: habría nacido la Teología de la Liberación.

Los comienzos
Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica se puso al día con el mundo moderno, amén de su patente culpa, por acción u omisión, en los males que aquejaron al mundo en las guerras de la primera parte del siglo XX. La Iglesia feudal, escolástica y poderosa, sencillamente no estuvo a la altura de las circunstancias históricas, y peor aún, demostró que estaba muy lejos del compromiso concreto que la fe exigía.

Esta reflexión llegó de manera diversa a América Latina. Si bien la filosofía de las luces guio la reflexión europea hacia una nueva fe madura, atenta a los retos de la mayoría de edad de la humanidad, en nuestro continente fueron las diferencias sociales las que marcaron el rumbo de la nueva forma de comprender el misterio de Dios. Lo que la escolástica tardía denominó la inmanencia, llegó en la Teología de la Liberación a identificarse con el mundo social, este explicado desde las categorías del marxismo. América Latina se vio como un continente en gran atraso económico y cultural, con grandes males como el hambre, el desempleo y la violación sistemática de los derechos humanos. Solo la filosofía de Marx en sus diferentes versiones podía dar cuenta y solución a estas situaciones, denominadas en el documento de Medellín como de “injusticia institucionalizada”.

Teología Acto Segundo
En nuestro continente, gran parte del trabajo intelectual se realizó en las universidades, que en su mayoría se cerraron endogámicamente sin dar cuenta de la realidad que las rodeaba y a la que debían responder con las armas de la inteligencia. El filósofo y el teólogo eran pues intelectuales encerrados en torres de marfil que al fin de cuentas servían al poder desde sus abstracciones, pues eran ciencias divorciadas del mundo. Los años sesenta fueron en América Latina una década de efervescencia de diferentes grupos y reflexiones de militancia política. Entre estos estaban, de manera especial, las Comunidades Eclesiales de Base (Cebs), que como células de organización plantearon verdaderos cambios sociales en los diferentes escenarios donde actuaban. Se puede resumir como un espacio de fe, de reflexión política y de praxis concreta para la liberación.

Esto cambió el lugar del teólogo y el intelectual; la reflexión se convirtió en acto segundo, en cuanto viene después del actuar liberador de la comunidad y el pueblo. La primacía no estuvo en la “ortodoxia”, sino en la “ortopraxis”, en el compromiso encaminado a la trasformación concreta de las realidades injustas. En este sentido, la comunidad no era objeto de la reflexión, o de una lastimera caridad de parte de la Iglesia institucional, sino sujeto mismo que genera saberes y procesos emancipatorios.

La fe encarnada en la historia
La fe se sintetizó como militancia, como identificación con la utopía del Reino de Dios, que no es más que el Reinado de la justicia del Dios liberador sobre la historia, la concretización de las más altas realizaciones humanas con la transformación de la sociedad, a partir de la socialización de la propiedad y la eliminación del pecado, entendido este como la negación del otro, y el egoísmo basado en la acumulación y la propiedad.

Por esto, la fe se comprometió con las luchas del pueblo, y no de manera abstracta. Fe es compromiso, encarnación en el sufrimiento de las grandes mayorías oprimidas. Los movimientos emancipatorios en lugares como Brasil, Nicaragua y El Salvador vieron cómo los cristianos comprometidos estaban en primera fila para encarar las luchas por la tierra, la defensa de los derechos humanos, la democratización, y la lucha contra las dictaduras.

Si consideramos todo el proceso de la Teología de la Liberación, nos encontramos con una diversidad de enfoques, de métodos y de contenidos. Esto se debe a la libertad en la creación, y a que cada teólogo le imprimió su propio talante, desde sus posibilidades y limitaciones, a la iluminación de ese complejo camino histórico que es la liberación del pueblo detrás del plan de Dios. Pero detrás de esa diversidad hay una unidad fundamental que es lo que permite hablar de una Teología de la Liberación. Esa unidad se ha conseguido en la medida en que la Teología de la Liberación se ha construido desde y para el pueblo oprimido, como lugar originario de la reflexión teológica. Esta teología ha estado más interesada en la liberación real que en la belleza formal de sus reflexiones sobre sí misma. Lo que unifica en el fondo a la Teología de la Liberación es la decidida voluntad de ponerse al servicio de la realidad para transformarla, y no meramente explicarla, y menos aún para perpetuarse a sí misma como teología.

Este nuevo modo de hacer teología lo vemos como un modo de superación de las teologías que se han entregado a nuestro continente, y que han sido importadas histórica y geográficamente. También a nivel de teología es una superación de esta, pues el teólogo es capaz, desde su subjetividad, de liberarse de las ataduras teóricas e ideológicas que se le ha impuesto, siendo capaz de explicar la realidad sin a priori, viendo el continente y sus situaciones como son y no como el aparato ideológico dominante quisiera explicarlo para su justificación.

En la Teología de la Liberación, el pueblo explotado toma la palabra para interpretar su realidad y poderla transformar. Hoy, cincuenta años después de la conferencia de Medellín, que reconoce como necesaria la reflexión sobre los pobres de nuestro continente para su emancipación definitiva, será de nuevo en las Comunidades de Base, en los más humildes, en los líderes que dan su vida por el pueblo, donde se mantenga viva la llama de la Teología de la Liberación.

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Álvaro  Lozano Gutiérrez

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