Unas elecciones para seguir escribiendo otra historia

Las recientes elecciones presidenciales, sin lugar a dudas, marcan un precedente en la historia reciente de Colombia. Como pocas veces, la disputa por la Presidencia de la República estuvo marcada por una clara confrontación de dos modelos de Estado y sociedad. Por un lado, estuvo la ya conocida clase política tradicional, que se agrupó alrededor de Ivan Duque, para dar continuidad al modelo neoliberal privatizador y motor del despojo, sumado al regreso de un discurso guerrerista y prácticas propias de la anticultura del narcotráfico.

Por otra parte, emergió la candidatura de la Colombia Humana en cabeza del ex senador y ex alcalde de Bogotá Gustavo Petro, quien logró recoger el descontento de millones de colombianas y colombianos que se sumaron con entusiasmo a su campaña, la cual levantó en el centro la justicia social y ambiental como claves para la construcción de una era de paz, tantas veces aplazada en Colombia.

El carácter antagónico de ambas propuestas marcó la agenda de los debates, las encuestas y todo el entramado mediático, con un claro respaldo de los medios masivos de comunicación como Caracol, RCN, Blu Radio, El Tiempo, entre otros, al candidato de la derecha reagrupada en torno a Duque.

Politización vs polarización
En el transcurso de la campaña los grandes medios y las distintas candidaturas de la derecha y del auto denominado centro (Sergio Fajardo y Humberto de La calle), se la jugaron por señalar de dos extremos a las candidaturas de Duque y Petro, generando con ello equivalencias en los peligros que representaban. De este modo instalaron en el imaginario colectivo la idea de la polarización y que ello representaba un riesgo para la “estable democracia” de nuestro país. Sin embargo, lo que no contaron ni contarán los medios es que del lado de la campaña de la ultraderecha uribista, fortalecida y respaldada finalmente para segunda vuelta por las élites económicas, financieras y empresariales tradicionales, y por los partidos oligárquicos de siempre, se apeló a la mentira, a las medias verdades y a la estigmatización. Con esto llenaron de miedo a las mayorías colombianas que empezaban a ver en la candidatura de Petro la posibilidad de salir de las condiciones de miseria e indignidad en que las mismas élites las han sumergido.

Entonces se señaló a Petro de castrochavista, guerrillero, ateo, inepto y tantas otras cosas, cuando este desde su programa de gobierno y sus correrías por cientos de plazas públicas en todo el país lo que expresó fue la defensa del Estado social de derecho, consagrado en la Constitución del 91, pero desmontado por las posteriores reformas impulsadas por las clases corruptas que han gobernado desde entonces. De ese modo, las oligarquías y las clases emergentes provenientes del narcotráfico demostraron que le temen profundamente a la democracia real, y que no están dispuestas a tolerar que se dé en Colombia siquiera un gobierno de carácter reformista como el propuesto por Petro.

Por su parte, aunque todos los demás candidatos, los medios de comunicación y los generadores de opinión se encargaron de decir que Petro polarizaba (es decir, poner la discusión en dos extremos), incitaba al odio de clases, al revanchismo y la venganza, lo cierto es que su campaña estuvo signada por la alegría, la multiplicidad de voces y formas de comunicar, y sobre todo por un profundo ejercicio pedagógico que permitió más que polarizar contribuir a la politización de millones de hombres y mujeres que lo escucharon en plazas, parques, emisoras, canales de televisión, foros y redes sociales, y que lograron entender que la crisis generalizada del pueblo colombiano tiene unas causas y unos responsables concretos que han gobernado durante 200 años, que sí es posible cambiar este país, que se necesita voluntad política y que el protagonismo de dichos cambios está en las ciudadanías.

En síntesis, la campaña de la Colombia Humana en cabeza de Gustavo Petro y Ángela María Robledo logró rescatar la política y sobre todo evidenciar por lo menos para 8'034.189 colombianos, que existen otras maneras de entender la política, de gobernar y construir país

Resultados que quiebran la historia, pero no la cambian
Es común decir en estos tiempos que en Colombia están sucediendo hechos históricos; más allá de la frase de cajón, no es descartable tal afirmación. Los resultados de la primera vuelta generaron algo que no se había dado antes, y es que la disputa por la presidencia hacia la segunda vuelta fuera entre un proyecto de despojo, miseria y muerte, y un proyecto reformista, progresista y con matices de izquierda, como alternativa para lograr cambios sustanciales hacia la dignificación de la vida.

Lo otro significativo es que los resultados muestran un creciente descontento con la política tradicional y también con el uribismo como forma particular de la política guerrerista y mafiosa, y mejor aún que existen posibilidades para las fuerzas alternativas que también van ganando en una dimensión de superar ser simplemente oposición para tener vocación de ser poder. A ello se suma que casi la totalidad de los sectores democráticos, progresistas y de izquierda confluyeron alrededor de una candidatura presidencial y se configuran hacia el futuro posibilidades de convergencias que disputen escenarios institucionales regionales y que den impulso a la movilización social.

Pese al avance de las fuerzas democráticas y a que empieza a evidenciarse un agotamiento del discurso hegemónico de las derechas, no podemos desconocer que estas lograron mantenerse en el poder, entre otras razones por la capacidad que tienen sus medios de comunicación para manipular y moldear la opinión y decisión de las mayorías; por el cansancio y desinterés de una porción muy grande de personas que no votan y sobre todo por la capacidad que tienen las élites tanto tradicionales como emergentes para juntarse y poner de lado sus limitadas diferencias en pro de defender sus intereses.

Los resultados de primera vuelta, cuando el candidato Germán Vargas Lleras salió estrepitosamente derrotado, llevaron a algunos a considerar que se había derrotado a las maquinarias. Los resultados en segunda vuelta, sin embargo, demuestran que eso no es cierto, que las maquinarias simplemente se aceitaron desde la primera vuelta con Iván Duque ante el decaimiento de Vargas Lleras, y que esto no se debe al simple engolosinamiento con la denominada “mermelada”, sino que muy seguramente obedeció a la estrategia pensada por esas élites para afianzarse en el poder. Las “distancias” del uribismo y el “santismo” quedaron a un lado para apostarle de nuevo a un proyecto unificado en todos los aspectos. Su división en materia de paz les sirvió para debilitar la posición negociadora de la Farc y del movimiento social, y lograr un acuerdo de paz ajustado al tamaño de sus intereses; ahora para seguir incumpliendo los acuerdos, limitar los escenarios de negociación con las demás insurgencias y con el movimiento social, necesitan volver a estar unificados para hacerle frente a un bloque democrático y popular en construcción que va ganando capacidad de ser gobierno y ser poder.

Nuevamente los mismos de siempre se erigen en la presidencia, y desde allí, con los poderes reales seguirán buscando defender sus privilegios a capa y espada, pero cada vez la tienen más difícil porque emergen nuevas ciudadanías que junto al movimiento social y popular se van abriendo espacio en la lucha por vida digna y justicia social. Los resultados de las elecciones presidenciales anuncian que otra Colombia está naciendo y que a los de siempre se les puede derrotar.

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