Reforma de Córdoba, entre legados y retrocesos

¡A estudiar, luchar y transformar!

 

¿Cómo explicar que cien años después de la Reforma de Córdoba las luchas del movimiento sigan teniendo vigencia? Pareciera increíble que una discusión que se dio entre las juventudes argentinas hace un siglo, que evolucionó y convulsionó a todo el continente, aún no se ha cerrado y, por el contrario, se amplía a una serie de peticiones que más allá de un carácter reformista, requieren de una transformación estructural de todo el orden social establecido. Son 100 años del levantamiento que la juventud de Córdoba le legó a los hombres y mujeres libres de Sudamérica, pero lastimosamente la situación actual no dista mucho de aquellas épocas, la diferencia radica en que las políticas neoliberales cumplen ahora el papel represor que cumplía en aquel entonces la iglesia conservadora.


El torbellino desatado desde la punta continental a todas las Universidades latinoamericanas en búsqueda de autonomía, mayor acceso de las capas sociales, cátedra libre, elección de los cuerpos administrativos por la propia comunidad universitaria, extensión universitaria y otras exigencias estipuladas en la Reforma Cordobesa, continúan iluminando el faro de luchas universitarias en la actualidad. El 2011, por poner un ejemplo, representó un año de resistencia en Colombia; la unidad y movilización permitió hacernos sentir y hacer desistir al Gobierno de una política que impulsaba la privatización de nuestras Universidades. Sin embargo, ellos no dejaron de trabajar y nuestro periodo de letargo posibilitó nuevos golpes que han continuado restringiendo el acceso a la educación a las capas populares y han convertido nuestros claustros y saberes en espacios exclusivos y privilegiados.

Las banderas atrás mencionadas continúan siendo hostigadas y burladas por Universidades que se presentan como nacionales, como públicas, como autónomas. Ni nacionales ni públicas, el filtro de ingreso a través de un examen –que por supuesto hay que comprar–, restringe todo derecho universal a la educación, no solo por su carácter lucrativo, sino por la evidente desventaja que tienen quienes han recibido una educación primaria y secundaria en colegios públicos, frente a quienes disfrutaron de las ventajas de la educación privada. Hace un siglo, la Universidad era un espacio para ciertas juventudes dentro del que se pugnaba por la apertura a las clases relegadas. Hoy, las juventudes se fragmentan en la disputa por el ingreso a la educación superior, inmiscuyéndose en una competencia absurda por hacer parte del privilegiado grupo que logra pasar el examen.

En términos de autonomía universitaria y cogobierno, podría sacarse a relucir el hecho de que ya no sea la iglesia quien determine las decisiones, pues las investigaciones científicas, desde todas sus aristas, no serían más que una fuente de conocimiento reaccionaria; no obstante, el pretencioso emblema de la innovación para determinar el camino de la cientificidad en las aulas, se ve comprometido con las decisiones que un pequeño grupo de directivas, elegidas en su mayoría por el gobierno de turno, determinen a su antojo. La lucha del movimiento estudiantil a través del siglo XX estuvo sin duda marcada, por lo menos en Colombia, por este aspecto, desde la máxima movilización estudiantil de 1971 en la que, entre financiación y otras reivindicaciones, se resaltaba el tema del cogobierno y la reforma a esos Consejos Superiores Universitarios que vienen siendo un obstáculo para la autonomía universitaria desde la década del sesenta, hasta la Mesa Amplia Nacional Estudiantil en el 2011.

La libertad de cátedra, por su lado, se ha convertido en el resguardo de la mediocridad de algunos docentes que encuentran reposo para su languidez investigativa, convirtiéndose las aulas –como diría el Manifiesto Liminar– en “fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil”. Esto, sin contar con la persecución oscurantista que parecieran querer traer algunos vigilantes del orden y la moral sobre quienes cosechan un pensamiento crítico en los estudiantes: Miguel Ángel Beltrán es quien podría ilustrar mejor este ejemplo. Perseguido a causa de sus ideas, censurado y destituido por una Procuraduría en manos de quien en su juventud se jactaba de quemar libros, ¿por qué? Por querer estudiar desde la Sociología un fenómeno que nos atañe a todos: el conflicto armado en Colombia y las raíces de las guerrillas.

Pero aquí no termina la burla de las banderas cordobesas: el modelo neoliberal y la idea de autofinanciación de las universidades, han convertido a la extensión universitaria y su compromiso con la sociedad, en una oferta de cursos para cubrir el déficit financiero en el que se encuentran ahora. Como diría un viejo profesor al ver el edificio negro de extensión ubicado a las afueras de la Universidad de Antioquia: “allí es donde se prostituye la universidad”. Dejó a un lado el sentido social y la responsabilidad con la sociedad a donde van a ejercer sus profesionales; olvidó responder ante el amplio sector marginado que no tuvo el privilegio de iluminar su pensamiento dentro de las aulas; se vio obligada a acomodarse a las directrices económicas y no tuvo más remedio que sucumbir ante la tecnificación, la exclusión y al veto del pensamiento crítico dentro de sus claustros.

Aprender de la experiencia, reflexionar sobre lo sucedido y sobre las posibilidades que aún tenemos, es esencial en nuestro camino hacia una universidad pública y popular, donde se materialicen las exigencias de hace un siglo y las actuales; donde la autonomía universitaria sea real; donde tenga cabida quien quiera participar; donde el conocimiento no sea impuesto y donde realmente exista la investigación libre sin las imposiciones alienadoras del mercado; donde no exista la censura y donde la relación profesor-estudiante sea más humana. Atar la universidad pública al capital privado es mutilar su crítica. La autonomía solo es posible con una financiación garantizada. Por eso seguiremos los pasos de Córdoba, intentando contar para el país una vergüenza menos y una libertad más.

* Grupo de la Oficina Estudiantil Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

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