“No hemos vivido el tiempo en vano”

En 1987, 120 mil campesinos del nororiente colombiano se movilizaron por intricados caminos desde sus veredas hasta varios puntos de concentración, con las exigencias sobre sus hombros de mejoras en las vías de comunicación, en la salud, la educación y en la política agraria. Sus demandas no eran un asunto menor en una región abandonada y que paradójicamente concentraba la mayor riqueza petrolera de Colombia para aquella época. Hasta Valledupar, Tibú y Ocaña llegaron las grandes movilizaciones, entre las cuales había delegaciones de la región binacional del Catatumbo.

Gustavo Quintero era un joven campesino. Su padre participó activamente de este paro mientras él cuidaba la cosecha de cebolla y solo hasta los últimos días se uniría a esta manifestación “El paro de nororiente en ese tiempo no era porque uno quisiera, sino cuando echaron a salir todos esos proyectos: a hacer carreteras donde no había que hacer, puentes donde no había ríos, escuelas donde no había niños, entonces la gente de acciones comunales era muy fuerte dentro de la región y salió a ese paro”, cuenta Gustavo. Después de este paro comenzarían a aparecer las obras en esta tierra abonada con la lucha de campesinos, pero también con la de los indígenas Barí y los trabajadores petroleros.

“Sembrar pa' botar”
Gustavo heredó de su padre la historia de permanencia en el territorio y con ella los conocimientos sobre la cosecha de la cebolla, el maíz y frijol, los cultivos tradicionales del Catatumbo. “En ese tiempo era muy lindo porque uno de Ocaña no traía casi nada, porque en la misma finca uno producía lo que era la caña, el maíz, el mismo café, la leche porque tenía uno la vaquita, el huevo porque tenía la gallina, las semillas porque uno mismo las seleccionaba, uno mismo las sacaba y vendía la que no necesitaba, y la semilla la volvía a dejar para producir la siembra", recuerda sobre aquellos días de juventud Gustavo, quien ahora tiene 53 años y vive con su familia en una vereda del municipio La Playa, en el Catatumbo Alto.

El abandono estatal ha sido caldo de cultivo para que surjan todas las formas de violencia en la región. Desde finales de la década del 90, con la irrupción del Bloque Catatumbo de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia, se desató una guerra sin cuartel que obligó a gran parte del campesinado a desplazarse hacia los centros urbanos. Tras los paramilitares, llegó la coca, con ella la estigmatización y persecución del Gobierno, quien además llegó con su proyecto de un campo sin campesinos impulsando la siembra de grandes extensiones de palma, cacao y caña de azúcar.

Hoy en día no solo prolifera la coca, sino que también se han impuesto por el mercado y el Gobierno semillas de origen foráneo que generan dependencia del campesino a estas. Anteriormente cebolla peruana competía con la criolla, entonces un campesino vendía una carga de cebolla a precio de mercado en 150 mil, pero en este momento en el mercado se compra la carga de cebolla peruana entre 50 y 30 mil pesos. Por esto, entre los jornales de la familia y los costos de producción, solo le quedan al campesino saldos en rojos en sus cuentas. Esto teniendo en cuenta también que con la semilla peruana el campesino la siembra y tiene que volver a comprarla, en cambio, con las semillas tradicionales de la región como la cebolla común ocañera un campesino cosecha hasta siete veces. “Acá era poca la coca que se sembraba, pero entonces al ver que toda la máquina del Gobierno quería acabar toda la producción campesina natural, uno compraba semillas pa' sembrar y no le daba, tenía que buscar otra cosa, entonces si usted tenía coca en la finca yo tenía que llegar a jornalearle, era mejor que sembrar pa' botar”, sostiene Gustavo.

En el 2002, mientras Gustavo trabajaba en su finca fue interceptado por el Ejército, acusado de ser colaborador de la guerrilla. Fue retenido durante cuatro días en el batallón de Ocaña, pero como dice él, todavía no estaba pa' esa hora, y logró ser liberado. De ahí en adelante continuaron las amenazas y le tocó desplazarse de vereda en vereda para salvaguardar a su familia: “si van a hacerle daño a uno, van a hacerle a todos los de la familia, y ahí aferrado a Dios, porque yo creo mucho en la religión y que hay un Dios en el cielo, aferrado a eso y más aferrado a la tierra”. Para Gustavo la guerra que ha vivido el Catatumbo ha tenido el objetivo de expropiarlos de la tierra en que han vivido y de sus riquezas naturales.

Integración, vida y territorio
Con el paramilitarismo se desarticuló el trabajo comunal, muchas juntas y cooperativas se acabaron en la región. La zozobra, el miedo y el desplazamiento se tomaron las veredas. Gustavo aún recuerda que cuando viajaba de un lugar a otro tenía hasta que negar el apellido.

Sin embargo, llegando el 2004 y a pesar de la desconfianza decidió participar de unas reuniones a las que lo invitaron algunos conocidos. Así en septiembre de ese año se realizó el Encuentro Comunitario del Catatumbo “Integración, Vida y Territorio” llevado a cabo en San Pablo en el municipio de Teorama.

“En medio de esta historia tan gris que nos ha tocado vivir, hemos aprendido a resistir, a enfrentar, pero también a construir alternativas a estas realidades y es así como desde el CISCA desde el año 2004, decidimos retornar al territorio, recuperar el tejido social, reconstruirlo y apostarnos a la permanencia con la vida digna en el territorio”, dice Germin Sanguino, integrante del equipo político del Comité de integración social del Catatumbo –CISCA-.

Otro líder que vivió este momento fue José De Los Santos, quien llegó desplazado del César y ha sido presidente de la junta de acción comunal de Filo Gringo desde muy joven. En sus palabras “El CISCA es un proceso que nosotros levantamos a través de la ruptura social que tuvo la región del Catatumbo por la arremetida paramilitar. Considero que no hemos vivido el tiempo en vano”. Para el CISCA la vida en el Catatumbo tiene que ver con un plan de vida con garantía de derechos sociales, económicos, políticos, culturales y ambientales para los catatumberos.

Planes de vida
En principio cuando se hablaba de plan de vida algunos campesinos creían que iban a ser proyectos del Gobierno, y que como en otras ocasiones, les dirían cómo cultivar para dejar atrás sus tradiciones. Sin embargo, los planes de vida apuntan a que haya una economía solidaria fortalecida y a la construcción del territorio, no solamente como espacio geográfico sino desde el relacionamiento social, económico y cultural con el espacio que se habita.
“El plan de vida para nosotros es volver a recuperar las semillas naturales, volver a recuperar el campo como era el campo colombiano. Que a lo que usted vuelva a producir va a tener la semilla de cebolla criolla, que sea la semilla de frijoles hasta el tiempo que quiera tenerla, no acabarla, sino que si usted necesita entonces usted me dice: yo necesito tantas semillas de cebolla, tengo tanto de frijol. Entonces yo le digo: hagamos el cambio o se la presto para que no se acabe. Que yo tengo la gallina criolla, como hago yo, o la señora suya decirle a la señora mía: me echa la culeca, me da media, o me presta los huevos para volver a recuperar la gallina criolla… o todo para volver a recuperar el cerdo criollo, para volver a recuperar la vaquita criolla. Que si yo a usted lo llevo a la vereda donde yo vivo, le pueda dar un mal de estómago y que diga hay que buscar una vaca para hacerle un bebedizo de leche”, explica detalladamente Gustavo.

De esta manera en las veredas y corregimientos del Catatumbo los campesinos han venido implementando las cooperativas para truequear sus productos entre ellos y no tener que desplazarse hasta las ciudades principales. Un ejemplo de esto es la tienda comunitaria de San José del Tarra. Gustavo lleva allí sus cargas de cebolla cultivadas en su finca, las vende o cambia por otras cosas como yuca, café o comida. La propuesta que hay es llegar a otros municipios cercanos como El Tarra o corregimientos como Filo Gringo para no tener que llevarla hasta Ocaña, en donde nada más el desplazamiento resulta muy costoso para el agricultor.

Lo que buscan los campesinos es vender sus cosechas a un precio justo, y posibilitar el intercambio de sus productos. En la cooperativa de La Vega de San Antonio también se ha comenzado este trabajo, sin embargo, el conflicto que afronta la región no es indiferente a estos espacios. Así Gustavo, quien es miembro del consejo de la cooperativa, manifiesta que no se han podido reunir y esto no permite que avancen estas propuestas.

 

***

 

Del paro del nororiente hasta ahora continúa ese clamor del campesinado del Catatumbo, que se ve aún en los caminos de lodo y en las precarias infraestructuras, pero además en la demanda de autonomía para planear su territorio y su vida. Por esto, en los últimos años los campesinos y campesinas del Catatumbo se han movilizado por su reconocimiento como sujetos de derechos y en contra de una estigmatización que corre desde lo más alto del Gobierno, con afirmaciones como la que hizo Juan Manuel Santos en donde comparó esta bella región con la calle del Bronx en Bogotá, con esa miopía que no ve ni entiende al otro y que lo nombra todo desde el prejuicio. “Por eso cuando a mí me dicen que quiero un paro, a mí me da alegría porque yo sé que de ahí vamos a sacar mucho no pa' uno como persona, sino pal común de la gente” concluye Gustavo.

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Miguel Ángel Romero
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