Militarismo y paramilitarismo en Brasil: Destacado

En una audiencia en la Cámara de los Diputados, en julio del año pasado, el Comandante del Ejército Brasileño, General Villas Bôas, declaró sobre la participación de las Fuerzas Armadas en las acciones de intervención en la “Favela da Maré”, en Río de Janeiro: “Reconozco como positivo al gobierno estar repensando ese tipo de empleo de las Fuerzas Armadas, porque él es inocuo y, para nosotros, es vergonzoso”. Se refería a sucesos anteriores, cuando los militares no pudieron resolver las cosas desde su lógica, por limitaciones del Gobierno.

Desde el inicio de la intervención en Río de Janeiro, el 16 de febrero, se ha pensado mucho sobre el papel de las Fuerzas Armadas en el escenario político nacional. Las tesis son variadas. Para unos la intervención fue una respuesta a una supuesta movilización política creciente durante el Carnaval –esa tesis, a pesar de absurda y ya descartada, llegó incluso a la prensa internacional–. Para otros, la idea era sofocar la consternación que siguió la falta de apoyo a la Reforma de la Previsión Social, la cual pretendía endurecer el sistema de jubilaciones. También hubo otra tesis, más cercana a la realidad: la de que la intervención tenía como objetivo lograr un aumento de popularidad para las próximas elecciones, sea por medio de una mejora aparente y pasajera en la cuestión de la violencia urbana o por la impresión de que el presidente Temer no tiene temores de tomar actitudes duras contra la criminalidad en Río.

Cuando inició la intervención, antes de reunirse con Temer, el interventor Walter Souza Braga Netto tuvo que responder a periodistas si la crisis en Río era muy grave. Señalando negativamente con el dedo, dijo: “Solo para la prensa”. El Alto Comando del Ejército evaluó que el comportamiento de los medios en la cobertura de la “violencia” en el Carnaval, en especial de la Red Globo, fue decisivo para el gobierno decretar la intervención. Según la Secretaría de Seguridad Pública, sin embargo, los índices de violencia durante el Carnaval se mantuvieron estables en relación a los años anteriores, con la mayoría de ellos cayendo.

Suponemos, por tanto, que la intervención tuvo su origen “en los medios”, y que el alarde no tenía razón de ser. La pregunta es, entonces: ¿Globo dio la línea a Temer, o sirvió de soporte a él?

Primer acto
Volvamos al pasado reciente. El 17 de mayo de 2017, a las 7:30 p.m., el columnista del “O Globo”, Lauro Jardim, publicó con exclusividad las denuncias de Joesley Batista, empresario brasileño, contra Temer. A las 8:30 p.m., eran destaque en el “Jornal Nacional”. La "noticia bombástica", como el conductor de noticias William Bonner la llamó, sirvió a duros ataques contra Temer, que ocuparon más de 18 minutos del noticiero. Al día siguiente, Globo siguió batiendo duro, pero Temer fue desviándose hasta dar sus golpes en pronunciamiento, afirmando “no renunciaré”. En ese momento, muchos ya daban como cierto el derrocamiento de Temer, y Globo siguió en la pelea, publicando el editorial “La Renuncia del Presidente”, el día 19.

Tal fue la furia de la Red Globo contra Temer que una verdadera ruptura entre el Grupo Globo, por una parte, y el Estado y el periódico Folha por el otro, se delineó: la primera con antorcha en la mano, los otros apagando incendios. Se explicó la caza de Globo de la siguiente forma: la JBS es una importante anunciante en el grupo. Así, la JBS daría la línea a Globo, y no al revés. Tesis estúpida, por supuesto, considerando que un mes antes el grupo de comunicación daba duros golpes en la empresa durante la Operación policial contra el crimen “Carne Fraca”. Globo, por lo tanto, era quien daba la línea abiertamente contra el presidente: la orden era derribarlo y, por elecciones indirectas o no, conseguir una figura más agradable, con mayor legitimidad y sin las cicatrices del golpe para llevar a cabo su proyecto económico –que incluía la Reforma de la Previsión Social, ahora provisionalmente enterrada–.

Segundo acto
El 17 de septiembre del año pasado el General Eduardo Villas Bôas hizo una aparición inesperada en el programa televisivo "Conversa com Bial", de Globo. Allí, explicó las declaraciones de su subordinado, General Hamilton Mourão, que la semana anterior había hablado de “intervención militar” si las instituciones no “solucionasen el problema político”. En Globo, a pesar de preguntas más o menos duras de Bial, se construyó la imagen de un general erudito, sensible y en contacto con los verdaderos anhelos del pueblo. El hecho de no haberse posicionado de manera enfática en relación a las declaraciones de Mourão pasó sin mayores problemas.

Tercer acto
Los generales del Alto Comando, en la intervención, reprochaban la idea de Temer. Dice Fabio Victor en un asunto publicado en la revista Piauí: “el tono entre [...] el Alto Comando fue de reprobación a la intervención en sí y al modo precipitado y anárquico con que la medida fue impuesta. El plan les parecía un festival de improvisaciones”. A esto se suma la indisposición en general de los militares en hacer frente a ese tipo de acción, por motivo simple: es inocua, porque el crimen en Río de Janeiro opera bajo la lógica de la guerra irregular, mientras que el Ejército es, por definición, una entidad regular. Así, la inevitable falla del Ejército, a largo plazo, se convierte en una mancha en su reputación. Sin embargo, el Comando pidió a Temer más recursos para la intervención, y medidas adicionales al decreto: mandados colectivos de búsqueda y aprehensión y reglas más flexibles para la tropa, entre ellas el permiso para disparar a civiles con “intención hostil”, así como la “garantía para actuar sin el riesgo de que surja una nueva Comisión de la Verdad”.

¿Cómo alguien puede estar contra la intervención y, al mismo tiempo, ser radical al punto de postular la quiebra de garantías aseguradas por la Constitución para llevarla a cabo? De la misma manera que muchos de estos generales, entre los que destaca el señor Villas Bôas, se dicen demócratas, pero defienden el Golpe de Estado de 1964 y atacan a la Comisión de la Verdad. No se trata de hipocresía, ni de delirio –es que entienden que, para un lado o para el otro, la movilización debe ser total y la guerra total–. Son militares, después de todo. El camino, para ellos, importa menos que como se camina por él.

Marielle en escena
El 28 de febrero, en medio de ese escenario de supuesta confusión, Marielle Franco asume el cargo de ponente de la comisión responsable de investigar la conducta y marcha de la intervención en Río de Janeiro. Electa concejala en el año 2016, aunque no fuera liderazgo partidario, fue la quinta más votada, y ya era reconocida por su militancia y participación en organizaciones de la sociedad civil, llegando a actuar como coordinadora de la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos y Ciudadanía de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro. Pero su carrera, signo de su compromiso con la lucha por los derechos humanos –y, en especial en ese momento, por la condena de la violencia, desigual y selectiva–, es el preanuncio del desenlace criminal y trágico de su vida.

El día en que iba a morir, Marielle cumplió su expediente en el Ayuntamiento y se dirigió a Lapa para participar en una actividad organizada por su partido. El debate tenía como tema activismo y emprenderismo para jóvenes negras, y contó con la participación de estudiantes universitarias, profesionales, artistas y militantes. En el camino de regreso a su casa, otro vehículo alcanzó al que la llevaba y, sin que hubiera intercambio de palabras, nueve disparos fueron hechos contra el carro; cuatro alcanzaron la cabeza de la concejala y otros tres la espalda de su chofer, Anderson Gomes, que estaba desempleado y trabajaba temporalmente como Uber. Ambos murieron a la hora.

Aunque la militancia de Marielle Franco estuviese fuertemente asociada a cuestiones de afirmación de identidad, y ella generara atención por ser una mujer, negra, periférica y bisexual, que había ascendido a una posición de poder, no fue ese el gatillo de su ejecución. Cuatro días antes del atentado, Marielle denunciaba la acción de la Policía Militar en el barrio de Acari, en Río de Janeiro: dos jóvenes habían sido asesinados y tirados en una zanja, y en la misma semana la policía anduvo por las calles amenazando a los residentes y disparando al azar. En sus palabras, “sucede desde siempre y con la intervención empeoró”. En la noche que antecedió a su asesinato, la concejala se habría pronunciado acerca de la muerte de un joven, en la comunidad de Manguinhos, que regresaba de la iglesia y fue alcanzado por dos tiros tras pasar por un retén policial. En su Twitter dijo: "¿Cuántos más van a necesitar morir para que esa guerra acabe?". Entonces la pregunta ahora es: ¿quién mató a Marielle?

¿Coadyuvantes o protagonistas?
Aunque las denuncias más recientes de Marielle se volvieran a los procedimientos abusivos de la Policía Militar –y a su agravamiento con el inicio de la intervención–, la concejala había integrado anteriormente, junto al diputado Marcelo Freixo, una Comisión Parlamentaria que investigaba las actuaciones de las milicias en Río de Janeiro. No fue por casualidad, entonces, que el crimen que la llevó a la muerte siguió el modus operandi de ese tipo de organización.

El informe de la Comisión deja claro que los milicianos poseen vínculos sólidos con políticos importantes del estado de Río de Janeiro –de otra manera, no habría necesidad de establecerla, y sus descubrimientos no habrían resultado en la cárcel de concejales y diputados cariocas–. Deja claro, también, que uno de cada cuatro integrantes de milicia es policía militar, y que el motor de esos grupos no es liberar o proteger civiles, sino generar ingresos individuales, como complementación, en el caso de los policías, o no. El pago por seguridad y servicios básicos, como suministro de agua, gas y hasta transporte, se hace mediante amenazas de asalto, depredación y muerte, y la postura de los milicianos oscila entre lo ostensivo y lo encubierto: coches grandes con vidrios oscuros, hombres de farda encapuchados, preguntas sospechosas y "desproporcionadas" sobre familiares y personas cercanas.

También hay un tercer hecho, no explotado por la Comisión, por su carácter puntual: aunque la Fuerza Nacional sea responsable de la seguridad del Estado, la palabra final viene siempre de los paramilitares. Así fue en las Olimpiadas –agentes del Ejército, responsables de la seguridad durante los juegos, no podían andar armados en la Zona Oeste de Río, bajo amenaza de muerte por las milicias locales–, ¿por qué no sería ahora? Curiosamente, el oficial responsable de la intervención hoy, General Walter Souza Braga Netto, fue también comandante de la seguridad en los juegos olímpicos y paralímpicos.

La verdad es que la ejecución de Marielle Franco trajo una nueva atención a la cuestión de las milicias en Río de Janeiro –que fue por mucho tiempo, y como estrategia de la derecha, mantenida en segundo plano, mientras la acción de traficantes y facciones permanecía bajo los reflectores–. A principios del mes de abril, el Ejército realizó una operación espectacular en la Zona Oeste de la ciudad, región de gran influencia miliciana, y arrestó a 142 milicianos. Aún es muy temprano, sin embargo, para saber si las Fuerzas Nacionales se interpondrán de hecho entre civiles y paramilitares.

El show debe continuar


El ocho de abril, Carlos Alexandre Pereira, colaborador de Marcello Siciliano (concejal llamado a declarar como testigo en la investigación de la muerte de Marielle), fue ejecutado. El reducto electoral de Siciliano se encuentra en la Zona Oeste de la ciudad. Los testimonios son sigilosos, y solo la policía tiene acceso a ellos. Se levantó la sospechosa de que Carlos tendría implicación con milicias. Los testigos afirman que, momentos antes del crimen, uno de los asesinos habría dicho “no te aproximen porque lo haremos callar la boca”.

Las incógnitas acerca de los ejecutores de Marielle (y ahora también de Carlos) permanecen, pero por poco tiempo: la verdad se aproxima a pasos largos. Resulta cada vez más evidente a quién sirve el militarismo –o el paramilitarismo–, de hecho, y los gritos que ellos silencian con proyectiles retornan en un coro difícil de ser contenido. El legado de Marielle Franco es la indignación, la inconformidad. Es la lucha. Pues como dice la canción, "Quien calla muere contigo / Más muerto que estás ahora".

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