Una historia abierta llena de símbolos Destacado

Comentario de la película Sal, del director William Vega

William Vega sorprendió en el 2012 con su primera película: La Sirga. Grabada en el corregimiento El Encanto, zona de páramo a las orillas de la Laguna de la Cocha en Pasto. En ella narra la historia de Alicia, una joven recién desplazada a causa de la violencia que se ve obligada a huir del fuego, y en busca de asilo en la casa de su tío Oscar. Allí el silencio, las noches sonámbulas, sus vecinos y el lago son los acompañantes de su duelo, ese que termina y empieza con un éxodo (La Sirga es una película disponible gratis y legal en la plataforma online RetinaLatina.com).


Este año William Vega vuelve con su nueva película “Sal”, grabada en el desierto de la Tatacoa bajo el calor infernal. La historia comienza con la imagen del mar, ese que estuvo antes del desierto y que con los milenios solo dejó la sal, el tesoro con el que Salomón construyó su pequeño pero invaluable reino. Como caído del cielo se accidenta Heraldo, un motociclista que pasa por la mina, quien queda malherido, y es sanado por Magdalena la esposa de Salomón, su recuperación se da aplicando en las heridas sal pura, “la cura de todos los males”. A partir de allí se desarrollan las tensiones, los cambalaches y las conversaciones que acercarán a Heraldo a su recuperación y al cumplimiento de su objetivo: arreglar la moto para seguir su rumbo, un rumbo marcado por el de su padre.

Pero “Sal” no es una película con una narración explícita, explicable, y aunque tiene un principio y un final que se pueden contar, el entramado de símbolos que sugieren diferentes interpretaciones invita a una mirada más amplia de lo que se ve en pantalla. Las referencias bíblicas sutiles pero presentes dan sentido a ese desierto post apocalíptico, al mensaje oculto que impulsa a Heraldo, a su caída del “cielo”, a la relación que establece con sus sanadores o al sacrificio que carga en una tierra que no es la suya. También, la narración en mandarín al principio de la historia y las escenas del restaurante chino aparentemente desligadas de la historia principal son una provocación a la lógica y a la linealidad del cine colombiano y comercial. Son una invitación a imaginar posibilidades en la historia, a distraerse un rato sin entender lo que se habla, a pensar que es una historia de la humanidad, aunque el escenario y lo que se cuenta tengan un carácter tan onírico y desolado.

En Sal (como en La Sirga) el ambiente es otro protagonista, sin el desierto esta historia no sería lo que es y las relaciones que se establecen entre los personajes no estarían marcadas por la erosión; expresa además las sensaciones internas de los personajes y el agobio en cada acción.


En definitiva “Sal” es una película que sazona y da personalidad a la cinematografía colombiana, se atreve a alejarse de los lugares comunes y los temas de festivales grandes, para representar libremente lo que el autor dice o se pregunta a riesgo de tener menor visibilidad, y que hace partícipe al espectador ofreciendo una historia abierta y alimentando de símbolos (sutiles y fuertes a la vez) cada secuencia, cada plano.

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