Durmiendo encima del oro y pidiendo limosna Destacado

Sentado en la popa de su canoa que se mece al ritmo del río Sogamoso, Henrique Arias se lamenta porque su empresa quebró quince días antes de semana santa, y tendrán que pasar 20, o quizás más años, para que vuelva a ser productiva.

Desde que el crudo emanó del campo petrolero Lizama y llegó a Caño Muerto –el cauce donde las hembras ponían sus huevos, los machos los fertilizaban, y luego los alevinos salían al río Sogamoso– nadie volvió a comprar pescado en la vereda San Luis de Río Sucio, un caserío pesquero hecho de madera, construido entre un brazuelo del río Sogamoso y la carretera que conduce de Barrancabermeja a la Costa Atlántica.

Desde entonces, las canoas de la vereda quedaron sumidas en un profundo letargo y el Sogamoso, del cual dependían casi 700 pescadores, entre ellos Henrique, es un tapete marrón desierto.

—Tanto trabajo que ha habido con Ecopetrol, la gente ganando plata, y yo en el puerto sentado mirando que otro trabaje, pasando tristezas en la vida… no tener un peso ni para la familia ni para darle a los niños que van al colegio. Estando el pescado contaminado yo no puedo sacarlo y venderlo; porque una persona lo consumió, se enfermó, y lo primero que va a hacer es demandarme a mí como pescador. ¿Y yo dónde voy a parar? A la cárcel. Tras de fracasado, sin trabajo y sin nada, voy a parar preso por haber vendido un pescado contaminado–, dice, quejumbroso, este viejo ajado que tiene 61 años, las orejas puntiagudas, y una deuda bancaria de diez millones con los que compró un motor y una canoa.

Pescar es un arte, una comunión metafísica entre el hombre y la naturaleza: entre el obrero y su patrón. El mejor amigo del pescador es el azar. La pesca –y Henrique lo sabe– es como la vida: hay días que vuelves a casa con las manos vacías, y hay días que puedes pescar hasta dos millones de pesos. Por eso Henrique es capaz de vivir sin su esposa, pero no puede soportar el tedio, no puede dejar de intentarlo.

Nos vamos y San Luis de Río Sucio queda tal como estaba cuando llegamos: naufragando en un río de amargura. William Rojas, otro pescador cesante, termina de remendar la atarraya, agarra el remo, y camina rumbo al embarcadero en busca de la cena de hoy y de los próximos días. Nos dice que si no tenemos afán lo esperemos para que llevemos pescado y le cojamos el sabor a petróleo. De su cara brota una sonrisa que hiela la sangre.

La tragedia
Como de costumbre, el dos de marzo los niños peregrinaban por la zona. No se sabe si iban o venían del colegio. Una vigilante los vio y les preguntó por qué traían los zapatos sucios. Ellos respondieron que había una mancha de petróleo. El pozo 158 del campo petrolero Lizama llevaba horas emanando gases y crudo.

—Los chorros de crudo sobrepasaban la altura de las palmas–, asegura Emilse Ruiz, habitante de la zona que fue reubicada junto a 23 familias en el hotel Olga Lucia, a las afueras de Barrancabermeja, 16 días después de que la tierra empezara a vomitar petróleo.
Las plantaciones de palma se hundieron. En las noches los olores a podrido y a gas se intensificaban, y el cielo quedaba envuelto por un perceptible manto blanco. Y aparecieron los problemas de salud: dolores de cabeza, problemas respiratorios, brotes en la piel, ardor en los ojos y en la garganta.

Inmediatamente los guardias reportaron la emergencia, funcionarios de Ecopetrol llegaron hasta el lugar de los hechos. Pero solo 10 días después, gracias a la naturaleza que tiene sus propios mecanismos de alerta, el país se enteró de lo ocurrido. Después de 63 días sin lluvia, la mancha de crudo endurecida por el calor abrasador que hace en la zona, fue diluida por un torrencial aguacero que duró casi doce horas. El agua rompió las trampas colocadas por la empresa en Caño Muerto, y el petróleo desembocó en el río Sogamoso, el cual luego lo vertió en el río Magdalena. El 27 de marzo, aproximadamente 24.000 barriles de crudo habían llegado hasta los afluentes del Sogamoso. Los videos caseros inundaron las redes y los noticieros. La desgracia, una vez más, nos daba clases de geografía a todos los colombianos.

El daño ambiental es irreparable y las consecuencias incalculables. En una carta el obispo de Barrancabermeja manifestó que: “No hay palabras para expresar la profunda tristeza frente a la magnitud de la tragedia ambiental. Quienes caminábamos por orillas de esas quebradas llenas de vida y paz días atrás, parecía que estuviéramos escuchando el llanto de la naturaleza por la agresiva acción del oro negro”.

Esta no es la única tragedia en la historia de Ecopetrol. En 1966 el pozo 13 del campo Lizama estalló en llamas y mató a cinco trabajadores. Los ecosistemas han sido los más afectados por la extracción del oro negro. Manuel Rodríguez Becerra, el primer ministro del Medio Ambiente que tuvo Colombia, le dijo a Pacifista que: “Ecopetrol ha utilizado las ciénagas del país como depósito para aguas contaminadas por la actividad petrolera. Esto sucedió mucho en los setenta, cuando no existía reglamentación ambiental, pero también ha sucedido después. Ecopetrol ha restaurado algunos de estos daños, otros no. Por eso creo que Ecopetrol es la empresa con más pasivos ambientales en la historia de Colombia”.

Hasta el momento la emergencia del pozo 158 está controlada en un 80%. Para ello Ecopetrol arrasó entre 5 y 10 hectáreas, y contrató cerca de 700 personas, más de la mitad son de las zonas afectadas. Sin embargo, las labores que requieren mayor experticia para sellar el punto exacto del afloramiento están a cargo de unos ocho trabajadores extranjeros conocidos como 'diablos rojos', quienes en total le cuestan a Ecopetrol 90.000 dólares diarios.

Por ahora, en el corregimiento La Fortuna y en la vereda Lizama 2, ubicados a menos de 500 metros del pozo 158, la vida parece llevar su afán natural: los niños asisten a la escuela, el tráfico es constante, y la adrenalina económica que se multiplicó con las posibilidades laborales a raíz de la emergencia no dan tiempo de reflexionar sobre lo ocurrido.

Entre la comunidad se siente zozobra porque no hay una versión oficial sobre las causas de la tragedia. Algunas hipótesis indican que fue producto del mal mantenimiento, de un intento de fracking, o de la presión que ejerce la Hidroeléctrica Sogamoso construida sobre la misma formación terrestre del campo Lizama, alrededor del cual viven 10.000 personas repartidas en más de 20 veredas de Barrancabermeja y San Vicente de Chucurí. El temor de que ocurra otra tragedia es palpable, pues en el campo hay 77 pozos activos, 70 inactivos, y 120 abandonados.

El fastidio también aflora. Según Rafael Quintero, presidente de la Junta de Acción Comunal de Lizama 2, no se atendieron adecuadamente las afecciones de salud: “Hubo una injusticia porque le daban una fórmula al paciente y la persona debía comprar la droga”. Las exigencias de Rafael a la empresa y al Estado son concretas: un hospital –solo hay un puesto de salud para atender 10.000 personas– y una reparación justa para todas las personas afectadas, desde el señor que sembraba y vendía aguacates hasta los propietarios de las fincas que Ecopetrol dañó sin permiso alguno.

—Donde llega petróleo, y todas esas cosas de oro, llegan es problemas para las comunidades, para los lideres…–, dice Rafael resignado, como quien debe contraer matrimonio por traer al mundo un hijo no deseado.

¿Dónde está el desarrollo?
De noche, desde un cuarto piso, el horizonte de Barrancabermeja, la ciudad del sol, termina en otra ciudad de luces milimétricas y estructuras esqueléticas que expelen finas columnas de humo las 24 horas del día. Es la refinería que transforma el crudo en gasolina y otros derivados, el complejo industrial que, según cifras de Portafolio, generó 820 millones de dólares entre 2015 y 2016.

—Nosotros vivimos en una ciudad hecha un caos. Barrancabermeja es una tierra de nadie, aquí no existe autoridad, no hay Estado. Eso es lo que ha traído el petróleo: una corrupción de todo tipo en cualquier instancia–, las palabras son de Oscar Sampayo, politólogo e integrante del Grupo de Estudios Extractivos y Ambientales del Magdalena Medio (GEAM).

Los habitantes de Barrancabermeja –una pintoresca mezcla costeña y santandereana– parecen tener siempre en la punta de la lengua las palabras Ecopetrol, petróleo, pozo. La dependencia económica y espiritual de la ciudad es absoluta, por lo tanto, Ecopetrol se convierte en el amo y señor del territorio.

En Barranca la riqueza petrolera es un espejismo porque no trae consigo calidad de vida. La relación costo-beneficio es tan desproporcionada que el matrimonio ciudad-empresa se convirtió en un calvario:

—La explotación minero energética no trae ningún beneficio a las comunidades. Ya hemos vivido 100 años con esta tragedia, otros 100 años nos tendremos que aguantar, es un matrimonio por siempre como dice Ecopetrol. Aceptamos hasta lo convencional, que nos sigan asesinando lentamente con la contaminación diaria, las aguas que consumimos, el aire que respiramos. Pero lo que sí no vamos aceptar es el desarrollo de los yacimientos no convencionales: el fracking–, asegura Sampayo.

A 40 minutos de Barrancabermeja, en el corregimiento El Centro, también esperan la llegada del popular desarrollo. En las 36 veredas que componen el corregimiento, del cual Ecopetrol extrae 46.000 barriles de petróleo diarios, no hay alcantarillado ni red de gas, los paraderos de buses están hechos de madera y las vías de acceso están en pésimas condiciones, tampoco hay plaza de mercado ni un puesto de salud apto para atender a los 26.000 habitantes; pero las unidades de bombeo están ahí, a metros de las casas, sacando petróleo día y noche.

—Ahora que hay más producción de crudo hay más pobreza. El Centro no tiene una perspectiva de proyectos productivos. Si mañana el Gobierno dice “se acabó Ecopetrol”, no sé de qué vamos a vivir–, dice el líder sindical Alex Castro mientras recorremos la zona.

Las fuentes de empleo también escasean. La demanda supera la oferta laboral de las empresas contratistas. La cantidad de personal foráneo viene en aumento, y aunque algunas compañías realizan sorteos cuando hay vacantes, otras se prestan para que los presidentes de las juntas comunales compren y vendan los puestos de trabajo.

Conseguir empleo es una misión mucho más difícil para aquellos que están vinculados a la Unión Sindical Obrera, el sindicado de Ecopetrol. Edgar Jiménez, habitante de la vereda Polo Regado que no trabaja desde hace tres años, manifiesta que a los integrantes de la USO los vetan y los señalan de revolucionarios y malos trabajadores.

Precisamente en la sede local de la USO, Eliseo Gómez, otro líder de la zona, justifica con ahínco la existencia del sindicato:

—Hay un decir del Gobierno: que nosotros, una manada de burros, ganamos mucha plata. Yo solo tengo el bachillerato. Supuestamente pal' Gobierno soy un burro. Pero vaya póngale el culo todo el día a un aparato que le está echando olores y humo en la jeta. Aquí vienen a trabajar ingenieros egresados de la UIS [Universidad Industrial de Santander], y dicen “uy, no marica, esto es arrecho” (…) ¿Cómo se le ocurre que un obrero gana dos millones de pesos al mes y no está contento, si en las ciudades se ganan 800.000, un millón, y están contentos? Pero no ven la diferencia de los trabajos. Este trabajo es de alto riesgo. Usted tiene una duración de 100 años, cuando yo tenga 60 años ya estoy vuelto mierda. Yo tengo un primo que trabajó en esto y está en silla de ruedas. Eso es lo que no ve el Gobierno; porque según tengo entendido ellos dicen: “allá esos hijueputas joden por joder, esos hijueputas están llenos de plata y jodiendo”. Pero vengan a trabajar. Aquí vino un rolo… trabajando por ahí se murió de la calor, lo mató, le dio un infarto. Ahorita estamos en invierno, pero el veranito ese que pasó… a más de uno se le aguaban los ojos, no sabían dónde meterse”.

El ocaso de Ecopetrol
Para Henrique Castro todo pasado fue mejor. 60 años atrás Ecopetrol era autosuficiente. Subsidiaba la gasolina, era dueño de la ladrillera con la que construía sus edificios, de la hielera, de las fábricas donde se hacían los tornos y las forjas, del colegio donde estudiaban los hijos de los trabajadores, del comisariato donde acopiaban la carne y los alimentos. Abundaba el trabajo, los hijos heredaban el puesto de sus padres. Ecopetrol era de todos y para todos.

—Todo eso empezó a desaparecer en 1977, después de una huelga. Pierde fuerza Ecopetrol aquí y pierde fuerza en la nación. Se vende el alma de Ecopetrol: los equipos de perforación. Se vende el nacional 130 que era el emblema de nosotros, el corazón, y se acaba la perforación. Ecopetrol empezó a ser administrador, y otra empresa la operadora–, cuenta Henrique empotrado en una silla de mimbre.

Henrique empezó a trabajar en Ecopetrol a los 18 años, en 1978. Durante 27 años les hizo mantenimiento a los tanques de almacenamiento.

—Cada campo tenía su cancha de fútbol, el campo seis, el campo cinco. Aquí se jugaron nacionales y suramericanos de béisbol. Aquí vino a jugar Panamá, Cuba, Puerto Rico–, recuerda.

Cuando Henrique se jubiló, los primeros años del 2000, la privatización y la decadencia de Ecopetrol era inminente. A pesar de que la USO demostró lo contrario, la empresa y el Estado abandonaron muchos pozos alegando que producir 1.500 barriles diarios no era un negocio rentable. Los privados aprovecharon, hicieron una etapa de recuperación, y hoy Ecopetrol, y el Estado, deben pagarle a una empresa extranjera para que saque el crudo.
—Nosotros éramos una familia privilegiada. Había privilegios porque el petróleo es lo que todavía mueve el mundo.

Tal como lo insinuó Kapuściński 36 años atrás, el petróleo creó en nuestra clase dirigente “la ilusión de una vida gratis”, envenenó y corrompió sus ideas. Una de las empresas más prosperas de nuestra trágica historia se hundió en las engañosas aguas del desarrollo. Los privilegios ya no alcanzan para todos, ni siquiera para los que sacrifican su salud, su río, su proyecto de vida. Tampoco alcanzará para el resto de nosotros.

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Juan Alejandro Echeverri
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