Historias tejidas entre las luchas, lo diverso y los engaños Destacado

"Para arepa de maikki morado: Maikkika, maikki, molina, echa queso, masar con leche, ichi (sal) y fogón", cuenta la vieja apoyada de gestos. "En lluvia, nace ahuyama, frijol, patilla, yuca, guanábana y aceitunas. Todos "paliamos" pa' come cosecha", dice, soltando entre sus arrugas una carcajada juguetona, sabia. Con su lengua aferrada al Wayuú, intenta hablar español fluidamente.

Mercedes Uriana, indígena Wayúu, vive entre chivos, cabras y gallinas en la ranchería El Tablazo del corregimiento Nazareth, en la vía que comunica a Maicao con Riohacha en La Guajira. La abundante vegetación que surge de la arena y la diversidad de aves, reptiles y mamíferos de la zona, contrasta con la imagen que muchos se hacen de La Guajira: un desierto árido sin árboles ni animales.

Mercedes vive con sus hermanos Gabriel y Nelly, y sus sobrinos, en un rancho con áreas independientes. La cocina, con techo de zinc, es rodeada de madera, el dormitorio es de bahareque, el baño es en adobe y hay una maloca hecha en madera y palma. Dos ranchos más son cuna en las tardes. Hasta en la cocina hay chinchorros; estos son la cama favorita de los Wayúu.

"En verano, tejemos chinchorros y mochilas, hacemos vasijas con totumas y recolectamos leña", cuenta Nelly. "La chicha de maíz morado, la arepa con queso, los frijoles con ahuyama (saprana) y la carne de chivo condimentada son algunas comidas típicas", apunta. La yuca con queso es otro manjar que se disfruta con los Wayúu. Nelly sale eventualmente a Maicao a vender arepas para encuentros comunitarios; con esta y otras labores, sostiene el hogar.

Al preguntarle a Nelly por sus creencias, voltea su mirada a varios lados, y algo insegura responde: "Te cuento las creencias de nuestros abuelos, pero hoy nosotros creemos en dios. Los abuelos creían mucho en los sueños. Ellos veían revelaciones en ellos. Decían a veces, al levantarse a las tres de la madrugada, que había que bañar los niños para limpiar energías. Hoy nosotros no creemos en eso, yo creo en dios todo poderoso que me ha ayudado a salir adelante con mis hijos y mi negocio. Yo soy evangélica".

Gabriel, hermano de Nelly, poco recuerda de los ritos de sus ancestros. Al llevar una vida dedicada a la pesca, conoce más del mar que del desierto, sin embargo, no se pierde entre los laberintos que se forman entre la vegetación guajira, así se haya tomado la mitad de su botella de chicha. “Este se llama dividivi, este otro es guamacho y ya sabés que este es un cactús", comenta Gabriel mientras camina descalzo alrededor de la ranchería.

Aunque quizás poco sepa de sus ancestros, Gabriel contempla la flora como si se tratase de su dios: acaricia las hojas, ofrece datos de algunos frutos y sus aplicaciones, y sonríe con las flores exóticas. "Está seca, pero en invierno, los flamencos la visitan", apunta, refiriéndose a una laguna gigante, habitada en el momento por decenas de cabras. Al observar con inquietud varios postes medianos de color amarillo, en distintos puntos del recorrido por El Tablazo, comenta Gabriel: "Yo ayudé a guiar a los hombres que pusieron estos palos. Fue hace como tres años. Ellos decían que aquí había petróleo y que en el futuro lo iban a sacar". No parecía preocupado ante semejante afirmación, más bien parecía interesado en saber cuándo llegaría ese momento.

Nelly tiene una pequeña tienda en la ranchería donde vende agua y mecato a sus vecinos. El plástico y la doctrina se pasean de ranchería en ranchería, representando el establecimiento mercantil, dejando basura en el camino y apadrinando el miedo, el sometimiento religioso y el abandono de costumbres ancestrales.

Esta región, una de las más abandonadas históricamente por el Estado, es fiel muestra de la diversidad infinita de nuestro país. Es contradictorio tener que llorar de alegría ante un atardecer único y llorar de tristeza porque ya es la noche y el agua hoy no llegó como es común cada ocho días.

 

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