El día que desbarataron el barrio

Cuando a mi viejo le pagaron la liquidación de una empresa en la que laboró por mucho tiempo, pudo al fin comprar un ranchito, al suroccidente de Cartagena. Aunque fuera de madera, tablitas y láminas de zinc viejas, y piso de tierra, ya nadie nos podría molestar por el interminable y hasta humillante arriendo.

Era la última casita del barrio y solo tenía luz, no había agua ni servicios básicos, ni siquiera una batería de baño. Los alrededores eran unos cerros o lomas altas, las necesidades se hacían al estilo gato: haga el hueco y luego tape. Al interior de la loma, como a cinco cuadras, estaba la única llave con que se abastecía de agua toda la comunidad y sus aledaños.

Por un tanque de cinco galones o la lata se pagaba un peso. Eran unas filas larguísimas, pero uno de pelao era feliz en esas filas hablando con amigos y conocidos, pero al que se descuidaba le brincábamos el turno, y ¡se armaban unas trifulcas!

A mi papa le regalaron una carretilla de esas antiguas, toda metálica, a la que con el tiempo y por el uso –y hasta el abuso– se le pudrió el platón hasta que se le cayó; quedó como una hormiga, solo varillas y tubos. La acomodamos de tal manera que fuera más liviana y fácil para cargar los tanques del agua, y la bautizamos la cibernética. Recuerdo que la cibernética recorría todo el barrio de casa en casa, los vecinos la prestaban para arriar el agua más fácil y cómodo. Era mucho mejor que usar las balanzas (un palo fuerte con dos ganchos a los lados que se cargaba en los hombros).

Para los ranchos típicos de invasión, cada quien dividía su terreno con hilos de alambre de púa y estacones. Eran como pequeñas aldeas y todo era muy sano. Había muchos árboles de ciruelos y nos divertíamos recogiéndolos para comer. En medio de aquella pobreza y humildad éramos felices, muy felices, no existía el celular, ni Whatsapp, ni internet, y los juegos eran el trompo, el velillo, el quemao, entre otros, que hoy se han perdido en medio de la tecnología.

Muy cerca había unas minas de arena que emergían de las lomas, y que los dueños de los terrenos explotaban artesanalmente para su sustento y el de sus familias. Con el tiempo esas minas de arena atravesaban una de la lomas; eran
como un subterráneo y nosotros jugábamos allí a policías y ladrones, sin saber que aquel túnel en el futuro sería el artificie de un desdén.

Con el pasar de los días llegaron unas empresas constructoras y compraron esa loma donde estaba la mina de arena. En el barrio todos estábamos contentos, porque se construiría un barrio nuevo, el progreso vendría de la mano, y nos quedaría la pavimentación cerca. Se hicieron las adecuaciones y sobre aquella inmensa loma empezó a surgir un lindo barrio, mejor dicho, uno de los mejores, hasta con cancha y todo. Nosotros vivíamos en un lugar pobre, humilde y sano, y todos empezamos a transitar por las calles de ese nuevo sector que nos conectaba con la civilización. La constructora vendió las casas y los nuevos propietarios empezaron a arreglarlas con rejas finas, buenas puertas, cielo raso, finas baldosas y espectaculares ventanas.

Sin embargo, con el pasar de los días se generó una falla geológica de hundimiento progresivo en el terreno, porque la construcción, justamente, se hizo sobre el lugar que antes fue una mina de arena. Las casas empezaron a agrietarse, y descontentos los propietarios le reclamaron a la constructora, quien los evacuó y reubicó por prevención, mientras realizaban los estudios de suelos.

Aledaño a nuestro barrio había otros también muy humildes. Un día como a las 3:00 p.m. yo veía pasar un gentío con picas, palas, martillos, machetes, masetas, entre otros. Mi susto fue inmenso al observar aquella turba; pasaron de largo, había viejos, jóvenes, niñas, niños, señoras, mejor dicho, gente de todas las edades. Como a las tres horas regresaban cargando en la cabeza láminas de eternit, ventanas, puertas y hasta las rejas. Habían desvalijado aquel barrio. Pensé: “bueno, eso es todo”.

Pero que equivocado estaba yo. Al día siguiente, como a las 5:00 a.m. se sintió el estropicio. Era de nuevo la misma gente; empezaron arrancando las tazas de los baños, los lavamanos, los adobes, las baldosas y hasta el sistema eléctrico. Mis ojos no daban crédito a lo que veían, solo exclamé: ¡Mierda, qué vaina! Al día siguiente la misma escena se repitió; arrancaron todo lo que pudieron.

Pero nuevamente esta turba superaba mis expectativas, y yo en mi inocencia juvenil me preguntaba en silencio por qué seguían tumbando con macetas, si ya solo quedaban ruinas. Demolieron las vigas y bases para sacar el hierro y venderlo, y por último se llevaron hasta los tubos de desagües. En un dos por tres había desaparecido aquel barrio y solo quedaban escombros por todas partes, que luego la gente se iba llevando para rellenar las calles, las casas, o los patios.

Días después se nos dio por visitar uno de los barrios vecinos, y el contraste que encontramos era entre mágico y chistoso. Se observaban unas casitas de tablitas con cartón, bolsitas plásticas, y piso de tierra, pero en su parte delantera, en la terraza, lucían rejas finas amarradas con alambre dulce a los maderos, y otras apuntaladas con clavos; otras casi cayéndose tenían sus láminas de eternit nuevas; otro rancho al que pudimos pasar tenía el baño hecho de tablas viejas, y la puerta era un trapo viejo con un roto, por el cual pude ver una taza de baño muy fina, y un lavamanos anclado a la tabla con clavos grandes.

Entonces comprendí que el mundo es así. Habían desbaratado un barrio completo, porque la necesidad no da tregua. Estos pobladores vieron en la situación una oportunidad para mejorar y hasta dignificar sus condiciones.

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