La invasión yanqui en Haití (1915-1934)

Ilustración: US invasion of Haití

 

Las causas

En 1898 Estados Unidos se estrenó como país imperialista, luego de derrotar a España en una breve guerra (un picnic decían los militares y políticos de esa naciente potencia), tras la cual se apoderaron de los jirones del desvencijado imperio español, entre los que sobresalían Cuba, Puerto Rico y Filipinas. De ahí en adelante inician una acelerada expansión por Centroamérica y el Caribe que los lleva a apoderarse de Panamá, invadir en forma sucesiva en las décadas siguientes a Nicaragua, República Dominicana, Cuba y a Haití. Los pretextos usados para realizar esas intervenciones siempre eran similares: defender la seguridad y propiedades de los nacionales de Estados Unidos supuestamente amenazados por las continuas “revoluciones” que se llevaban a cabo en los países aludidos.

 

Justamente, ese va a ser el pretexto esgrimido en 1915 por parte del presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, para ocupar a Haití. En el fondo se ocultaban otras razones, entre las cuales sobresalía el temor al papel que desempeñaba una pequeña colonia de alemanes que llegó a controlar el 80 por ciento del comercio de Haití y a poseer el muelle de Puerto Príncipe y un tranvía en esta misma ciudad.  En plena Primera Guerra Mundial se consideraba en los círculos políticos y financieros de Washington que se debía limitar la presencia alemana en la pequeña isla caribeña. Un interés particular tenían los banqueros de Estados Unidos, preocupados en preservar sus inversiones en Haití y en mantener el control de sus finanzas. 

En diciembre de 1914, el gobierno de los Estados Unidos ya había dado muestras de lo que era capaz y de sus nexos directos con los banqueros de Wall Street cuando efectuó un acto de piratería, un atraco, contra el Banco Nacional de Haití, en una acción que parece de ciencia ficción. 

En efecto, el barco USS Machias  ingresó de noche y sin autorización al puerto principal de Haití, de allí descendieron marines que ingresaron a las bóvedas del Banco de donde sustrajeron el equivalente a quinientos mil dólares en oro y los llevaron directamente a Nueva York. Este atraco fue justificado por el gobierno de Estados Unidos aduciendo que de esa forma se cobraba la deuda que Haití tenía con banqueros yanquis. Para asegurarse de una forma permanente el pago de las deudas de Haití y no verlas amenazadas por las disputas políticas internas, en las que existían voces antiestadounidenses, nada mejor que ocupar el país e imponer a la fuerza la “diplomacia del dólar”.

Estas razones nunca se reconocieron y como suele suceder en estos casos, Estados Unidos argumentó que los 330 marines que invadieron a Haití el 28 de julio de 1915 tenían como misión la protección de los intereses de estadounidenses y extranjeros, amenazados por una guerra civil que se libraba en esos momentos, y los ocupantes se autodenominaban como representantes de una Misión de Paz que pretendía restablecer el orden interno. En concreto, intervinieron luego de una insurrección popular que ejecutó al expresidente Guillaume Sam porque este había ordenado la masacre de 170 presos políticos que se encontraban en la cárcel de Puerto Príncipe. Esta insurrección era encabezada por el médico Rosalvo Bobo, quien siempre se había manifestado en contra de la injerencia de los Estados Unidos en los asuntos de Haití, por lo que no es difícil concluir que el presidente de esta potencia, W. Wilson, al invadir militarmente a la isla caribeña quería impedir el establecimiento de un gobierno independiente que se convirtiera en un mal ejemplo para los otros países de la región.

La ocupación

Una vez consolidada la ocupación de los Marines, los representantes de los Estados Unidos iniciaron la “americanización” de la isla que consistía en el control de sus finanzas y de la administración pública, con el fin de garantizar el pago de la deuda a los bancos estadounidenses. Con este fin, Estados Unidos nombró un recaudador general y un consejero financiero que se encargaron de controlar las aduanas del país e imponer un tratado primero y luego una Constitución favorable a sus intereses. Aún más, esa constitución fue redactada por el entonces Subsecretario de Marina, Franklin Delano Roosevelt, quien años después reconocía con jactancia: “En realidad yo mismo escribí la constitución de Haití y… creo que es una muy buena constitución”. No buena, excelente para los Estados Unidos pero nefasta para el pueblo haitiano, como lo demuestran algunos de sus artículos, en donde se concedía el derecho de propiedad inmobiliaria a los extranjeros, algo que estaba prohibido desde la independencia de 1804. En un artículo especial se disponía que “todos los actos del gobierno de los Estados Unidos durante su ocupación militar en Haití son ratificados y validos”. También para avalar a los colaboradores locales de la ocupación se establecía que “ningún haitiano podrá ser sujeto de persecución en lo civil o en lo criminal por actos ejecutados siguiendo órdenes recibidas durante la ocupación o bajo su autoridad”. No por casualidad otro presidente de los Estados Unidos,  Warren Harding, en una rara manifestación de sinceridad diría que “es una constitución que las bayonetas norteamericanas hundieron en la garganta del pueblo haitiano”.

Aparte de la justificación legal, funcionarios civiles y militares de los Estados Unidos monopolizaron los altos cargos del Estado haitiano, con la excepción de la Presidencia de la República, que dejaron en manos de un nativo incondicional, con el fin de guardar la apariencia de que el país era soberano e independiente. 

Los ocupantes de Estados Unidos, gran parte de los cuales venían del sur de su país, mostraban un gran desprecio racista por los haitianos, a los cuales sometieron a trabajos forzados para la construcción de carreteras y obras públicas, labores en las cuales murieron unos seis mil haitianos. Ese racismo se expresaba en la creencia de que los haitianos eran inferiores y no se podían gobernar por sí mismos y había que imponerles la democracia a la usanza de los Estados Unidos.  

Ese racismo se evidencia en comentarios como los de un coronel de Virginia, Litletton Waller, quien afirmaba que los haitianos eran “negritos de los de verdad, no nos engañemos” y aunque existan “algunos hombres de buen aspecto y buena educación, pero rascas un poco y sale el auténtico negrito”. En la práctica, los negros del país, incluyendo al propio presidente títere, no podían ingresar a los hoteles, restaurantes y clubes de los ocupantes extranjeros. 

Los marines administraban en forma directa las provincias y ejercían el poder de veto sobre cualquier decisión del gobierno haitiano. Para garantizar el control absoluto del país, Estados Unidos creo una gendarmería local, dependiente e incondicional, en la que formó y adiestró a sectores nativos de las clases dominantes, e incondicionales a los dictados de Washington, para que expoliaran y reprimieran al pueblo haitiano durante todo el resto del siglo XX.  

Rebelión contra los ocupantes  

Durante las dos décadas que duró la ocupación de Estados Unidos, los haitianos se rebelaron de diversas maneras y nunca permanecieron pasivos, pese al abrumador poder de los invasores. La primera forma de resistencia que se organizó fue la lucha de guerrillas por parte de los campesinos de las montañas del norte del país (denominados cacos), que desde el mismo día de la ocupación se enfrentaron a los marines, librando una guerra épica y desigual que se prolongó hasta el año de 1922. Para enfrentar la guerra de guerrillas y la rebelión popular, en esos siete años Estados Unidos recurrió a métodos criminales que anticiparon su proceder posterior: los marines recurrieron al bombardeo aéreo, a la tortura, a las masacres indiscriminadas, a las ejecuciones sumarias, al pago de traidores y delatores. Al respecto un oficial de Estados Unidos confeso que “según la orden que habíamos recibido, matamos e incendiamos a todo lo que encontramos. Algunas veces no sólo matamos hombres, quemamos casas”. Un historiador haitiano, Jules Jolibois, relataba en 1932 el proceder de las tropas de los Estados Unidos en estos términos: “Los marines lanzaban bombas sobre ciudades indefensas…; hacían comer a sus perros las entrañas de mujeres vivas… Enviaban bebes todavía vivos hacia el aire y los recibían en la punta de sus bayonetas; regaron toda una zona… de gasolina e incendiaron todo sin permitir que los habitantes huyeran”.

El costo para los campesinos haitianos fue brutal: por lo menos tres mil de ellos fueron asesinados, una cifra que algunos historiadores extienden hasta 15 mil. El principal líder de los insurrectos, Charlemagne Peralte, se levantó en armas contra los invasores como “jefe del Ejército revolucionario”, al que enfrentó  durante dos años, sin sufrir ninguna derrota significativa. Ante esa fortaleza de los cacos y su principal líder, el ejército invasor optó por comprar a un traidor que asesinó a sangre fría a Charlemagne Peralte. Luego de su muerte, con el fin de desmoralizar a los combatientes, las tropas de Estados Unidos fotografiaron el cuerpo de Peralte, al que presentaron  como si hubiera sido crucificado.   

Antes y después que se hubiera impuesto la “pacificación” brutal de Haití, incluso sectores de las clases dominantes y de la clase media enfrentaron a la ocupación. Al respecto sobresalen dos momentos: en 1916 y en 1929. En el primer año señalado, cuando el régimen ocupante quiso darle un cariz democrático a sus acciones mediante un referéndum para aprobar la constitución que ellos habían redactado, la mayoría de los diputados se negó a aceptarla, pese a sufrir la amenaza de las bayonetas de los marines. Ante eso hecho valeroso, los ocupantes decidieron disolver la Cámara de Diputados.  En 1929, se produjeron movilizaciones de estudiantes y huelgas de trabajadores que pedían el retiro de los marines de su país, siendo reprimidos brutalmente con un saldo de 22 muertos y 52 heridos. 

Este hecho marcó el comienzo del fin de la ocupación, puesto que en plena Gran Depresión y con innumerables problemas internas de desempleo y parálisis productiva, en Estados Unidos no eran bien vistas las intervenciones en América Central y el Caribe. Por eso, en 1933 el gobierno de Franklin Delano Roosevelt –el mismo que había redactado la constitución de 1918– decidió retirar los marines de Haití, el último de los cuales salió el 15 de agosto de 1934.

Pero el impacto de la ocupación se prolonga hasta el presente, puesto que la gendarmería creada por los Estados Unidos y los funcionarios civiles que ese imperialismo patrocinó se convirtieron, como fieles testaferros de sus amos del norte, en los agentes del neocolonialismo y de las dictaduras criminales que hundieron en la pobreza y la violencia interminable a la mayoría de haitianos, que un siglo después padecen las consecuencias funestas de la brutal intervención “modernizadora” de los Estados Unidos.

 

Modificado por última vez el 19/04/2016

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Renan Vega Cantor
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