La enfermedad de la envidia

envidia

Es una enfermedad muy dolorosa, que no deja dormir en paz a los que la padecen; los atormenta día y noche, además de joder a todos los que le rodean. Es una mortecina que pudre todo lo que toca y produce más muertos que el cáncer.

 

La envidia es una enfermedad muy común pero muy mal definida. Según Wikipedia, “la envidia es aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas. La Real Academia Española la ha definido como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee”. Lo preocupante de la envidia no es el sufrimiento individual del enfermo, el dolor de quien padece tan grave enfermedad; lo duro es que esos enfermos actúan, hacen cosas horribles por obtener lo deseado o destruir a quien lo posee. Lo que da tristeza es saber que hay personas enfermas de envidia a quienes que les da tristeza el bien ajeno.

ETIOLOGÍA
Definitivamente sabemos que la enfermedad de la envidia no la transmite ningún microorganismo similar a los virus, bacterias, hongos o parásitos; no da por intoxicación al inhalar algún gas o veneno; no es una secuela de un trauma físico; no la produce la desnutrición ni la falta de acueducto ni de alcantarillado. Es una enfermedad social y ambiental.

Hasta hoy no se ha descubierto el gen de la envidia que la haga hereditaria pero sí se sabe que no se transmite de padres a hijos por vía biológica y no se ha demostrado que sea congénita. Es decir, no nacemos envidiosos y no es una marca de por vida. Hay por lo menos dos factores sociales– recordar la íntima relación biología-ambiente, que dan indicios de la posible causa de la envidia–: la división de la sociedad en clases sociales (la imposición de diferencias sociales al momento de nacer) y la cultura consumista y competitiva imperante en el sistema capitalista.

No es fácil, en esta sociedad apabullante, salirse de los esquemas y modelos impuestos: lo que vale, lo que soy, lo que tengo, lo que tengo que hacer para ser aceptado, lo que puedo disfrutar, lo que no tengo pero me lo muestran a toda hora en todas partes, lo que me falta, lo que le sobra y malgastan los demás, etc. En esas condiciones de presión sicológica, social y con este grado de debilidad mental y sin capacidad ética, política y filosófica para salirse de los moldes, lo anormal y raro sería encontrar humanos sanos o aliviados de la enfermedad de la envidia.

Nos hablan de la sana competencia: ¿será que sí existe más allá de los años infantiles e inocentes? ¿Promover la competencia como acicate para la productividad, la innovación y el desarrollo de la creatividad no será un arma de doble filo? Entonces, también existe la competencia malsana y esa sí que la promueven y la hemos sufrido. Esa cultura consumista y destructora ha generado millones de enfermos de envidia.

Lo peligroso de esta temible enfermedad es que sí es contagiosa, se riega con facilidad y más que una posición o una mentalidad, es una práctica cotidiana que mata, con premeditación y alevosía, como dijera en su momento el maestro Cantinflas. El envidioso, por lo regular, no se dedica a buscar esos objetos o condiciones deseadas sino que busca atacar y destruir al sujeto que disfruta lo que él no tiene. En esta enfermedad el sufriente personaliza el objeto deseado para acabar con el sujeto y eso es lo que la hace fatal para la víctima.

SIGNOS Y SÍNTOMAS
Los signos y los síntomas no son claros ni visibles tanto para los médicos como para los enfermos. Los afectados muchas veces no manifiestan nada y se muestran indiferentes ante las víctimas. Para nuestra desgracia, nos damos cuenta de la enfermedad cuando ya se ha hecho el daño y no hay nada o muy poco para hacer. Pero todas las envidias no son iguales: hay envidias chichipatas y de bajo vuelo como sus dueños, y las hay elegantes y de alto vuelo como las de los encopetados. Todas muy maléficas, e incluso mortales, tanto para el que la sufre como para las víctimas.

DIAGNÓSTICO
Salvo unos pocos casos, al principio es difícil descubrir y detectar a los enfermos, aunque pueden mostrar algunas formas y bajezas, la mayoría son calculadores y no actúan hasta que dan el zarpazo. Como la enfermedad está tan extendida, que ya es aceptada en sociedad, así muchos hipócritas nieguen que están enfermos. No hay ninguna ayuda diagnóstica que muestre en la sangre o en imágenes tal monstruo.

TRATAMIENTO
No se puede tratar con pastillas ni con inyecciones ni con brebajes; los siquiatras, sicólogos y politiqueros no ocasionan ningún efecto positivo, más bien agravan la enfermedad. Como es un problema social hay que tratarla con un gran proyecto social a largo plazo que nos dé recursos y disfrute colectivo. Una sociedad donde no se les dé a los obreros y campesinos que trabajan duro un mísero salario y a las modelos, a las reinas, a los actores, a los futbolistas, etc. millones de euros.

REHABILITACIÓN
Como los enfermos y el colectivo social están metidos hasta el cuello en el pantano de la envidia, ya sea en su papel de envidiosos, víctimas o defensores ignorantes de tan funesto mal, no hay campañas ni centros de rehabilitación gratuitos que valgan; como decían los abuelos, “van de culos pa' el estanque”. Mientras la clase social dominante con su cultura degradante promueva tan vil forma de vivir y de pensar y ésta sea aceptada como algo natural o mal menor– ojo que normalmente se acusa de estar enfermos de envidia principalmente a los pobres– no tendremos salidas ni futuro.

¿QUÉ HACER?
Tener claridad y certeza de que su causa no es de origen natural y que es posible cultivar futuras generaciones de jóvenes que no sufran de envidia; que por medio de una vacuna social y revolucionaria se puede erradicar esa peste de la humanidad y del planeta.

No podemos ser cómplices ni tolerar una sociedad que en su famosa civilización y desarrollo patrocine y permita que un gran porcentaje de su población sufra porque a los demás les va muy bien. No podemos permitir que nuestros hijos tengan envidia de los manjares que se comen los perros de los ricos. No podemos dejar pasar que la gente de nuestro pueblo viva en la miseria y coma basura, y esté incurablemente enferma de envidia por no poderse comprar un avión privado para ir a las playas de Europa. Y, por último, la única forma de envidia que deberíamos tolerar es aquella envidia buena, que nos hace desear ser como nuestros más preciados científicos poetas, políticos, artistas y enamorados de la vida....

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Acerca del Autor

Luis Alfonso Vásquez

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