A propósito del mundial y de las mafias

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Hace rato quería escribir sobre la mafia en el fútbol. Pensaba por dónde comenzar una historia tan real pero a la vez escondida, tan expuesta y sin embargo negada por los medios, y no encontraba cómo. Lo que están viviendo ahora los brasileros con el mundial me ofrece la posibilidad concreta de abordar el tema desde una realidad bien conocida.

 

Del mundial
Este va a ser uno de los mundiales de fútbol que pasará a la historia no sólo por sus jugadas, resultados, ganadores, figuras, etc., sino por lo que socialmente está ocurriendo: el pueblo brasilero se la está jugando en las calles de Sao Paulo, Rio de Janeiro, Salvador de Bahía o Recife para protestar por un espectáculo tan ajeno a ellos y tan cercano sólo al capital financiero; miles de personas en Brasil están diciendo “no queremos mundial”.

El 5 de junio tres de las cinco líneas del metro dejaron de funcionar por el paro de conductores; en mayo agentes de tránsito y conductores de buses habían hecho lo mismo. Es la inconformidad de un pueblo que sabe que el mundial es para cualquiera menos para ellos, pero sí a costa de ellos. En Brasil se construyeron y remodelaron estadios para este mundial, y se llegó al sin sentido de crear un estadio para 44.000 personas en una ciudad como Manaos, donde no hay equipos de fútbol profesional en primera división y el que mejor está ubicado está en la cuarta división, con muy poca hinchada. En general, se puede hablar de sobrecostos en estadios, altos costos de la vida, transporte y corrupción y está considerado como el mundial más costoso de la historia para los visitantes.

Esta situación no es nueva. Los brasileros salieron a la calle en masa durante la Copa Confederaciones en 2013, protestando por la realización de las millonarias obras y por los altos costos en que está incurriendo todo el país. En mayo bloquearon la visita de agentes de la FIFA a uno de los estadios. El gobierno brasilero había prometido que la inversión en infraestructura por parte del Estado sería mínima, pues se “comprometió” a que el sector privado correría con los gastos, lo que se constituyó en otra mentira del mundial: sólo los estadios tienen un sobrecosto de 3 veces el valor planeado y con la mitad de los gastos cubiertos con dineros públicos.

La FIFA –que tiene más afiliados que la ONU– hace un negocio redondo, cobra por toda la publicidad y derechos de televisión de un evento que hace con recursos de los países, pero ellos se quedan con toda la ganancia. Esta institución constituye una mafia total alrededor del fútbol, exige a los países que no se inmiscuyan en asuntos de fútbol ligados a ellos so pena de ser expulsados de dicha organización. Hasta el momento muy pocos se han atrevido a enfrentarla.

Y mientras tanto, nosotros ahí, consumiendo mundial.

A propósito de Colombia
El fútbol colombiano desde hace años está tomado por la mafia. Las mismas mafias que trafican, asesinan, desplazan y dominan este país son dueñas de equipos y/o jugadores del fútbol profesional colombiano. Podemos hablar actualmente de la Organización Ardila Lülle, dueña del Nacional; también podemos hablar de los esmeralderos, que siempre han tenido dineros en Santa Fe; de los Char en Junior de Barranquilla, o de la Oficina de Envigado y su relación con el Medellín. Lo que ha venido pasando es que han pulido sus formas de control y explotación económica de este negocio. Y digo negocio porque abiertamente lo es para sus dirigentes.

Pasaron los años en que equipos de fútbol recibían abiertamente dineros provenientes del narcotráfico como en la década del 80, cuando América tenía una selección suramericana en sus filas, Nacional con los puros criollos o Millonarios con jugadores mundialistas de la selección Argentina. Los tiempos de la extradición de Hernán Botero Moreno, presidente de Nacional en 1981, o de las platas por las que fueron encarcelados el presidente y varios funcionarios más del Independiente Medellín finalizando la década anterior, después de los títulos de 2002 y 2004. Todo esto parecería ser parte del pasado, sin embargo, lo que podemos observar es la paciencia y la delicadeza con que estos grupos de mafias legales e ilegales del país han perfeccionado las formas de lavar dinero y mejorar un negocio totalmente rentable para ellos.

Ahora encontraron un mejor negocio que el de las entradas a los estadios, ya ni les importa que la gente pueda ir o no, ver sus estadios vacíos les importa muy poco o nada, pues crearon un canal propio que se llama WIN Sport; con este canal vino toda la debacle del fútbol que se ve en los estadios. Ya no es un fútbol para el hincha, el que va al estadio, sino para el televidente, es un fútbol show pero de muy mala calidad. Quieren copiar lo que pasa con el Barcelona o el Real Madrid pero con una calidad ínfima.

Nos llenaron la semana de partidos, durante dos semanas de febrero se jugó viernes, sábado y domingo, martes, miércoles y jueves, sábado, domingo y lunes. Sólo se está descansando un día a la semana del fútbol y todo porque la televisión es la que define los días y los horarios. No se define por las necesidades físicas de los jugadores, por la capacidad de los clubes ni por la facilidad para el hincha, esto no importa. Por eso vemos ahora partidos en días de la semana a las 6 pm, cuándo la gente no puede asistir por estar trabajando; o un domingo a las 7:30 pm, y ahí cabe preguntarse en una ciudad como Medellín ¿cuántas rutas de buses hay para los barrios un domingo a las 10 pm? Creo que no llegan al 20% de las rutas, o sea, la gente no puede ir.

Por último, podemos hablar de las mínimas condiciones que les dan a los jugadores. Se han presentado denuncias por evasión de impuestos o por no darle a los jugadores ni el mínimo necesario y digno de cualquier trabajador en Colombia, como lo es la afiliación a la seguridad social. Podemos concluir que el fútbol es ahora uno de los negocios más lucrativos en el mundo, pero muchos de sus actores principales, como los jugadores, ahora están convertidos sólo en mercancías, están tan expuestos a una explotación tal que son los que menos ganan en toda la pirámide del negocio que se hace con sus piernas pero que ellos cargan con todo su cuerpo. Es una total explotación. Quedó atrás comprender el fútbol como un deporte, y éste como parte de la cultura de la ciudad, de los deportistas como esos que practican una actividad física y compiten con otros por el juego. Quedó atrás el fútbol como juego, como diversión. Lo convirtieron todo en un negocio con el que todos sueñan, en mercancía que se modela, se pule y se vende en los mercados mundiales pero en el que la ganancia es para unos pocos y muy selectos.

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Antonio Molina

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