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Espejo de agua o espejo de la realidad

El embalse de Cerrón Grande, el más grande de la República de El Salvador, no es solo un espejo de agua que refleja el cielo azul de Suchitoto o los hermosos rostros de los pescadores y las pescadoras; es también el reflejo de una realidad que nos rodea. Nuestros problemas generalmente radican en todo aquello que el modelo neoliberal nos quiere imponer; pero el modelo se aplica a nivel global y en cada rincón del mundo hay hermanos y hermanas que sufren y han sufrido históricamente la lógica del despojo, aunque éste varíe en su forma de accionar.

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En Colombia la arremetida actual del capitalismo ha puesto sus ojos en la extracción desmedida de los recursos naturales, y para ello ha reorganizado nuestros territorios con base en sus necesidades: minería a gran escala; siembra de caña, palma aceitera, yuca amarga para agrocombustibles; construcción de macro y micro centrales hidroeléctricas; grandes obras de infraestructura; aprobación de Tratados del Libre Comercio y en general, la privatización de los recursos, los servicios y la vida. Pero esta historia sucede también en países vecinos. El Salvador es el país más pequeño y poblado de Centroamérica; enfrentó por más de 12 años una guerra civil que fue finalizada oficialmente en 1992 debido a los acuerdos de paz, pero cuyas causas siguen generando una violencia enorme en las calles, barrios y cantones, con el fortalecimiento de las Maras. Y, sobre todo, este país ha sido golpeado por esa violencia económica que se traduce en la dolarización de la economía, la precarización de la producción agrícola, el cambio de vocación productiva y la implementación de megaproyectos.

El lago de Suchitlán o embalse de Cerrón Grande es un ejemplo de esta violencia. Ubicado a 78 kilómetros al norte de San Salvador, sobre el río Lempa, es un lago artificial que cuenta con 135 Km2: es el de mayor extensión en el país, pero en él se ha construido una presa de 90 metros de altura con una longitud de 800 metros, que generan 488 Gwh anualmente. La presa es operada desde su construcción por CEL -Comisión Ejecutiva de Hidroeléctrica del Rio Lempa, una empresa estatal que controla tres represas más dentro del país y actualmente adelanta estudios para la implementación de otros dos proyectos hidroeléctricos en conjunto con el Instituto de Electrificación de Guatemala (INDE).

La represa en el lago Suchitlán se construyó a principios de los años 70, en un contexto económico, político y social de alta tensión, justo antes del inicio de la guerra. Tanto el embalse como la guerra misma fueron apoyados de forma directa por el gobierno estadounidense y sus militares, por eso muchos de los pobladores de la zona se vincularon directamente a la guerrilla en vista de que el embalse fue considerado como una afrenta a su derecho propio de habitar el territorio y construir en él su vida.

Pero la realidad en El Salvador es similar a la nuestra en términos de la producción eléctrica. La que actualmente produce es más que suficiente para la población actual y, sin embargo, las tarifas son sumamente elevadas. Por ejemplo, una pescadora habitante de Suchitoto, en entrevista con Periferia, manifestó que en las tareas de la pesca se emplean su esposo, su hijo y ella, pero la mayoría de los días los ingresos de la familia no ascienden a los 3 dólares; sin embargo, mes a mes deben pagar alrededor de 28 dólares por el consumo eléctrico, a pesar de contar solamente con un televisor y tres bombillos.

Por otro lado, la misma pescadora afirmó que antes de la construcción del lago todo el territorio estaba sembrado de yuca, caña de azúcar y otros productos de pancoger. Sus habitantes sobrevivían gracias a los cultivos y a la pesca artesanal en el río Lempa, especialmente al lado del cantón de San Francisco. Sin embargo, al empezar a llenar la presa todos los y las pobladoras tuvieron que desalojar sus champas (Casas construidas con materiales de la zona por sus mismos habitantes) y aun si no querían; ya la empresa CEL había pagado por sus tierras a tan bajos precios que el descontento fue general: quienes no quisieron, quedaron aislados debido a que el embalse se formó, y de todas maneras se vieron obligados a desalojar.

Al indagar acerca del paradero de la población que habitaba la totalidad del territorio que pasó a ser espejo de agua, esta mujer apunta que la mayoría de quienes se desplazaron tuvieron que resignarse a dejar sus tierras y su oficio tradicional y se vieron reducidos a habitar en el casco urbano del municipio o a migrar a otro país, principalmente a Estados Unidos. Con lo que la empresa CEL les pagó por sus propiedades no alcanzaron a estabilizarse ni económica ni culturalmente como pobladores urbanos.

Pero también es enfática la mujer al concluir que actualmente el pueblo no es ni la sombra de lo que fue antes, porque todo cambió: lo productivo, el paisaje, la forma de ganarse la vida. Por eso no duda en afirmar que antes de la represa era mejor la vida; no necesitaban un permiso para pescar, permiso que ahora es entregado por la empresa CEL; la tierra se podía trabajar y todos tenían su parcela para los cultivos; había monte para la caza. Ahora Suchitoto, después de tener una definida vocación agrícola, ha pasado a ser un pueblo destinado para el turismo, y en esta lógica productiva sólo se benefician unas pocas personas y sólo en temporada alta. Esto también ha generado división, porque son los propietarios de lanchas, hoteles y restaurantes quienes reciben todas las ganancias, mientras la gran mayoría de la población debe lidiar con lo poco que queda para subsistir. Vale recordar que el turismo en Suchitoto se fundamenta en la historia de la guerra misma, la cual golpeó fuertemente a esta población, dada su posición estratégica y la cercanía con la capital San Salvador.

El pueblo es muy pobre y lo que se vende en el exterior es la cara bonita que el turista desea ver y la historia de una guerra que aún no ha finalizado, debido a la presencia permanente de las Maras. En las afueras y en los cantones es donde realmente se puede ver y vivir la pobreza, la que se manifiesta también en grandes diferencias frente a la tenencia de la tierra y la capacidad productiva de la zona. Igual que en Colombia, en pocas manos se encuentra la mayoría de las tierras con vocación agrícola; además, los medios de producción también se encuentran concentrados y los arrendamientos que pagan los y las campesinas son tan altos que en caso de acceder a la tierra, no son capaces de sostener la producción por el precio de los insumos e incluso la falta de oferta en el mercado local.

La historia de esta campesina y de su esposo, sobrevivientes de la guerra, víctimas del despojo, sometidos al cambio cultural y productivo y, sin embargo, joviales, tranquilos y calurosos en medio de las aguas del lago, es la historia que ha acontecido y acontece en Colombia: aquellos y aquellas que habitamos los territorios más diversos, productivos y en los que nos sentimos plenamente arraigados, somos desplazados por los megaproyectos y por el sistema económico que sólo atiende a sus necesidades.

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Acerca del Autor

Braulia Lagos