La maquila del dolor

Ya se disolvieron los vapores de la euforia cumpleañera de la Constitución de 1991, esos 20 años de humillantes sofismas de distracción para con la sociedad civil y con una ciudadanía cada vez menos empoderada, que replica los vicios cabilderos de los padres de la patria. Esa constitución es un sofisma maquillado apenas con el frágil barniz de una que otra sentencia de la Corte Constitucional de talante pluralista y garantista. Y ha emergido de entre las páginas antitécnicas y mal escritas de ese mamotreto que es la Norma Fundamental, una institución más para lamentar: La Fiscalía General de la Nación.{jcomments on}

 

No me referiré aquí a los espectáculos bufos, por no decir circenses. Cierto es que acróbatas, payasos y magos, señores de las carpas, deparan visiones más gozosas y vitales que aquellos con los que nuestra fiscalía, tan mediática, diariamente nos obsequia: sus principios de oportunidad a traficantes y homicidas, sus preclusiones amañadas en procesos por corrupción y malversación de fondos, sus sospechosos vencimientos de términos al momento de acusar a embajadores y plutócratas. Pero no serán estos los temas de este escrito. Me referiré a dos de sus excrecencias, aquellas que se pregonan más “cercanas” al ciudadano de a pie.

Y es que desde las URI, Unidades de Reacción Inmediata, y las SAU, Salas de Atención al Usuario, se replica como en el modelo productivo de la maquila, el dolor de esa sociedad civil que no encuentra para sus legítimos reclamos de una pronta justicia, otra cosa que un muro de tecnicismos y dilaciones. Allí el funcionario de turno dice solemne: “eso no nos compete, acuda a la justicia ordinaria”, que es ordinaria precisamente por su baja calidad, por su inelasticidad al momento de encorsetar los conflictos en los parámetros de normas procesales cada vez más autorreferentes, infatuadas de vana seudofilosofía. Allí las personas desaparecen y se convierten en partes, como si fueran repuestos, o en términos, como si fueran apéndices de un organismo cuyo funcionamiento desconocen.

Eso, sino es que la “reacción inmediata” demora en repartos y asignaciones dos o tres meses, para llegar a una sala de inatención al usuario, donde se celebrarán “conciliaciones”, donde se firmarán acuerdos nacidos de la voluntad del funcionario por llenar estadísticas, y no de la conciencia real de los intervinientes, impidiendo que los desaguisados entre los ciudadanos se resuelvan de modo eficaz. Y así entre traslados, conflictos de competencia y agendas copadas, transcurren los meses y los individuos optan por la resignación o la venganza.

Da pena reconocerlo, pero nuestra legislación penal, eso que orgullosamente llamamos código penal, es un monumento a la inoperancia, a la impunidad cierta para unos, y a la condena, también cierta para otros, los condenados de la tierra que dijera Frantz Fanon. Y en vano también se busca en el catálogo de delitos, de “hechos punibles”, una adecuación típica para las más frecuentes y cotidianas reclamaciones de la gente del común, sometida así a la más inoperante jurisdicción de policía, donde inspectores con ínfulas de legisladores adelantan querellas y promueven acuerdos: irresponsables e irrespetuosos de la digna convivencia se ríen a su amaño, sin que la justicia penal actúe contra ellos.

Eso sin contar con las famosas unidades de ley 600, el anterior código penal, desde donde la Fiscalía enarbola el lema “prescribió la acción penal”, como si el dolor de los humillados y ofendidos pudiese prescribir tras decenas de audiencias, citaciones y años de buscar en la legalidad una migaja de justicia.

Transcurren así, en las lóbregas y kafkianas oficinas de las URI y las SAU, mujeres mendigando una cuota alimentaria digna para sus hijos, arrendatarios o inquilinos clamando por la reparación de los daños causados dolosamente en sus bienes, víctimas de abusos de confianza, lesionados en accidentes de tránsito, que lo único que reciben a cambio son constancias de asistencia a las diligencias, papeles con firma que nada dejan en firme. Entre tanto, ese elefante blanco y artrítico que es la Fiscalía se vende a los medios cual barragana cartagenera, señalando estadísticas, indicadores de logro que nada lograron por aliviar el vacío de justicia de una ciudadanía cada vez más escéptica frente a su necesidad, pertinencia y eficacia. Papeles al fin y al cabo que se producen en serie, con formatos preestablecidos, papeles desechables en la industria del espectáculo de la justicia, papeles para invisibilizar la maquila del dolor.

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Eddie Féretro

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