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Editoriales 2016

A la paz se llega para vivir, para ser feliz, para alcanzar un mundo soñado, para lograr la libertad y hacer a otros lo que quisiéramos hacer con nosotros mismos, a la paz no se llega para morir.

Pero este es un país en un planeta donde buscar la paz es emprender un camino hacia la muerte. Un lugar en donde luchar por los cambios que aparentemente todos y todas queremos, es meterle cinco balas al tambor de la vida y darle vuelta para luego apuntarse en la cabeza; aunque tal vez tenga la oportunidad de sobrevivir.

Eso le viene sucediendo desde hace décadas a las personas que lo han intentado. Le sucedió a Guadalupe Salcedo en los años 50 cuando creyó en la paz que le ofrecía el general Rojas Pinilla. Salcedo, un hombre liberal que se dedicó a combatir contra las injusticias de su época y que jamás fue derrotado en el campo de batalla, vino a sucumbir en la silla vieja de una humilde tienda de barrio, bajo las balas del pacificador que lo invitó a él y a su ejército a hacer la paz.

Y le sucedió en los años 60 a unos hombres y mujeres conducidos por Ciro Trujillo, que huyendo de las violencias causadas por el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948, buscaron alejarse de la pacificación conservadora para construir su propia paz en territorios autónomos alejados del egoísmo individualista, pero también allí fueron alcanzados por las balas puestas en el tambor. Solo el azar permitió que un puñado de ellos lograra huir al juego de la ruleta y se fueran a construir un ejército del pueblo en las montañas de Colombia, para construir la paz algún día. A Pedro Antonio Marín le correspondió liderar ese grupo que ofrendaría muchas vidas durante décadas... por la paz.

También contra el plan de pacificación del pacto de élites acordado en 1958 y durante 16 años por el partido liberal y el conservador, llamado Frente Nacional, se fueron unos jóvenes para Cuba a entrenar para tratar de repetir en suelo patrio la proeza de los barbudos. Hoy, ya maduros y conducidos por uno de sus fundadores, se encuentran en Quito esperando a que los pacificadores decidan emprender con ellos el camino de la paz. Ojalá, pensarán ellos, que la invitación no sea a jugar a la ruleta de siempre, la misma que desde 1964 viene jugando Nicolás Rodríguez cuando apenas tenía 14 años y su señora madre remendaba los uniformes de la recién fundada guerrilla del ELN.

Entre los años 80 y 90 se quedaron en el camino otros soñadores de la paz como las cinco mil almas de la Unión patriótica, o los cientos de almas de A Luchar, y Carlos Pizarro Leongómez comandante del M-19 asesinado dentro de un avión en pleno vuelo, solo semanas después de haber firmado la paz con Virgilio Barco. Y muchos, pero muchísimos más, centenares de miles de anónimos se han quedado en el camino que emprendieron un día creyendo que por allí se llegaba a la justicia, a la igualdad y a la paz.

Hoy, ese camino plagado de peligros es evitado por la mayoría de la nación, y es lógico, ¿quién quiere andarlo sabiendo lo que le espera? Seguramente la gente no es boba, y no es que no quiera los cambios, pero no es capaz, le da miedo entrar en el juego mortal de la ruleta de la paz.
Por eso, quizás, queriendo salir del problema de cualquier manera, hoy se pide a gritos la paz a cualquier precio. La paz sin participación y sin cambios. La paz exprés desean otros y otras. Una paz sin armas y sin guerra dicen los más ingenuos. Será sin las armas y sin la guerra de las guerrillas porque en una sociedad militarizada y sin la opción de debatir sobre ese flagelo, millones de armas seguirán en las manos de paramilitares, bandas, mafias, civiles y fuerzas militares; estas últimas, en especial, no están dispuestas a dejar de disparar bajo ninguna circunstancia, se necesitan para “defender la patria”, aunque no se sabe ahora de quién la defenderán. Tal vez sea para defender a las transnacionales, a la oligarquía, a los corruptos y a los pacificadores de turno.

Después del 2 de octubre de 2016, cuando se perdió el plebiscito por la paz, las insurgencias y los millones que esperábamos el triunfo del Sí entramos en modo incertidumbre. Y aunque se encendieron las luces de la posible instalación de la mesa de Quito con el ELN, seguramente para ocultar el fracaso de La Habana, el gobierno y la oligarquía empezaban a vivir un sueño dorado, un país sin guerrilla a cambio de una ilusión de acuerdo de paz. Un sueño dorado porque con una guerrilla jugada por la paz y la otra esperando en Quito la instalación de unos diálogos que tal vez jamás inicien, el gobierno tiene el camino despejado para continuar la aplicación de reformas en contra de las libertades y la justicia social, y favorables al gran capital. Mientras tanto, el movimiento social ha estado ocupado, razonable y honestamente movilizándose en defensa de los acuerdos y exigiendo mayor participación de la sociedad en la construcción de la paz integral. ¿Qué más quieren los señores de la guerra?

Tal vez el nuevo acuerdo de La Habana del 12 de noviembre, aunque remendado y maltratado por la ultraderecha y quienes apoyaron el suicidio colectivo de la nación, sea un paso para que el camino de la incertidumbre y las minas anti transformaciones se abra. Como se dijo en el pasado editorial, la tierra está abonada para seguir sembrando. Y es terreno fértil para todos y todas, nadie tiene excusa para no jugársela por un país a la medida de sus intereses, los que sean. Los de una colonia en ultramar con reyezuelos terratenientes y homofóbicos; o la de una nueva patria equitativa, libre y soberana.

Ahí están las opciones. Pueden ser muchas más: la indiferencia, la de tirar la piedra y esconder la mano, la de responsabilizar a los demás. O, la de la participación y el diálogo entre todos y todas, la de los oídos abiertos especialmente a las necesidades de las víctimas y los despojados, la que distribuye mejor la riqueza, la que busca educación y salud universal y de calidad al alcance de todos y todas. No hay que tenerle miedo a la participación, a la democracia y a la vida.

Señores y señoras empresarios, políticos de toda clase, partidos, obreros y campesinos, negros e indígenas, estudiantes y mujeres, colombianos y colombianas, la mesa está servida.

Un huracán pasó por Colombia y causó toda clase de desastres. También dejó tierra fértil abonada para sembrar con los excluidos, los escépticos y los oprimidos. El huracán del NO tocó tierra firme el 2 de octubre y aún no se sabe cuántos muertos dejó ni cuántos más causará, tampoco el número de corazones solidarios que despertó, ni los nuevos vientos huracanados y tormentas salvajes que desató.

Las últimas semanas que hemos vivido los colombianos y colombianas hacen parte de una obra de suspenso, seguramente tenebrosa y perversamente calculada por las élites que encabezan los oligarcas y terratenientes, para desarmar y desmovilizar totalmente gratis a uno de sus mayores contradictores. Los resultados apretados del plebiscito dejarían en un verdadero paraíso a las oligarquías para seguir promoviendo un Estado atrasado, conservador e injusto, en medio de una paz neoliberal y con una oposición armada reducida drásticamente.

Piensa mal y acertarás, dice un sabio dicho. A eso nos han acostumbrado los políticos y las clases que se han aplastado por más de dos siglos en el poder y que se niegan a levantarse para que otros se sienten, o mejor para que despedacen ese cómodo sillón y se pongan a trabajar en beneficio de una nación lacerada por tantos golpes, engaños y crueldades recibidas. El imperialismo, la comunidad internacional, los garantes y los financiadores harían parte del reparto de la fina obra tejida con filigrana. “¡Qué pena, qué pesar!, –dirían todos al unísono– nos esforzamos tanto, pero lamentablemente el mismo pueblo en su máxima democracia dijo NO a los acuerdos. Nada podemos hacer”.

Y en este estado de cosas, tal como pasó en 1957, el país se salvaría con un gran pacto de élites. Al fin y al cabo una ya tiene premio Nobel y la otra está viva y coleando para jugar de nuevo en la presidencia hacia el 2018, o por lo menos en dicho pacto para gobernar. Todos veremos avanzar las reformas en contra del pueblo sin que ninguna de estas dos partes mueva un dedo para frenarlas.

Pero el diablo es puerco, también dice el refrán popular. Y lo que se pierde por un lado se gana por otro. El nivel de unidad y movilización provocado por lo que sería un gran engaño al proceso de paz generó la salida a la calle de cientos de miles de colombianos y colombianas, y en estos próximos días podría crecer exponencialmente. A pesar de que muchos de los que se movilizan solo quieren que se respeten los acuerdos de La Habana, otros sectores han planteado salir contra la reforma tributaria, la ley Zidres y las demás reformas arbitrarias e injustas que se aprobaron o se cocinan en el Congreso de la República.

Las propuestas que van tomando fuerza y que se han escuchado en boca de los más disímiles actores políticos hablan de impulsar un Gran Diálogo Nacional por la Paz y contra el pacto de élites. Se habla de formas democráticas de participación como cabildos abiertos, asambleas populares, mingas de pensamiento, etc., en donde la ciudadanía y los sectores de toda clase pongan a jugar sus propuestas de paz, encaminadas a superar asuntos sociales y cotidianos como el pésimo sistema de salud, el costo de la educación y la ruina en que se encuentra la universidad pública, los altos costos de los servicios públicos, la tragedia ambiental, la pobreza y la desnutrición en la que viven millones de personas en Colombia, entre otros. Tal vez estos temas y asuntos serían los que estaban esperando los 22 millones de colombianos y colombianas que no ven en las urnas ninguna posibilidad para mejorar su crítico nivel de vida.

Un elemento en favor de estas iniciativas es que los mismos sectores y comunidades que se sumen a estos procesos de participación y movilización se representarían a sí mismos y no serían suplantados por los partidos tradicionales y tampoco por otras formas organizativas. En suma, los efectos negativos de los resultados del plebiscito, estarían provocando toda una suerte de proceso constituyente en donde por primera vez en la historia el pueblo caminaría hacia la construcción de su propio futuro.

Es tierra abonada para las organizaciones comunitarias, sociales y populares de todas las tendencias políticas, que siempre han hablado de organización y trabajo desde la base. Un momento para dejar de hablar tanto y actuar en consecuencia y coherencia con el contenido de sus discursos.

A este panorama se le suma el reciente anuncio del Ejército de Liberación Nacional, ELN, de instalar este 27 de octubre la fase pública de conversaciones con el gobierno en Quito- Ecuador, cuyo primer punto de la agenda habla justamente de la participación de la sociedad en la construcción de la paz. Uno de sus máximos líderes y jefe de la delegación de paz de esa guerrilla, planteó en la entrevista concedida a Telesur el sábado 15 de octubre, que la responsabilidad de trabajar por la paz y por su propio destino está en la sociedad misma, e invitó a todas las iniciativas sociales y políticas, y en especial al 63 % que no participó en el plebiscito, a que se apropien de esta propuesta.

Es un momento para trabajar como verdaderas hormigas, de manera laboriosa, colectiva y coordinada. Como dice la canción de la agrupación Calle 13,  “Aquí llegaron las hormigas, vamos conquistando tierras enemigas. Invisible, silenciosa y simultánea, toda la invasión es subterránea. Sin disparar al aire, sin tirar misiles, sin tener que matar gente usando proyectiles, la guerra la peleamos sin usar fusiles. Somos muchos hermanos con muchos primos, la familia es grande porque nos reproducimos”.

Después del entusiasmo que nos produjo la etapa de la vuelta España del 10 de septiembre y de sacarnos el nudo de la garganta provocado por la alegría de ver a Nairo Quintana, a Darwin Atapuma y al Chavito brindar lecciones de ciclismo en Europa; después de leer las crónicas que recuerdan a Nairo en su pubertad sembrando papa y repartiendo domicilios en bicicleta o en su adolescencia compitiendo y peleando en las carreteras boyacenses con los muleros, caemos en cuenta que estas historias también hacen parte del ambiente propicio que necesitamos todos y todas en estos momentos políticos para meternos más en la construcción del proyecto de país que queremos. Además, resaltar a Nairo y Esteban Chávez es importante no solo por sus antecedentes humildes o populares sino porque han sido capaces de expresar, a pesar de su fama, su simpatía por las causas sociales y por la paz, cosa que la mayoría de famosos no hacen para evitar compromisos que pongan en riesgo sus intereses económicos.

Y esta reflexión se afianza después de leer la columna de William Ospina titulada “Votar sí: la hora de la Franja Amarilla”, publicada en El Espectador también este 10 de septiembre. Ospina nos ayuda a quitarnos de encima la preocupación que tenemos muchos en estos momentos frente a la decisión que debemos tomar ante el plebiscito. Decir Sí o No a los acuerdos que firmarán el 26 de septiembre en Cartagena el gobierno y las Farc. También nos ayuda el escritor a los que tenemos reproches o críticas a esos acuerdos, a expresarlos con toda claridad sin sentir con ello que estamos atacando la paz ni sumándonos a la ultraderecha guerrerista. Ospina nos apoya con su escrito a los que tenemos críticas a los acuerdos y sin embargo votaremos en favor del Sí, porque consideramos que hay que ir por más.

Este ambiente revuelto entre política, polémica y orgullo por ser compatriotas de los escarabajos, nos dio fuerza para compartir este pronunciamiento que surgió del segundo seminario metodológico y político de la Mesa Social para la Paz, una iniciativa que busca generar la participación de la sociedad en la construcción de la paz y en el proceso que está pendiente por instalar de manera oficial entre el gobierno y el ELN. Este seminario que justamente se desarrolló en Bogotá el 9 y 10 de septiembre, arrojó expresiones de este tenor:

Los anhelos de paz de la sociedad colombiana se miden también por los niveles de felicidad expresados en los rostros de su pueblo. Y estos niveles aún se encuentran bajos, los rostros cuarteados de los más humildes no pueden expresar sonrisas porque en sus ollas no hay comida, porque en los hospitales no hay medicina ni servicio, porque sus niños y niñas tienen que trabajar en vez de ir a la escuela. Porque para ellos no hay casa en dónde soñar, su techo en millones de casos son las estrellas, y los arropa el frío.

Para que un pueblo tenga felicidad y paz, se requiere más que un acuerdo de dejación de armas, más que unas pequeñas reformas rasgadas al egoísmo del oligarca, más que un pedazo de tierra condicionada, más que un perdón arrancado a las malas al Estado criminal, y más que un espacio estrecho lleno de obstáculos para jugar a la democracia.

También para que haya paz y felicidad se deben dejar correr las aguas de los ríos sin permitir que mueran en las represas, sin que estas sirvan para quebrarle las entrañas a la tierra o laven el veneno que se vierte sobre millones de toneladas de tierra, que antes eran montañas en donde corría el viento y la vida.

Ese torrente que durante siglos ha impulsado la fuerza de nuestra resistencia seguirá a pesar de todo. Y sumarán en su camino las luchas y los logros de otros, y los acuerdos de otros serán ventanas por donde penetren nuestros anhelos, y les diremos que Sí a pesar de todo, y sobre ellos nos impulsaremos también para seguir construyendo, para llenar los vacíos que están por llenar, para ir por más.

Nuestra batalla sigue. Es grande, y en ella el triunfo es sobre todo ético, es moral, es por las víctimas y por la verdad. Para las víctimas del Estado y sus agentes su verdad vale tanto como revivir a sus muertos, encontrar a sus desaparecidos, o recuperar su pedazo de tierra. La verdad y el perdón tendrán algún sentido para los oprobiados cuando sea sincero y no una exigencia legal o un simple acto demagógico del agresor, porque solo quien ha sufrido vejámenes sabe descubrir en los ojos del victimario el valor de su arrepentimiento; eso ayuda a curar el alma. Además no sirve que sea solo la víctima la que conozca el relato y la responsabilidad del agresor; la verdadera reparación está en la verdad histórica que nos permita conocer sus razones y el victimario se avergüence de estas.

Alguna vez alguien preguntó con pesimismo si habíamos hecho algo bien y la respuesta nos golpeó en los rostros; esta estaba al frente de nuestros ojos. Lo mejor que hemos hecho y debemos seguir haciendo es existir y seguir luchando, y avivando la llama de la rebeldía y del humanismo en donde esta se apague o en donde sea posible encenderla.

Y a eso nos convoca este encuentro. A llevar el calor de nuestra lucha a cada rincón de la sociedad, para que esa llamarada contagie de calor todos los escenarios de la fría pobreza y queme la amargura de los áulicos de la guerra y el egoísmo. Vamos por más.

Hay que seguir hablando de paz, y de la esperanza de conseguirla con todos sus apellidos. Una paz con justicia social, en donde haya un sistema de salud que prevenga las enfermedades, que atienda a los niños y las niñas y a todas las familias desde sus primeros días, desde el mismo hogar, y evite que la salud se convierta en un negocio de los grandes laboratorios farmacéuticos transnacionales y de unos cuantos empresarios inescrupulosos. Una paz con un sistema educativo gratuito, en donde se formen seres humanos para el amor, la solidaridad y la conservación de la vida del planeta; en donde el arte y la cultura sea para todos y todas, y le permitan a un niño o niña a temprana edad abrazar un instrumento musical con la seguridad que jamás abrazarán un arma. Esto agotaría el negocio de la guerra y el de la explotación de la naturaleza, también a cargo de las grandes potencias mundiales.

Una paz en donde el sustento no se logre vinculándose a las fuerzas militares, a las Bacrim, a las bandas paramilitares, o a la guerrilla. Ni pisoteando la dignidad humana ni arrancándole a las entrañas de la tierra su último trozo de metal o la última gota de petróleo. Una paz en donde se hable menos de calentamiento global y se protejan más la cuencas de ríos y quebradas y de toda fuente de agua; en donde los venenosos químicos no se usen para cultivar la comida que la humanidad consume. Una paz sin miseria. Una paz en donde no se mate o encarcele al otro o a la otra por pensar diferente, o por robar pan para comer; una paz sin patriarcado, sin homofobia, sin racismo; una paz con justicia social y ambiental.

Es romántico e ingenuo, dirán algunos, pensar en una paz de este calibre, pero también es una necesidad, un derecho humano y un imperativo ético trabajar duro para construirla entre todos y todas. Así como fuimos capaces de permitir el actual nivel de descomposición de los valores humanos, de destrucción del planeta y de acumulación morbosa de riqueza en pocas manos, de esa misma forma podemos deshacer lo malo, des-andar el camino depredador y levantar nuevas condiciones colectivas, sociales, humanistas, que seguramente la mayoría compartimos como justas y posibles.

Decirle SÍ al plebiscito que refrende los acuerdos entre las Farc y el gobierno, es un paso, como manifestamos en el anterior editorial; acompañar la implementación de los acuerdos y evitar que estos pasen por encima de alguien y provoquen nuevas guerras es obligación de la sociedad. Es evidente el temor a lo desconocido, a lo que está por venir, más si nos atenemos a las trampas de los oligarcas que han manejado a sus anchas este país, por esa misma razón hay que juntarnos entre los que desconfiamos de esta gente, y que a la vez creemos en la posibilidad de creación y reconstrucción.

Pero no basta el acuerdo de paz, hay que seguir en nuestro cotidiano caminar. Dialogar con todos y todas sobre la democracia que soñamos, participar activamente en la construcción de la Nación deseada, movilizarse en defensa de estos imperativos éticos y humanos, exigir y ganarse escenarios de debate y negociación, recuperar el concepto de soberanía, ganarse el título de colombiano y colombiana, sin demagogias.

Un ejemplo de que lo dicho se puede llevar a cabo; uno muy bueno, es el camino recorrido por las comunidades ibaguereñas. Sus organizaciones sociales, la comunidad académica, muchos sectores de la sociedad, ambientalistas, y algunos políticos decentes que aún quedan, se empeñaron con optimismo en la defensa y protección del agua y el ambiente, y en consecuencia a no permitir que el 30% de su territorio municipal, que incluye cuencas y fuentes privilegiadas para proveer de agua a casi medio millón de ibaguereños, fueran concedidas para la explotación minera.

Desde hace siete años, decenas de miles salen a las calles en carnavales de alegría, música, arte y movilización política multicolor, para ofrendarle a la vida sus esfuerzos protectores. Esa iniciativa tomó forma en la exigencia de una Consulta Popular para rechazar la explotación minera en el municipio. Como es obvio, algunas fuerzas políticas y empresariales que se lucran de la explotación minera o que aspiran hacerlo con los títulos que están pendientes de otorgar, se dieron a la tarea de evitar que la consulta fuera legalmente aprobada. Pero no lo lograron.

Los mecanismos de participación ciudadana (ley 134 de 1994) que los ibaguereños siguieron de manera impecable, con el apoyo del concejo municipal y el alcalde Guillermo Alfonso Jaramillo, consiguieron que el Tribunal del Tolima aprobara la constitucionalidad de la pregunta que será puesta a consideración en la denominada Consulta Popular Minera, la cual da viabilidad a la realización del primer ejercicio de democracia directa de este tipo en una ciudad capital a nivel nacional. Esta será llevada a cabo el 2 de octubre de 2016*, y requiere la participación de 130 mil ibaguereños e ibaguereñas. El resultado será vinculante, es decir de obligatorio cumplimiento.

Pero la Consulta Popular es una herramienta, una de muchas, porque para llegar con fuerza y certeza de ganar es fundamental la organización social, la movilización, el fortaleciminto de la lucha popular y la participación con convicción. Eso lo saben también decenas de comunidades como las del Sumapaz y el Suroeste antioqueño, entre otras que vienen trabajando en el mismo sentido.

Con toda seguridad la Consulta Popular de Ibagué será una fiesta democrática. Una demostración del poder popular contra el modelo económico, un ejemplo de respeto por la vida, y de lucha por la paz con justicia social y ambiental.

 

*Luego de publicada nuestra edición impresa 120, el Gobierno Nacional confirmó que el Plebiscito Especial para la Paz se realizará el 2 de octubre de 2016, misma fecha para la que se había convocado la Consulta Popular Minera en Ibagué. Por esa razón, la Registraduría Nacional del Estado Civil dijo que deberá posponerse la Consulta Popular, y la nueva fecha será definida por la administración del alcalde de Ibagué, Guillermo Alfonso Jaramillo.

Sin duda los acuerdos alcanzados entre el gobierno nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - FARC EP-, constituyen un acontecimiento histórico; no todos los días una guerrilla marxista de 52 años de lucha armada y popular con alcance y opinión internacional, logra un consenso con un gobierno heredero de 200 años de costumbres republicanas conservadoras. Quién gano y quién perdió con este acuerdo solo se podrá saber en los siguientes años; por ahora, siempre y cuando el Estado cumpla y no se empeñe en repetir la receta vieja de acribillar a la nueva fuerza legal que nazca del proceso, podríamos decir que hay una oportunidad de construir democracia a través de los espacios institucionales y la posibilidad de transformar las costumbres políticas, casi todas montadas sobre preceptos atrasados y sobre filosofías extranjeras. Si es así ganamos, si no hemos perdido todos y todas en este país. Por eso hay que acompañar el proceso de refrendación que se acoja y votar por el sí, para que no quede duda que el problema de la guerra no es un asunto del que se pueda responsabilizar al pueblo.

Este es el segundo punto que queremos tratar. La insurgencia colombiana, tanto las FARC como el ELN y el EPL surgieron en los años 60 en el contexto del Frente Nacional, una descarada componenda de los partidos tradicionales que excluyeron a todos los demás partidos y corrientes políticas de la posibilidad de llegar al poder por la vía legal. Las FARC especialmente nacieron después de que, por decisión del Estado, toneladas de bombas les cayeran encima a las comunidades organizadas en procesos colectivos en Marquetalia, El Pato, Guayabero, entre otros. Y estas comunidades y otros cientos de miles de personas en todo el territorio nacional venían de ser víctimas de otra guerra provocada por el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948; alevoso crimen también perpetrado por la oligarquía conservadora, que para el caso como dijo Gaitán era lo mismo que la liberal. No fueron las guerrillas ni el pueblo los que provocaron la guerra o las guerras en Colombia.

La guerra es solo una expresión del conflicto en Colombia, y tiene componentes militares, sociales, económicos e ideológicos (como el que libran los medios masivos en favor de los más poderosos), que se expresan en muchas guerras. La guerra contra los pobres, propiciada por los legisladores y materializadas en leyes como la del sistema de salud, es una de ellas, y mata más gente que la confrontación armada entre el gobierno y las FARC. Es guerra contra los pobres, por ejemplo, que el Estado se gaste el presupuesto en armas y ejércitos élites mientras encarece los costos de la educación superior; es una guerra que mueran niños, niñas, y ancianos en todas las regiones del país por desnutrición; es guerra privatizar la salud y los servicios públicos; es guerra el desempleo, y lo es también el fomento de la cultura mafiosa. Es parte de esta guerra importar los alimentos que podrían cosechar nuestros campesinos y campesinas en las tierras de las que fueron desplazados por los paramilitares; es guerra sostener la mentira de que los paramilitares no hacen parte de la política del Estado. Y como todas esas guerras se mantienen hasta ahora y algunas ha dicho el gobierno que no está dispuesto a discutirlas por ningún motivo, entonces no es el fin de la guerra.

No le hace bien al momento histórico de cambios y transformaciones que se hable del "fin de la guerra" y mucho menos del "último día de la guerra". Este tipo de lenguaje tiene por lo menos dos problemas: es hegemónico, y la hegemonía del lenguaje es otra de las guerras que los medios masivos de comunicación vienen librando contra el pueblo y en favor del mercado y del modelo económico neoliberal que también mata muchísima gente. No olvidemos cómo en 1990 un señor Fukuyama habló del fin de la lucha de clases y de las ideologías, sin embargo las guerras entre ricos y pobres se han multiplicado. Podríamos decir que la lucha del mercado viene triunfando a unos costos aterradores contra la vida del mismo planeta. Por otro lado, como ya se dijo, las formas de guerra son muchas y los actores que las viven y las confrontan no solo en el campo militar sino social y popular también lo son y siguen vigentes. Por el bien de la unidad de las fuerzas populares que sostienen miradas diversas del momento que vive el país, no se debería insistir en lenguajes que generen debates innecesarios; por el contrario, los lenguajes y mensajes deben llamar a acompañar el proceso de paz y a continuar en la lucha, porque no existe una mejor forma de construir la paz que con la lucha, la participación y la movilización de toda la sociedad.

Aún si las fuerzas empresariales y políticas más poderosas de Colombia, o sea la oligarquía, permitieran que se instalara la mesa de negociaciones con el ELN, y de este diálogo se llegara a otro acuerdo, tampoco se podría hablar del fin de la guerra. La guerra es la principal herramienta de acumulación de capital, es decir, es la mejor forma para que los más poderosos lo sigan siendo, por ello no es tan sencillo asumir el mensaje alentador, aunque sin duda alguna todos y todas anhelemos el verdadero fin de la guerra.

Las condiciones nuevas que el gobierno exige al ELN para instalar la mesa de diálogos no son más que una forma de prolongar la guerra, mientras finaliza el proceso con las FARC y reorganiza su máquina de guerra para llevar a esta guerrilla a una mesa de negociación en un estado de postración. En más de tres oportunidades el máximo jefe del ELN ha instado públicamente a instalar la mesa en Quito- Ecuador, y ha retado al gobierno a hablar de todo en esa mesa, inclusive de esas condiciones nuevas. A pesar de estas manifestaciones públicas y de la insistencia de reconocidas personalidades colombianas y extranjeras y sus gobiernos para que el ELN y el presidente Santos instalen la mesa, este último no ha querido tomar la decisión, tal vez presionado por las élites políticas y económicas guerreristas.

Debería el país todo, ricos y pobres, organizados y no organizados, de izquierda y de derecha, preocuparse y participar más en este debate nacional histórico. Es la única manera de que no le metan los dedos en la boca, como dicen popularmente. Sería la mejor forma de hablar sobre cuáles son las transformaciones que necesitan las mayorías colombianas. Juan Manuel Santos por cuenta propia y en nombre de los que lo pusieron en el poder, ha manifestado en repetidas oportunidades que no está dispuesto a discutir el modelo económico, pero las últimas grandes movilizaciones, protestas y paros piden a gritos el cambio de modelo económico; nadie ha realizado una gran encuesta preguntando cuál es el nivel de reconocimiento y respaldo de la sociedad al modelo económico o si la gente sabe qué es; si la mayoría de la gente supiera que la ley 100 de 1993 que sostiene el sistema de salud hace parte de su corazón, le exigiría al gobierno por unanimidad que lo cambiara de una vez por todas. La paz del país y del planeta llegará cuando se cambie el modelo y el sistema económico; mientras tanto sería necesario, pertinente y humanista llevar a cabo transformaciones democráticas que permitan que el pueblo viva y disfrute su país en mejores condiciones. Las mesas de diálogo con las insurgencias hacen parte de ese propósito, pero la participación de la sociedad es fundamental. ¿Será acaso que descubrimos que el agua moja?

Un mapa realizado por la Organización de Naciones Unidas señaló 29 puntos de la geografía nacional en donde los campesinos, las comunidades negras y los indígenas se concentraron o bloquearon las carreteras durante la Minga Nacional que convocó la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular. El mapa no era tan preciso, ya que le faltaban 13 puntos en el territorio del Centro Oriente colombiano; en los departamentos de Arauca, Casanare, Boyacá y Santander, que incluían el bloqueo de dos campos petroleros, una estación de bombeo y una de gas, y había más de 8.500 campesinos, afros e indígenas. También faltaba otro en Antioquia que se traslado por razones de seguridad de Tarazá a Porcesito.

Es un llamado que junta a muchos sectores de la sociedad inconforme con las injusticias que aquejan a la población de la barriada, de los territorios olvidados e incluso a las comunidades que no ven en los partidos y corrientes políticas tradicionales una posibilidad organizativa para resolver sus problemas cotidianos. También será una de las consignas que se agitarán para animar el paro nacional que se avecina y que probablemente se llevará a cabo antes de terminar este primer semestre. Es una campaña que pretende robarse los corazones de los más humildes y se empezará a mover por todos los medios y las redes a partir del 23 abril de 2016.

No es una iniciativa aislada, que busca protagonismos y privilegios, por el contrario reconoce y suma su propuesta de movilización y su creatividad al reciente proceso emprendido por diferentes organizaciones sindicales, sociales y populares articuladas en el comando nacional unitario que promovió el paro de marzo 17 de 2016. Párese Duro: cambiemos esto, agitará la participación en una jornada de alcances superiores, que promete paralizar el país en todos los territorios por más de quince días.

Aunque las razones para movilizarse y protestar en Colombia sobran y van desde la corrupción rampante del gobierno y sus instituciones – con las fuerzas militares y de policía a la cabeza, pasando por las maromas del Centro Democrático para desviar la atención sobre los actos criminales de sus miembros y de los familiares de su principal líder, hasta los escándalos de Reficar, los niños desnutridos en la Guajira, la crisis de la salud, el desempleo y la venta de Isagén; hay una razón que causa mayor preocupación, por lo menos a los campesinos más humildes y a los líderes de las organizaciones sociales, y es la reactivación  del paramilitarismo, cuyo desmonte debería ser un propósito nacional de todos los sectores democráticos.

Y no es para menos. El escenario que se presenta en Colombia complejiza cada vez más el logro de la justicia social, de las transformaciones y por supuesto de la paz. El reciente paro armado llevado a cabo por el aparato político militar de la ultraderecha, que no es nuevo y que jamás se desarticuló, tiene más de fondo que de ancho. ¿Por qué salieron los paramilitares en más de 5 departamentos y 33 municipios, según la revista Semana, fuertemente armados, paralizando todo en esos territorios, sin que las autoridades desplegaran operativos de la magnitud que desarrollan cuando se trata de un grupo guerrillero? ¿Por qué sus mensajes atemorizantes se movieron con tanta facilidad en redes sociales? ¿Por qué los medios masivos de información estrecharon sus informes periodísticos?

A nuestro juicio, el paro armado de los paramilitares del 1° de abril, y la marcha convocada por el centro democrático el 2 de abril, están articulados y hacen parte de una estrategia de la ultraderecha que pone en la palestra nacional varias intenciones. Uno de ellos es visibilizarse y legitimarse como opción de poder político y militar; dos, jugar su postura política en contra de la solución política negociada al conflicto armado; tres, desviar la atención de la sociedad sobre los escándalos que involucran a sus miembros en graves delitos; cuatro, arrancar la campaña para regresar a la presidencia de la república en 2018; cinco, aprovechar la creciente indignación de sectores sociales inconformes con las políticas del gobierno y finalmente generar un clima de ingobernabilidad.

Esto es delicado. En nuestro pasado editorial denunciamos el incremento de los asesinatos de líderes sociales a manos del paramilitarismo y su reactivación en varias regiones, situación imposible de llevar a cabo sin la colaboración y apoyo de las fuerzas militares y de policía, o por lo menos de segmentos descompuestos que hacen parte de estas, y que hoy después de los escándalos es imposible negar. Si esto es así, entonces hay una división en el Estado colombiano, y el Presidente de la República y el Ministro de Defensa no tienen el mando unificado de sus tropas, las que a su vez comulgan con un jefe natural distinto al gobierno legalmente constituido. Gravísimo.

Gravísimo porque se supone que el país, el gobierno y las insurgencias a las que se les responsabiliza hasta de hacer llover, están en medio de mesas de negociación, justamente para darle fin a lo que se ha señalado por décadas como la razón mayor de las tristezas y desgracias de este país. En el paro armado de la ultraderecha fueron asesinados a manos de los paramilitares 10 policías, o sea que el paramilitarismo no tiene ningún reparo en arremeter contra quienes se interpongan en su camino. Gravísimo también que no se hayan escuchado las voces condolidas del procurador Ordoñez y del Centro Democrático denunciando con vehemencia a los asesinos y condenando los actos de violencia ejecutados en la arremetida paramilitar.

Los que acabaron con los derechos sociales de los trabajadores, le entregaron a las transnacionales la soberanía y se robaron el erario público, hoy se visten de camuflado y se disponen a luchar a sangre y fuego por la recuperación del poder político y militar del establecimiento, que de todas maneras conservaron o está intacto en algunos territorios. Esto quiere decir que posiblemente nuestro país pase de tener en la oposición unas guerrillas de izquierda, a un ejército paramilitar de ultraderecha.

El escenario es muy probable. Porque ante la consigna de la ultraderecha de que un acuerdo de paz es entregarle el país a la guerrilla, ellos no se van a quedar de brazos cruzados cuando esto ocurra. En 2018 lucharán por hacerse a la presidencia y desconocerán los acuerdos de paz, o simplemente eliminarán a quienes los suscribieron. Si la que asume el gobierno es la izquierda o una coalición democrática, esta tendrá que enfrentarse a una oposición político – militar, pero esta vez de ultraderecha y en defensa de los intereses de las élites. También podría haber combinaciones y acuerdos entre la derecha y la ultraderecha. Estaríamos caminando hacia un país inviable, basado en el miedo y el autoritarismo, caminaríamos hacia un Estado fallido, si no es que ya estamos en él.

Por donde se le mire, el problema es complejo y la paz vista por la derecha como una ausencia de confrontación armada no se dará por mucho tiempo; menos se llegará a la justicia social. Entonces la participación activa de la sociedad en esta complejísima coyuntura es fundamental.

La principal herramienta para derrotar la visión guerrerista y militarista de la sociedad contaminada, y de promover un ambiente de transformaciones sociales hacia una democracia, es la manifestación eficaz de querer esos cambios y para ello hay que salir a las calles, a las carreteras, a los parques, a las instituciones, a exigir el desmonte del paramilitarismo y de la cultura que lo agencia, desde las autoridades hasta los medios masivos de comunicación que los siguen promoviendo como alternativa.

A las élites se les debe entregar el mensaje de esta manera, a través de una sociedad compacta que se para duro, firme ante las injusticias; que le juega a los principios básicos de reconstrucción de la Nación por medio de los derechos sociales al alcance de todos y todas. Hay que salir al paro para que cambiemos esto. Hay que pedir salud, empleo, educación, vivienda, defensa del agua, pero también exigiendo la desmilitarización de la sociedad y el desmonte del paramilitarismo.

Últimamente son muchos los llamados de los lectores y de algunos colaboradores de Periferia sobre la necesidad de recurrir a un lenguaje sencillo y entendible para todas las personas que nos leen, especialmente para aquellos que no están acostumbrados a ciertos discursos políticos. Sobre todo cuando usamos palabras y conceptos como derecha, izquierda, lucha de clases, hegemonía, etcétera, que no resultan fácilmente comprensibles para ellos. Nos alegra que nos llamen la atención, y nos preocupa a la vez; nos ha preocupado todo el tiempo desde nuestra fundación en 2004. Aunque la realidad es que la mayoría de nuestros lectores son líderes sociales y populares, profesores y algunos académicos, es fundamental ceder ante el llamado de la periferia porque es a ellos principalmente a donde queremos llegar. No será tarea fácil, pero sí gustosa.

Aprovecharemos un suceso presentado en Bucaramanga para hablar en este editorial del grave problema que debemos superar los colombianos y colombianas, justo frente a la democracia, la paz, la violencia y el poder que tienen unos y que sufrimos otros.

El profesor Luis Felipe Cuadros es un joven docente de bachillerato del colegio Santa María Goretti en Bucaramanga. Su área es de ciencias sociales y por eso utiliza, como lo hacen muchos profesores en el país, las notas de prensa que considera apropiadas para apoyarse en temas complejos para los estudiantes; como los del conflicto armado, víctimas, negociaciones con los grupos insurgentes y problemas sociales derivados de las decisiones que toman los que manejan el poder en el país, o sea los partidos políticos como el de la U, Cambio Radical, el Centro Democrático, el Conservador, el Liberal, entre otros. Luis Felipe utilizó como herramienta pedagógica el periódico Periferia para abordar uno de estos temas en la cátedra de paz que el gobierno nacional y el Ministerio de Educación han incentivado para entender mejor, suponemos, el problema de la violencia y la paz en Colombia, y los procesos de negociaciones con las FARC y el ELN.

La sorpresa y la gran preocupación del profesor, y ahora de nosotros, es que un padre de familia al que le llegó un ejemplar de Periferia distribuido por el profesor a sus alumnos, presentó una queja y una solicitud a la rectoría de la institución educativa por considerar que el profesor, con la lectura de la prensa en clase y las tareas que les colocaba estaba adoctrinándolos, inyectándoles el ateísmo, el socialismo y las ideas de la insurgencia, y puso en duda la legalidad y el origen de nuestra prensa. Pero este editorial no es para defender la legalidad de Periferia ni el contenido de sus artículos.

Nos cae como anillo al dedo para compartir con nuestros lectores la preocupación por el nivel de polarización en que hemos caído todos y todas, a la hora de tratar de explicar las responsabilidades de quienes fomentan y participan en la agudización del conflicto y la grave situación social y política.

Por eso es que hemos hablado en nuestros artículos de proyecto político de derecha y de bloque popular de izquierda y de lucha de clases, etc. No dudamos en decir que existen en Colombia dos proyectos de sociedad totalmente opuestos. Uno que defiende e impone los intereses de los ricos, de los que manejan la economía del país en beneficio propio y al servicio de los intereses extranjeros. Estos, aunque defienden lo mismo no siempre están de acuerdo en todo. Hay entre ellos los que defienden los intereses de los grandes acaparadores de tierras; y los que manejan el capital financiero y empresarial, pero ambos desean gobernar en favor de sus intereses o sea su clase social. Estos definen e imponen a las grandes mayorías medidas económicas, políticas y sociales que profundizan la pobreza, la exclusión y la violencia. En ese orden de ideas es que hemos dicho que Uribe y Santos son dos caras en una misma moneda.

Por otra parte estamos los pobres y los que no compartimos las decisiones de los ricos, los que el padre Camilo Torres llamó la Clase Popular, sometidos mediante la ley y la violencia a los intereses de los arriba mencionados. Aquí cabemos las mujeres y hombres, trabajadores, indígenas, comunidades LGTBI, campesinos, jóvenes y estudiantes que luchamos a diario por construir un país distinto para la vida digna. Claro está que nosotros también queremos que se gobierne para nuestros intereses, pero estos son intereses elementales como la salud, la vivienda, la educación y el empleo digno, para vivir en paz como sociedad auténticamente humana.

En esa lucha construimos a diario ideas, discursos, formas de ver la vida y enunciar el mundo que queremos construir. Vida digna, resistencia, movilización, lucha, unidad, solidaridad y esperanza son algunas de las palabras que representan a los pueblos y con los que se ha contribuido a una sociedad mejor. Sin embargo hoy, los de arriba, los que se apropiaron de la riqueza de todos a través de la fuerza, con sus grandes medios de desinformación imponen sus lógicas, venden una idea de realidad que no es la que vivimos las mayorías y hacen ver como angelitos a los demonios. Por otro lado señala y desdibuja nuestras propuestas haciéndolas parecer perversas, violentas y autoritarias.

Ese bloque en el que se agrupan los ricos, desarrollaron grupos armados para asesinar a los líderes sociales, esos grupos se denominaron paramilitares porque fueron apoyados por las fuerzas militares. Ahora tienen un discurso político que confunde a la gente porque se lo robó al movimiento social justamente para confundir. Y también lo hacen los ricos, los del Centro Democrático, que no son del centro ni democráticos, porque cuando estuvieron en el poder despojaron a los trabajadores y al país de sus derechos sociales. Hoy estos también hablan de resistencia civil y hasta de defender el patrimonio público, el mismo que ellos entregaron a los extranjeros cuando estuvieron en el gobierno.

Resulta preocupante esa confusión en las clases populares. Muchos se creen hoy el cuento que el Uribismo es la oposición, que de verdad son un proyecto distinto al de Santos, a tal punto que en muchos casos cuando desde algunos sectores del movimiento social planteamos alguna crítica a la Paz Neoliberal que impone Santos o a los mismos procesos de negociación, algunos terminen diciendo que esas posturas nos ponen del lado uribista.

Por eso hay que decirlo y muy duro: quienes estamos en esta orilla, quienes buscamos que sean los pueblos los que decidan sobre sus realidades, sus territorios y sus vidas, quienes le apostamos a un país donde avanzar no signifique acabar con el otro, con el planeta, con la vida, quienes construimos propuestas de vida digna, de resistencia contra el modelo de despojo y labramos una Paz con Justicia Social, en nada nos parecemos con aquellos representados en Santos y Uribe, aunque usen nuestras frases, nuestros discursos y se apropien de nuestras dinámicas y de vez en cuando logren ganarse a alguno de este lado.

Nada nos identifica con ellos. Seguimos en franca disputa con su propuesta, o sea seguimos en una lucha de clases (la popular contra la opresora); seguiremos confrontando su modelo de hambre y muerte, de inequidad e incertidumbre. Ganar el corazón de las grandes mayorías, del bloque popular, de los pobres de Colombia es lo que la Minga Agraria, Campesina, Étnica y Popular pretende alcanzar.

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Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

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