Editorial 121: Vamos por más

Después del entusiasmo que nos produjo la etapa de la vuelta España del 10 de septiembre y de sacarnos el nudo de la garganta provocado por la alegría de ver a Nairo Quintana, a Darwin Atapuma y al Chavito brindar lecciones de ciclismo en Europa; después de leer las crónicas que recuerdan a Nairo en su pubertad sembrando papa y repartiendo domicilios en bicicleta o en su adolescencia compitiendo y peleando en las carreteras boyacenses con los muleros, caemos en cuenta que estas historias también hacen parte del ambiente propicio que necesitamos todos y todas en estos momentos políticos para meternos más en la construcción del proyecto de país que queremos. Además, resaltar a Nairo y Esteban Chávez es importante no solo por sus antecedentes humildes o populares sino porque han sido capaces de expresar, a pesar de su fama, su simpatía por las causas sociales y por la paz, cosa que la mayoría de famosos no hacen para evitar compromisos que pongan en riesgo sus intereses económicos.

Y esta reflexión se afianza después de leer la columna de William Ospina titulada “Votar sí: la hora de la Franja Amarilla”, publicada en El Espectador también este 10 de septiembre. Ospina nos ayuda a quitarnos de encima la preocupación que tenemos muchos en estos momentos frente a la decisión que debemos tomar ante el plebiscito. Decir Sí o No a los acuerdos que firmarán el 26 de septiembre en Cartagena el gobierno y las Farc. También nos ayuda el escritor a los que tenemos reproches o críticas a esos acuerdos, a expresarlos con toda claridad sin sentir con ello que estamos atacando la paz ni sumándonos a la ultraderecha guerrerista. Ospina nos apoya con su escrito a los que tenemos críticas a los acuerdos y sin embargo votaremos en favor del Sí, porque consideramos que hay que ir por más.

Este ambiente revuelto entre política, polémica y orgullo por ser compatriotas de los escarabajos, nos dio fuerza para compartir este pronunciamiento que surgió del segundo seminario metodológico y político de la Mesa Social para la Paz, una iniciativa que busca generar la participación de la sociedad en la construcción de la paz y en el proceso que está pendiente por instalar de manera oficial entre el gobierno y el ELN. Este seminario que justamente se desarrolló en Bogotá el 9 y 10 de septiembre, arrojó expresiones de este tenor:

Los anhelos de paz de la sociedad colombiana se miden también por los niveles de felicidad expresados en los rostros de su pueblo. Y estos niveles aún se encuentran bajos, los rostros cuarteados de los más humildes no pueden expresar sonrisas porque en sus ollas no hay comida, porque en los hospitales no hay medicina ni servicio, porque sus niños y niñas tienen que trabajar en vez de ir a la escuela. Porque para ellos no hay casa en dónde soñar, su techo en millones de casos son las estrellas, y los arropa el frío.

Para que un pueblo tenga felicidad y paz, se requiere más que un acuerdo de dejación de armas, más que unas pequeñas reformas rasgadas al egoísmo del oligarca, más que un pedazo de tierra condicionada, más que un perdón arrancado a las malas al Estado criminal, y más que un espacio estrecho lleno de obstáculos para jugar a la democracia.

También para que haya paz y felicidad se deben dejar correr las aguas de los ríos sin permitir que mueran en las represas, sin que estas sirvan para quebrarle las entrañas a la tierra o laven el veneno que se vierte sobre millones de toneladas de tierra, que antes eran montañas en donde corría el viento y la vida.

Ese torrente que durante siglos ha impulsado la fuerza de nuestra resistencia seguirá a pesar de todo. Y sumarán en su camino las luchas y los logros de otros, y los acuerdos de otros serán ventanas por donde penetren nuestros anhelos, y les diremos que Sí a pesar de todo, y sobre ellos nos impulsaremos también para seguir construyendo, para llenar los vacíos que están por llenar, para ir por más.

Nuestra batalla sigue. Es grande, y en ella el triunfo es sobre todo ético, es moral, es por las víctimas y por la verdad. Para las víctimas del Estado y sus agentes su verdad vale tanto como revivir a sus muertos, encontrar a sus desaparecidos, o recuperar su pedazo de tierra. La verdad y el perdón tendrán algún sentido para los oprobiados cuando sea sincero y no una exigencia legal o un simple acto demagógico del agresor, porque solo quien ha sufrido vejámenes sabe descubrir en los ojos del victimario el valor de su arrepentimiento; eso ayuda a curar el alma. Además no sirve que sea solo la víctima la que conozca el relato y la responsabilidad del agresor; la verdadera reparación está en la verdad histórica que nos permita conocer sus razones y el victimario se avergüence de estas.

Alguna vez alguien preguntó con pesimismo si habíamos hecho algo bien y la respuesta nos golpeó en los rostros; esta estaba al frente de nuestros ojos. Lo mejor que hemos hecho y debemos seguir haciendo es existir y seguir luchando, y avivando la llama de la rebeldía y del humanismo en donde esta se apague o en donde sea posible encenderla.

Y a eso nos convoca este encuentro. A llevar el calor de nuestra lucha a cada rincón de la sociedad, para que esa llamarada contagie de calor todos los escenarios de la fría pobreza y queme la amargura de los áulicos de la guerra y el egoísmo. Vamos por más.

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