Editorial 120. Agosto - Septiembre Paz con justicia social y ambiental

Hay que seguir hablando de paz, y de la esperanza de conseguirla con todos sus apellidos. Una paz con justicia social, en donde haya un sistema de salud que prevenga las enfermedades, que atienda a los niños y las niñas y a todas las familias desde sus primeros días, desde el mismo hogar, y evite que la salud se convierta en un negocio de los grandes laboratorios farmacéuticos transnacionales y de unos cuantos empresarios inescrupulosos. Una paz con un sistema educativo gratuito, en donde se formen seres humanos para el amor, la solidaridad y la conservación de la vida del planeta; en donde el arte y la cultura sea para todos y todas, y le permitan a un niño o niña a temprana edad abrazar un instrumento musical con la seguridad que jamás abrazarán un arma. Esto agotaría el negocio de la guerra y el de la explotación de la naturaleza, también a cargo de las grandes potencias mundiales.

Una paz en donde el sustento no se logre vinculándose a las fuerzas militares, a las Bacrim, a las bandas paramilitares, o a la guerrilla. Ni pisoteando la dignidad humana ni arrancándole a las entrañas de la tierra su último trozo de metal o la última gota de petróleo. Una paz en donde se hable menos de calentamiento global y se protejan más la cuencas de ríos y quebradas y de toda fuente de agua; en donde los venenosos químicos no se usen para cultivar la comida que la humanidad consume. Una paz sin miseria. Una paz en donde no se mate o encarcele al otro o a la otra por pensar diferente, o por robar pan para comer; una paz sin patriarcado, sin homofobia, sin racismo; una paz con justicia social y ambiental.

Es romántico e ingenuo, dirán algunos, pensar en una paz de este calibre, pero también es una necesidad, un derecho humano y un imperativo ético trabajar duro para construirla entre todos y todas. Así como fuimos capaces de permitir el actual nivel de descomposición de los valores humanos, de destrucción del planeta y de acumulación morbosa de riqueza en pocas manos, de esa misma forma podemos deshacer lo malo, des-andar el camino depredador y levantar nuevas condiciones colectivas, sociales, humanistas, que seguramente la mayoría compartimos como justas y posibles.

Decirle SÍ al plebiscito que refrende los acuerdos entre las Farc y el gobierno, es un paso, como manifestamos en el anterior editorial; acompañar la implementación de los acuerdos y evitar que estos pasen por encima de alguien y provoquen nuevas guerras es obligación de la sociedad. Es evidente el temor a lo desconocido, a lo que está por venir, más si nos atenemos a las trampas de los oligarcas que han manejado a sus anchas este país, por esa misma razón hay que juntarnos entre los que desconfiamos de esta gente, y que a la vez creemos en la posibilidad de creación y reconstrucción.

Pero no basta el acuerdo de paz, hay que seguir en nuestro cotidiano caminar. Dialogar con todos y todas sobre la democracia que soñamos, participar activamente en la construcción de la Nación deseada, movilizarse en defensa de estos imperativos éticos y humanos, exigir y ganarse escenarios de debate y negociación, recuperar el concepto de soberanía, ganarse el título de colombiano y colombiana, sin demagogias.

Un ejemplo de que lo dicho se puede llevar a cabo; uno muy bueno, es el camino recorrido por las comunidades ibaguereñas. Sus organizaciones sociales, la comunidad académica, muchos sectores de la sociedad, ambientalistas, y algunos políticos decentes que aún quedan, se empeñaron con optimismo en la defensa y protección del agua y el ambiente, y en consecuencia a no permitir que el 30% de su territorio municipal, que incluye cuencas y fuentes privilegiadas para proveer de agua a casi medio millón de ibaguereños, fueran concedidas para la explotación minera.

Desde hace siete años, decenas de miles salen a las calles en carnavales de alegría, música, arte y movilización política multicolor, para ofrendarle a la vida sus esfuerzos protectores. Esa iniciativa tomó forma en la exigencia de una Consulta Popular para rechazar la explotación minera en el municipio. Como es obvio, algunas fuerzas políticas y empresariales que se lucran de la explotación minera o que aspiran hacerlo con los títulos que están pendientes de otorgar, se dieron a la tarea de evitar que la consulta fuera legalmente aprobada. Pero no lo lograron.

Los mecanismos de participación ciudadana (ley 134 de 1994) que los ibaguereños siguieron de manera impecable, con el apoyo del concejo municipal y el alcalde Guillermo Alfonso Jaramillo, consiguieron que el Tribunal del Tolima aprobara la constitucionalidad de la pregunta que será puesta a consideración en la denominada Consulta Popular Minera, la cual da viabilidad a la realización del primer ejercicio de democracia directa de este tipo en una ciudad capital a nivel nacional. Esta será llevada a cabo el 2 de octubre de 2016*, y requiere la participación de 130 mil ibaguereños e ibaguereñas. El resultado será vinculante, es decir de obligatorio cumplimiento.

Pero la Consulta Popular es una herramienta, una de muchas, porque para llegar con fuerza y certeza de ganar es fundamental la organización social, la movilización, el fortaleciminto de la lucha popular y la participación con convicción. Eso lo saben también decenas de comunidades como las del Sumapaz y el Suroeste antioqueño, entre otras que vienen trabajando en el mismo sentido.

Con toda seguridad la Consulta Popular de Ibagué será una fiesta democrática. Una demostración del poder popular contra el modelo económico, un ejemplo de respeto por la vida, y de lucha por la paz con justicia social y ambiental.

 

*Luego de publicada nuestra edición impresa 120, el Gobierno Nacional confirmó que el Plebiscito Especial para la Paz se realizará el 2 de octubre de 2016, misma fecha para la que se había convocado la Consulta Popular Minera en Ibagué. Por esa razón, la Registraduría Nacional del Estado Civil dijo que deberá posponerse la Consulta Popular, y la nueva fecha será definida por la administración del alcalde de Ibagué, Guillermo Alfonso Jaramillo.

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