Oficios de la Periferia

Medellín es una ciudad de exageraciones, contrastes, de ricos y pobres, muy pobres, que a veces se topan cara a cara, pero esquivan las miradas temerosas e indiferentes; almas que habitan la ciudad separadas por estratos sociales, segregadas por clases, apellidos, marcas, calles y hábitos, pero sobre todo, por la capacidad económica, por lo que llevan en los bolsillos y lo que pueden llevar a su boca.

En la ciudad de Medellín, entre bares, verduras y cantinas en el sector de Tejelo en la Comuna 10, el Centro de Medellín, hay varias mujeres en un restaurante que desde las 7 de la mañana están cocinando y lavando para preparar platos sencillos de buen sabor y económicos. Su ganancia en pesos es poca para las seis personas que trabajan allí, pero la satisfacción es grande.

Amanda Marín Carvajal, una mujer de estatura media, tez blanca, reservada en la conversa, oriunda de Arboleda, Caldas, es cocinera – aprendió cuando apenas tenía 12 años, su casa fue la escuela y desde los 16 empezó a trabajar en restaurantes e instituciones -, y con su sazón ha levantado 8 hijos. Mientras revuelve una ollada de espaguetis que sazona con salsa de tomate y una pizca de amor, cuenta que a pesar de su esfuerzo y disciplina no ha logrado conseguir una casa propia. Su salario no le permite ahorrar ni darse lujos, pero sí mantenerse y cubrir sus necesidades básicas.

—Estoy aquí porque me gusta preparar la comida, y me parece justo que la gente más pobre pueda pagarse una comida decente y coman bien. Al menos una vez al día –, dice Amanda mientras cambia de mesa la olla grande llena de pastas que emana un vapor y se riega por toda la cocina aumentando la temperatura que a las 9:30 de la mañana ya tiene a todas las cocineras con gotas de sudor en la frente.

Su uniforme verde limón con gorro blanco que les cubre el cabello, las acompaña todo el día, y Amanda solo se quita a las 8 de la noche cuando regresa a su casa, en el barrio Popular dos, donde llega y se pone a ver telenovelas que la arrullan, y al rato la dejan dormida; claro, después de ayudar a sus dos hijos con las tareas.

A pesar de lo temprano, ya se ven varias personas que se sientan en algunas de las 30 butaquitas de plástico de colores puestas alrededor de las mesas metálicas de acero inoxidable.


—Un desayuno con pastas por favor –, dice un hombre con un uniforme verde de una bebida energizante que se vende en los semáforos de la ciudad, a la vez que frota sus manos. Él sabe que lo que realmente le da energía para todo el día es un buen desayuno.

Doña Luz Riaza Amaya, una mujer de 60 años, que nació en el barrio el Picacho en la comuna 7- Robledo, es cocinera curtida y recorrida por diversos restaurantes y negocios de la ciudad. Mientras revuelve los frijoles en una olla que le llega a la altura del cuello y con ojos sonrientes nos dice:

—Yo tengo una hoja de vida hermosa, gracias a Dios, aquí en la calle.
Luz se ha enfrentado a la crudeza de la pobreza, a esos trabajos cuyas condiciones parecen castigos; pero ella los supo aprovechar y uno de los primeros trabajos que recuerda es el de cuidar cerdos en el barrio Antioquia, también vendió chiclets, lavó ropa, vendió tomates y cebollas con sus hermanos en carretas. Hasta fue mecánica en el barrio Manrique.

—Yo he trabajado en muchas cosas por amor a mis hijas. El padre de ellas era drogadicto y se fue para la calle y por allá lo mataron, entonces me toco a mi sola la lucha.
Sus hijas están bien, han estudiado y han creado algunas empresas, solo una le salió descabezada como el papá, dice doña Luz mientras sus compañeras que oyen el relato se ríen. Ella regresa a revolver la olla. Por momentos le pido que me hable más duro porque los extractores de aire llenan de un ruido sutil la cocina. La mujer de contextura gruesa y piel canela se muestra activa constantemente; está pendiente de las sopas que le toca hacer para el menú, que es el mismo todos los días pero que los comensales pueden combinar.

Activa y pendiente también dice estar y haber estado de sus 16 nietos, 3 bisnietos, 6 hijas y su hijo.
—Yo tengo un combo más grande que este que hay aquí –, dice mientras retira rápidamente el cucharón de la olla y me mira seriamente.
—Yo he hecho de todo para levantar a mis hijos, me tocó hasta pedir de puerta en puerta y hacer lo que nunca pensé ni deseé hacer, con tal de que no les faltara nada.

Doña Luz, que muestra conocimientos de servicio al cliente y mercadeo, siempre se ha sentido acompañada y querida por sus hijos, así como bien recompensada por su trabajo, porque según ella su patrona nunca la deja sin plata.

El restaurante fue establecido en un lugar por donde trabaja gente pobre que lucha para conseguirse el día a día. Ellas cuentan que hay personas que no tienen los $3.600 entonces se comen la sopa sola, o en otras ocasiones, que llegan sin un peso porque no hicieron nada. Ante esas circunstancias, se miran entre ellas hasta que alguna decide asumir el costo del plato.

—Yo un día tuve hambre, me tocó pedir limosna. ¿Entonces cómo no voy a sentir yo en el corazón el hambre de los demás? –, dice mientras su voz se quiebra, su frente suda y las ollas hierben, cerca de conseguir el punto de cocción perfecta. En su juventud y años de más vitalidad soportó la ley del silencio en el barrio el Picacho, donde fue presidenta de la Junta de Acción Comunal y trabajó con Empresas Públicas poniendo el alcantarillado. Con Luz se puede hablar de todos los temas, incluido la política; está actualizada del acontecer nacional. Seguro que ahora podría tener más comodidades en el complejo mundo político, pero ella eligió al igual que sus compañeras la vida sencilla y plena de ayudar a otros, de ofrecer buena comida a poco costo y alimentos de primera mano. Esa es su vocación, cocinar desde muy temprano para saciar el hambre de muchos.

Medellín es una ciudad de exageraciones, contrastes, de ricos y pobres, muy pobres, que a veces se topan cara a cara, pero esquivan las miradas temerosas e indiferentes; almas que habitan la ciudad separadas por estratos sociales, segregadas por clases, apellidos, marcas, calles y hábitos, pero sobre todo, por la capacidad económica, por lo que llevan en los bolsillos y lo que pueden llevar a su boca.

En la ciudad de Medellín, entre bares, verduras y cantinas en el sector de Tejelo en la Comuna 10, el Centro de Medellín, hay varias mujeres en un restaurante que desde las 7 de la mañana están cocinando y lavando para preparar platos sencillos de buen sabor y económicos. Su ganancia en pesos es poca para las seis personas que trabajan allí, pero la satisfacción es grande.

Amanda Marín Carvajal, una mujer de estatura media, tez blanca, reservada en la conversa, oriunda de Arboleda, Caldas, es cocinera – aprendió cuando apenas tenía 12 años, su casa fue la escuela y desde los 16 empezó a trabajar en restaurantes e instituciones -, y con su sazón ha levantado 8 hijos. Mientras revuelve una ollada de espaguetis que sazona con salsa de tomate y una pizca de amor, cuenta que a pesar de su esfuerzo y disciplina no ha logrado conseguir una casa propia. Su salario no le permite ahorrar ni darse lujos, pero sí mantenerse y cubrir sus necesidades básicas.

—Estoy aquí porque me gusta preparar la comida, y me parece justo que la gente más pobre pueda pagarse una comida decente y coman bien. Al menos una vez al día –, dice Amanda mientras cambia de mesa la olla grande llena de pastas que emana un vapor y se riega por toda la cocina aumentando la temperatura que a las 9:30 de la mañana ya tiene a todas las cocineras con gotas de sudor en la frente.

Su uniforme verde limón con gorro blanco que les cubre el cabello, las acompaña todo el día, y Amanda solo se quita a las 8 de la noche cuando regresa a su casa, en el barrio Popular dos, donde llega y se pone a ver telenovelas que la arrullan, y al rato la dejan dormida; claro, después de ayudar a sus dos hijos con las tareas.

A pesar de lo temprano, ya se ven varias personas que se sientan en algunas de las 30 butaquitas de plástico de colores puestas alrededor de las mesas metálicas de acero inoxidable.


—Un desayuno con pastas por favor –, dice un hombre con un uniforme verde de una bebida energizante que se vende en los semáforos de la ciudad, a la vez que frota sus manos. Él sabe que lo que realmente le da energía para todo el día es un buen desayuno.

Doña Luz Riaza Amaya, una mujer de 60 años, que nació en el barrio el Picacho en la comuna 7- Robledo, es cocinera curtida y recorrida por diversos restaurantes y negocios de la ciudad. Mientras revuelve los frijoles en una olla que le llega a la altura del cuello y con ojos sonrientes nos dice:

—Yo tengo una hoja de vida hermosa, gracias a Dios, aquí en la calle.
Luz se ha enfrentado a la crudeza de la pobreza, a esos trabajos cuyas condiciones parecen castigos; pero ella los supo aprovechar y uno de los primeros trabajos que recuerda es el de cuidar cerdos en el barrio Antioquia, también vendió chiclets, lavó ropa, vendió tomates y cebollas con sus hermanos en carretas. Hasta fue mecánica en el barrio Manrique.

—Yo he trabajado en muchas cosas por amor a mis hijas. El padre de ellas era drogadicto y se fue para la calle y por allá lo mataron, entonces me toco a mi sola la lucha.
Sus hijas están bien, han estudiado y han creado algunas empresas, solo una le salió descabezada como el papá, dice doña Luz mientras sus compañeras que oyen el relato se ríen. Ella regresa a revolver la olla. Por momentos le pido que me hable más duro porque los extractores de aire llenan de un ruido sutil la cocina. La mujer de contextura gruesa y piel canela se muestra activa constantemente; está pendiente de las sopas que le toca hacer para el menú, que es el mismo todos los días pero que los comensales pueden combinar.

Activa y pendiente también dice estar y haber estado de sus 16 nietos, 3 bisnietos, 6 hijas y su hijo.
—Yo tengo un combo más grande que este que hay aquí –, dice mientras retira rápidamente el cucharón de la olla y me mira seriamente.
—Yo he hecho de todo para levantar a mis hijos, me tocó hasta pedir de puerta en puerta y hacer lo que nunca pensé ni deseé hacer, con tal de que no les faltara nada.

Doña Luz, que muestra conocimientos de servicio al cliente y mercadeo, siempre se ha sentido acompañada y querida por sus hijos, así como bien recompensada por su trabajo, porque según ella su patrona nunca la deja sin plata.

El restaurante fue establecido en un lugar por donde trabaja gente pobre que lucha para conseguirse el día a día. Ellas cuentan que hay personas que no tienen los $3.600 entonces se comen la sopa sola, o en otras ocasiones, que llegan sin un peso porque no hicieron nada. Ante esas circunstancias, se miran entre ellas hasta que alguna decide asumir el costo del plato.

—Yo un día tuve hambre, me tocó pedir limosna. ¿Entonces cómo no voy a sentir yo en el corazón el hambre de los demás? –, dice mientras su voz se quiebra, su frente suda y las ollas hierben, cerca de conseguir el punto de cocción perfecta. En su juventud y años de más vitalidad soportó la ley del silencio en el barrio el Picacho, donde fue presidenta de la Junta de Acción Comunal y trabajó con Empresas Públicas poniendo el alcantarillado. Con Luz se puede hablar de todos los temas, incluido la política; está actualizada del acontecer nacional. Seguro que ahora podría tener más comodidades en el complejo mundo político, pero ella eligió al igual que sus compañeras la vida sencilla y plena de ayudar a otros, de ofrecer buena comida a poco costo y alimentos de primera mano. Esa es su vocación, cocinar desde muy temprano para saciar el hambre de muchos.

La casa retumba

8,2 kilómetros es lo que la concesión Túnel Aburrá-Oriente debe romper de la montaña para unir el Valle de San Nicolás con el Valle de Aburrá, solo para que los viajeros ahorren entre 18 y 20 minutos. Pero estos minutos parecen ser más importantes que los cientos de árboles que serían talados, y el riesgo que correría la fauna y la flora, con especies únicas y escasas, según explica la Corporación Penca de Sábila. Encima de todo, el agua de la que bebe y vive el corregimiento de Santa Elena se puede ir literalmente por el Túnel, dejando a los habitantes secos y amenazando la principal actividad del corregimiento: la floricultura.

Sobre el daño ambiental provocado por los trabajos que se han realizado se ha escrito bastante, pero realmente se ha contado poco sobre el daño que está generando a los habitantes cercanos. Para la comunidad vecina al Túnel de Oriente y para las organizaciones ambientalistas este proyecto no es necesario, pues ya existen cinco vías para ir desde Medellín hasta el aeropuerto José María Córdova de Rionegro, vías que al parecer son ineficientes en el diseño y en el mantenimiento, porque de lo contrario no necesitarían otro acceso para poder unir los dos Valles.

Una de esas vías es la de Santa Elena que conecta el corregimiento desde la carrera 48 Ayacucho en el centro de Medellín, una carretera estrecha y con curvas parecidas a las que salen en los video juegos de carreras automovilísticas; a sus costados hay casas sencillas, y una que otra finca con familias que se han levantado en la tranquilidad que les da el campo y la facilidad que les da la cercanía a la ciudad. Sus únicas preocupaciones por algunos años era la guerra que había entre las bandas delincuenciales del barrio 8 de Marzo y los de La Sierra, que en ocasiones se iban por la vía para meterse al barrio vecino.

Pero desde hace algunos años eso quedó en el pasado, vivían tranquilos; las balaceras que solían oír a algunos kilómetros, los petardos y el ladrido de los perros en la noche quedaron atrás; hasta que la Concesión Túnel de Oriente empezó a escavar la montaña, a reventarla con explosiones de dinamita, que los despierta a cualquier hora de la madrugada.

–Eso lo pueden detonar a las 10 de la noche, o a las 3 de la mañana, no hay hora fija–, asegura Rodrigo Tabares habitante de la zona quien nació y se crió cerca a la vereda Media Luna y levantó a sus hijos. El hombre de altura media y barba rasurada muestra cómo el techo de su casa, donde también queda su tienda, le ha ido abriendo paso a la luz y a la lluvia con cada explosión que hacen a menos de un kilómetro. Don Rodrigo, al igual que los otros vecinos, ha hablado con representantes de la concesión pero sus respuestas son evasivas y mentirosas, según cuenta.

—Ellos dicen que las tejas se han corrido porque los carros que pasan por la vía van moviendo la tierra y así van sacudiendo los muros y el techo se corre, y que por ese mismo motivo se han generado las grietas en los muros­–. Dice mientras pone algunas papas rellenas a calentar para un cliente y saca unos refrescos de la nevera. Él sabe que en más de 30 años que ha estado en esa casa los daños por deterioro del tiempo no se presentaban así de un momento a otro y menos en el techo.

Aunque su rostro muestra a un hombre tranquilo y paciente, cuando habla sobre la actitud de los ingenieros de la concesión sobre los reclamos de la comunidad su ceño fruncido delata la molestia y el enojo por la situación. –Para ellos todos los daños en las casas, la contaminación del agua y la muerte de algunos animales son culpa de otros. Del tránsito en la vía, de la sequía, de los dueños, pero no de ellos–. Asegura sentado en una banca de madera a unos metros de la vía, y justo al frente de una calle que permite la integración de las volquetas que salen de la obra para la carretera de Santa Elena, vehículos que por su peso y tamaño tienen prohibido circular por esa zona.

Más abajo yendo al centro de Medellín, una familia que cría conejos ha perdido más de 10 camadas con las detonaciones, pues los conejos se estresan por el ruido y abortan. Los gazapos o crías de conejos que logra nacer, son aturdidos por las explosiones.

Juan David Ramírez vive hace dos años en la zona y es quien está más pendiente de los conejos. Mientras nos muestra las jaulas grandes de los conejos nos dice:
–El 25 de abril nos levantamos y encontramos varios conejos muertos, hasta los grandes han muerto. No hay razón porque ellos tienen comida, agua, los habíamos inyectado y todo. Y esa noche habían hecho explosiones–.

Juan David asegura que llevó las fotos a los ingenieros y se hicieron los de oídos sordos. Cuando se enteraron que se había deshecho de las crías, lo buscaron para decirle que le enseñara los animales para hacerles un estudio y él les dijo que ya no los tenía y con eso se lavaron las manos.

Juan David también nos enseña los tanques en los que tenían agua y afirma que cuando hay detonaciones se ensucian y huele a pólvora. Ingresamos a la casa, una parte que remodelaron para estar más seguros, pues la casa vieja se convirtió en un peligro para los habitantes, particularmente, para los más pequeños. Los perros también sufren con las explosiones inesperadas, –cuando eso explota los perros se ponen inquietos, con miedo y nos toca levantarnos para que ellos se tranquilicen–, dice Juan David.

Ellos son solo dos familias de las afectadas con este proyecto que para Javier Márquez, funcionario de la corporación Penca de Sábila, es un negocio financiado con dineros públicos para beneficio de los privados; es en suma un proyecto ilegal, realizado en contra de la voluntad de la comunidad, que por cierto tendrá que pagar por él dos veces: una por la valorización de sus propiedades y dos por los peajes que deberán cancelar si quieren transitar por donde antes caminaban libremente. Solo carros particulares circularían, pues hasta el momento no se habla de un sistema de transporte masivo para unir los valles; solo se sabe del Túnel y sus peajes.

Las casas retumbarán tal vez hasta el año 2018, fecha en la que se espera que se entregue la obra. Mientras tanto ellos duermen con la certeza de que su sueño será interrumpido, ya no por los grupos delincuenciales que se peleaban un territorio, sino por las concesiones que se quedaron con la montaña, la privatizaron, la tallaron y la talaron para el
negocio.

María Roa Borja es una mujer afrocolombiana, de estatura media, cabello corto y pañoleta café; café como sus ojos de mirada inquieta; inquieta como su alma formada en un ambiente familiar libre y natural.

Entre la congestión y el bochorno de Medellín que arde a 32 grados, ella mira al otro lado de la avenida a sus citadores, que esta ocasión no eran ni Bluradio, Televida, ni la Revista Semana, sino Periferia, y aunque no nos conocía salió en el descanso de un evento a recibirnos, en plena calle Colombia, donde nos propuso el encuentro.

Su vestimenta ausente de lujos, pero sí con algunos detalles nos muestra que es una mujer de equipaje ligero, carga solo lo necesario, es planificadora y estratega, pese a que solo ha terminado su bachillerato; parece una mujer sola, de pocos amigos, pero detrás de María, en Medellín hay 127 mujeres y un hombre del servicio doméstico afiliados a la Unión de Trabajadores del Servicio Doméstico, UTRASD, del cual es presidenta.

Mientras buscábamos algún lugar para sentarnos a conversar, nos contó que tuvo una infancia tranquila en una finca bananera con sus cinco hermanos y sus padres, hasta que en 1996 una de sus hermanas mayores fue asesinada. Ese día cambió su vida; de su amado Apartadó que le dio todo, salió con unos familiares y muy pocas cosas, con muy pocas esperanzas, porque estar allá le hacía sentir que su vida se marchitaba de la tristeza o que sería arrasada por la misma mano que arrancó a su hermana.

Sus padres se quedaron con la fe en que las cosas se arreglarían, pero más tarde también se vinieron a la gran ciudad que todo lo tenía pero que nada regalaba, y que a personas nobles con poca formación solo les ofrecía como trabajo, si era hombre, la construcción, ser cura, o plomo detrás del arma; y si era mujer, ser monja, o trabajadora del servicio doméstico en dos variantes: con penosa remuneración, y una cama pequeña casi siempre en el último rincón de la casa, más allá de la casa de las mascotas, pero más acá del cuarto de los chécheres. O la segunda variante, gratis, en su propia casa.

A María le tocó su primera experiencia como trabajadora doméstica a los 18 años. Se levantaba a las 4 de la mañana a oír el sonido de los carros, en lugar de los pájaros, y a ver la oscuridad en lugar de ver el alba del día y oler la frescura de los platanales. No fue lo más placentero para María, pero era su única salvación por la época.

María cierra un poco sus ojos como tratando de enfocar y dice con voz pausada:
—Una se imagina que va a trabajar en lugares donde hay muchas incomodidades para una, pero qué tristeza que le separen el plato, el vaso y la cuchara de los demás. Mientras que una está acostumbrada a compartir.

Entre los siete hogares que trabajó no niega que encontró algunas personas más conscientes de que la trabajadora doméstica no es una máquina más de la casa y que por ello le daban un trato fraterno, aunque las condiciones laborales seguían siendo pobres. Y entre esos siete hogares también le quedaron debiendo pagos y liquidaciones. Al ver que nadie proponía cambios reales, en el 2005, cansada de vivir encerrada y lejos de sus hijos decidió renunciar, porque pidió permiso para descansar sábado y domingo, y entrar los lunes en la mañana, pero su patrona no la autorizó. A ella le dio igual y fue el lunes.

—Yo quería dormir una noche más con mis hijos, ellos me necesitaban, estaban creciendo y yo solo tenía un día y una noche con ellos.

Cuando regresó encontró a su patrona enojada. María no lo pensó mucho y le pidió la liquidación ¿con qué seguiría viviendo con sus hijos? Eso no le importó mucho pues ya había atravesado pruebas más fuertes, pero ninguna tan amarga como dedicar su vida, a la vida de otros a cambio de dinero. Su nuevo oficio sería de intermediaria en litografía a terceros, pero no se olvidó de sus compañeras y puso manos a la obra en compañía de la organización afro Carabantú, quienes la conocieron como líder del barrio La Torre, y con el apoyo de La Escuela Nacional Sindical. Entonces le ofrecieron liderar la lucha por los derechos de las trabajadoras domésticas.

María vive en Aranjuez, vivió en Manrique y en La Torre, cerca de Villatina, pero su mundo no termina ahí; su mirada inquieta terminó yendo hasta Boston, pero no en el centro de Medellín sino en Hardvard, al Instituto Tecnológico de Massachusetts, también a Ciudad de México, Cali, Bogotá, entre otros sitios que le han abierto las puertas para que comparta lo que ha sido la lucha de las trabajadoras domésticas y la incidencia política para lograr sus derechos.

María desde que dejó el trabajo doméstico se levanta a las 6:00 de la mañana, les deja el almuerzo hecho a sus hijos y se va a las 8:30 de la mañana. Sale ya sea para la Escuela Nacional Sindical; a llevar algún trabajó de litografía; hacia la terminal de buses o para el aeropuerto, pues viajar ya hace parte de sus actividades frecuentes. A sus hijos no les gusta mucho que esté tan ocupada pero la apoyan porque conocen sus motivaciones, y en algunas ocasiones le ayudan en lo que puedan.

Acostarse temprano ahora es posible, pero su lucha de 24 horas no siempre se lo permite, pues mantener que sus representadas tengan el pago del mínimo con prestaciones, que laboren 8 y no 16 horas y que tengan el derecho a cajas de compensación, es su obsesión. Ahora lo que se le viene encima es la lucha por el pago de la prima de servicios, normalizar la jornada de las trabajadoras internas a 8 horas, de lunes a viernes; y llevar su causa a Urabá, Cartagena y Bucaramanga.

María asumió este reto plenamente y lo hace porque no quiere que ninguna mujer se sienta encerrada y discriminada por tener necesidades económicas, que no se vuelva presa fácil de la explotación, o una esclava moderna que deja a sus hijos sin madre para reemplazar a otra en las tareas de la casa; ella no quiere que se sientan un mueble más de la casa donde le pagan. Sus viajes que han ido desde Cali, hasta Estados Unidos, la han convencido aún más de la importancia de su lucha y de lo atrasado que está el país en materia del derecho laboral de las empleadas domésticas. Desde eso ha querido estudiar derecho pero el sistema educativo del país no solo es excluyente sino discriminatorio, con la edad especialmente.

Después de nuestro encuentro, María seguirá buscando el reconocimiento de los derechos de sus colegas, que en su mayoría son mujeres afrodecendientes que ignoran y no se atreven a exigir calidad y dignidad en sus trabajos.

Rosa frota sus débiles manos para ahuyentar el frío que sube a través de sus pies morados por una ulcera varicosa y penetra su cuerpo magullado por los años de excesivo trabajo. Su cuerpo fue operado para extraerle una masa benigna, y esto le ocasiono un paro cardiaco. Ella ha sido conocida como una mujer fuerte y fraterna. Es una voceadora que ha dedicado 27 años de su vida a vender diarios y periódicos en la ciudad, caminó las laderas de la Comuna 8 entregando la prensa a sus clientes quienes en su mayoría viven por el barrio Las Estancias, Caicedo y Villa Liliam. Era común verla reposando en media loma, apoyada en su bastón, bajo el intenso sol para seguir su camino; la mayoría de los conductores de las busetas de Caicedo y La Sierra le daban un empujón que terminaba con su agobio y su cansancio. Sentada en el mismo lugar donde hace 26 años recibió la noticia del asesinato de su hijo por milicianos en el barrio Antioquia, por no unírseles, Doña Rosa Elena Mira, nos cuenta su historia como trabajadora, madre y persona con movilidad reducida.  

Antes de ser una pregonera de prensa, trabajaba como empleada del servicio en una casa, después aseaba una academia de baile, al tiempo que hacía y vendía frituras para sus patronos, hasta que quebraron. De esos empleos no le quedó ni un peso por cuenta de pensiones, a pesar de que logró ser afiliada al seguro; acabó su salud al beneficio de otros y a ella solo le queda el dolor de sus enfermedades por el afán que da el hambre y la firme idea de no depender de nadie. Su único consuelo es su otro hijo de 49 años quien también ha sido afectado  a causa del narcotráfico y la explotación laboral.

Doña Rosa empezó a trabajar como voceadora con un capital prestado, porque las agencias no dan en consignación, así que compro en Serviprensa diferentes ejemplares de los periódicos y se fue a vender de casa en casa. Desde las 4 de la mañana salía de la casa a recoger los periódicos y con los que más trabajaba era con El Colombiano, La chiva ahora el Q' Hubo, El Tiempo, El Espacio y El Espectador. El mejor día era los domingos y conseguía hasta con que mercar, pero las ventas tenían que ser altas, porque ninguno le daba, ni le da, más de 500 pesos; realmente en los últimos años ella ha podido vivir es de la solidaridad y caridad de sus lectores y vecinos, más que de las ganancias de la prensa.

Mientras conversa sentada en una silla y cerca de su caminador, ve a los niños del vecindario jugar por una rampla en la que en otrora veía desfilar, a toda prisa, hombres armados al servicio de milicias y paramilitares. De repente Rosa se queda en silencio, inclina su cabeza como quien busca entender mejor lo que pasa y oímos que su hijo golpea con fuerza algún objeto de pasta; una vez sabe que no sucede nada, habla  en voz baja:

“Él es especial. Cuando tenía 18 años una mujer lo enamoró y lo arregló, todo lo que ganaba se lo daba a ella. Él no ha podido superar eso a pesar de haber estado en el hospital mental más de tres veces. Dejó de trabajar, se la pasaba calle arriba y calle abajo. De tanta confusión  se entregó a la droga, se dejó convencer de unos ladrones y terminó robando, con tan mala suerte que un día les cayó la policía y solo lo cogieron a él. Y a pesar de probar su enfermedad, los médicos legistas y los jueces lo mandaron a una cárcel en Acacías, Meta, y de allá salió más enfermo, tanto que se perdió, no recordaba dónde vivía. La familia que lo recogió, le pedía casi todos los días que anotara los números de teléfonos que él sabía y  llamaban a preguntar que si lo conocían, hasta que por fin dieron con el número telefónico de la casa de unos familiares del barrio trinidad y así regresó”.

El hombre pasa por la sala haciendo pucheros y renegando, Doña Rosa va con la mirada donde él y regresa. Él da unas patadas a un muro y caen dos pedazos de adobe.   

­— ¿Oiga que va a hacer? ¿Va a tumbar la puerta? -Grita con una voz fuerte que no parece salir de su cuerpo- Recoja eso, vea que ya tumbó la puerta.

Doña Rosa aprendió a leer cuando ya pasaba los 20 años, en una escuela del barrio Trinidad, en compañía de niños. Sus recuerdos de esa época no son muy claros, pero sí tiene imágenes gratas como cuando la profesora le decía que aprendiera primero que todo a firmar. Con las matemáticas ha tenido una experiencia dura, sus sumas y restas claras,  solo se dan en la práctica; sumar o restar números en el papel no se le da muy bien, pero se ha sabido defender con su trabajo de voceadora.

A Doña Rosa no le tocó la época en la que los voceadores gritaban los titulares de la prensa; lo más parecido que le ha tocado es el de gritar el nombre del medio. Tampoco pasa entre filas de carros en la vía como lo hacen muchos, ella mantiene un lugar fijo en las escalas de la Iglesia Nuestra Señora de los Dolores en Villa Liliam parte baja, o Las Estancias para otros. Para entregarles a sus lectores los encargos tiene una ruta fija desde hace años. Ella es el puente, el medio que le ahorra a los clientes y a las empresas de los diarios dinero, tiempo y logística, con lo que consigue escasamente unos pesos comer algo antes de irse a dormir.

A cambio de dedicar su vida y su salud no ha recibido más que algunas gorras, delantales, uno que otro morral con publicidad del medio, y alguna invitación a una fiesta, cosas que a ella le parecen bien y suficiente porque ignora la importancia de su trabajo para las empresas editoras de prensa, quienes se han valido de estas personas en situaciones económicas difíciles.

De caminar y caminar por las laderas entregando el periódico a ella solo le ha quedado la ulcera varicosa, una mano quebrada e inútil que un bus le dejó por arrancar sin precauciones cuando ella  atravesaba la calle;  y también le queda una que otra mano amiga que la ha socorrido en momentos trágicos. Doña Rosa ahora y después de 18 meses de estar hospitalizada, regresa de nuevo a trabajar con dinero prestado a las gradas del Templo Nuestra Señora de los Dolores, donde grita:  +

“¡El Colombiano, El Q'Hubo, El Mundo, El Tiempo!”- a viva voz, mientras su cuerpo se duerme, deseando que no sea más la caridad quien le dé de comer, sino la justicia, así sea la divina.

 

Dicen que ante los ojos de Dios y ante la ley todos los hombres y mujeres somos iguales, aunque esto en la práctica no sea cierto, porque, solo por poner un ejemplo, a las mujeres todavía no se les reconocen los mismos derechos. Sin embargo, algunos hombres y mujeres por igual se han esforzado por vivir en paz, por levantar familias enteras en medio de las adversidades y aportar a su comunidad con su trabajo digno y su esfuerzo.

Hay oficios que no son fácilmente reemplazables, como los que realizan muchas personas de la periferia. Oficios clásicos que las máquinas y el capitalismo tienden a desaparecer, pero que son ejemplares porque se convierten en una forma de resistir la envestida del consumismo y de la tecnología, mitigan la destrucción ambiental y favorecen el bolsillo de su comunidad.

Tato, un artista del calzado
Cuando Gildardo Moreno, también conocido como Tato, tenía apenas tres años, su familia decidió desplazarse desde Anzá hasta Medellín en busca de mejores oportunidades, porque no encontraban qué hacer en este pueblo. Vivieron en diferentes barrios, como San Javier y Santo Domingo, en una época donde era más fácil y rentable unirse a las milicias y al narcotráfico. Tato fue creciendo y se mantuvo lejos de esa vida; decidió trabajar para poder ayudarle económicamente a su familia. Antes de los 17 años ya estaba vendiendo solteritas en los barrios Villa del Socorro, Aranjuez y Santa Cruz, hasta que un día habló con un amigo que trabajaba en una zapatería del centro, a ver si podía ayudarlo a conseguir algo.

— ¡Ah sí! Allá hay un señor que necesita un ayudante, si quiere mañana lo llevo –le respondió.
Entonces se fueron los dos por el sector del huevo en Medellín. Llegaron a una casa de madera vieja de dos pisos, y cuando se presentó el zapatero le dijo que le ofrecía 40 pesos, y además de trabajar le tocaba quedarse a cuidar la casa; poca plata para la época pero le servía a Tato para ayudar a la familia, porque su madre estaba postrada en la cama y su papá no alcanzaba a cubrir todos los gastos.

Sus primeros trabajos eran limpiar los zapatos, empacarlos, organizar el almacén, y apoyar en la soladura, es decir, pegar la capellada a la suela. Al año ya ganaba como zapatero, cuenta Tato mientras pone hilo a la aguja capotera, pero su especialidad era la de solador. Cuando era aprendiz no tuvo accidentes, solo recuerda alguno después de viejo. Gildardo dice esto mientras deja a un lado la chancla y se sube el pantalón estrecho para enseñarnos las piernas y la rodilla.

—Actualmente me duele esta rodilla y antes se mantenía negra del golpe de la horma del zapato, porque antes apoyaba mucho el zapato y lo golpeaba sobre la pierna.
Tato baja su pantalón y una mujer lo llama a la reja para preguntarle que si tiene recargas o minutos. Al regresar recuesta levemente su cuerpo en una estantería llena de zapatos, en su mayoría de mujer, zapatos que no han reclamado y que pronto se alista a botar pues llevan más de 12 meses esperando a que los reclamen.

—Hay días que no cae un peso, no gano ni para el pasaje, pero mantengo trabajo constante y uno espera que llegue la platica. Si no es hoy, es mañana.
Otra experiencia, fue intentar montar un taller de zapatería en Turbo, pero no habían facilidades para conseguir los materiales ni la tecnología, y además no hicieron clientes entonces se regresó y se fue a prestar el servicio militar porque lo cogieron en la calle.

Para Tato es mucha la gente que bota los zapatos, porque según él, por la prisa y la vanidad, mucha gente desecha sus zapatos por daños menores; además, por la oferta de zapatos chinos, que son bonitos y más baratos, pero muy malos en calidad, la gente encuentra fácil comprar y tirar.

—Esos zapatos chinos están hechos con pegas que se sueltan con el mero calor y no se dejan limpiar porque daña la lija y la pega sigue ahí. Por eso no se pueden arreglar –, dice don Gildardo mientras arrima sus lentes a los ojos y toma unos zapatos de dama. Al soltarlos voltea y muestra en una mesa dos discos con unas lijas acabadas y añade:

—Los chinos se acomodaron para que el zapato dure dos meses y comprar otros; los materiales se dañan rápido, se pelan y pierden la textura. Lo peor es que acá en Colombia y en Brasil ya los estamos imitando.
Tato camina hacia afuera entre estanterías llenas de zapatos, cuchillos acabados totalmente, martillos, cueros, lonas, pegantes, tinturas, hormas y un horno artesanal hecho por él mismo, que está contiguo a una sala de internet, usada por sus vecinos para hacer tareas o chatear.
De otra estantería donde pone los trabajos pendientes toma unos tacones y nos muestra que la suela es vacía y la capellada se pela fácilmente y al pintarla pierde la textura:
—Los zapatos de mala calidad se guardan y al sacarlos a los días pueden tener raspones y peladuras ocasionadas hasta por la humedad y el contacto leve de otros zapatos.

Gildardo toma unos zapatos y nos muestra la labor más sencilla: poner una hebilla. Coge una horma para
mostrarnos que él es capaz hasta a hacer un zapato por completo. A pesar de sus capacidades, su dominio total del oficio de la zapatería y de estar en un lugar


donde la gente cuida su bolsillo y puede pagar la reparación, este oficio no le da para cubrir todos los gastos, por eso debe recurrir a otras actividades económicas.

Los zapateros, como la mayoría de quienes tienen oficios de la periferia, terminan haciendo muchos trabajos que se pierden porque no los reclaman y tampoco los pagan; lidian con los sobrecostos en las materias primas y no suben sus tarifas por su servicio a la comunidad; se las ingenian para conocer y reparar los objetos hechos con nuevas tecnologías que ellos no tienen, y soportan las vacunas de las BACRIM, situación latente en los barrios, pero que hasta se ha normalizado.

A pesar de todo esto, don Gildardo Moreno es feliz en su trabajo, y su pasión nos recuerda que estos oficios más que labores románticas son tareas necesarias y urgentes para el mundo.

Cerca al Hotel Nutibara, en los bajos del viaducto del Metro, en medio de tendidos de cachivaches de segunda mano en los que abundan celulares, cargadores, herramientas y juguetes, y un fuerte olor a orina, está el pasaje comercial Juananbú. Su interior contrasta con el ruido y las condiciones externas; allí, en un ambiente más tranquilo tiene su pequeño local Alberto Montoya, un hombre de altura media, cabello negro, con pocas canas en la cabeza pero con algunas muy visibles en sus cejas pobladas y en su barba de dos días.

Aunque sus manos tiemblan por momentos, sus cortes con las tijeras son rápidos y seguros. Sin mostrar fatiga a sus 66 años, Alberto corta 28 botas de pantalones que deberá ajustar a la talla de su cliente, un hombre de estatura pequeña quien no encuentra con facilidad ropa a su medida y su única salida es hacer ajustar sus prendas, así le cueste más dinero. En sus manos de dedos gordos y largos sujeta una tiza para marcar el trazo a 88 centímetros de la pretina del jean.

—Yo empecé a trabajar esto desde los 12 años y a los 13 monté mi sastrería con mil pesos que me dio mi abuelita. Ella levantó ocho huérfanos –, dice don Alberto mientras señala en la pared una galería improvisada de fotos de sus seres queridos muertos.

—Mi abuela vivió toda la guerra de los partidos Liberal y Conservador en Concordia, un municipio del suroeste antioqueño; allá inicié yo, pero a los 18 años me vine a Medellín y mientras trabajaba en Café Suave haciendo cafeteras, atendía la sastrería con algunos empleados–, se sienta y enhebra la aguja de la máquina sin ninguna dificultad.

Don Alberto se vino de Concordia porque le gusta aprender cosas nuevas. Ha mantenido siempre la sastrería solo y a veces con colaboradores en distintos lugares del Centro de Medellín, en Cali, Betulia, Pereira, Chocó y Urabá. Su estudio no pasa del primero de primaria, donde, según él, aprendió únicamente las tablas de multiplicar; lo demás lo aprendió relacionándose con gente de edad, que tenía conocimientos sobre ciertos temas que le interesaban y que no entendía.

Mientras hace el doblez de la bota de un jean, comenta: –A mí me gustaba estudiar pero el maltrato físico que daban me hizo aburrir, así que mejor me salí y aprendí algo por mí mismo, que a mí me gustara. Y vea, con esto he levantado 14 hijos, con nueve compañeras distintas.

A todos sus clientes, el sastre, les ofrece algo para tomar, mientras esperan y convierte el espacio en un lugar de tertulia sobre temas íntimos, de trabajo o de otra época. Pocas veces aborda la política, la religión o la economía; le tienen sin cuidado porque discusiones de esos temas hicieron que su padre fuera asesinado en la época de la guerra bipartidista.

A los 8 años, cuando fue consciente de que su padre fue asesinado por agentes del gobierno, Alberto se iba casi todos los días a buscar entre la maleza, armado solo con una chamiza, los huesos de su padre. Durante dos años los buscó, sin hallar resultado. Sus conocidos lo amedrentaban con los espantos sin lograr detenerlo; solo el tiempo consiguió apaciguar su búsqueda.

—Yo soy Liberal, pero yo no me confió de ellos, ni liberales, ni conservadores. Nunca he votado y jamás lo haré–, asevera mientras deja de coser por un rato. Retira las gafas de sus ojos y corta el hilo con facilidad.

Don Alberto asegura que ahora con 50 mil pesos la gente se puede vestir, pero con prendas de muy mala calidad que le durarán algunas semanas y ya, y que hace tiempo un pantalón le podía durar 15 años, pero que en el afán de crear riquezas, Colombia le ha abierto la puerta a telas y vestidos de muy mala calidad, acabando las fábricas locales, las cuales además de producir con buena calidad, generaban empleos más estables y mejor remunerados.

Mientras señala una vitrina con varias prendas, aparte de 200 vestidos que botó porque los clientes no los reclamaron, recuerda su época cuando trabajó en Cueros Medellín como jefe de personal y en Mesace como diseñador de chaquetas. Pero estos puestos los ocupó por poco tiempo hasta que sintió que había aprendido de ellos; entonces se salió porque siempre le ha gustado defenderse solo y ser independiente.


Don Alberto toma un pantalón y explica, –Mire, ahora se puede comprar un metro de tela por 2mil pesos, mientras el metro con cincuenta de una tela buena le vale 70 mil pesos, que es el promedio que se necesita para fabricar un pantalón. ¿Pero imagínese cuánto le va a durar ese pantalón con una tela de dos mil pesos el metro?

La tecnología ha cambiado algunos aspectos en el proceso de la costura, como las máquinas de coser, que antes eran con manubrio, luego de pedal y ahora tienen motores; las planchas eran solo un hierro que se calentaba y se pasaba sobre la tela, después fueron de carbón y de queroseno, aún existen las de resistencias eléctricas, las hay de vapor que requieren agua y la plancha con caldera.

Herramientas como las agujas, las tijeras, el cuchillo han sufrido pocas variantes porque son sencillas y perfectas, como lo es la sastrería, particularmente, si es ejercida por personas nobles que con su dedicación logran personalizar una prenda masificada, y estandarizada en una pieza particular y única que incluye al sujeto, ahorra dinero y cuida el medio ambiente, ya que el sastre no solo personaliza sino que extiende la vida útil de la prenda.

Don Alberto Montoya afirma que quien aprende un oficio o un arte tiene con qué defenderse en la vida, vaya a donde vaya, y pese a que evita temas políticos y de actualidad, él sí opina cuando se lo proponen y asegura mientras enciende un cigarrillo que no habrá paz mientras hayan patronos explotadores, que no entienden que el trabajador es el que genera la ganancia, y que tampoco habrá paz si la gente no comparte lo que sabe, si se deja a los hijos abandonados.

A pesar de lo duro que fue levantarse en medio de la guerra entre azules y rojos que le arrebató a su padre, don Alberto no dedicó su vida a la venganza sino a la superación de la pobreza, y de su familia; en cada puntada, en cada trazo y corte construyó su vida. Colgadas en las paredes de su local de un metro veinte por uno cincuenta lo acompañan las fotos de sus seres queridos, como la de su abuela, a quien recuerda agarrando un azadón y arando la tierra en medio de la guerra bipartidista.

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