El festival en la ciudad de dos caras

Amanece en Cartagena y la luz del sol se esparce en una ciudad acostumbrada a que pase la gente. El 2 de marzo comenzó el festival de cine más antiguo de América Latina, el FICCI (Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias). Este festival nació en 1960 con la misión de perfilar nuevas tendencias del cine mundial, con enfoque en el cine Iberoamericano, además de propiciar la interacción entre directores, productores, actores y agentes de la industria del cine, así como entre la audiencia y medios de comunicación en un espacio profesional, académico, artístico y cultural.

Llegamos de Medellín a la heroica, del aeropuerto internacional Rafael Núñez al taxi de don Eugenio, un cartagenero cristiano que nos comparte la palabra del señor mientras nos cuenta que lo mejor del festival de cine es la cantidad de turistas que llegan a la ciudad. “Yo sí he ido a la 'película', pero casi nunca hay tiempo pa' eso varón” son frases que se repiten con otras palabras en boca de los lugareños, quienes viven de la gente que pasa. Como en los festivales más importantes del mundo el FICCI se desarrolla en una ciudad turística, la cual tiene dos caras, la parte bonita, en la que se desarrollan la mayoría de los eventos, llena de famosos y políticos elegidos; y la deperiferia, donde se invisibilizan historias y personas, comunidades que viven fuera de las murallas, acalladas por la oficialidad.

Los festivales pueden ser un escenario para fortalecer la identidad de las comunidades, permitir el desarrollo de la diversidad y diferencia con total libertad, a la vez que celebran aquellos rasgos que nos identifican como país, como ciudad o como barrio; el desarrollo de la identidad no es un conjunto de características definidas por la agenda política del gobierno de turno, es un ejercicio de resistencia y construcción que implica la reflexión y el cambio. Los festivales y carnavales son los rituales que fijan simbólicamente las ideas, los comportamientos y las maneras de ver el mundo de las comunidades. La festividad de una ciudad o una comunidad pierde su sentido cuando es impuesta por valores comerciales y se convierten en escenario de disputa politiquera y dominación cultural.
En el festival se siente en el aire salado la influencia que los medios masivos tienen sobre este, en las escarapelas de registro el logo del principal patrocinador, RCN, es indicio de que el FICCI sigue considerando en gran medida al cine como un aparato para el simple entretenimiento y no como una herramienta aliada en la construcción de los procesos de identidad y reconocimiento de nuestro territorio. En otros tiempos el cine sirvió a esa noble causa en otros lugares, en Brasil el cinema novo, el neorrealismo en Italia, incluso en la década de los 70s y 80s en el Valle del Cauca el grupo de Cali con Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina. Este último director homenajeado durante el festival, y el cual presentó su más reciente documental “Todo comenzó por el fin”, necesario para la memoria de este país y muestra de que aún el cine de nuestro país se puede inquietar por el reconocimiento de nuestra identidad.

El rumbo que toma el festival no es pues muy claro, ni perfectamente definido, a vista de pájaro uno pudiera pensar que es otro más de los beneficios de un paquete turístico de Cartagena, con poca influencia directa o indirecta de los habitantes de la región, y aunque el cine colombiano es eje central del evento brillan por su ausencia cintas que inquieten y que tengan otros estilos narrativos con lenguajes propios que provoquen a la acción.

Sin duda este festival hace parte de la agenda política del país y eso no tendría nada de malo si la agenda política de Colombia tuviera como objetivos principales el fortalecimiento cultural, el reconocimiento del territorio por parte de las comunidades y el respeto por los derechos humanos. Pero en otro sentido se siente el fervor del presidente de Colombia en la gala de inauguración, el que el cine llegue a los Oscar, o se desarrollen 20 películas en Colombia que muy seguramente no verá; su interés son los números y los reconocimientos que en el extranjero se hacen a Colombia; porque este escondido país solo existe cuando lo nombran en inglés.

Durante el FICCI conversamos con muchas personas; de Noruega, de Cartagena, venteros ambulantes, cantantes callejeros de hip hop, taxistas, realizadores de cine, otros medios alternativos de prensa, organizadores, profesores, estudiantes y trabajadores de diversos oficios turísticos como guías, y personal de hoteles; cada voz cartagenera nos contaba una misma historia del festival: “En estas épocas lo que hay es trabajo, a mí me gusta el cine pero es poco a lo que puedo ir, porque toca trabajar”. Una conclusión apresurada de esta situación puede ser que el festival a los cartageneros solo sirve para darles trabajo y, aunque es muy valioso en un país dominado por el desempleo, donde abundan las artimañas para incluir a los trabajadores de la calle o informales en las cifras de empleados (o en la cifra de los “no pobres”), donde las personas mueren porque no tienen alimentos ni agua (en uno de los países con más recursos en el mundo) no basta tener dos carreritas más en el taxi, no basta vender otra agüita de coco, no basta recibir a 5 inquilinos más. Si los festivales de cine para la gente de las comunidades sirven solo para dar un poquito más de trabajo, entonces no se necesitan para nada.

Estos espacios deberían preguntarse ¿por qué el cine sirve para construir la identidad de las comunidades? Es importante recordar que los primeros usos del cinematógrafo fueron documentales, con las antiguas cámaras se filmaban imágenes de tierras lejanas, para que los europeos, sin moverse de la silla conocieran pasajes inhóspitos (para ellos), 100 años después el cine ha llegado al espacio, a universos inimaginados o al corazón de las personas; ha sido utilizado para promover ideales de cualquier color y orientación política, las cámaras han grabado trasplantes, hombres muriendo y niños saliendo del útero de su madre; las cámaras han sido testigos directos de un siglo y poco más; han definido los estándares de la moda y han destruido a sus más grandes y brillantes estrellas; el cine estadounidense sugiere una forma pensar, ver, hacer y decir; marca los límites de lo que se descubre y lo que se oculta, coloniza mentes e ideas a la velocidad de la luz y con su gran aparato de distribución establece en las ciudades aquello que merece ser visto.

El cine es un invento artístico poderoso que en ocasiones ha sido usado por los pueblos para recordarse, reconocerse y construirse; los festivales son una de las oportunidades que tienen los países para crecer como nación, para explorar sus lenguajes y sus formas de nombrar el mundo; a un festival hermoso y viejo solo le falta un poquito más de nosotros y un poquito más de todos.

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