El cine es una bomba nuclear ideológica

Hay pintores que plasman en su lienzo lo más profundo de su alma, de hecho, el artista sincero no puede hacer otra cosa. El cine, como cualquier medio artístico ha permitido retratar un sinnúmero de historias humanas, pintadas de sentimientos, emociones, aspiraciones, sueños, vivencias y miradas que, por muy fantasiosas que puedan ser, siempre hablan de la humanidad en un contexto y momento determinado.

Las películas del viejo Oeste Americano (western), aparte de haber sido un referente estético del cine estadounidense de los años 50, narraron (tal como lo entendieron en aquel entonces) el origen del “progreso y la civilización” (valores encarnados por el ferrocarril, el banco, la comisaría) sobre tierras salvajes sin ley ni orden.

Otros países con otras estéticas han contado sus versiones de los hechos; en otros lugares, otros acontecimientos han sido los protagonistas, cada rincón del mundo tiene su historia. Realidades tan recónditas como las de Nigeria, Irán o incluso Colombia encuentran proyección por medio del milagro cinematográfico. En lugares escondidos y acallados hay quienes se atreven a grabar y gritar sus realidades; el arte es el arma de las mujeres, los pobres, los homosexuales, los negros, los trabajadores y de cualquier persona del mundo que aparente ser parte de una supuesta pequeña población, “las minorías”, ante las pantallas del mundo y los medios masivos de comunicación.

El cine es una bomba nuclear ideológica; quienes han decidido qué aparece en las pantallas han corroído y oxidado lo que éstas han iluminado; pero también aquellas “minorías” se han servido de esta bomba para expresar su sentir: sin dinero, con mucha paciencia e imaginación han construido desde la escasez su propia estética, su propio cine, uno más humano, inquieto ante el misterio de estar vivos y la conciencia de la muerte.

Antes de contar con los medios tecnológicos para producir sus propias historias, muchas comunidades fueron violentadas por medio del cinematógrafo. Las negritudes han aparecido en la gran pantalla desde los inicios del cine, lastimosamente interpretando a la típica caricatura del enemigo: el malo que amenaza la tranquilidad y la fraternidad de una comunidad. El nacimiento de una nación (1915) fue sin duda una película que definió al cine como industria, atreviéndose a contar una historia en casi 3 horas (algo impensable en una época donde la duración máxima de las producciones era de 30 minutos) con un manejo del montaje (hoy en día edición) al servicio de la narración pocas veces visto hasta entonces y el uso de la grúa para construir planos con movimientos impensables hasta ese momento; su director David WarkGriffith, un sureño formado en valores típicos y radicales estadounidenses (una caricatura del gringo amante de las armas, xenófobo y patriota), hizo con esta película de manera explícita un homenaje y un canto al KuKluxKlan; al final ellos son los héroes que expulsan y persiguen a ese enemigo vil tiznado de negro. En su estreno hubo ataques en contra de la población negra de Boston, Filadelfia y otras regiones de Estados Unidos. El cine es una bomba.

Años después, se estrenaría una película con dos características que la hicieron única: la primera era el sonido integrado de la mayoría de sus escenas, una de las primeras películas con banda sonora integrada en la cinta fílmica y la segunda, aunque más importante para los fines de esta reflexión: el protagonista era negro. El cantor de Jazz (1927) narra las vivencias de un artista por los escabrosos caminos de la fama, caminos acompañados de la música que identificó una época y un contexto, el dato curioso es que la película estaba protagonizada por Al Jolson un blanco con voz de negro que tenía la cara pintada durante toda la película. Con fines prácticos a la producción, tal vez por el talento de Al Jolson como cantante, tal vez por la falta de fe en un actor negro que pudiera estar a la altura del personaje, la película hizo de su protagonista una caricatura de una persona de piel negra.

Así pues, los negros no iban a contar sus historias en la gran pantalla de aquel entonces; por lo menos su influencia ha sido convertida en un suave susurro y el recuerdo de lo mucho que “las minorías” han influido en el séptimo arte no está en los créditos de la historia del cine. El nacimiento de una nación y El cantor de Jazz son ejemplo de lo que “las minorías” significaron para el cine de aquel entonces: un espejismo donde veían caricaturas hechas con sus pieles pero que nada reflejaban su mundo interior. “Las minorías” fueron las enemigas del espíritu y los ideales norteamericanos, clichés mal hechos llenos de estereotipos y prejuicios de ese pequeñísimo y difuso grupo conocido como “la mayoría”.

Aún en el presente, el lugar que de verdad narra un sentimiento negro pocas veces domina las grandes pantallas. Es en el cine de la periferia, en festivales o en los canales regionales de televisión  donde mejor se va a expresar el sentir de una comunidad que, más que por un color de piel, es la conciencia de sus orígenes lo que los identifica: Jean Rouch en Francia, SouleymaneCissé en Malí, Spike Lee en Estados Unidos, Glauber Rocha en Brasil o Marta Rodríguez y Jorge Silva en Colombia, son estandartes de Otro cine, un cine que siendo para todos no llega a casi nadie.

Ese cine periférico ha explorado desde sus entrañas el significado de habitar un lugar y un cuerpo, y en ese camino han aportado al arte y la cultura obras de inigualable valor, explorando al mismo tiempo el alma humana como las posibilidades del lenguaje fílmico: “Yo, un negro” (1958) de Jean Rouch es una película de ficción que utiliza diálogos grabados con posteridad puestos sobre filmaciones cotidianas de los habitantes de Abidjan, Costa de Marfil. No solo los protagonistas son sus mismos habitantes, sino que las historias son confeccionadas a partir de sus vivencias reales, no hay un matiz moralizante en la narración, ni se pretende contar una historia llena de bondades de una comunidad unida sin problemas, al contrario son seres humanos retratados en su día a día, con la carga de sus cuerpos y sus lugares, en una comunidad llena de conflictos e inconvenientes, donde sus acciones no son tan simples para catalogarlas de buenas o malas.

Por otro lado, en un contexto opuesto, Spike Lee ha retratado en una de sus primeras películas “Haz lo correcto” (1989), la periferia de las grandes ciudades, la cara oculta que sostiene cada urbe. El autor en este filme no pretende vanagloriar a su comunidad (Brooklyn) recalcando valores éticos positivos, por el contrario es protagonista de la película la ambivalencia, la duda, la incertidumbre y la rabia de la negramenta de Brooklyn contra los policías blancos, los italianos dueños de la pizzería e incluso contra ellos mismos en el día más caliente del año. No se pretende educar con el buen ejemplo, son personas viviendo en sus lugares con conflictos humanos y reales, que terminan a veces de la peor manera posible.

Jean Rouch y Spike Lee son dos autores entre muchos que sirven como luz esperanzadora para un cine pequeño pero invaluable, donde las comunidades se expresen sin tapujos, sin temor y con la fuerza que caracteriza las pequeñas luchas de todos. El cine de las “minorías” es el cine donde todos nos podemos ver, un espejo que al prender no vemos nuestro cuerpo sino el del mundo. Miradas locales necesarias para estos tiempos donde las pantallas nos hablan a diario.

Share this article

Leave a comment

Make sure you enter the (*) required information where indicated. HTML code is not allowed.

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

últimas publicaciones

Contacto

Medellín - Antioquia - Colombia

 

Calle 50 #46-36 of. 504

 

(4) 231 08 42

 

periferiaprensaalternativa@gmail.com

 

Bono solidario

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.