¿Sin cinemateca qué?

Todo está listo para comenzar la construcción de la nueva Cinemateca de Bogotá: el presupuesto para iniciar obras está acordado, el diseño está hecho y el lote está comprado; adelantada la construcción, buscar el apoyo de los inversionistas privados para su constante funcionamiento debiera ser la única tarea faltante para tener nuestro templo del cine en la capital de Colombia.

María Claudia López, la secretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá envió al periódico El Tiempo una carta argumentando que aunque los diseños ya están listos “no hay disponibilidad de recursos para garantizar el proyecto en su integridad” por lo que la nueva “Administración (la de Bogotá) se encuentra en la búsqueda de alianzas con el sector privado para explorar su realización y sostenibilidad en el tiempo”.

El problema subyacente en el hecho de que la administración de Bogotá inicie la búsqueda de aquellas alianzas, es que los contratos para la construcción se vencen, los dineros disponibles para la inversión se embolatan y la cinemateca puede terminar siendo un recuerdo de lo que pudo ser en un país de eternos “Dios quiera que si”. Las sospechas más pesimistas intuyen que los retrasos buscan dirigir los recursos a otros proyectos más “importantes” para la ciudad (léase: sembrar cemento para cosechar billetes). Parece pues, que en el panorama existente no se vislumbra un haz de luz que ilumine este oscuro futuro, y aunque a raíz de la presión ejercida por el gremio cinéfilo y cinematográfico, la secretaria María Claudia López aseguró que la construcción comenzará el próximo semestre, no hay claridad sobre la naturaleza de la integración con el sector privado que propone la funcionaria, tema que podría poner en riesgo el carácter público necesario para la identidad de la cinemateca. La construcción sigue supuestamente firme y con los planos que se habían pactado, solo el tiempo dirá si éste, no es uno más de los proyectos que se lleva el viento en Colombia y ante ese temor que sea así, las preguntas que nos debemos hacer son: ¿para qué sirve una cinemateca? ¿Un país sin cinemateca qué?

Una cinemateca es un recinto que alberga el material audiovisual que ha tenido un valor significativo para una comunidad y territorio específico; busca coleccionar, conservar, restaurar y dar a conocer aquellas obras que han encarnado los valores más representativos de su gente, han contribuido a la construcción de la idea de país (o territorio), o han tenido una influencia cultural, política y/o artística notable.

Colombia casi nunca ha guardado con cariño lo que ha hecho, el cine de aquí está casi condenado a la derrota; las películas colombianas que llenan salas de cine suelen ser comedias llenas de clichés estereo-típicos y caricaturas borrosas de lo que somos. Sólo son apreciadas aquellas que han sido avaladas por los criterios extranjeros y mínimamente nominadas a Oscares; ni siquiera tienen oportunidad de encontrarse con el público las cintas que son aplaudidas en otros certámenes más “independientes” como los festivales de Cannes o Berlín, e incluso las galardonadas en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) difícilmente logran dos semanas de exhibición en salas comerciales. Las películas “extranjeras” que llenan las salas son las últimas de acción y súper héroes del momento, películas divertidas, dirigidas a niños y jóvenes por lo general, hechas con súper estrellas y súper efectos especiales, destinadas a recaudar millones de dólares.

En Colombia el cine colombiano para la mayoría es, cuando no inexistente, “una novela de dos horas”, “la misma historia de siempre”, y sinónimo de un producto en definitiva, mal hecho; y puede que sí, no debe uno alabar las cosas solo por amor patrio, pero necesitamos un cajón donde se pueda guardar y recuperar ese recuerdo audiovisual que somos, mirar a la Colombia (o más bien, el cómo la vio alguien) en los rurales años veinte, en los convulsos sesentas, o en los digitales noventas; necesitamos un lugar al que llegar 50 años después para arrepentirnos de lo que fuimos, o para suponer comprender lo que somos. El cine, como nuestra historia, no tiene que considerarse “bueno” para ser guardado, ni tampoco moralmente correcto.

De la primera película hecha en Colombia, María (1922), basada en la novela de Jorge Isaacs, solo se tiene un fotograma, muchas otras están perdidas y con cada vez menos posibilidades de ser restauradas, pues, si no están guardadas como deben ser, cada año que pasa, su deterioro es mayor. Otras obras que se encuentran restauradas y tienen una fuerte influencia para el arte colombiano son prácticamente desconocidas para casi todo el mundo: pocos podrían reconocer por lo menos los nombres de un Luis Ospina, Carlos Mayolo, Víctor Gaviria, Felipe Aljure, Sergio Cabrera, entre otros; estos autores y estas películas deberían tener como última parada una cinemateca para el país, pues éste sería el sitio idóneo para su conservación y difusión.

Otro de los valores más importantes de una cinemateca es la difusión de su colección por medio de la formación de públicos o la planificación de ciclos especiales y, si bien existen escenarios cada vez más accesibles para aprender de cine: cursos virtuales, talleres promovidos por fundaciones y cineclubes; una cinemateca para el país no solo centraría muchos de esos esfuerzos, sino que además brindaría todo el material necesario para impulsar el aprendizaje del lenguaje audiovisual. La formación de públicos no solo es un objetivo necesario para promover, comprender y difundir el séptimo arte, sino también un ejercicio idóneo para la formación de individuos críticos, políticos y éticos; la cinemateca complementaria ese aprendizaje convocando y reuniendo al prójimo más cercano, promoviendo y proponiendo formación teórica, talleres prácticos, y un sinfín de posibilidades que están contenidas en la cinemateca, esa caja de pandora donde se encuentran los ingredientes necesarios para que una nación aprenda a mirarse.

La cinemateca no es pues un capricho de un gremio (solamente), como sí parece serlo los altos sueldos que ganan nuestros congresistas, los beneficios con los que cuentan los expresidentes, o las licencias ambientales que gracias a la alcahuetería del ministerio del Medio Ambiente se otorgan de manera casi indiscriminada a empresas mineras de países desarrolladísimos. Las cinematecas en el mundo son templos del conocimiento, tan valiosas como las bibliotecas más queridas o los museos más icónicos, la cinemateca deberá ser un territorio donde estén todas las memorias de Colombia, los recuerdos de aquellos que han sido olvidados, el testimonio de lo que fuimos, la constancia de lo que hemos dejado de ser, los sueños de quienes creemos que la paz también se construye con cultura y con arte. De pronto y es todo esto lo que más asusta a los que nos administran nuestro dinero.

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