Cineclub: la otra película

“La verdadera historia del cine es invisible, la historia de amigos que se encuentran, que hacen lo que aman.”
Jonas Mekas (Manifiesto contra el centenario del cine)

 

Gran parte del cine gringo existe porque un día el dueño de la patente del Quinetoscopio (una caja de madera por la que al asomarse se observaban imágenes en movimiento, uno de los más importantes precursores del cine), Thomas Alva Edison, decidió que su invento tenía que ser el único capaz de proyectar historias, monopolizando así el naciente “mercado”. Pequeñas productoras de cine (como lo eran casi todas a finales del Siglo XIX), eran amenazadas y amedrentadas por mafiosos de Edison, si se atrevían a realizar sus producciones o sus inventos por fuera de los cánones establecidos por el célebre inventor. Quien quisiera filmar en la costa Este de los Estados Unidos (como Chicago y New York) tenía que hacerlo con la firme intención de proyectar su producto en el Quinetoscopio y su creación debía exhibirse solo en las salas de Edison; si no se cumplía así, la muerte era una posible opción para el artista en un país de película dominado por mafias que controlaban hasta la creatividad, como en Colombia.

Carl Laemmle, fundador de los estudios Universal fue uno de los primeros productores que ante las amenazas decidió ir a un lugar donde Thomas Alva Edison no tuviera control sobre las patentes; la jugada le salió más que bien, llegó a la Costa Oeste donde, no solo el inventor mafioso no tenía control sobre las producciones, sino que además era un lugar con un sol candente todo el año (ideal para filmar bajo su luz), con un ecosistema diverso desde desiertos desolados hasta bosques tropicales y playas paradisíacas; sumado a esto, una tierra muy barata, ideal para cimentar la nueva casa pirata de las producciones fílmicas: Hollywood.

Sol a sol, film a film, Hollywood se convirtió en el imperio audiovisual que todos conocemos. Lo logró a punta de buen cine y desplegando una estrategia de monopolio parecida a la que provocó su huida: control total y exhaustivo de todo el engranaje artístico; producción, realización y exhibición. Estrategia que aún hoy rinde sus frutos: ocho productoras controlaban y controlan mucho de lo que vimos y vemos: Paramount, MGM, 20th Century Fox, Warner Bros, RKO, United Artists, Universal Studios y Columbia Pictures.

Pero volvamos a la primera década del siglo XX cuando el cine ya no impactaba a ninguno de quienes aún lo veían y en él no se descubría nada nuevo o mejor de lo que se podía encontrar en la música, la ópera o el teatro; solo unos cuantos directores (Chaplin Griffith, Mack Sennet) y otros inquietos espectadores estaban convencidos de que el nuevo medio debía encontrar su propio lenguaje; en Francia, por ejemplo, había un club de amigos que conversaba esta realidad, que discutía las nuevas posibilidades que tenía el cine más allá de sus artes afines; en 1918 Louis Delluc fundó la revista “Cine clube” (donde comenzó con la crítica de cine) como un espacio de diálogo alrededor de un arte con un pasado ínfimo, sin presente y sin ninguna proyección, que aun así con sus letras incitó la construcción del cine como arte, pasando de simples filmaciones de obras de teatro, a la construcción de historias con la mirada e inmediatez que solo brinda la cámara y el montaje (hoy edición).

Este movimiento, junto con otros cineclubes nacientes (como el Club de los amigos del séptimo arte, fundado por Ricciotto Canudo) tenían como objetivos la presentación de películas que no llegaban por la censura o limitadas por la distribución, y al no ser éste un espacio oficial de exhibición, se priorizaba la visualización de obras con características artísticas o culturales por encima de las que solo se hacían con el objetivo de recaudar ganancias (gracias a los cineclubes de Francia se pudo ver allí por primera vez la película rusa “El acorazado Potemkin” clase magistral y referente del montaje fílmico). El cineclub era el escenario ideal no solo para ver lo que no se veía en las salas comerciales, sino que además era un espacio de debate político, ético y cultural. Un espacio para la formación de públicos críticos frente a la imagen, capaces de pensar su mirada.

Los cineclubes inquietaron las miradas de jóvenes y provocaron en ellos preguntas, respondidas luego como reflexiones críticas donde descubrieron lo que para ellos es el cine; luego fueron los realizadores que plasmaron esas preguntas y respuestas en su obra, como el caso de Francois Truffaut: cineclubista, crítico y realizador. La intención no es sugerir que el fin último de los cineclubes es formar únicamente realizadores y críticos; sino más bien señalar la importancia de estos escenarios a la hora de construir y proponer otros espacios para la mirada, espacios que han cambiado a las sociedades y han dado sentido a muchas vidas. Fue alrededor de los amigos que se dotó al cine de sentido.

Hoy, en un mundo comunicado 24 horas, todos los días del año, con computadores capaces de almacenar cientos de películas, con canales de distribución digitales infinitos (incluso legales y gratuitos), con redes sociales activadas para siempre en las cuales existe la posibilidad de hablar de cualquier cosa, ¿son necesarios los cineclubes? La respuesta es un contundente Sí. Thomas Alva Edison sigue vivo cada vez que en un centro comercial se saca de cartelera una película solo por cargar con la cruz de ser colombiana; cada vez que un político roba del presupuesto destinado para la cultura; cada vez que en cada parada de bus solo hay publicidad de películas de súper héroes. A veces es muy difícil conocer las grandes obras de la humanidad, y muchas veces no interesa su exhibición para los ministerios de cultura… más cuando los ministerios de países como Colombia son proyectos de emprendimiento para los ministros. Los cineclubes deben ser el hogar del Otro Cine, el escenario donde se manifiesta lo diferente, ese paraíso idílico a donde llegaron los piratas expulsados de la oficialidad.

Thomas Alva Edison sigue vivo y es Hollywood adoptando el modelo del que huyó, controlando producción, realización y exhibición; impulsando algunas veces con su poderío económico grandes obras de arte para la humanidad, pero casi siempre material reciclado y pútrido para repartir como cajas de donas; puede no tener los mafiosos de antes, pero definitivamente expulsa y coarta. Los cineclubes son las cavernas para pensar el cine, para ver en gran pantalla esos clásicos olvidados, y esos nuevos proyectos enterrados para los ojos de las mayorías.

La buena noticia: los cineclubes cada vez participan más personas.

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