Remembrar la memoria como patrimonio histórico

Moriremos, es una verdad tan absoluta como que el hambre, la sed y el sueño son inevitables, y solo en el arte, la cultura y el amor intentamos ser eternos en este viaje de la humanidad.

La comunicación es inherente a nuestra especie. Los seres humanos tenemos la implacable necesidad de transmitir información a nuestros contemporáneos y a nuestros sucesores, personas del futuro que tal vez nunca conoceremos. Contamos con dos mecanismos de transmisión informativa: el primero es la genética, esa forma biológica base de la reproducción humana, determinante, rigurosa e inflexible, de la cual sabemos que si se transgreden sus “leyes” implicará resultados trágicos como en el caso de Edipo. Pensemos en algunos políticos, tan tristemente parecidos a sus abuelitos, papás y tíos que tanto hemos tenido que sufrir a lo largo de la historia patria. Pero no solo por cuestiones genéticas contamos con un deprimente catálogo de políticos en estas tierras, hay otra cuestión en juego que nos da paso al segundo mecanismo comunicacional humano, esa segunda forma en que transmitimos información es la que algunas teorías denominan “memética” y es básicamente la transmisión cultural, no biológica, de conocimientos, de prácticas, formas de actuar y de pensar. La memética es la base del aprendizaje y responsable de las obras más imponentes de la humanidad: puentes, lenguas, murallas, templos, cuentos y cantares, pinturas y edificios, tumbas y voces. Los humanos llegamos a eso buscando una manera de narrarnos a nosotros mismos y compartirnos la información más importante y pertinente para la vida, como en algún momento en las cavernas, alrededor de la fogata, para advertirnos que los frutos de algún arbusto a la orilla del río ocasionaban ronchas; o como los cantos de los esclavos negros en los campos de trigo al sur de Estados Unidos para remembrar sus días de libertad; o como las canciones melancólicas de Carlos Gardel en los resquicios de Medellín o Buenos Aires para musicalizar nuestras propias historias y cotidianidades.

Nos narramos con el arte para que el mundo se vea un poco como nosotros. Los que mejor lo hacen, terminan pincelando pueblos enteros con sus ideas, el cine lo ha hecho con especial maestría: las películas de Federico Fellini definiendo lo que creemos en Italia; los reportajes y documentales de Leni Riefenstahl de la Alemania nazi, son las imágenes que todavía hoy vemos y representan la Segunda Guerra Mundial; o el cine americano de Steven Spielberg o Woody Allen, que delimita las formas de la metrópolis y las maneras de habitarla.

Esas obras que terminan siendo representantes de una cultura, de un momento, o de una comunidad, los humanos las inmortalizamos; esas cosas que consideramos bellas, útiles y merecidas para todos los tiempos y todas las personas las convertimos en patrimonio. El patrimonio es el homenaje que hacemos a lo que fue con tanto espíritu y queremos para siempre; nos recuerda el paso de la muerte por la tierra. El tiempo lo curte con la vida y lo convierte en un gran espejo para vernos. Por eso lo patrimonial no es algo fijo y pasivo, sino que evidencia el movimiento que siempre somos. Así cada individuo tiene su acervo, su muestrario, su patrimonio personal: el apellido, la sangre, la huella digital, los recuerdos, el álbum familiar, la forma de escribir, los amores, los muertos, el iris y las películas favoritas. Es el ejercicio de la memoria lo que mantiene viva esa historia que somos, y será el ejercicio de la conservación y promoción patrimonial el que proteja y resguarde esa memoria y los imaginarios colectivos de nuestros pueblos que buscan la emancipación.

El cine, herramienta y arte para encapsular (más bien para esculpir) ese movimiento de la luz, ha provocado obras que merecen estar siempre, patrimonios que cosquillean el espíritu.
 
Y es que desde sus inicios se supo del poder mágico del cine; ya en 1898 el polaco Boleslaw Matuszewski creía firmemente en la función documental de éste y la necesidad de crear organismos e instituciones que lo protegieran. Consideraba firmemente que el cine debía pasar de ser solamente un entretenimiento de feria para convertirse en una herramienta de registro con un valor latente, tan poderoso o más que las libretas de los cronistas españoles donde dibujaron y contaron experiencias del nuevo mundo. La cámara filmadora permitía dibujar 24 cuadros por segundo, y así daba luz al movimiento, documentar al mundo moverse fue posible, confeccionar recuerdos que otros pudieran ver, capturar hechos históricos para siempre, culturas inexploradas, paisajes recónditos o cuentos de la humanidad. El cine es la fogata que movía las sombras de las pinturas en las cavernas del cromañón.

Lo sabíamos hace 100 años y fueron institucionalizadas hoy: filmotecas, patrimonios fílmicos, archivos audiovisuales, páginas piratas para descargar películas (perseguidas y cerradas por el FBI, como la reciente Kickass, o The pirate bay), cineclubes y museos existen porque sabemos que las cosas que se filmaron ayer nos cuentan lo que fuimos, y las cosas que grabemos hoy, nos insinúan lo que seremos.

En Colombia, por ejemplo, la Fundación Patrimonio Fílmico es sucesora directa de los pioneros en la protección del archivo audiovisual en el país. La Cinemateca Colombiana, (antes llamada Filmoteca Colombiana, creada por Luis Vicens con colaboración del Cine Club Colombia, uno de los más longevos cineclubes de Latinoamérica) ha restaurado, almacenado y distribuido gran cantidad de obras de la cinematografía nacional del periodo silente y sonoro, todas ellas con mucho qué enseñar sobre un país poco visto; imágenes del pasado que muestran cómo se miraba, cómo se quería, cómo se sentía, cómo se caminaba, como se amaba, paisajes de ciudades y maneras de entender el mundo. Muchos carretes de películas se han podrido para siempre, esos hongos verdes se roban lo que una vez la luz reveló.

Es necesario cada vez más que el país, en los tiempos de la indañable imagen digital, piense nuevas formas de enriquecer la distribución de su archivo fílmico y la alfabetización audiovisual, tan necesaria en épocas donde todo el día vemos sombras de la tv dispuestas a no decir nada, o a decir tanto que nos embota los sentidos.

Pero no solo la Fundación debe promover el amor a la memoria y preservar lo que va quedando de ella, cada institución pública o privada, oficial o pirata debe interpretar y descubrir el tesoro que cada imagen puede ser, formar en su lectura y en su interpretación. El patrimonio es también construir imágenes que queramos preservar para siempre, imágenes de las luchas de los pueblos en búsqueda de su propia identidad, de las diferentes maneras de relacionarse con el otro, la tierra y el mundo de las comunidades dispuestas a remembrar la historia que conduzca a la libertad.

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