Miradas en el cine de Colombia del 2016

Se va terminando el año, uno que a los más pesimistas nos parece la víspera del fin del mundo, con una Colombia dispuesta al odio, aparentemente dividida por intereses ajenos; en el mundo, los victoriosos de la arena política han sido aquellos que representan los valores que perpetúan la guerra y los conflictos: la xenofobia, el racismo, el machismo, el odio. Ahora es aún más explícito y claro que antes, el mundo es gobernado por el capital y la economía que promueve la muerte y la escasez, en este recrudecido escenario el papel de los artistas, testigos e intérpretes de su época debe ser punta de lanza para lo que nos espera.

El cine, que siempre ha sido un medio artístico capaz de atrapar las imágenes de la historia, a veces solo poniendo una cámara en el lugar de los “hechos” (como las puertas de las fábricas, las estaciones de tren, los almuerzos familiares o las conversaciones de amor), es además profesor y divulgador de ideologías (por su capacidad de expresar límites espaciales y temporales), formas de ser, de entender, y de mostrar (y ocultar) el mundo.

Colombia ha tenido un año con importantes movimientos para capturar, de contrastes y eventualidades con especial importancia y en este contexto varias de las principales películas que se han estrenado retratan de manera directa o indirecta las causas, consecuencias y devenires de, por ejemplo, el conflicto armado, un capítulo del país, que aún no acaba, y que cada año narra y tiñe nuestros días casi siempre de tristeza, pero que en éste, de manera un poco ingenua se colorean de esperanza, incluso la película elegida para representarnos en los próximos premios Oscar tiene como protagonista a un escuadrón guerrillero que, como una metáfora bíblica, pretende guiar y proteger la vida de Alias María, guerrillera de 13 años a la que se le ha asignado la peligrosa tarea de transportar por las selvas colombianas al hijo de su comandante; mientras además cuida con celo animal el secreto que guarda en su vientre, la promesa del mañana, su hijo, que de ser descubierto tendría que ser sacrificado por la lucha; como lo haría Cesar Augusto con Jesús si María y José se hubiesen quedado para el censo de Galilea en vez de emprender la huída. La parábola de un país donde se entrecruzan guerra y religión.

Dirigida por José Luis Rugeles, Alias María es una película que aunque con cámaras HD y lo último en efectos especiales, es el posible retrato de un país sucio y granulado. Con su reciente ante-pre-nominación se deberían las salas de cine comercial decidir a ponerla otra vez, pues vale la pena darle una segunda oportunidad a la película para que se encuentre con sus espectadores.

Con la estilización que exige el cine comercial (así sea independiente), otras películas trataron el tema del conflicto armado de una manera aparentemente indirecta, (aparentemente, porque aunque el conflicto se componga básicamente de ramificaciones de dolor, consecuencia de la guerra, no significa que aquellas ramas no estén directamente relacionadas con el drama) como la caleña “Siembra” (de los directores Ángela Osorio y Santiago Lozano), una obra que explora la puesta en marcha de rituales, creencias y formas de vivir de las víctimas del desplazamiento forzado en Colombia, tema también principal en “Oscuro animal” (del director Felipe Guerrero) película que todavía se puede encontrar en cartelera.

Pocas películas vimos que visualmente narraran una Colombia más real (que no realista), sin tanta imagen pulcra, festivalera; “Todo comenzó por el fin” ampliamente reseñada en Periferia y muy querida por nosotros es de las pocas que aprovecha el formato y el archivo fílmico como principal materia prima, es un documental necesario para narrar un país visto por jóvenes alucinados, parte vital de las sociedades en toda la historia de la humanidad.

Siempreviva (del director Kych López), del 2015, descrita de manera contundente por Camilo Rincón en Las2orillas “es un conmovedor pero a la vez escalofriante relato de una ciudad -de un país- que, sin decidirlo, hace parte de una violencia inclemente y que naufraga en el mar de un odio que ya no tiene dirección fija; un odio que ya no solo se expresa en la gravedad de un bellísimo exacerbado, sino en la dura cotidianidad de sus sobrevivientes” (las negrillas nuestras). Muestra otro escenario de la guerra, el del día a día, el de las personas asumiendo ideas defendibles hasta la muerte (del que sea), el escenario de las personas que viven, se enamoran y se reproducen entre balas y cañones, la guerra como hecho histórico atravesando a la sociedad; bien lo narró el director Jaime Osorio en Confesión a Laura (1991), donde el bogotazo ocurre como escenario central aunque los protagonistas poco salgan a la calle y el conflicto la mayoría de veces solo se escuche y se intuya.

Dentro de la lista de películas que cierran el año, animamos a todos los lectores con especial entusiasmo a que asistan a las funciones de cine colombiano en cualquier sala del país. Apropiémonos de nuestro cine, aceptémoslo como propio y exijamos como espectadores un juicioso acercamiento a esas películas que construyen y reflejan nuestras narrativas como sociedad.

Desde el 17 de noviembre se presentará Jericó de la directora Catalina Mesa, una historia que a modo de tejido donde los hilos son las vivencias y sentimientos de las mujeres de Jericó, narra las dinámicas de todo un pueblo en Antioquia con una sensibilidad y un uso de la imagen vivo y colorido como sus paisajes, mientras que en otro polo cromático y en otro contexto geográfico, Los nadie de Juan Sebastián Mesa, protagonizada por jóvenes interpretando sus propias vidas en la película, al estilo moderno del neorrealismo colombiano que inauguró (o popularizó) Víctor Gaviria con película icónicas para el país como Rodrigo D o La Vendedora de rosas. Los Nadie son esos pelados locos por salir de una ciudad asfixiante, donde no se sabe si es pólvora o bala; es posible que ya no esté en cartelera, pero si la ve por ahí no dude en verla, no hay mejor sensación que salir a la ciudad luego de haber visto esta cinta monocromática con ritmo de buses y semáforos.

Otra de esas joyitas rurales que se presentan todavía en algunas pocas salas, es Hombres solos, un documental de Francisco Schmitt (el director de La selva inflada); un relato de 4 hombres cuyo hilo conductor es la melancolía de la pérdida del río Magdalena como símbolo y recurso natural.

Paciente, ya fuera de cartelera, siguió el desgarrador relato de una madre atrapada en los diluvios burocráticos, en los laberintos de los hospitales, del sistema de salud en Colombia; es la historia que representa el dolor de todos los enfermos en Colombia, es decir, de todos nosotros en algún momento de la vida.

Otra película cuyos paisajes son las regiones de Colombia, casi siempre invisibilizadas por medios tradicionales de comunicación como la televisión o el cine más cobijado en la oficialidad, fue Aislados, un interesante relato que cuenta los movimientos y las formas en que se desenvuelven los habitantes de un islote de aproximadamente una hectárea, con las dificultades y las fuerzas para resolver los problemas de un mundo que hace soluciones para las grandes metrópolis.

Para finalizar el año esperamos también con muchas ganas la última película del mencionado Víctor Gaviria: La mujer del animal; además de La Ciénaga, entra la tierra y el mar, dirigida por Carlos del Castillo e interpretada por Vicky Hernández, ya galardonada y aplaudida por su papel en varios festivales alrededor del mundo, como el de Sundance, donde además la película ganó “Premio del Público a la mejor película de ficción internacional”; más allá de los premios y los festivales (que muchas veces lo que terminan generando es un marco que restringe la creatividad, dando más relevancia y voz a propuestas restringidas a ciertos límites estéticos, esperando no correr muchos riesgos comerciales), sabemos que Vicky Hernández desgarra su ser en cada interpretación, en cada gesto y en cada movimiento.

Cerramos este recuento de algunas de las últimas películas colombianas que más nos han despertado sensaciones y emociones con la imagen en nuestras cabezas de Vicky Hernández, mujer y símbolo del cine colombiano de ayer y hoy e invitando, una vez más, a que todo mundo vaya a cine a ver nuestras películas, nuestros espejos.

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