Cine

Amanece en Cartagena y la luz del sol se esparce en una ciudad acostumbrada a que pase la gente. El 2 de marzo comenzó el festival de cine más antiguo de América Latina, el FICCI (Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias). Este festival nació en 1960 con la misión de perfilar nuevas tendencias del cine mundial, con enfoque en el cine Iberoamericano, además de propiciar la interacción entre directores, productores, actores y agentes de la industria del cine, así como entre la audiencia y medios de comunicación en un espacio profesional, académico, artístico y cultural.

Llegamos de Medellín a la heroica, del aeropuerto internacional Rafael Núñez al taxi de don Eugenio, un cartagenero cristiano que nos comparte la palabra del señor mientras nos cuenta que lo mejor del festival de cine es la cantidad de turistas que llegan a la ciudad. “Yo sí he ido a la 'película', pero casi nunca hay tiempo pa' eso varón” son frases que se repiten con otras palabras en boca de los lugareños, quienes viven de la gente que pasa. Como en los festivales más importantes del mundo el FICCI se desarrolla en una ciudad turística, la cual tiene dos caras, la parte bonita, en la que se desarrollan la mayoría de los eventos, llena de famosos y políticos elegidos; y la deperiferia, donde se invisibilizan historias y personas, comunidades que viven fuera de las murallas, acalladas por la oficialidad.

Los festivales pueden ser un escenario para fortalecer la identidad de las comunidades, permitir el desarrollo de la diversidad y diferencia con total libertad, a la vez que celebran aquellos rasgos que nos identifican como país, como ciudad o como barrio; el desarrollo de la identidad no es un conjunto de características definidas por la agenda política del gobierno de turno, es un ejercicio de resistencia y construcción que implica la reflexión y el cambio. Los festivales y carnavales son los rituales que fijan simbólicamente las ideas, los comportamientos y las maneras de ver el mundo de las comunidades. La festividad de una ciudad o una comunidad pierde su sentido cuando es impuesta por valores comerciales y se convierten en escenario de disputa politiquera y dominación cultural.
En el festival se siente en el aire salado la influencia que los medios masivos tienen sobre este, en las escarapelas de registro el logo del principal patrocinador, RCN, es indicio de que el FICCI sigue considerando en gran medida al cine como un aparato para el simple entretenimiento y no como una herramienta aliada en la construcción de los procesos de identidad y reconocimiento de nuestro territorio. En otros tiempos el cine sirvió a esa noble causa en otros lugares, en Brasil el cinema novo, el neorrealismo en Italia, incluso en la década de los 70s y 80s en el Valle del Cauca el grupo de Cali con Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina. Este último director homenajeado durante el festival, y el cual presentó su más reciente documental “Todo comenzó por el fin”, necesario para la memoria de este país y muestra de que aún el cine de nuestro país se puede inquietar por el reconocimiento de nuestra identidad.

El rumbo que toma el festival no es pues muy claro, ni perfectamente definido, a vista de pájaro uno pudiera pensar que es otro más de los beneficios de un paquete turístico de Cartagena, con poca influencia directa o indirecta de los habitantes de la región, y aunque el cine colombiano es eje central del evento brillan por su ausencia cintas que inquieten y que tengan otros estilos narrativos con lenguajes propios que provoquen a la acción.

Sin duda este festival hace parte de la agenda política del país y eso no tendría nada de malo si la agenda política de Colombia tuviera como objetivos principales el fortalecimiento cultural, el reconocimiento del territorio por parte de las comunidades y el respeto por los derechos humanos. Pero en otro sentido se siente el fervor del presidente de Colombia en la gala de inauguración, el que el cine llegue a los Oscar, o se desarrollen 20 películas en Colombia que muy seguramente no verá; su interés son los números y los reconocimientos que en el extranjero se hacen a Colombia; porque este escondido país solo existe cuando lo nombran en inglés.

Durante el FICCI conversamos con muchas personas; de Noruega, de Cartagena, venteros ambulantes, cantantes callejeros de hip hop, taxistas, realizadores de cine, otros medios alternativos de prensa, organizadores, profesores, estudiantes y trabajadores de diversos oficios turísticos como guías, y personal de hoteles; cada voz cartagenera nos contaba una misma historia del festival: “En estas épocas lo que hay es trabajo, a mí me gusta el cine pero es poco a lo que puedo ir, porque toca trabajar”. Una conclusión apresurada de esta situación puede ser que el festival a los cartageneros solo sirve para darles trabajo y, aunque es muy valioso en un país dominado por el desempleo, donde abundan las artimañas para incluir a los trabajadores de la calle o informales en las cifras de empleados (o en la cifra de los “no pobres”), donde las personas mueren porque no tienen alimentos ni agua (en uno de los países con más recursos en el mundo) no basta tener dos carreritas más en el taxi, no basta vender otra agüita de coco, no basta recibir a 5 inquilinos más. Si los festivales de cine para la gente de las comunidades sirven solo para dar un poquito más de trabajo, entonces no se necesitan para nada.

Estos espacios deberían preguntarse ¿por qué el cine sirve para construir la identidad de las comunidades? Es importante recordar que los primeros usos del cinematógrafo fueron documentales, con las antiguas cámaras se filmaban imágenes de tierras lejanas, para que los europeos, sin moverse de la silla conocieran pasajes inhóspitos (para ellos), 100 años después el cine ha llegado al espacio, a universos inimaginados o al corazón de las personas; ha sido utilizado para promover ideales de cualquier color y orientación política, las cámaras han grabado trasplantes, hombres muriendo y niños saliendo del útero de su madre; las cámaras han sido testigos directos de un siglo y poco más; han definido los estándares de la moda y han destruido a sus más grandes y brillantes estrellas; el cine estadounidense sugiere una forma pensar, ver, hacer y decir; marca los límites de lo que se descubre y lo que se oculta, coloniza mentes e ideas a la velocidad de la luz y con su gran aparato de distribución establece en las ciudades aquello que merece ser visto.

El cine es un invento artístico poderoso que en ocasiones ha sido usado por los pueblos para recordarse, reconocerse y construirse; los festivales son una de las oportunidades que tienen los países para crecer como nación, para explorar sus lenguajes y sus formas de nombrar el mundo; a un festival hermoso y viejo solo le falta un poquito más de nosotros y un poquito más de todos.

FIN. Así comienza el último documental de uno de los últimos representantes del Grupo de Cali, ese combo de locos que marcó (y marca) una época, retratando con palabras e imágenes un país transformado, trastornado y devorado por el futuro progresista y visionario (cegato y viciado) que a todos nos asecha.

Uno de sus integrantes, Luis Ospina, realizó un film titulado Todo comenzó por el fin. Es su auto-retrato, el de sus amigos y su cine; por ahí derecho es el retrato de un país en un momento de su historia: el momento de unos buenos muchachos, luego hombres viejos, que hacían películas mientras parrandeaban, con una maestría envidiable para hacer esas dos cosas bien. Sus principales representantes: Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y, el autor del documental, director y actor de su propia vida, primero en el papel de sobreviviente y luego en el de moribundo: Don Luis Ospina.

El moribundo comienza retratando cómo a causa de un repentino cáncer, su documental debería ser terminado por dos de sus amigos; el realizador Rubén Mendoza -La Sociedad del Semáforo (2010), Tierra en la lengua (2014)- y el escritor y guionista Sandro Romero Rey. Si Luis Ospina hubiese fallecido, el documental tenía que cambiar, pero el hombre resucitó de entre sus muertos para relatarnos cómo el siempre joven Andrés Caicedo, se quitó la vida rapidísimo, luego de escribirnos la salsa y la rumba, y como Carlos Mayolo se la quitó lentísimo a punta de gótico tropical.

Las tres horas y media que dura la película se van como un suspiro de Mayolo, y pasan por los ojos una cantidad tremenda de imágenes y palabras hiladas con la maestría y el respeto de quien es protagonista por tantos años de la historia cultural y artística del país. Más importante aún, con el cuidado y el cariño de quien ama a sus amigos retratados por tantos años hasta sus muertes.

La película -como la vida- continúa, escuchamos una desconocida banda de rock en español, una frase que baila extasiada sobre los espectadores: “nosotros de rumba y el mundo se derrumba”, mientras por la pantalla pasan fotos de gente mutilada, de gente consumiendo droga, de políticos consumiendo países y violencia por doquier. Lo que vemos evidentemente no es un producto de la televisión nacional; ningún buen valor es promulgado en las imágenes de este documental, por el contrario, el objetivo es enseñar con el mal ejemplo. El grupo de Cali fue lo que quiso ser, incluso cuando participaron en televisión, ninguno se traicionó a sí mismo, no se convirtieron en modelos ni en ganadores de Oscars, no fueron seres políticamente correctos diciendo groserías solo en horario nocturno que muestran desnudos con censura; no, el grupo de Cali se desnudó frente a las cámaras y es su sinceridad lo que con más fuerza se siente por tres horas y media. ¿Qué sería de Colombia sin estos personajes de película? Tal vez seríamos la misma triste historia, pero definitivamente estos tres (estos miles) sazonan un país que hierve, este grupito es un plato fuerte, arroz con habichuela y vianda es lo que hay.

La historia de Colombia es la historia de las personas que habitan estas tierras con los pies y con el alma, la historia de Colombia pesa (¡y cuánto!) sobre la espalda de hombres y mujeres que caminan estas trochas maltrechas. El Grupo de Cali fue un combo de amigos que se retrataron en la salud y en la enfermedad y ni la muerte los ha separado porque el cine los ha unido e inmortalizado. Son la viva cicatriz de este país, víctimas y amantes de sus drogas y su cine, extasiados hasta la muerte de la luz que se proyecta sobre estas tierras. En FIN, Cineastas que por principio viven su cine, que retrataron su tierra también agonizante, y que lo hacen hasta que la muerte los separa.

El documental, que también es una creación subjetiva, personal, ha sido usado para contar la vida; Luis Ospina ha recogido la experiencia visual y sonora suya y la de sus amigos, sin vanagloriarse de nada y desmitificando lo que el tiempo ha hecho de ellos; uno va viendo y descubre que la historia de esta película es también la de una reunión de amigos que cocinan, se ríen y recuerdan. Enamora un documental que en el fondo es una muestra de cariño a unos pocos, y es porque en los rostros de aquellos personajes se reflejan los nuestros propios y los de nuestros seres queridos.
La historia se va tejiendo gracias a los testimonios de los amigos que aún viven; artistas y locos que han hecho lo que les ha salido de las entrañas y lo han disfrutado hasta las últimas consecuencias. Sandro Romero Rey, Ramiro Arbeláez, Hernando Guerrero, Vicky Hernández o Eduardo la Rata Carvajal, el hombre de la cámara, quien tanto ha retratado la realización de películas emblemáticas del cine nacional como La mansión de Araucaima (1986) o La vendedora de rosas (1998), además de las fotos más recordadas de Andrés Caicedo como en la que muy feliz, nos ofrece una cerveza. Es la Rata quien mucho filmó los detrás de cámaras y las aventuras tras bambalinas de estos muchachos.

El documental es un género cinematográfico que permite un acercamiento más directo, o más desnudo a una realidad, en el documental se privilegia la vida que pasa (como diría Luis citando a Jean Cocteau: la muerte trabajando), en la ficción la vida que se hace; en los documentales se graba la incertidumbre, es salir de pesca, esperar que frente a una cámara pase el tiempo y el espacio. Todo comenzó por el fin es el recopilado de una vida de artistas mirándose a sí mismos en un país cegado por las ganas de no mirar, estamos frente a uno de los trabajos más importantes de los últimos años en Colombia, lo particular se convierte en lo general, las vidas de muchos las podemos ver reflejadas allí: sus sufrimientos, sus dolores, su vida, su muerte, y su relación con un país que no perdona. Gracias también a la concepción con que este grupo usó y vivió el cine, toda una vida de grabarse entre amigos se constituye en un invaluable documento fílmico, en el cual se estimula la reflexión acerca de la tradición cinematográfica colombiana, una historia que al igual que la historia general de nuestro país apenas se está contando; en esta tierra donde se silencian los testimonios y se olvidan nuestros muertos, el cine debe servirnos como práctica de la memoria y apropiación de nuestras historias y nuestros protagonistas.

Luis Ospina: contestatario y políticamente incorrecto ha robado de nuestras vidas tres horas y media; cual si fuera sanguijuela del alma nos ha sentado en las butacas del cine mientras nuestros ojos se alegran, lloran y sonríen nostálgicos frente a un pasado que solo volverá en la oscuridad de la sala. De él esperamos mucha vida para que siga haciendo lo que mejor sabe: registrar y compilar las imágenes fílmicas, ese recuerdo que seremos, que nos construye y nos refleja; el mejor cine es un espejo frente a nosotros que nos mira con insolencia y nos pregunta sin cansancio. A Luis un abrazo y un aplauso sincero; a nosotros nos espera una fiesta al salir del teatro, al enfrentarnos con la vida codo a codo a los compañeros, donde cada segundo es un comienzo.

Hay pintores que plasman en su lienzo lo más profundo de su alma, de hecho, el artista sincero no puede hacer otra cosa. El cine, como cualquier medio artístico ha permitido retratar un sinnúmero de historias humanas, pintadas de sentimientos, emociones, aspiraciones, sueños, vivencias y miradas que, por muy fantasiosas que puedan ser, siempre hablan de la humanidad en un contexto y momento determinado.

Las películas del viejo Oeste Americano (western), aparte de haber sido un referente estético del cine estadounidense de los años 50, narraron (tal como lo entendieron en aquel entonces) el origen del “progreso y la civilización” (valores encarnados por el ferrocarril, el banco, la comisaría) sobre tierras salvajes sin ley ni orden.

Otros países con otras estéticas han contado sus versiones de los hechos; en otros lugares, otros acontecimientos han sido los protagonistas, cada rincón del mundo tiene su historia. Realidades tan recónditas como las de Nigeria, Irán o incluso Colombia encuentran proyección por medio del milagro cinematográfico. En lugares escondidos y acallados hay quienes se atreven a grabar y gritar sus realidades; el arte es el arma de las mujeres, los pobres, los homosexuales, los negros, los trabajadores y de cualquier persona del mundo que aparente ser parte de una supuesta pequeña población, “las minorías”, ante las pantallas del mundo y los medios masivos de comunicación.

El cine es una bomba nuclear ideológica; quienes han decidido qué aparece en las pantallas han corroído y oxidado lo que éstas han iluminado; pero también aquellas “minorías” se han servido de esta bomba para expresar su sentir: sin dinero, con mucha paciencia e imaginación han construido desde la escasez su propia estética, su propio cine, uno más humano, inquieto ante el misterio de estar vivos y la conciencia de la muerte.

Antes de contar con los medios tecnológicos para producir sus propias historias, muchas comunidades fueron violentadas por medio del cinematógrafo. Las negritudes han aparecido en la gran pantalla desde los inicios del cine, lastimosamente interpretando a la típica caricatura del enemigo: el malo que amenaza la tranquilidad y la fraternidad de una comunidad. El nacimiento de una nación (1915) fue sin duda una película que definió al cine como industria, atreviéndose a contar una historia en casi 3 horas (algo impensable en una época donde la duración máxima de las producciones era de 30 minutos) con un manejo del montaje (hoy en día edición) al servicio de la narración pocas veces visto hasta entonces y el uso de la grúa para construir planos con movimientos impensables hasta ese momento; su director David WarkGriffith, un sureño formado en valores típicos y radicales estadounidenses (una caricatura del gringo amante de las armas, xenófobo y patriota), hizo con esta película de manera explícita un homenaje y un canto al KuKluxKlan; al final ellos son los héroes que expulsan y persiguen a ese enemigo vil tiznado de negro. En su estreno hubo ataques en contra de la población negra de Boston, Filadelfia y otras regiones de Estados Unidos. El cine es una bomba.

Años después, se estrenaría una película con dos características que la hicieron única: la primera era el sonido integrado de la mayoría de sus escenas, una de las primeras películas con banda sonora integrada en la cinta fílmica y la segunda, aunque más importante para los fines de esta reflexión: el protagonista era negro. El cantor de Jazz (1927) narra las vivencias de un artista por los escabrosos caminos de la fama, caminos acompañados de la música que identificó una época y un contexto, el dato curioso es que la película estaba protagonizada por Al Jolson un blanco con voz de negro que tenía la cara pintada durante toda la película. Con fines prácticos a la producción, tal vez por el talento de Al Jolson como cantante, tal vez por la falta de fe en un actor negro que pudiera estar a la altura del personaje, la película hizo de su protagonista una caricatura de una persona de piel negra.

Así pues, los negros no iban a contar sus historias en la gran pantalla de aquel entonces; por lo menos su influencia ha sido convertida en un suave susurro y el recuerdo de lo mucho que “las minorías” han influido en el séptimo arte no está en los créditos de la historia del cine. El nacimiento de una nación y El cantor de Jazz son ejemplo de lo que “las minorías” significaron para el cine de aquel entonces: un espejismo donde veían caricaturas hechas con sus pieles pero que nada reflejaban su mundo interior. “Las minorías” fueron las enemigas del espíritu y los ideales norteamericanos, clichés mal hechos llenos de estereotipos y prejuicios de ese pequeñísimo y difuso grupo conocido como “la mayoría”.

Aún en el presente, el lugar que de verdad narra un sentimiento negro pocas veces domina las grandes pantallas. Es en el cine de la periferia, en festivales o en los canales regionales de televisión  donde mejor se va a expresar el sentir de una comunidad que, más que por un color de piel, es la conciencia de sus orígenes lo que los identifica: Jean Rouch en Francia, SouleymaneCissé en Malí, Spike Lee en Estados Unidos, Glauber Rocha en Brasil o Marta Rodríguez y Jorge Silva en Colombia, son estandartes de Otro cine, un cine que siendo para todos no llega a casi nadie.

Ese cine periférico ha explorado desde sus entrañas el significado de habitar un lugar y un cuerpo, y en ese camino han aportado al arte y la cultura obras de inigualable valor, explorando al mismo tiempo el alma humana como las posibilidades del lenguaje fílmico: “Yo, un negro” (1958) de Jean Rouch es una película de ficción que utiliza diálogos grabados con posteridad puestos sobre filmaciones cotidianas de los habitantes de Abidjan, Costa de Marfil. No solo los protagonistas son sus mismos habitantes, sino que las historias son confeccionadas a partir de sus vivencias reales, no hay un matiz moralizante en la narración, ni se pretende contar una historia llena de bondades de una comunidad unida sin problemas, al contrario son seres humanos retratados en su día a día, con la carga de sus cuerpos y sus lugares, en una comunidad llena de conflictos e inconvenientes, donde sus acciones no son tan simples para catalogarlas de buenas o malas.

Por otro lado, en un contexto opuesto, Spike Lee ha retratado en una de sus primeras películas “Haz lo correcto” (1989), la periferia de las grandes ciudades, la cara oculta que sostiene cada urbe. El autor en este filme no pretende vanagloriar a su comunidad (Brooklyn) recalcando valores éticos positivos, por el contrario es protagonista de la película la ambivalencia, la duda, la incertidumbre y la rabia de la negramenta de Brooklyn contra los policías blancos, los italianos dueños de la pizzería e incluso contra ellos mismos en el día más caliente del año. No se pretende educar con el buen ejemplo, son personas viviendo en sus lugares con conflictos humanos y reales, que terminan a veces de la peor manera posible.

Jean Rouch y Spike Lee son dos autores entre muchos que sirven como luz esperanzadora para un cine pequeño pero invaluable, donde las comunidades se expresen sin tapujos, sin temor y con la fuerza que caracteriza las pequeñas luchas de todos. El cine de las “minorías” es el cine donde todos nos podemos ver, un espejo que al prender no vemos nuestro cuerpo sino el del mundo. Miradas locales necesarias para estos tiempos donde las pantallas nos hablan a diario.

Todo está listo para comenzar la construcción de la nueva Cinemateca de Bogotá: el presupuesto para iniciar obras está acordado, el diseño está hecho y el lote está comprado; adelantada la construcción, buscar el apoyo de los inversionistas privados para su constante funcionamiento debiera ser la única tarea faltante para tener nuestro templo del cine en la capital de Colombia.

María Claudia López, la secretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá envió al periódico El Tiempo una carta argumentando que aunque los diseños ya están listos “no hay disponibilidad de recursos para garantizar el proyecto en su integridad” por lo que la nueva “Administración (la de Bogotá) se encuentra en la búsqueda de alianzas con el sector privado para explorar su realización y sostenibilidad en el tiempo”.

El problema subyacente en el hecho de que la administración de Bogotá inicie la búsqueda de aquellas alianzas, es que los contratos para la construcción se vencen, los dineros disponibles para la inversión se embolatan y la cinemateca puede terminar siendo un recuerdo de lo que pudo ser en un país de eternos “Dios quiera que si”. Las sospechas más pesimistas intuyen que los retrasos buscan dirigir los recursos a otros proyectos más “importantes” para la ciudad (léase: sembrar cemento para cosechar billetes). Parece pues, que en el panorama existente no se vislumbra un haz de luz que ilumine este oscuro futuro, y aunque a raíz de la presión ejercida por el gremio cinéfilo y cinematográfico, la secretaria María Claudia López aseguró que la construcción comenzará el próximo semestre, no hay claridad sobre la naturaleza de la integración con el sector privado que propone la funcionaria, tema que podría poner en riesgo el carácter público necesario para la identidad de la cinemateca. La construcción sigue supuestamente firme y con los planos que se habían pactado, solo el tiempo dirá si éste, no es uno más de los proyectos que se lleva el viento en Colombia y ante ese temor que sea así, las preguntas que nos debemos hacer son: ¿para qué sirve una cinemateca? ¿Un país sin cinemateca qué?

Una cinemateca es un recinto que alberga el material audiovisual que ha tenido un valor significativo para una comunidad y territorio específico; busca coleccionar, conservar, restaurar y dar a conocer aquellas obras que han encarnado los valores más representativos de su gente, han contribuido a la construcción de la idea de país (o territorio), o han tenido una influencia cultural, política y/o artística notable.

Colombia casi nunca ha guardado con cariño lo que ha hecho, el cine de aquí está casi condenado a la derrota; las películas colombianas que llenan salas de cine suelen ser comedias llenas de clichés estereo-típicos y caricaturas borrosas de lo que somos. Sólo son apreciadas aquellas que han sido avaladas por los criterios extranjeros y mínimamente nominadas a Oscares; ni siquiera tienen oportunidad de encontrarse con el público las cintas que son aplaudidas en otros certámenes más “independientes” como los festivales de Cannes o Berlín, e incluso las galardonadas en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) difícilmente logran dos semanas de exhibición en salas comerciales. Las películas “extranjeras” que llenan las salas son las últimas de acción y súper héroes del momento, películas divertidas, dirigidas a niños y jóvenes por lo general, hechas con súper estrellas y súper efectos especiales, destinadas a recaudar millones de dólares.

En Colombia el cine colombiano para la mayoría es, cuando no inexistente, “una novela de dos horas”, “la misma historia de siempre”, y sinónimo de un producto en definitiva, mal hecho; y puede que sí, no debe uno alabar las cosas solo por amor patrio, pero necesitamos un cajón donde se pueda guardar y recuperar ese recuerdo audiovisual que somos, mirar a la Colombia (o más bien, el cómo la vio alguien) en los rurales años veinte, en los convulsos sesentas, o en los digitales noventas; necesitamos un lugar al que llegar 50 años después para arrepentirnos de lo que fuimos, o para suponer comprender lo que somos. El cine, como nuestra historia, no tiene que considerarse “bueno” para ser guardado, ni tampoco moralmente correcto.

De la primera película hecha en Colombia, María (1922), basada en la novela de Jorge Isaacs, solo se tiene un fotograma, muchas otras están perdidas y con cada vez menos posibilidades de ser restauradas, pues, si no están guardadas como deben ser, cada año que pasa, su deterioro es mayor. Otras obras que se encuentran restauradas y tienen una fuerte influencia para el arte colombiano son prácticamente desconocidas para casi todo el mundo: pocos podrían reconocer por lo menos los nombres de un Luis Ospina, Carlos Mayolo, Víctor Gaviria, Felipe Aljure, Sergio Cabrera, entre otros; estos autores y estas películas deberían tener como última parada una cinemateca para el país, pues éste sería el sitio idóneo para su conservación y difusión.

Otro de los valores más importantes de una cinemateca es la difusión de su colección por medio de la formación de públicos o la planificación de ciclos especiales y, si bien existen escenarios cada vez más accesibles para aprender de cine: cursos virtuales, talleres promovidos por fundaciones y cineclubes; una cinemateca para el país no solo centraría muchos de esos esfuerzos, sino que además brindaría todo el material necesario para impulsar el aprendizaje del lenguaje audiovisual. La formación de públicos no solo es un objetivo necesario para promover, comprender y difundir el séptimo arte, sino también un ejercicio idóneo para la formación de individuos críticos, políticos y éticos; la cinemateca complementaria ese aprendizaje convocando y reuniendo al prójimo más cercano, promoviendo y proponiendo formación teórica, talleres prácticos, y un sinfín de posibilidades que están contenidas en la cinemateca, esa caja de pandora donde se encuentran los ingredientes necesarios para que una nación aprenda a mirarse.

La cinemateca no es pues un capricho de un gremio (solamente), como sí parece serlo los altos sueldos que ganan nuestros congresistas, los beneficios con los que cuentan los expresidentes, o las licencias ambientales que gracias a la alcahuetería del ministerio del Medio Ambiente se otorgan de manera casi indiscriminada a empresas mineras de países desarrolladísimos. Las cinematecas en el mundo son templos del conocimiento, tan valiosas como las bibliotecas más queridas o los museos más icónicos, la cinemateca deberá ser un territorio donde estén todas las memorias de Colombia, los recuerdos de aquellos que han sido olvidados, el testimonio de lo que fuimos, la constancia de lo que hemos dejado de ser, los sueños de quienes creemos que la paz también se construye con cultura y con arte. De pronto y es todo esto lo que más asusta a los que nos administran nuestro dinero.

“La verdadera historia del cine es invisible, la historia de amigos que se encuentran, que hacen lo que aman.”
Jonas Mekas (Manifiesto contra el centenario del cine)

 

Gran parte del cine gringo existe porque un día el dueño de la patente del Quinetoscopio (una caja de madera por la que al asomarse se observaban imágenes en movimiento, uno de los más importantes precursores del cine), Thomas Alva Edison, decidió que su invento tenía que ser el único capaz de proyectar historias, monopolizando así el naciente “mercado”. Pequeñas productoras de cine (como lo eran casi todas a finales del Siglo XIX), eran amenazadas y amedrentadas por mafiosos de Edison, si se atrevían a realizar sus producciones o sus inventos por fuera de los cánones establecidos por el célebre inventor. Quien quisiera filmar en la costa Este de los Estados Unidos (como Chicago y New York) tenía que hacerlo con la firme intención de proyectar su producto en el Quinetoscopio y su creación debía exhibirse solo en las salas de Edison; si no se cumplía así, la muerte era una posible opción para el artista en un país de película dominado por mafias que controlaban hasta la creatividad, como en Colombia.

Carl Laemmle, fundador de los estudios Universal fue uno de los primeros productores que ante las amenazas decidió ir a un lugar donde Thomas Alva Edison no tuviera control sobre las patentes; la jugada le salió más que bien, llegó a la Costa Oeste donde, no solo el inventor mafioso no tenía control sobre las producciones, sino que además era un lugar con un sol candente todo el año (ideal para filmar bajo su luz), con un ecosistema diverso desde desiertos desolados hasta bosques tropicales y playas paradisíacas; sumado a esto, una tierra muy barata, ideal para cimentar la nueva casa pirata de las producciones fílmicas: Hollywood.

Sol a sol, film a film, Hollywood se convirtió en el imperio audiovisual que todos conocemos. Lo logró a punta de buen cine y desplegando una estrategia de monopolio parecida a la que provocó su huida: control total y exhaustivo de todo el engranaje artístico; producción, realización y exhibición. Estrategia que aún hoy rinde sus frutos: ocho productoras controlaban y controlan mucho de lo que vimos y vemos: Paramount, MGM, 20th Century Fox, Warner Bros, RKO, United Artists, Universal Studios y Columbia Pictures.

Pero volvamos a la primera década del siglo XX cuando el cine ya no impactaba a ninguno de quienes aún lo veían y en él no se descubría nada nuevo o mejor de lo que se podía encontrar en la música, la ópera o el teatro; solo unos cuantos directores (Chaplin Griffith, Mack Sennet) y otros inquietos espectadores estaban convencidos de que el nuevo medio debía encontrar su propio lenguaje; en Francia, por ejemplo, había un club de amigos que conversaba esta realidad, que discutía las nuevas posibilidades que tenía el cine más allá de sus artes afines; en 1918 Louis Delluc fundó la revista “Cine clube” (donde comenzó con la crítica de cine) como un espacio de diálogo alrededor de un arte con un pasado ínfimo, sin presente y sin ninguna proyección, que aun así con sus letras incitó la construcción del cine como arte, pasando de simples filmaciones de obras de teatro, a la construcción de historias con la mirada e inmediatez que solo brinda la cámara y el montaje (hoy edición).

Este movimiento, junto con otros cineclubes nacientes (como el Club de los amigos del séptimo arte, fundado por Ricciotto Canudo) tenían como objetivos la presentación de películas que no llegaban por la censura o limitadas por la distribución, y al no ser éste un espacio oficial de exhibición, se priorizaba la visualización de obras con características artísticas o culturales por encima de las que solo se hacían con el objetivo de recaudar ganancias (gracias a los cineclubes de Francia se pudo ver allí por primera vez la película rusa “El acorazado Potemkin” clase magistral y referente del montaje fílmico). El cineclub era el escenario ideal no solo para ver lo que no se veía en las salas comerciales, sino que además era un espacio de debate político, ético y cultural. Un espacio para la formación de públicos críticos frente a la imagen, capaces de pensar su mirada.

Los cineclubes inquietaron las miradas de jóvenes y provocaron en ellos preguntas, respondidas luego como reflexiones críticas donde descubrieron lo que para ellos es el cine; luego fueron los realizadores que plasmaron esas preguntas y respuestas en su obra, como el caso de Francois Truffaut: cineclubista, crítico y realizador. La intención no es sugerir que el fin último de los cineclubes es formar únicamente realizadores y críticos; sino más bien señalar la importancia de estos escenarios a la hora de construir y proponer otros espacios para la mirada, espacios que han cambiado a las sociedades y han dado sentido a muchas vidas. Fue alrededor de los amigos que se dotó al cine de sentido.

Hoy, en un mundo comunicado 24 horas, todos los días del año, con computadores capaces de almacenar cientos de películas, con canales de distribución digitales infinitos (incluso legales y gratuitos), con redes sociales activadas para siempre en las cuales existe la posibilidad de hablar de cualquier cosa, ¿son necesarios los cineclubes? La respuesta es un contundente Sí. Thomas Alva Edison sigue vivo cada vez que en un centro comercial se saca de cartelera una película solo por cargar con la cruz de ser colombiana; cada vez que un político roba del presupuesto destinado para la cultura; cada vez que en cada parada de bus solo hay publicidad de películas de súper héroes. A veces es muy difícil conocer las grandes obras de la humanidad, y muchas veces no interesa su exhibición para los ministerios de cultura… más cuando los ministerios de países como Colombia son proyectos de emprendimiento para los ministros. Los cineclubes deben ser el hogar del Otro Cine, el escenario donde se manifiesta lo diferente, ese paraíso idílico a donde llegaron los piratas expulsados de la oficialidad.

Thomas Alva Edison sigue vivo y es Hollywood adoptando el modelo del que huyó, controlando producción, realización y exhibición; impulsando algunas veces con su poderío económico grandes obras de arte para la humanidad, pero casi siempre material reciclado y pútrido para repartir como cajas de donas; puede no tener los mafiosos de antes, pero definitivamente expulsa y coarta. Los cineclubes son las cavernas para pensar el cine, para ver en gran pantalla esos clásicos olvidados, y esos nuevos proyectos enterrados para los ojos de las mayorías.

La buena noticia: los cineclubes cada vez participan más personas.

Moriremos, es una verdad tan absoluta como que el hambre, la sed y el sueño son inevitables, y solo en el arte, la cultura y el amor intentamos ser eternos en este viaje de la humanidad.

La comunicación es inherente a nuestra especie. Los seres humanos tenemos la implacable necesidad de transmitir información a nuestros contemporáneos y a nuestros sucesores, personas del futuro que tal vez nunca conoceremos. Contamos con dos mecanismos de transmisión informativa: el primero es la genética, esa forma biológica base de la reproducción humana, determinante, rigurosa e inflexible, de la cual sabemos que si se transgreden sus “leyes” implicará resultados trágicos como en el caso de Edipo. Pensemos en algunos políticos, tan tristemente parecidos a sus abuelitos, papás y tíos que tanto hemos tenido que sufrir a lo largo de la historia patria. Pero no solo por cuestiones genéticas contamos con un deprimente catálogo de políticos en estas tierras, hay otra cuestión en juego que nos da paso al segundo mecanismo comunicacional humano, esa segunda forma en que transmitimos información es la que algunas teorías denominan “memética” y es básicamente la transmisión cultural, no biológica, de conocimientos, de prácticas, formas de actuar y de pensar. La memética es la base del aprendizaje y responsable de las obras más imponentes de la humanidad: puentes, lenguas, murallas, templos, cuentos y cantares, pinturas y edificios, tumbas y voces. Los humanos llegamos a eso buscando una manera de narrarnos a nosotros mismos y compartirnos la información más importante y pertinente para la vida, como en algún momento en las cavernas, alrededor de la fogata, para advertirnos que los frutos de algún arbusto a la orilla del río ocasionaban ronchas; o como los cantos de los esclavos negros en los campos de trigo al sur de Estados Unidos para remembrar sus días de libertad; o como las canciones melancólicas de Carlos Gardel en los resquicios de Medellín o Buenos Aires para musicalizar nuestras propias historias y cotidianidades.

Nos narramos con el arte para que el mundo se vea un poco como nosotros. Los que mejor lo hacen, terminan pincelando pueblos enteros con sus ideas, el cine lo ha hecho con especial maestría: las películas de Federico Fellini definiendo lo que creemos en Italia; los reportajes y documentales de Leni Riefenstahl de la Alemania nazi, son las imágenes que todavía hoy vemos y representan la Segunda Guerra Mundial; o el cine americano de Steven Spielberg o Woody Allen, que delimita las formas de la metrópolis y las maneras de habitarla.

Esas obras que terminan siendo representantes de una cultura, de un momento, o de una comunidad, los humanos las inmortalizamos; esas cosas que consideramos bellas, útiles y merecidas para todos los tiempos y todas las personas las convertimos en patrimonio. El patrimonio es el homenaje que hacemos a lo que fue con tanto espíritu y queremos para siempre; nos recuerda el paso de la muerte por la tierra. El tiempo lo curte con la vida y lo convierte en un gran espejo para vernos. Por eso lo patrimonial no es algo fijo y pasivo, sino que evidencia el movimiento que siempre somos. Así cada individuo tiene su acervo, su muestrario, su patrimonio personal: el apellido, la sangre, la huella digital, los recuerdos, el álbum familiar, la forma de escribir, los amores, los muertos, el iris y las películas favoritas. Es el ejercicio de la memoria lo que mantiene viva esa historia que somos, y será el ejercicio de la conservación y promoción patrimonial el que proteja y resguarde esa memoria y los imaginarios colectivos de nuestros pueblos que buscan la emancipación.

El cine, herramienta y arte para encapsular (más bien para esculpir) ese movimiento de la luz, ha provocado obras que merecen estar siempre, patrimonios que cosquillean el espíritu.
 
Y es que desde sus inicios se supo del poder mágico del cine; ya en 1898 el polaco Boleslaw Matuszewski creía firmemente en la función documental de éste y la necesidad de crear organismos e instituciones que lo protegieran. Consideraba firmemente que el cine debía pasar de ser solamente un entretenimiento de feria para convertirse en una herramienta de registro con un valor latente, tan poderoso o más que las libretas de los cronistas españoles donde dibujaron y contaron experiencias del nuevo mundo. La cámara filmadora permitía dibujar 24 cuadros por segundo, y así daba luz al movimiento, documentar al mundo moverse fue posible, confeccionar recuerdos que otros pudieran ver, capturar hechos históricos para siempre, culturas inexploradas, paisajes recónditos o cuentos de la humanidad. El cine es la fogata que movía las sombras de las pinturas en las cavernas del cromañón.

Lo sabíamos hace 100 años y fueron institucionalizadas hoy: filmotecas, patrimonios fílmicos, archivos audiovisuales, páginas piratas para descargar películas (perseguidas y cerradas por el FBI, como la reciente Kickass, o The pirate bay), cineclubes y museos existen porque sabemos que las cosas que se filmaron ayer nos cuentan lo que fuimos, y las cosas que grabemos hoy, nos insinúan lo que seremos.

En Colombia, por ejemplo, la Fundación Patrimonio Fílmico es sucesora directa de los pioneros en la protección del archivo audiovisual en el país. La Cinemateca Colombiana, (antes llamada Filmoteca Colombiana, creada por Luis Vicens con colaboración del Cine Club Colombia, uno de los más longevos cineclubes de Latinoamérica) ha restaurado, almacenado y distribuido gran cantidad de obras de la cinematografía nacional del periodo silente y sonoro, todas ellas con mucho qué enseñar sobre un país poco visto; imágenes del pasado que muestran cómo se miraba, cómo se quería, cómo se sentía, cómo se caminaba, como se amaba, paisajes de ciudades y maneras de entender el mundo. Muchos carretes de películas se han podrido para siempre, esos hongos verdes se roban lo que una vez la luz reveló.

Es necesario cada vez más que el país, en los tiempos de la indañable imagen digital, piense nuevas formas de enriquecer la distribución de su archivo fílmico y la alfabetización audiovisual, tan necesaria en épocas donde todo el día vemos sombras de la tv dispuestas a no decir nada, o a decir tanto que nos embota los sentidos.

Pero no solo la Fundación debe promover el amor a la memoria y preservar lo que va quedando de ella, cada institución pública o privada, oficial o pirata debe interpretar y descubrir el tesoro que cada imagen puede ser, formar en su lectura y en su interpretación. El patrimonio es también construir imágenes que queramos preservar para siempre, imágenes de las luchas de los pueblos en búsqueda de su propia identidad, de las diferentes maneras de relacionarse con el otro, la tierra y el mundo de las comunidades dispuestas a remembrar la historia que conduzca a la libertad.

Se va terminando el año, uno que a los más pesimistas nos parece la víspera del fin del mundo, con una Colombia dispuesta al odio, aparentemente dividida por intereses ajenos; en el mundo, los victoriosos de la arena política han sido aquellos que representan los valores que perpetúan la guerra y los conflictos: la xenofobia, el racismo, el machismo, el odio. Ahora es aún más explícito y claro que antes, el mundo es gobernado por el capital y la economía que promueve la muerte y la escasez, en este recrudecido escenario el papel de los artistas, testigos e intérpretes de su época debe ser punta de lanza para lo que nos espera.

El cine, que siempre ha sido un medio artístico capaz de atrapar las imágenes de la historia, a veces solo poniendo una cámara en el lugar de los “hechos” (como las puertas de las fábricas, las estaciones de tren, los almuerzos familiares o las conversaciones de amor), es además profesor y divulgador de ideologías (por su capacidad de expresar límites espaciales y temporales), formas de ser, de entender, y de mostrar (y ocultar) el mundo.

Colombia ha tenido un año con importantes movimientos para capturar, de contrastes y eventualidades con especial importancia y en este contexto varias de las principales películas que se han estrenado retratan de manera directa o indirecta las causas, consecuencias y devenires de, por ejemplo, el conflicto armado, un capítulo del país, que aún no acaba, y que cada año narra y tiñe nuestros días casi siempre de tristeza, pero que en éste, de manera un poco ingenua se colorean de esperanza, incluso la película elegida para representarnos en los próximos premios Oscar tiene como protagonista a un escuadrón guerrillero que, como una metáfora bíblica, pretende guiar y proteger la vida de Alias María, guerrillera de 13 años a la que se le ha asignado la peligrosa tarea de transportar por las selvas colombianas al hijo de su comandante; mientras además cuida con celo animal el secreto que guarda en su vientre, la promesa del mañana, su hijo, que de ser descubierto tendría que ser sacrificado por la lucha; como lo haría Cesar Augusto con Jesús si María y José se hubiesen quedado para el censo de Galilea en vez de emprender la huída. La parábola de un país donde se entrecruzan guerra y religión.

Dirigida por José Luis Rugeles, Alias María es una película que aunque con cámaras HD y lo último en efectos especiales, es el posible retrato de un país sucio y granulado. Con su reciente ante-pre-nominación se deberían las salas de cine comercial decidir a ponerla otra vez, pues vale la pena darle una segunda oportunidad a la película para que se encuentre con sus espectadores.

Con la estilización que exige el cine comercial (así sea independiente), otras películas trataron el tema del conflicto armado de una manera aparentemente indirecta, (aparentemente, porque aunque el conflicto se componga básicamente de ramificaciones de dolor, consecuencia de la guerra, no significa que aquellas ramas no estén directamente relacionadas con el drama) como la caleña “Siembra” (de los directores Ángela Osorio y Santiago Lozano), una obra que explora la puesta en marcha de rituales, creencias y formas de vivir de las víctimas del desplazamiento forzado en Colombia, tema también principal en “Oscuro animal” (del director Felipe Guerrero) película que todavía se puede encontrar en cartelera.

Pocas películas vimos que visualmente narraran una Colombia más real (que no realista), sin tanta imagen pulcra, festivalera; “Todo comenzó por el fin” ampliamente reseñada en Periferia y muy querida por nosotros es de las pocas que aprovecha el formato y el archivo fílmico como principal materia prima, es un documental necesario para narrar un país visto por jóvenes alucinados, parte vital de las sociedades en toda la historia de la humanidad.

Siempreviva (del director Kych López), del 2015, descrita de manera contundente por Camilo Rincón en Las2orillas “es un conmovedor pero a la vez escalofriante relato de una ciudad -de un país- que, sin decidirlo, hace parte de una violencia inclemente y que naufraga en el mar de un odio que ya no tiene dirección fija; un odio que ya no solo se expresa en la gravedad de un bellísimo exacerbado, sino en la dura cotidianidad de sus sobrevivientes” (las negrillas nuestras). Muestra otro escenario de la guerra, el del día a día, el de las personas asumiendo ideas defendibles hasta la muerte (del que sea), el escenario de las personas que viven, se enamoran y se reproducen entre balas y cañones, la guerra como hecho histórico atravesando a la sociedad; bien lo narró el director Jaime Osorio en Confesión a Laura (1991), donde el bogotazo ocurre como escenario central aunque los protagonistas poco salgan a la calle y el conflicto la mayoría de veces solo se escuche y se intuya.

Dentro de la lista de películas que cierran el año, animamos a todos los lectores con especial entusiasmo a que asistan a las funciones de cine colombiano en cualquier sala del país. Apropiémonos de nuestro cine, aceptémoslo como propio y exijamos como espectadores un juicioso acercamiento a esas películas que construyen y reflejan nuestras narrativas como sociedad.

Desde el 17 de noviembre se presentará Jericó de la directora Catalina Mesa, una historia que a modo de tejido donde los hilos son las vivencias y sentimientos de las mujeres de Jericó, narra las dinámicas de todo un pueblo en Antioquia con una sensibilidad y un uso de la imagen vivo y colorido como sus paisajes, mientras que en otro polo cromático y en otro contexto geográfico, Los nadie de Juan Sebastián Mesa, protagonizada por jóvenes interpretando sus propias vidas en la película, al estilo moderno del neorrealismo colombiano que inauguró (o popularizó) Víctor Gaviria con película icónicas para el país como Rodrigo D o La Vendedora de rosas. Los Nadie son esos pelados locos por salir de una ciudad asfixiante, donde no se sabe si es pólvora o bala; es posible que ya no esté en cartelera, pero si la ve por ahí no dude en verla, no hay mejor sensación que salir a la ciudad luego de haber visto esta cinta monocromática con ritmo de buses y semáforos.

Otra de esas joyitas rurales que se presentan todavía en algunas pocas salas, es Hombres solos, un documental de Francisco Schmitt (el director de La selva inflada); un relato de 4 hombres cuyo hilo conductor es la melancolía de la pérdida del río Magdalena como símbolo y recurso natural.

Paciente, ya fuera de cartelera, siguió el desgarrador relato de una madre atrapada en los diluvios burocráticos, en los laberintos de los hospitales, del sistema de salud en Colombia; es la historia que representa el dolor de todos los enfermos en Colombia, es decir, de todos nosotros en algún momento de la vida.

Otra película cuyos paisajes son las regiones de Colombia, casi siempre invisibilizadas por medios tradicionales de comunicación como la televisión o el cine más cobijado en la oficialidad, fue Aislados, un interesante relato que cuenta los movimientos y las formas en que se desenvuelven los habitantes de un islote de aproximadamente una hectárea, con las dificultades y las fuerzas para resolver los problemas de un mundo que hace soluciones para las grandes metrópolis.

Para finalizar el año esperamos también con muchas ganas la última película del mencionado Víctor Gaviria: La mujer del animal; además de La Ciénaga, entra la tierra y el mar, dirigida por Carlos del Castillo e interpretada por Vicky Hernández, ya galardonada y aplaudida por su papel en varios festivales alrededor del mundo, como el de Sundance, donde además la película ganó “Premio del Público a la mejor película de ficción internacional”; más allá de los premios y los festivales (que muchas veces lo que terminan generando es un marco que restringe la creatividad, dando más relevancia y voz a propuestas restringidas a ciertos límites estéticos, esperando no correr muchos riesgos comerciales), sabemos que Vicky Hernández desgarra su ser en cada interpretación, en cada gesto y en cada movimiento.

Cerramos este recuento de algunas de las últimas películas colombianas que más nos han despertado sensaciones y emociones con la imagen en nuestras cabezas de Vicky Hernández, mujer y símbolo del cine colombiano de ayer y hoy e invitando, una vez más, a que todo mundo vaya a cine a ver nuestras películas, nuestros espejos.

El cine es fruto de la industrialización, fue protagonista de las grandes ciudades, escenario típico para el entretenimiento y testigo de la evolución de las urbes más emblemáticas; en el principio exhibir películas era una labor que exigía la movilización de grandes cantidades de energía: proyectores peligrosos, propensos a quemar las cinta fílmicas, tan enormes y pesadas que exigían de alguien capacitado para su manipulación, salas lo suficientemente grandes y llenas para que la proyección fuera rentable y una capacidad de distribución necesaria para movilizar los rollos de los filmes por aire, mar y tierra.

El mundo ha cambiado, los proyectores tristemente en su mayoría ya no reproducen cinta fílmica sino discos duros que albergan de manera digital las películas, las películas físicamente pueden pesar 0 Gramos y la distribución se hace por internet; los cables de energía e internet llevan por aire, mar o tierra lo que antaño llevaban los humanos.

Lo cierto es que las facilidades tecnológicas han permitido la proliferación de aquellos escenarios que alimentan el amor por el séptimo arte: cineclubes nacen en cada cuadra cual iglesias de garaje con feligreses de ojos rojos adictos a la luz de la sala. Y con las ganas de algunos académicos dispuestos a realizar festivales, los pueblos se atiborran de jóvenes y viejos enfermos de cinesífilis. Uno de estos escenarios fue el que se llevó a cabo en el Suroeste antioqueño donde sucedió el 1er Festival de Cine de Jardín, organizado por la Corporación Antioquia Audiovisual cuyo presidente es el director Víctor Gaviria, reconocido por su cine de periferia, de esos límites humanos y físicos que siempre es necesario reconocer como nuestros. El tema de este primer encuentro llevado a cabo entre el primero y el cuatro de julio tuvo como eje principal “el posconflicto” y su eslogan “solo se perdona lo imperdonable” fue común denominador de conferencias y proyecciones.

Como invitados especiales figuraron personajes emblemáticos del cine colombiano como Ramiro Meneses (protagonista de la película Rodrigo D - No futuro[1990]) o el director Lisandro Duque (Los niños invisibles [2001], los actores del conflicto[2008]) y otros importantes rostros de la cinematografía latinoamericana como Miguel Littín de quien pudimos ver su última película “Allende en su laberinto (2014)”, lastimosamente en unas condiciones de proyección que hacen extrañar los esfuerzos antiguos por lograr una imagen perfecta; las intervenciones de los conferencistas fueron el plato fuerte del encuentro y sacudieron por cuatro días a un pueblo que ha vivido en carne propia las vicisitudes de un conflicto al que apenas se le ve una pequeña luz final.

Todavía no sabemos qué significa un festival de cine para una población como Jardín, de hecho, seguimos sin saber qué significa un festival de cine para cualquier ciudad turística o patrimonial, común denominador de todo evento cinematográfico; tal vez la dupla patrimonial cine/ciudad convoca gente e invita a reconocer el territorio; creemos y esperamos que su impacto vaya más allá del siempre egoísta comportamiento del turista que visita los lugares para aprovechar la lejanía para con tranquilidad dañar y ensuciar el hogar de otros; esperamos que la influencia cultural que debe tener un evento de esta magnitud germine en los jardineños y en todos los visitantes el verdadero sentido que pretende: amor al cine, amor por nuestra memoria, y conciencia crítica de los procesos colectivos que atraviesa nuestra sociedad.

Aunque el cine es una actividad que debe hacerse en el silencio sepulcral de la oscuridad cual rito de iniciación, su tarea debe ser la de convocar y reunir a los amigos; el cine es ese lugar donde nos podemos encontrar todos a conversar, la curiosidad debe ser un carrete de hilo para tejer nuestras preguntas con las agujas del arte; porque el arte no es un animal que se esconde en una cueva para poder existir, sino una esponja que se infla de realidad como materia prima para transformarla en anhelos, sueños y temores expresados en formatos físicos y eléctricos, con luces y sombras, sonidos y silencios; el arte no debe ser un anexo en los procesos hacia el posconflicto, es un catalizador de la vida magullada, redirige las vivencias por un matiz para mirarlas otra vez y de otra forma, da sentido a la vida y transforma los procesos individuales en encuentros colectivos devolviendo la fe en la comunidad, valor necesario para construir una verdadera paz.

En la conferencia “El conflicto a través del arte es progreso social”, Lisandro Duque comentaba a modo de charla que los taxistas cuando iban a pelear ya no sacaban cruceta sino el celular para grabar... y que eso era muy importante, pasar de las armas que dañan y matan, a las armas que, como la tinta, pueden ser contenedoras de símbolos capaces de transformarnos; los festivales y encuentros de cine deben ser la evidencia de que la sociedad utiliza cada vez otras herramientas para expresar sentimientos, y que el arte puede ser una de las formas en las que construimos sociedad y país.

Los festivales de cine, además de películas, invitados de honor y conferencias, deben ser el escenario ideal para tejer nuestras relaciones alrededor del arte; ninguna manifestación cultural debe estar desligada de su gente ni de su realidad histórica, los festivales deben ser el lugar donde la expresión de una comunidad se hace manifiesta, donde los temores del conflicto, las alegrías del cambio, la desazón de la pérdida se conviertan en colores, imágenes, sonidos y luz.

El de Jardín ha sido uno de los primeros, y los esfuerzos muy seguramente han sido epopéyicos, y aunque las dificultades o contratiempos se deben transformar en oportunidades, este hermoso pueblo del Suroeste antioqueño por primera vez, de manera formal, ha reunido la gente del cine y de Colombia y nos ha invitado a reflexionar a la velocidad de la luz del proyector.

El cine es fruto de la industrialización, fue protagonista de las grandes ciudades, escenario típico para el entretenimiento y testigo de la evolución de las urbes más emblemáticas; en el principio exhibir películas era una labor que exigía la movilización de grandes cantidades de energía: proyectores peligrosos, propensos a quemar las cinta fílmicas, tan enormes y pesadas que exigían de alguien capacitado para su manipulación, salas lo suficientemente grandes y llenas para que la proyección fuera rentable y una capacidad de distribución necesaria para movilizar los rollos de los filmes por aire, mar y tierra.

El mundo ha cambiado, los proyectores tristemente en su mayoría ya no reproducen cinta fílmica sino discos duros que albergan de manera digital las películas, las películas físicamente pueden pesar 0 Gramos y la distribución se hace por internet; los cables de energía e internet llevan por aire, mar o tierra lo que antaño llevaban los humanos.

Lo cierto es que las facilidades tecnológicas han permitido la proliferación de aquellos escenarios que alimentan el amor por el séptimo arte: cineclubes nacen en cada cuadra cual iglesias de garaje con feligreses de ojos rojos adictos a la luz de la sala. Y con las ganas de algunos académicos dispuestos a realizar festivales, los pueblos se atiborran de jóvenes y viejos enfermos de cinesífilis. Uno de estos escenarios fue el que se llevó a cabo en el Suroeste antioqueño donde sucedió el 1er Festival de Cine de Jardín, organizado por la Corporación Antioquia Audiovisual cuyo presidente es el director Víctor Gaviria, reconocido por su cine de periferia, de esos límites humanos y físicos que siempre es necesario reconocer como nuestros. El tema de este primer encuentro llevado a cabo entre el primero y el cuatro de julio tuvo como eje principal “el posconflicto” y su eslogan “solo se perdona lo imperdonable” fue común denominador de conferencias y proyecciones.

Como invitados especiales figuraron personajes emblemáticos del cine colombiano como Ramiro Meneses (protagonista de la película Rodrigo D - No futuro[1990]) o el director Lisandro Duque (Los niños invisibles [2001], los actores del conflicto[2008]) y otros importantes rostros de la cinematografía latinoamericana como Miguel Littín de quien pudimos ver su última película “Allende en su laberinto (2014)”, lastimosamente en unas condiciones de proyección que hacen extrañar los esfuerzos antiguos por lograr una imagen perfecta; las intervenciones de los conferencistas fueron el plato fuerte del encuentro y sacudieron por cuatro días a un pueblo que ha vivido en carne propia las vicisitudes de un conflicto al que apenas se le ve una pequeña luz final.

Todavía no sabemos qué significa un festival de cine para una población como Jardín, de hecho, seguimos sin saber qué significa un festival de cine para cualquier ciudad turística o patrimonial, común denominador de todo evento cinematográfico; tal vez la dupla patrimonial cine/ciudad convoca gente e invita a reconocer el territorio; creemos y esperamos que su impacto vaya más allá del siempre egoísta comportamiento del turista que visita los lugares para aprovechar la lejanía para con tranquilidad dañar y ensuciar el hogar de otros; esperamos que la influencia cultural que debe tener un evento de esta magnitud germine en los jardineños y en todos los visitantes el verdadero sentido que pretende: amor al cine, amor por nuestra memoria, y conciencia crítica de los procesos colectivos que atraviesa nuestra sociedad.

Aunque el cine es una actividad que debe hacerse en el silencio sepulcral de la oscuridad cual rito de iniciación, su tarea debe ser la de convocar y reunir a los amigos; el cine es ese lugar donde nos podemos encontrar todos a conversar, la curiosidad debe ser un carrete de hilo para tejer nuestras preguntas con las agujas del arte; porque el arte no es un animal que se esconde en una cueva para poder existir, sino una esponja que se infla de realidad como materia prima para transformarla en anhelos, sueños y temores expresados en formatos físicos y eléctricos, con luces y sombras, sonidos y silencios; el arte no debe ser un anexo en los procesos hacia el posconflicto, es un catalizador de la vida magullada, redirige las vivencias por un matiz para mirarlas otra vez y de otra forma, da sentido a la vida y transforma los procesos individuales en encuentros colectivos devolviendo la fe en la comunidad, valor necesario para construir una verdadera paz.

En la conferencia “El conflicto a través del arte es progreso social”, Lisandro Duque comentaba a modo de charla que los taxistas cuando iban a pelear ya no sacaban cruceta sino el celular para grabar... y que eso era muy importante, pasar de las armas que dañan y matan, a las armas que, como la tinta, pueden ser contenedoras de símbolos capaces de transformarnos; los festivales y encuentros de cine deben ser la evidencia de que la sociedad utiliza cada vez otras herramientas para expresar sentimientos, y que el arte puede ser una de las formas en las que construimos sociedad y país.

Los festivales de cine, además de películas, invitados de honor y conferencias, deben ser el escenario ideal para tejer nuestras relaciones alrededor del arte; ninguna manifestación cultural debe estar desligada de su gente ni de su realidad histórica, los festivales deben ser el lugar donde la expresión de una comunidad se hace manifiesta, donde los temores del conflicto, las alegrías del cambio, la desazón de la pérdida se conviertan en colores, imágenes, sonidos y luz.

El de Jardín ha sido uno de los primeros, y los esfuerzos muy seguramente han sido epopéyicos, y aunque las dificultades o contratiempos se deben transformar en oportunidades, este hermoso pueblo del Suroeste antioqueño por primera vez, de manera formal, ha reunido la gente del cine y de Colombia y nos ha invitado a reflexionar a la velocidad de la luz del proyector.

Todo está listo para comenzar la construcción de la nueva Cinemateca de Bogotá: el presupuesto para iniciar obras está acordado, el diseño está hecho y el lote está comprado; adelantada la construcción, buscar el apoyo de los inversionistas privados para su constante funcionamiento debiera ser la única tarea faltante para tener nuestro templo del cine en la capital de Colombia.

María Claudia López, la secretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá envió al periódico El Tiempo una carta argumentando que aunque los diseños ya están listos “no hay disponibilidad de recursos para garantizar el proyecto en su integridad” por lo que la nueva “Administración (la de Bogotá) se encuentra en la búsqueda de alianzas con el sector privado para explorar su realización y sostenibilidad en el tiempo”.

El problema subyacente en el hecho de que la administración de Bogotá inicie la búsqueda de aquellas alianzas, es que los contratos para la construcción se vencen, los dineros disponibles para la inversión se embolatan y la cinemateca puede terminar siendo un recuerdo de lo que pudo ser en un país de eternos “Dios quiera que si”. Las sospechas más pesimistas intuyen que los retrasos buscan dirigir los recursos a otros proyectos más “importantes” para la ciudad (léase: sembrar cemento para cosechar billetes). Parece pues, que en el panorama existente no se vislumbra un haz de luz que ilumine este oscuro futuro, y aunque a raíz de la presión ejercida por el gremio cinéfilo y cinematográfico, la secretaria María Claudia López aseguró que la construcción comenzará el próximo semestre, no hay claridad sobre la naturaleza de la integración con el sector privado que propone la funcionaria, tema que podría poner en riesgo el carácter público necesario para la identidad de la cinemateca. La construcción sigue supuestamente firme y con los planos que se habían pactado, solo el tiempo dirá si éste, no es uno más de los proyectos que se lleva el viento en Colombia y ante ese temor que sea así, las preguntas que nos debemos hacer son: ¿para qué sirve una cinemateca? ¿Un país sin cinemateca qué?

Una cinemateca es un recinto que alberga el material audiovisual que ha tenido un valor significativo para una comunidad y territorio específico; busca coleccionar, conservar, restaurar y dar a conocer aquellas obras que han encarnado los valores más representativos de su gente, han contribuido a la construcción de la idea de país (o territorio), o han tenido una influencia cultural, política y/o artística notable.

Colombia casi nunca ha guardado con cariño lo que ha hecho, el cine de aquí está casi condenado a la derrota; las películas colombianas que llenan salas de cine suelen ser comedias llenas de clichés estereo-típicos y caricaturas borrosas de lo que somos. Sólo son apreciadas aquellas que han sido avaladas por los criterios extranjeros y mínimamente nominadas a Oscares; ni siquiera tienen oportunidad de encontrarse con el público las cintas que son aplaudidas en otros certámenes más “independientes” como los festivales de Cannes o Berlín, e incluso las galardonadas en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) difícilmente logran dos semanas de exhibición en salas comerciales. Las películas “extranjeras” que llenan las salas son las últimas de acción y súper héroes del momento, películas divertidas, dirigidas a niños y jóvenes por lo general, hechas con súper estrellas y súper efectos especiales, destinadas a recaudar millones de dólares.

En Colombia el cine colombiano para la mayoría es, cuando no inexistente, “una novela de dos horas”, “la misma historia de siempre”, y sinónimo de un producto en definitiva, mal hecho; y puede que sí, no debe uno alabar las cosas solo por amor patrio, pero necesitamos un cajón donde se pueda guardar y recuperar ese recuerdo audiovisual que somos, mirar a la Colombia (o más bien, el cómo la vio alguien) en los rurales años veinte, en los convulsos sesentas, o en los digitales noventas; necesitamos un lugar al que llegar 50 años después para arrepentirnos de lo que fuimos, o para suponer comprender lo que somos. El cine, como nuestra historia, no tiene que considerarse “bueno” para ser guardado, ni tampoco moralmente correcto.

De la primera película hecha en Colombia, María (1922), basada en la novela de Jorge Isaacs, solo se tiene un fotograma, muchas otras están perdidas y con cada vez menos posibilidades de ser restauradas, pues, si no están guardadas como deben ser, cada año que pasa, su deterioro es mayor. Otras obras que se encuentran restauradas y tienen una fuerte influencia para el arte colombiano son prácticamente desconocidas para casi todo el mundo: pocos podrían reconocer por lo menos los nombres de un Luis Ospina, Carlos Mayolo, Víctor Gaviria, Felipe Aljure, Sergio Cabrera, entre otros; estos autores y estas películas deberían tener como última parada una cinemateca para el país, pues éste sería el sitio idóneo para su conservación y difusión.

Otro de los valores más importantes de una cinemateca es la difusión de su colección por medio de la formación de públicos o la planificación de ciclos especiales y, si bien existen escenarios cada vez más accesibles para aprender de cine: cursos virtuales, talleres promovidos por fundaciones y cineclubes; una cinemateca para el país no solo centraría muchos de esos esfuerzos, sino que además brindaría todo el material necesario para impulsar el aprendizaje del lenguaje audiovisual. La formación de públicos no solo es un objetivo necesario para promover, comprender y difundir el séptimo arte, sino también un ejercicio idóneo para la formación de individuos críticos, políticos y éticos; la cinemateca complementaria ese aprendizaje convocando y reuniendo al prójimo más cercano, promoviendo y proponiendo formación teórica, talleres prácticos, y un sinfín de posibilidades que están contenidas en la cinemateca, esa caja de pandora donde se encuentran los ingredientes necesarios para que una nación aprenda a mirarse.

La cinemateca no es pues un capricho de un gremio (solamente), como sí parece serlo los altos sueldos que ganan nuestros congresistas, los beneficios con los que cuentan los expresidentes, o las licencias ambientales que gracias a la alcahuetería del ministerio del Medio Ambiente se otorgan de manera casi indiscriminada a empresas mineras de países desarrolladísimos. Las cinematecas en el mundo son templos del conocimiento, tan valiosas como las bibliotecas más queridas o los museos más icónicos, la cinemateca deberá ser un territorio donde estén todas las memorias de Colombia, los recuerdos de aquellos que han sido olvidados, el testimonio de lo que fuimos, la constancia de lo que hemos dejado de ser, los sueños de quienes creemos que la paz también se construye con cultura y con arte. De pronto y es todo esto lo que más asusta a los que nos administran nuestro dinero.

Hay pintores que plasman en su lienzo lo más profundo de su alma, de hecho, el artista sincero no puede hacer otra cosa. El cine, como cualquier medio artístico ha permitido retratar un sinnúmero de historias humanas, pintadas de sentimientos, emociones, aspiraciones, sueños, vivencias y miradas que, por muy fantasiosas que puedan ser, siempre hablan de la humanidad en un contexto y momento determinado.

Las películas del viejo Oeste Americano (western), aparte de haber sido un referente estético del cine estadounidense de los años 50, narraron (tal como lo entendieron en aquel entonces) el origen del “progreso y la civilización” (valores encarnados por el ferrocarril, el banco, la comisaría) sobre tierras salvajes sin ley ni orden.

Otros países con otras estéticas han contado sus versiones de los hechos; en otros lugares, otros acontecimientos han sido los protagonistas, cada rincón del mundo tiene su historia. Realidades tan recónditas como las de Nigeria, Irán o incluso Colombia encuentran proyección por medio del milagro cinematográfico. En lugares escondidos y acallados hay quienes se atreven a grabar y gritar sus realidades; el arte es el arma de las mujeres, los pobres, los homosexuales, los negros, los trabajadores y de cualquier persona del mundo que aparente ser parte de una supuesta pequeña población, “las minorías”, ante las pantallas del mundo y los medios masivos de comunicación.

El cine es una bomba nuclear ideológica; quienes han decidido qué aparece en las pantallas han corroído y oxidado lo que éstas han iluminado; pero también aquellas “minorías” se han servido de esta bomba para expresar su sentir: sin dinero, con mucha paciencia e imaginación han construido desde la escasez su propia estética, su propio cine, uno más humano, inquieto ante el misterio de estar vivos y la conciencia de la muerte.

Antes de contar con los medios tecnológicos para producir sus propias historias, muchas comunidades fueron violentadas por medio del cinematógrafo. Las negritudes han aparecido en la gran pantalla desde los inicios del cine, lastimosamente interpretando a la típica caricatura del enemigo: el malo que amenaza la tranquilidad y la fraternidad de una comunidad. El nacimiento de una nación (1915) fue sin duda una película que definió al cine como industria, atreviéndose a contar una historia en casi 3 horas (algo impensable en una época donde la duración máxima de las producciones era de 30 minutos) con un manejo del montaje (hoy en día edición) al servicio de la narración pocas veces visto hasta entonces y el uso de la grúa para construir planos con movimientos impensables hasta ese momento; su director David WarkGriffith, un sureño formado en valores típicos y radicales estadounidenses (una caricatura del gringo amante de las armas, xenófobo y patriota), hizo con esta película de manera explícita un homenaje y un canto al KuKluxKlan; al final ellos son los héroes que expulsan y persiguen a ese enemigo vil tiznado de negro. En su estreno hubo ataques en contra de la población negra de Boston, Filadelfia y otras regiones de Estados Unidos. El cine es una bomba.

Años después, se estrenaría una película con dos características que la hicieron única: la primera era el sonido integrado de la mayoría de sus escenas, una de las primeras películas con banda sonora integrada en la cinta fílmica y la segunda, aunque más importante para los fines de esta reflexión: el protagonista era negro. El cantor de Jazz (1927) narra las vivencias de un artista por los escabrosos caminos de la fama, caminos acompañados de la música que identificó una época y un contexto, el dato curioso es que la película estaba protagonizada por Al Jolson un blanco con voz de negro que tenía la cara pintada durante toda la película. Con fines prácticos a la producción, tal vez por el talento de Al Jolson como cantante, tal vez por la falta de fe en un actor negro que pudiera estar a la altura del personaje, la película hizo de su protagonista una caricatura de una persona de piel negra.

Así pues, los negros no iban a contar sus historias en la gran pantalla de aquel entonces; por lo menos su influencia ha sido convertida en un suave susurro y el recuerdo de lo mucho que “las minorías” han influido en el séptimo arte no está en los créditos de la historia del cine. El nacimiento de una nación y El cantor de Jazz son ejemplo de lo que “las minorías” significaron para el cine de aquel entonces: un espejismo donde veían caricaturas hechas con sus pieles pero que nada reflejaban su mundo interior. “Las minorías” fueron las enemigas del espíritu y los ideales norteamericanos, clichés mal hechos llenos de estereotipos y prejuicios de ese pequeñísimo y difuso grupo conocido como “la mayoría”.

Aún en el presente, el lugar que de verdad narra un sentimiento negro pocas veces domina las grandes pantallas. Es en el cine de la periferia, en festivales o en los canales regionales de televisión  donde mejor se va a expresar el sentir de una comunidad que, más que por un color de piel, es la conciencia de sus orígenes lo que los identifica: Jean Rouch en Francia, SouleymaneCissé en Malí, Spike Lee en Estados Unidos, Glauber Rocha en Brasil o Marta Rodríguez y Jorge Silva en Colombia, son estandartes de Otro cine, un cine que siendo para todos no llega a casi nadie.

Ese cine periférico ha explorado desde sus entrañas el significado de habitar un lugar y un cuerpo, y en ese camino han aportado al arte y la cultura obras de inigualable valor, explorando al mismo tiempo el alma humana como las posibilidades del lenguaje fílmico: “Yo, un negro” (1958) de Jean Rouch es una película de ficción que utiliza diálogos grabados con posteridad puestos sobre filmaciones cotidianas de los habitantes de Abidjan, Costa de Marfil. No solo los protagonistas son sus mismos habitantes, sino que las historias son confeccionadas a partir de sus vivencias reales, no hay un matiz moralizante en la narración, ni se pretende contar una historia llena de bondades de una comunidad unida sin problemas, al contrario son seres humanos retratados en su día a día, con la carga de sus cuerpos y sus lugares, en una comunidad llena de conflictos e inconvenientes, donde sus acciones no son tan simples para catalogarlas de buenas o malas.

Por otro lado, en un contexto opuesto, Spike Lee ha retratado en una de sus primeras películas “Haz lo correcto” (1989), la periferia de las grandes ciudades, la cara oculta que sostiene cada urbe. El autor en este filme no pretende vanagloriar a su comunidad (Brooklyn) recalcando valores éticos positivos, por el contrario es protagonista de la película la ambivalencia, la duda, la incertidumbre y la rabia de la negramenta de Brooklyn contra los policías blancos, los italianos dueños de la pizzería e incluso contra ellos mismos en el día más caliente del año. No se pretende educar con el buen ejemplo, son personas viviendo en sus lugares con conflictos humanos y reales, que terminan a veces de la peor manera posible.

Jean Rouch y Spike Lee son dos autores entre muchos que sirven como luz esperanzadora para un cine pequeño pero invaluable, donde las comunidades se expresen sin tapujos, sin temor y con la fuerza que caracteriza las pequeñas luchas de todos. El cine de las “minorías” es el cine donde todos nos podemos ver, un espejo que al prender no vemos nuestro cuerpo sino el del mundo. Miradas locales necesarias para estos tiempos donde las pantallas nos hablan a diario.

FIN. Así comienza el último documental de uno de los últimos representantes del Grupo de Cali, ese combo de locos que marcó (y marca) una época, retratando con palabras e imágenes un país transformado, trastornado y devorado por el futuro progresista y visionario (cegato y viciado) que a todos nos asecha.

Uno de sus integrantes, Luis Ospina, realizó un film titulado Todo comenzó por el fin. Es su auto-retrato, el de sus amigos y su cine; por ahí derecho es el retrato de un país en un momento de su historia: el momento de unos buenos muchachos, luego hombres viejos, que hacían películas mientras parrandeaban, con una maestría envidiable para hacer esas dos cosas bien. Sus principales representantes: Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y, el autor del documental, director y actor de su propia vida, primero en el papel de sobreviviente y luego en el de moribundo: Don Luis Ospina.

El moribundo comienza retratando cómo a causa de un repentino cáncer, su documental debería ser terminado por dos de sus amigos; el realizador Rubén Mendoza -La Sociedad del Semáforo (2010), Tierra en la lengua (2014)- y el escritor y guionista Sandro Romero Rey. Si Luis Ospina hubiese fallecido, el documental tenía que cambiar, pero el hombre resucitó de entre sus muertos para relatarnos cómo el siempre joven Andrés Caicedo, se quitó la vida rapidísimo, luego de escribirnos la salsa y la rumba, y como Carlos Mayolo se la quitó lentísimo a punta de gótico tropical.

Las tres horas y media que dura la película se van como un suspiro de Mayolo, y pasan por los ojos una cantidad tremenda de imágenes y palabras hiladas con la maestría y el respeto de quien es protagonista por tantos años de la historia cultural y artística del país. Más importante aún, con el cuidado y el cariño de quien ama a sus amigos retratados por tantos años hasta sus muertes.

La película -como la vida- continúa, escuchamos una desconocida banda de rock en español, una frase que baila extasiada sobre los espectadores: “nosotros de rumba y el mundo se derrumba”, mientras por la pantalla pasan fotos de gente mutilada, de gente consumiendo droga, de políticos consumiendo países y violencia por doquier. Lo que vemos evidentemente no es un producto de la televisión nacional; ningún buen valor es promulgado en las imágenes de este documental, por el contrario, el objetivo es enseñar con el mal ejemplo. El grupo de Cali fue lo que quiso ser, incluso cuando participaron en televisión, ninguno se traicionó a sí mismo, no se convirtieron en modelos ni en ganadores de Oscars, no fueron seres políticamente correctos diciendo groserías solo en horario nocturno que muestran desnudos con censura; no, el grupo de Cali se desnudó frente a las cámaras y es su sinceridad lo que con más fuerza se siente por tres horas y media. ¿Qué sería de Colombia sin estos personajes de película? Tal vez seríamos la misma triste historia, pero definitivamente estos tres (estos miles) sazonan un país que hierve, este grupito es un plato fuerte, arroz con habichuela y vianda es lo que hay.

La historia de Colombia es la historia de las personas que habitan estas tierras con los pies y con el alma, la historia de Colombia pesa (¡y cuánto!) sobre la espalda de hombres y mujeres que caminan estas trochas maltrechas. El Grupo de Cali fue un combo de amigos que se retrataron en la salud y en la enfermedad y ni la muerte los ha separado porque el cine los ha unido e inmortalizado. Son la viva cicatriz de este país, víctimas y amantes de sus drogas y su cine, extasiados hasta la muerte de la luz que se proyecta sobre estas tierras. En FIN, Cineastas que por principio viven su cine, que retrataron su tierra también agonizante, y que lo hacen hasta que la muerte los separa.

El documental, que también es una creación subjetiva, personal, ha sido usado para contar la vida; Luis Ospina ha recogido la experiencia visual y sonora suya y la de sus amigos, sin vanagloriarse de nada y desmitificando lo que el tiempo ha hecho de ellos; uno va viendo y descubre que la historia de esta película es también la de una reunión de amigos que cocinan, se ríen y recuerdan. Enamora un documental que en el fondo es una muestra de cariño a unos pocos, y es porque en los rostros de aquellos personajes se reflejan los nuestros propios y los de nuestros seres queridos.
La historia se va tejiendo gracias a los testimonios de los amigos que aún viven; artistas y locos que han hecho lo que les ha salido de las entrañas y lo han disfrutado hasta las últimas consecuencias. Sandro Romero Rey, Ramiro Arbeláez, Hernando Guerrero, Vicky Hernández o Eduardo la Rata Carvajal, el hombre de la cámara, quien tanto ha retratado la realización de películas emblemáticas del cine nacional como La mansión de Araucaima (1986) o La vendedora de rosas (1998), además de las fotos más recordadas de Andrés Caicedo como en la que muy feliz, nos ofrece una cerveza. Es la Rata quien mucho filmó los detrás de cámaras y las aventuras tras bambalinas de estos muchachos.

El documental es un género cinematográfico que permite un acercamiento más directo, o más desnudo a una realidad, en el documental se privilegia la vida que pasa (como diría Luis citando a Jean Cocteau: la muerte trabajando), en la ficción la vida que se hace; en los documentales se graba la incertidumbre, es salir de pesca, esperar que frente a una cámara pase el tiempo y el espacio. Todo comenzó por el fin es el recopilado de una vida de artistas mirándose a sí mismos en un país cegado por las ganas de no mirar, estamos frente a uno de los trabajos más importantes de los últimos años en Colombia, lo particular se convierte en lo general, las vidas de muchos las podemos ver reflejadas allí: sus sufrimientos, sus dolores, su vida, su muerte, y su relación con un país que no perdona. Gracias también a la concepción con que este grupo usó y vivió el cine, toda una vida de grabarse entre amigos se constituye en un invaluable documento fílmico, en el cual se estimula la reflexión acerca de la tradición cinematográfica colombiana, una historia que al igual que la historia general de nuestro país apenas se está contando; en esta tierra donde se silencian los testimonios y se olvidan nuestros muertos, el cine debe servirnos como práctica de la memoria y apropiación de nuestras historias y nuestros protagonistas.

Luis Ospina: contestatario y políticamente incorrecto ha robado de nuestras vidas tres horas y media; cual si fuera sanguijuela del alma nos ha sentado en las butacas del cine mientras nuestros ojos se alegran, lloran y sonríen nostálgicos frente a un pasado que solo volverá en la oscuridad de la sala. De él esperamos mucha vida para que siga haciendo lo que mejor sabe: registrar y compilar las imágenes fílmicas, ese recuerdo que seremos, que nos construye y nos refleja; el mejor cine es un espejo frente a nosotros que nos mira con insolencia y nos pregunta sin cansancio. A Luis un abrazo y un aplauso sincero; a nosotros nos espera una fiesta al salir del teatro, al enfrentarnos con la vida codo a codo a los compañeros, donde cada segundo es un comienzo.

Amanece en Cartagena y la luz del sol se esparce en una ciudad acostumbrada a que pase la gente. El 2 de marzo comenzó el festival de cine más antiguo de América Latina, el FICCI (Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias). Este festival nació en 1960 con la misión de perfilar nuevas tendencias del cine mundial, con enfoque en el cine Iberoamericano, además de propiciar la interacción entre directores, productores, actores y agentes de la industria del cine, así como entre la audiencia y medios de comunicación en un espacio profesional, académico, artístico y cultural.

Llegamos de Medellín a la heroica, del aeropuerto internacional Rafael Núñez al taxi de don Eugenio, un cartagenero cristiano que nos comparte la palabra del señor mientras nos cuenta que lo mejor del festival de cine es la cantidad de turistas que llegan a la ciudad. “Yo sí he ido a la 'película', pero casi nunca hay tiempo pa' eso varón” son frases que se repiten con otras palabras en boca de los lugareños, quienes viven de la gente que pasa. Como en los festivales más importantes del mundo el FICCI se desarrolla en una ciudad turística, la cual tiene dos caras, la parte bonita, en la que se desarrollan la mayoría de los eventos, llena de famosos y políticos elegidos; y la deperiferia, donde se invisibilizan historias y personas, comunidades que viven fuera de las murallas, acalladas por la oficialidad.

Los festivales pueden ser un escenario para fortalecer la identidad de las comunidades, permitir el desarrollo de la diversidad y diferencia con total libertad, a la vez que celebran aquellos rasgos que nos identifican como país, como ciudad o como barrio; el desarrollo de la identidad no es un conjunto de características definidas por la agenda política del gobierno de turno, es un ejercicio de resistencia y construcción que implica la reflexión y el cambio. Los festivales y carnavales son los rituales que fijan simbólicamente las ideas, los comportamientos y las maneras de ver el mundo de las comunidades. La festividad de una ciudad o una comunidad pierde su sentido cuando es impuesta por valores comerciales y se convierten en escenario de disputa politiquera y dominación cultural.
En el festival se siente en el aire salado la influencia que los medios masivos tienen sobre este, en las escarapelas de registro el logo del principal patrocinador, RCN, es indicio de que el FICCI sigue considerando en gran medida al cine como un aparato para el simple entretenimiento y no como una herramienta aliada en la construcción de los procesos de identidad y reconocimiento de nuestro territorio. En otros tiempos el cine sirvió a esa noble causa en otros lugares, en Brasil el cinema novo, el neorrealismo en Italia, incluso en la década de los 70s y 80s en el Valle del Cauca el grupo de Cali con Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina. Este último director homenajeado durante el festival, y el cual presentó su más reciente documental “Todo comenzó por el fin”, necesario para la memoria de este país y muestra de que aún el cine de nuestro país se puede inquietar por el reconocimiento de nuestra identidad.

El rumbo que toma el festival no es pues muy claro, ni perfectamente definido, a vista de pájaro uno pudiera pensar que es otro más de los beneficios de un paquete turístico de Cartagena, con poca influencia directa o indirecta de los habitantes de la región, y aunque el cine colombiano es eje central del evento brillan por su ausencia cintas que inquieten y que tengan otros estilos narrativos con lenguajes propios que provoquen a la acción.

Sin duda este festival hace parte de la agenda política del país y eso no tendría nada de malo si la agenda política de Colombia tuviera como objetivos principales el fortalecimiento cultural, el reconocimiento del territorio por parte de las comunidades y el respeto por los derechos humanos. Pero en otro sentido se siente el fervor del presidente de Colombia en la gala de inauguración, el que el cine llegue a los Oscar, o se desarrollen 20 películas en Colombia que muy seguramente no verá; su interés son los números y los reconocimientos que en el extranjero se hacen a Colombia; porque este escondido país solo existe cuando lo nombran en inglés.

Durante el FICCI conversamos con muchas personas; de Noruega, de Cartagena, venteros ambulantes, cantantes callejeros de hip hop, taxistas, realizadores de cine, otros medios alternativos de prensa, organizadores, profesores, estudiantes y trabajadores de diversos oficios turísticos como guías, y personal de hoteles; cada voz cartagenera nos contaba una misma historia del festival: “En estas épocas lo que hay es trabajo, a mí me gusta el cine pero es poco a lo que puedo ir, porque toca trabajar”. Una conclusión apresurada de esta situación puede ser que el festival a los cartageneros solo sirve para darles trabajo y, aunque es muy valioso en un país dominado por el desempleo, donde abundan las artimañas para incluir a los trabajadores de la calle o informales en las cifras de empleados (o en la cifra de los “no pobres”), donde las personas mueren porque no tienen alimentos ni agua (en uno de los países con más recursos en el mundo) no basta tener dos carreritas más en el taxi, no basta vender otra agüita de coco, no basta recibir a 5 inquilinos más. Si los festivales de cine para la gente de las comunidades sirven solo para dar un poquito más de trabajo, entonces no se necesitan para nada.

Estos espacios deberían preguntarse ¿por qué el cine sirve para construir la identidad de las comunidades? Es importante recordar que los primeros usos del cinematógrafo fueron documentales, con las antiguas cámaras se filmaban imágenes de tierras lejanas, para que los europeos, sin moverse de la silla conocieran pasajes inhóspitos (para ellos), 100 años después el cine ha llegado al espacio, a universos inimaginados o al corazón de las personas; ha sido utilizado para promover ideales de cualquier color y orientación política, las cámaras han grabado trasplantes, hombres muriendo y niños saliendo del útero de su madre; las cámaras han sido testigos directos de un siglo y poco más; han definido los estándares de la moda y han destruido a sus más grandes y brillantes estrellas; el cine estadounidense sugiere una forma pensar, ver, hacer y decir; marca los límites de lo que se descubre y lo que se oculta, coloniza mentes e ideas a la velocidad de la luz y con su gran aparato de distribución establece en las ciudades aquello que merece ser visto.

El cine es un invento artístico poderoso que en ocasiones ha sido usado por los pueblos para recordarse, reconocerse y construirse; los festivales son una de las oportunidades que tienen los países para crecer como nación, para explorar sus lenguajes y sus formas de nombrar el mundo; a un festival hermoso y viejo solo le falta un poquito más de nosotros y un poquito más de todos.

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