Desde La Periferia

He seguido el rastro de Marleny Zabala durante las últimas semanas, y esto me ha llevado a encontrarme entre muchas mujeres debatiendo una propuesta de economía solidaria para las familias que viven junto a ella en un Ecoasentamiento que construye, junto a otras mujeres y hombres, en el municipio de Armenia, Quindío, en el barrio La Nueva Armenia.

Hace más de dos décadas Marleny fue desplazada, junto a su familia, de la vereda Las Samarias del corregimiento de Berlín, en el municipio de San Felix, al oriente de Caldas. Su familia cultivaba café y chocolate, y tenían algunas cabezas de ganado, su fortaleza hubo de ser el cimiento que necesitaron sus hermanos y su padre para la oscuridad que llegó después de que su madre muriera.

La muerte de la madre hizo que ella saliera por primera vez del campo. A ella y a sus hermanas las enviaron a vivir con su abuela, pero ella enfermó y luego fueron a parar al internado María Inmaculada en la ciudad de Medellín. “Esa fue la primera vez que yo sentía que me habían arrancado de la tierra, fue un cambio muy drástico y por alguna razón que desconozco, sentía mucha hambre, me daba tanta hambre en ese lugar”.

Después de tres años retornó de nuevo a la vereda, con muchas ganas de continuar con lo que había dejado tirado: el ejercicio de ayudar a sembrar y cultivar, ocuparse de echar la leña al fogón y darle de comer a los animales. Pero a sus 17 años la violencia bipartidista y las amenazas la obligaron, junto a su padre, a buscar un nuevo lugar para vivir, y aprender a sobrevivir a la hostilidad de la ciudad para la que el campesino no está preparado.

Años más tarde su gran obstinación los llevó a regresar de nuevo a su finca para tratar de reconstruirlo todo. Se vinculó a una fundación llamada Paz en la Tierra, donde encontró elementos para construir una Asociación de Usuarios Campesinos, y una Junta de Acción Comunal para empezar a organizarse e incidir en la administración local.

Solo fue cuestión de un año de trabajo de base. Se constituyó un plan de trabajo que tenía como eje central la solicitud de un puesto de salud con un médico constante, mantenimiento de las carreteras, una escuela, y capacitación para la nutrición de los niños. Pero la Junta de Acción Comunal empezó a ser perseguida, las reuniones y asambleas fueron militarizadas, y muchos de los documentos fueron quemados. Para desgracia de todos, asesinaron a dos de sus compañeros, un par de ingenieros agrónomos que apoyaron la iniciativa hasta el final.
Marleny tuvo que irse, la organización se extinguió y una noche cualquiera conoció al grupo paramilitar la Mano negra. “Reconocí inmediatamente quiénes eran. Me dieron una amenaza: si no se va hoy, mañana seremos dos los muertos. Fue suficiente para irme de nuevo”. Con enorme tristeza se marchó a Manizales donde en poco tiempo empezó a trabajar como empleada de servicio doméstico, pero las dinámicas del lugar no le agradaron mucho y se fue a Bogotá para vivir con una amiga.

En esa enorme y devoradora ciudad consiguió formar parte de un grupo de misioneros redentoristas, facilitándosele terminar su bachillerato. En las mañanas trabajaba en el seminario y en las tardes tomaba clases a través de la radio. Después decidió ser misionera, y se vinculó junto a un sacerdote para trabajar con habitantes de la calle y con una ONG que se llamaba SOS Aldeas Infantiles. Entonces se despertó su deseo por la enseñanza y estudió pedagogía para la educación.

En 1998 sus hermanos fueron desplazados de la vereda. El río fue canalizado para construir una hidroeléctrica; continuaron las muertes y las fosas comunes. “Para cualquier colombiano escuchar decir fosa común o saber de una cerca a su casa no causa en él mayor resquemor. Parece que le estuvieran hablando de la siembra de una planta”. Ella dice haber muerto con los tantos que perdieron su vida allí, pero reconoció la envergadura del monstruo al que se enfrentaba y que era muy pequeña para enfrentarlo sola.

Entre tanto dolor continuó sus estudios, esta vez en Filosofía, pero enfermó. Meses más tarde mejoró y regresó junto a su familia. Quería acompañar a sus hermanos con la enfermedad de su padre, quería una revancha, y se vinculó al programa de Restitución de Tierras. Además de la pérdida de su territorio, ha tenido que cargar con la desaparición de su hermano.

Por eso no le quedó más que, junto a otras y otros, empezar una nueva reconstrucción del tejido social que se había diluido, y por tercera vez creó una Confluencia de Mujeres para la Acción Pública del Quindío, donde las Mujeres campesinas y sus familias se unen para construir; se vinculan a la Asociación de mujeres Multiétnicas, donde cada mujer pertenece a alguno de los Ecoasentamientos a nivel nacional. La Confluencia de Mujeres inició su proceso a partir de discusiones entre ellas mismas sobre la manera en que se deben de organizar para exigir sus derechos.

 

Emergencia del Ecoasentamiento: Laudato
Las complicaciones para Marleny y otras familias no cesaron con su llegada a la ciudad de Armenia al acceder a una pequeña porción de tierra. Han sido señaladas de haber ocupado esas tierras sin permiso alguno, pero los acusadores fueron quienes les vendieron el derecho a vivir allí. Tienen en sus manos los títulos de propiedad para comprobar la legitimidad de la adquisición, y no saldrán de allí. Han comunicado a la administración local que no aceptarán ningún trato de reubicación. Al contrario, han hecho toda la gestión para que les legalicen sus tierras, a través de la Ley 1848 del 18 de julio del 2008 que dice que todas las alcaldías y gobernaciones tienen 90 días para crear oficinas jurídicas para legalizar sin ningún costo los asentamientos que cumplan con los requisitos básicos.

Las mujeres que habitan el Ecoasentamiento que han llamado Laudato sí, han cultivado y limpiado con ayuda de sus familias el espacio, convirtiéndose esta en su finca en la ciudad. Les parece molesto que los antiguos dueños después de ver con buena pinta el lugar y que ahora sí es habitable, empiecen a atacarlos y a tildarlos de invasores. Han recibido varias demandas y acudido a varias audiencias, les han ofrecido reubicaciones, participación en proyectos de vivienda con apoyo de la administración municipal de Armenia, pero no quieren abandonar este espacio, ya adelantan proyectos y tienen planes para la construcción y remodelación de sus viviendas; les agrada vivir cerca a la quebrada La Cristalina.

Quieren recuperar su identidad campesina, cultivar, construir sus casas y reconocerse, cuidar bienes de vida como laderas y fuentes de agua y tejerse comunitariamente. Las mujeres campesinas llevan a cuestas un enorme dolor, porque ni ellas ni sus familias en el campo o la ciudad se escapan de la violencia; deben soportar hasta el fin sus vidas, en silencio, el maltrato en el seno de la familia y la ciudad misma. Marleny sueña junto a otras mujeres construir dentro de su Ecoasentamiento una casa de la mujer que se convierta en una escuela de participación ciudadana, en donde puedan intercambiar sus productos y tener a su familia e hijos cerca, para de esta manera unir el campo con la ciudad.

Actualmente Marleny Zabala ha sido postulada para el premio Mujer Comfenalco, y al mismo tiempo ha recibido una amenaza de muerte por parte de grupos paramilitares. “Las mujeres no abandonamos nuestras luchas, nos desprendemos de nuestros miedos y nos aferramos a nuestros derechos”.

De visita por el velorio

Allí me encontraba, sentado al lado de doña Teresa, una señora de 70 años, de baja estatura y una joroba muy notoria. La verdad no sabía bien qué estaba haciendo en estas circunstancias; si bien con Willy compartí parte de mi infancia, no habíamos hecho una gran amistad, ni cercana, es más, él era de esos niños maldadosos y se sentía superior a los demás.

Hacíamos un círculo alrededor del féretro; a mi derecha estaba Mauricio el hermano de Willy y al otro lado se encontraba su madre doña Teresa. – ¿Qué fue lo que le paso?–, le pregunte a Mauro. –Se puso a jugar borracho con un arma y se pegó un tiro en la cabeza–, me afirmo al oído. –Qué vaina, es la peor forma de morir–, le dije con tono de consolación. La verdad nunca he sido bueno para dar ánimos.

Quien más me intrigaba era la mamá de Willy, me dijeron que ella no se había dopado, porque a pesar la muerte su hijo se notaba tranquila. Por lo que me contaron, sí que lo había sufrido en vida. Recuerdo a mi madre hablar de ella; decía que a doña Teresa el marido le había dado muy mala vida, la golpeaba y solía irse por mucho tiempo dejándola con sus hijos sin nada de comida. Luego le tocó con Willy. Tal vez por eso casi nunca sonreía.

Estar allí me hizo devolverme en el tiempo, a mi barrio añorado que me vio crecer, de niño fui muy feliz a pesar de la pobreza. Doña Teresa, quien era muy amiga de mi madre, a veces la pasaba peor que nosotros, y por eso aunque yo estaba muy pequeño, cuando me caían algunos pesos los compartía con ella.

Camila, la hija menor de doña Teresa, había llorado toda la noche. Se le notaba en sus ojos cansados e irritados; a pesar de que peleaba mucho con Willy, Camila era de una personalidad muy afectuosa. Esa noche se sentía algo en el ambiente, como un alivio, no sé por qué.

– ¿No tenían otra foto?, esa que pusieron no me gusta, no era la apropiada para el sepelio de Willy– afirmé atrevidamente, a lo que Camila contestó: –no teníamos más fotos de él.  

Esa foto enmarcada de Willy, puesta en la cabecera del féretro, me llamaba la atención; posaba como un típico bandido, parecía no haber dormido en días, también se le veía pensativo, con el rostro acabado. Tenía una mirada abrumadora y abismal, tan penetrante que daba la sensación de haber visto terribles cosas y que conociera los misterios del mismísimo infierno.

Seguía llegando gente, todos iban más por curiosidad que por otra cosa. Así son todos los velorios, asiste hasta el que no conoce al difunto. Solo vi a una niña que lloraba desconsoladamente. – ¿Quién ese ella?–, le pregunte a Mauricio. –Esa es la hija de Willy–, me dijo Mauro. –Cuéntame un poco, ¿cómo paso todo? Yo aún no puedo creer que él esté muerto–, exclamé. –Nada parce, llegó de una farra a las tres de la mañana, toda la noche se había drogado y había tomado guaro, se sentó al lado de la cama de la cucha y se puso a jugar con la pistola, en esas se le disparó en el lado derecho de la cabeza, arriba de la oreja–. Le interrumpí para pedirle que saliéramos un rato.

La casa de doña Teresa estaba ubicada a las orillas de una quebrada. Para salir a la calle teníamos que subir unas escalas muy angostas atrapadas por dos muros, por lo que la genta hacía fila para poder ver a Willy. Eran alrededor de las siete de la noche, afuera no pasaba nada, las motos iban y venían como de costumbre en los barrios populares, sin embargo, adentro de esa casa había otra dimensión, por así decirlo. A pocos velorios he ido en mi vida y este era el más extraño de todos; mientras subía con Mauro pensaba, reflexionaba sobre la vida, me sentía raro en ese ambiente, no sé si en verdad esa dura despedida más bien era una celebración secreta. Disfrutando del aire frío de la noche veía las semejanzas de mi barrio villa Turbay con este, las calles mal pavimentadas, casas de tabla, de adobe y de todas las formas, una encima de otra, hacia arriba comenzando la montaña.

Ya habíamos cruzado varias calles, todo un laberinto. Llegamos hasta el puente sobre la quebrada ubicada detrás de la casa del velorio. –Mauro ¿entonces qué pasó? ¿Alcanzaron a llevarlo al hospital?–, le pregunté mientras divisaba la quebrada desde el puente por el que estábamos pasando. –Sisas, él aún estaba vivo, el primo y yo lo llevamos mientras repetía constantemente que no lo dejáramos morir. Cogimos un taxi. Estando en el hospital en urgencias nos hicieron esperar, mientras él se nos desangraba. Al cabo de una hora lo atendieron, a la madrugada nos dieron la inesperada noticia de que no pudieron hacer nada, dijo el médico que se le había ido sangre al cerebro–. Me estremecía ese relato espantoso.

-Oe parce, acá lo estamos esperando, está toda completa–, le gritaban desde el extremo del puente unos tipos, sentados en unas escalas muy improvisadas mientras levantaban la botella de ron. Sin decirme nada él se dirigió hacia ellos, yo no lo iba a esperar entonces me seguí. Luego de estar allí adentro me tomé un tinto y escuchaba la oración fúnebre. A pesar de las circunstancias sonreía en mi interior; me sentía contento de saber que aún tengo a mi madre viva, aunque su salud siempre tiene un pero.

–Maicol ¿cómo está tu mamá?–, me pregunto doña Teresa. –Bien, gracias a Dios–, contesté sonriendo. –Hace tiempo no la veo, tú estás muy grande, te pareces mucho a tu papá, aunque él era más alto. –Camila, doña Teresa, ya me voy a ir, me alegra haberlos visto, lástima la situación. Lamento mucho lo de  Willy–, dije. –Bueno Maicol, gracias por la compañía, me saluda a su madre, dígale que no se pierda tanto–, respondió Camila con una lágrima rodando por sus mejillas rosadas, con la voz entre cortada.

Una visita al abuelo Macuna

Desde los cielos del Amazonas, la selva extensa y densa llamaba nuestra expectativa a un nuevo territorio colombiano por conocer.

El tiempo esperado se acercaba y luego de estar durante días en el municipio de Leticia, el calor producía el intenso sudor de siempre, las aves nos despertaban dulcemente de la misma forma que siete días atrás. Era martes 11 de julio de 2017. A las 10:00 a.m. tomamos un Tuk Tuk (moto-carro) hacia el kilómetro 11, y media hora después iniciamos el recorrido entre la selva amazónica, caminando por un sedero entre árboles nativos; algunos mochileros, loros y oropéndolas nos escoltaban hacia el lugar. Allí estaba, después de atravesar el último puente, una gran Maloca.

Un hombre de piel oscura y gruesa nos sonreía, nos invitaba a pasar y a tomar un descanso antes de iniciar. Él regresaba de su trabajo en la chagra (el lugar del cultivo); sudando se quitó la camisa para arreglarse. Nosotros lo saludamos y le pasamos un paquete con algunas cosas que le ofrecimos por su recibimiento: fariña (harina gruesa a base de yuca), café colombiano y azúcar.

Sin saber nada aún sobre lo que iba a pasar, sentía que al lugar le faltaba algo. Mientras Gustavo se refrescaba y se ponía con delicadeza uno a uno sus collares con piedras, semillas y colmillos, yo me preguntaba internamente, ¿dónde está su esposa?, ¿dónde están su hijos?, ¿no hay otro Macuna más? Sólo lo acompañaba un señor que lo ayudaba en sus labores y que mientras nosotros esperábamos el encuentro más cercano con Gustavo, llegaba con leña y la comenzaba a ubicar en lo que parecía ser la cocina del lugar. Esta estaba ubicada dentro de la Maloca hacia una esquina; en la otra esquina había una especie de altillo que parecía ser el lugar donde alguien dormía. Por dentro la Maloca era muy amplia, un comedor largo de madera dividía el lugar, allí nos sentamos; a un lado colgaban varias hamacas en la que por algo de dinero podíamos pasar la noche. El lugar estaba impregnado de tranquilidad y buena energía, y nosotros de ansiedad por descubrir lo que se escondía tras este hombre; habíamos llegado allí por la necesidad de conocer mundos ocultos y olvidados de la periferia de nuestro territorio colombiano, y aquí estábamos, pacientemente esperando.

Gustavo Salgado se sentó más allá del comedor de madera y mientras acomodaba a su lado una máscara, unos recipientes y otros elementos de su cultura, nos invitó a sentarnos frente a él en unos troncos de madera firme; nos recibió en su casa que no llama Maloca sino casa del abuelo “Ukuabiri” en lengua Macuna, que significa: la casa que construyen los abuelos con mucha sapiencia y espiritualidad para organizar a su comunidad; eso nos dice después de ponernos a deletrear la palabra “Ukuabiri” lentamente frente a la grabación de la cámara de nuestros celulares. Cuenta que a partir de sus siete años de edad se empoderó de sus ideas, que hacen parte de una cultura ancestral guiada por su madre, padre y abuelo a quienes menciona constantemente con respeto y admiración; ideas que hoy nos cuenta para mantener viva su cultura que poco a poco se ha ido extinguiendo.

Tal vez Gustavo sea el último abuelo de este lugar, sus hijos y sus nietos no quieren continuar sus tradiciones; la contaminación del hombre blanco ha hecho desviar sus caminos hacia un mundo civilizado “entre trago, mujeres y tecnología”, nos dice. En este momento se respondieron mis preguntas sobre la ausencia de las otras personas; él ya no hace parte de un resguardo indígena, y cuenta que aquí sólo vive junto con cinco personas más. Insiste que el mundo de hoy está perdido: “no sabemos a quién creerle, no sabemos para dónde vamos, quién nos está engañando a nosotros”, repite, por eso Gustavo viene “a compartir con el mundo entero”.

Hoy a sus 66 años de edad transmite con cariño, sabiduría y espiritualidad solo unos puntos de esta muy grande y dinámica historia. Su cultura viene de la orilla del río Amazonas y otros lugares que atraviesan los ríos Comeña, Pirá, Apaporis, Mirití-Paraná, Caquetá, Putumayo, San Rafael y La Chorrera. Él explica que el ser humano de donde quiera que venga debe tener claro cuatro ideas o principios para la existencia de la vida:

Herencia
La herencia es la sangre de nosotros, es totalmente intangible y se teje entre el trabajo de toda una comunidad; una herencia que se multiplica y se forma. “Multiplicar y formar”, repetía con constancia. Según Gustavo, la sangre nos mantiene vivos y sanos. Y si la herencia es la sangre, la existencia de las comunidades indígenas depende de la conservación de esa herencia.

Trabajo
Gustavo dice: “El mundo entero no está hablando de trabajo, habla mucho chéchere y le hace falta trabajo”.
Un trabajo sin ganancia económica que no necesitaba ninguna forma de comercio. Un trabajo vinculado al campo, a la construcción y el fortalecimiento de una comunidad. Gustavo nos contó que antes no tenían las herramientas que tenemos ahora, no había machetes, ni palas, pero sí mucha fuerza física, el trabajo era de la casa a la chagra y de la chagra a la casa. El trabajo es hacer la casa, sembrar y organizar la comida, sin distracciones, ni pagos que hacer, ni ocupaciones banales que alejan al ser humano de la naturaleza. Enfoca su principio en no manejar ideas ajenas, y lo repetía con voz de consejo durante su charla.

Comunicación
“Hay que mejorar la oración y mejorar el habla”, recalca Gustavo. Con sus palabras Gustavo nos enseña que la comunicación es respeto, es mantener una conexión transparente con la persona que miras, sonríes, compartes y vives. Él nos cuenta que existían las bancas de oración para la comunicación de sus abuelos y padre con la espiritualidad. Dice que el habla es poderosa y por eso hay que hablar bonito, no pronunciar palabras que traigan una espiritualidad negativa.

Sudor de los amigos
Es trabajo en equipo pensando en todos. Gustavo nos cuenta que durante la construcción de su “Ukuabiri” fue importante hacer las bases fuertes para evitar accidentes que pudieran afectar al otro. El sudor de los amigos es tener claro que no trabajamos solos y que construimos con todos un mundo para todos. “Blanco al indígena y el indígena al blanco, cuando el blanco no puede, el indígena puede y cuando el indígena no puede el blanco puede. Todos somos hermanos”, decía manifestando un mensaje de paz.

Gustavo hoy transmite su cultura para que sea sentida en unas pocas horas. Pero es imposible apropiarse de ella en tan poco tiempo, por lo que hay mucho que heredar aún. De Gustavo heredemos el amor al trabajo, la buena comunicación con nuestro entorno, la capacidad de valorar el sudor de los amigos trabajando en equipo, sonriendo siempre como sonríe él.

La loma también es Cali

Por Isabel Campos

Cali, una ciudad enorgullecida de su salsa, de su ritmo y de su valle, alberga un lugar que contradice ese dicho popular que resuena en las canciones y en las voces de muchos de sus habitantes, y que dice “Cali es Cali y lo demás es loma”. Se trata de Siloé, como es conocida la Comuna 20 de esta ciudad, una montaña mágica, un lugar en la ladera en donde se escuchan historias de conflicto, pero también de organización y resistencia. La loma también es Cali, y quienes la habitan se esfuerzan por cambiar el rumbo de su historia.

Nace un barrio
Elizabeth Álvarez ha dedicado sus años a servirle a la comunidad. Vive en el sector de Pueblo Joven, tiene 62 años, y sueña ver su barrio convertido en un lugar donde los niños y jóvenes puedan vivir dignamente. A borde de carretera tiene su puesto con venta de minutos, cigarrillos y dulces, también en su casa una pequeña tienda donde vende helados y productos varios. Recuerda con aprecio pero también con nostalgia su infancia en esta ladera. Allí llegó con sus padres a los ocho meses de nacida, cuando decidieron asentarse en uno de los terrenos de lo que hoy se conoce como Tierra Blanca.

Para esa época, Siloé apenas empezaba a poblarse. Aunque desde 1907 se asentaron los primeros pobladores, mineros provenientes de Marmato, fue en 1948, luego de la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, cuando muchos desplazados por la violencia llegaron a construir en la loma. Igual ocurrió en 1954 luego del golpe de Estado de Gustavo Rojas Pinilla. Por eso cuando doña Elizabeth llegó a este lugar, los asentamientos aunque precarios, ya tomaban forma y dinámica.
Cuenta ella que “nos tocaba cargar el agua desde la parte baja hasta la parte de arriba, la remesa nos tocaba cargarla en caballo. Y para poder sobrevivir teníamos que trabajar en el Centro. La niñez fue muy dura. La carretera era toda destapada; cuando llovía, la gente que subía en las 'gualas' (jeeps) tenía que subirse a pie, porque los carros se devolvían por el barrizal que se hacía”.

El ingenio y la necesidad de los habitantes fueron fundamentales para construir el barrio. Según David Gómez, historiador popular y líder comunitario de Siloé, en 1971, a raíz de los Juegos Panamericanos, Cali se convirtió en una metrópoli. Entonces a la ciudad llegaron con comercio pobladores de Cauca y Nariño, los cuales se asentaron posteriormente en esta ladera, dando paso a una nueva generación de habitantes que persiste hasta ahora. Por eso, como cuenta Elizabeth, no es casualidad encontrar que los rasgos de la mayor parte de la población sean caucanos.

Una lucha por el territorio con distintas caras
Asentarse y construir en la ladera es y ha sido un ejercicio mismo de resistencia. Aunque las administraciones municipales nombran este como un lugar de invasión, para David Gómez habitar la ladera es recuperar el territorio que fue arrebatado desde la época de los ancestros. Algunos barrios de esta comuna, como Belén, albergan esa rebeldía; la Anapo y el Partido Comunista fueron partícipes en esta construcción. Por eso David cuenta con orgullo que hoy en Siloé, luego de 60 años, el Monumento en contra de la opresión y en memoria a los estudiantes caídos el 8 y 9 de junio de 1954, durante la dictadura de Rojas Pinilla, se mantiene erguido y como un legado de esas épocas.

“Después de todo esto, en la década del 80, el M-19 llegó al territorio. Este fue el primer grupo que visibilizó a Siloé, aunque dejaron un legado de autoridad. Antes de ellos el barrio era más estigmatizado, pero ellos por ejemplo hicieron negociaciones para que el carro recolector de basuras recogiera los residuos que quedaban a cielo abierto, causando la muerte de muchos niños”, cuenta David, haciendo referencia al momento en que la lucha por el territorio empezó a tener otros matices.
El M-19 logró desarrollar un trabajo de organización barrial que tenía como fin la conquista de los derechos. Cuando lograron un acuerdo de paz con el Gobierno nacional, algunos de sus fusiles quedaron en el territorio, lo que, sumado a la instrucción militar que les dieron a muchos jóvenes, hizo que una confrontación de otro tipo se consolidara. Tomaron fuerza las pandillas y grupos ilegales de jóvenes, influenciados en mayor medida por “la penetración de la televisión con modelos norteamericanos de películas violentas entre pandillas”, explica David.

Estos grupos se enfrentaron para “defender” un pedazo de terreno, y “la comunidad llegó a necesitar maquiavélicamente de ellos para controlar el territorio y defenderse de los otros combos. Ahora, el enfrentamiento se da porque los mafiosos están convirtiendo las pandillas en bandas del crimen, y eso causa un problema mucho más complejo”, puntualiza Gómez mientras explica que la violencia se va volviendo cotidiana, y que seguirá mientras no haya salidas de educación y empleo.

Semillas que van creciendo
La marginalidad, la pobreza, y otros tantos problemas a los que deben enfrentarse estas comunidades que habitan la ladera, han generado que muchos de estos conflictos se arraiguen. David piensa que la rebeldía en los jóvenes ya no es la misma, pero cree que hay posibilidades desde el arte y la cultura para mantener viva la lucha y la esperanza de cambio. Por lo mismo, para no dejar desfallecer la memoria, David sostiene con esfuerzo el Museo Popular de Siloé, una casa llena de objetos, recuerdos e historias, con las cuales ha reconstruido minuciosamente la historia de esta Comuna y que ha servido para que muchos, desde los más pequeños hasta los más grandes, se empoderen de este, su territorio.

En Siloé el espacio público es casi inexistente. 11 centímetros por habitante, cuando la media en Cali es de cinco metros, es equivalente a un hacinamiento que, en medio del sol y los pocos árboles, sofoca. Sin embargo, los mismos jóvenes de esta ladera se han dispuesto no a reclamarlo, sino a construirlo. En Pueblo Joven, por ejemplo, varios jóvenes que crecieron con el rigor del conflicto, se agruparon para recuperar un territorio anteriormente controlado y perteneciente a los carabineros. Allí fundaron el Parque Ecológico Los Guayabales, un sendero en el que siembran plantas, recuperan árboles, reciclan y reutilizan los residuos sólidos. Tienen nueve comités y trabajan de manera autónoma y por medio de la autogestión; con el reciclaje que venden compran la tierra abonada, o papeles para publicidad con mensajes dirigidos a la comunidad. Jhon Caicedo, uno de los jóvenes impulsores de esta propuesta manifiesta con firmeza que “este es un territorio de paz, un territorio que ha roto fronteras. Esta es una propuesta de la misma comunidad, y no queremos que vengan empresas a tirar sobrados. Nos sirven las ayudas, pero no que vengan a invertir”.

En la parte baja del sendero, y a pocos metros de las últimas casas del sector, están las canchas de deporte que creó la misma comunidad sobre lo que antes era un basurero. Allí han logrado encontrarse alrededor del fútbol, lo que ha permitido que jóvenes de diferentes sectores, que antes tuvieron conflictos entre sí, lleguen para compartir. “A pesar que no hay donde sentarse, esto se llena”, cuenta esperanzado Jhon, porque sabe que con ello contribuyen a que el “conflicto de balas” se acabe. Habitar el espacio público y generar otro entorno es su apuesta de transformación. Ese es el legado que quieren dejarle a los más pequeños, esa es la semilla que están sembrando y que esperan pronto ver nacer y dar frutos.

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