Siete meses después

Visité por vez primera la ciudad de Mocoa, capital del departamento de Putumayo, para participar de la carrera atlética Mocoa 10k Vive. Han pasado siete meses luego de la avalancha ocurrida por las fuertes lluvias y se ven aún las piedras, rocas, arbustos caídos, lodo por doquier, barrotes, y enseres de las casas destruidas. La ciudad que quedó en pie está sitiada, pues todos esos escombros no han sido removidos ni levantados, y las labores de reconstrucción y recuperación de infraestructura son inexistentes. Se suma al mismo tiempo el desánimo, la desesperación y el desamparo para los sobrevivientes y damnificados por cuenta del Estado colombiano y el Gobierno de “Paz, Equidad, Educación”, como también de las instancias departamental y municipal, quienes han brillado por su ausencia para la pronta solución de las necesidades básicas y prioritarias.

Es impresionante la negligencia gubernamental. Y lo sostiene así una habitante del barrio San Miguel, la señora Rosa Erazo, quien actualmente vive en el segundo piso de su casa que quedó de pie, pues hoy por hoy no tiene en dónde arrendar, debido a que el auxilio de arriendo por tres meses, de 250.000 pesos, no alcanza para lo que realmente cuesta un arriendo en esta ciudad, que oscila entre 350.000 pesos y 600.000 pesos.

Doña Rosa es doblemente desplazada, primero por la violencia armada, pues en el 2002 debió desplazarse del municipio de La Dorada como consecuencia del asesinato de su esposo, y recién llegada a Mocoa la alcaldía de la época le prometió una casa y el pago de la indemnización que nunca cumplió. Desde eso comenzó a labrar su porvenir levantando su casa donde está actualmente, y hoy medio destruida. Su presente diario está en cuidar a su madre con más de cien años de edad, en elaborar sombreros y bolsos de hiraca, y en alimentar pollos y gallinas para sostenerse y tener con qué comer y vivir. Está a la expectativa de lo que ocurra con la entrega de las nuevas casas, que cuentan las malas lenguas, serán por sorteo amén de la posibilidad de la demolición del barrio. Sobre esto doña Rosa dice: “Si piensan venir a demoler las casas aquí, me tendrán que demoler a mí también porque no tengo nada ni para dónde ir”.

Una de las grandes preguntas que se hacen los habitantes es qué pasó con el dinero y las promesas vendidas. Mientras tanto, duermen noche a noche con los ojos a medio cerrar y con el miedo permanente de que otra lluvia, otro aguacero, tan nada ajeno a este paisaje amazónico, genere un nuevo deslave, una nueva avalancha, para llevarse definitivamente la poca ilusión que les queda ante dios y ante la misma vida, que viene siendo esquiva por causa no del destino, sino de la misma naturaleza a la cual el hombre mismo se ha encargado de desproteger y destrozar sin anestesia.

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