Editorial 122: Tierra abonada

Un huracán pasó por Colombia y causó toda clase de desastres. También dejó tierra fértil abonada para sembrar con los excluidos, los escépticos y los oprimidos. El huracán del NO tocó tierra firme el 2 de octubre y aún no se sabe cuántos muertos dejó ni cuántos más causará, tampoco el número de corazones solidarios que despertó, ni los nuevos vientos huracanados y tormentas salvajes que desató.

Las últimas semanas que hemos vivido los colombianos y colombianas hacen parte de una obra de suspenso, seguramente tenebrosa y perversamente calculada por las élites que encabezan los oligarcas y terratenientes, para desarmar y desmovilizar totalmente gratis a uno de sus mayores contradictores. Los resultados apretados del plebiscito dejarían en un verdadero paraíso a las oligarquías para seguir promoviendo un Estado atrasado, conservador e injusto, en medio de una paz neoliberal y con una oposición armada reducida drásticamente.

Piensa mal y acertarás, dice un sabio dicho. A eso nos han acostumbrado los políticos y las clases que se han aplastado por más de dos siglos en el poder y que se niegan a levantarse para que otros se sienten, o mejor para que despedacen ese cómodo sillón y se pongan a trabajar en beneficio de una nación lacerada por tantos golpes, engaños y crueldades recibidas. El imperialismo, la comunidad internacional, los garantes y los financiadores harían parte del reparto de la fina obra tejida con filigrana. “¡Qué pena, qué pesar!, –dirían todos al unísono– nos esforzamos tanto, pero lamentablemente el mismo pueblo en su máxima democracia dijo NO a los acuerdos. Nada podemos hacer”.

Y en este estado de cosas, tal como pasó en 1957, el país se salvaría con un gran pacto de élites. Al fin y al cabo una ya tiene premio Nobel y la otra está viva y coleando para jugar de nuevo en la presidencia hacia el 2018, o por lo menos en dicho pacto para gobernar. Todos veremos avanzar las reformas en contra del pueblo sin que ninguna de estas dos partes mueva un dedo para frenarlas.

Pero el diablo es puerco, también dice el refrán popular. Y lo que se pierde por un lado se gana por otro. El nivel de unidad y movilización provocado por lo que sería un gran engaño al proceso de paz generó la salida a la calle de cientos de miles de colombianos y colombianas, y en estos próximos días podría crecer exponencialmente. A pesar de que muchos de los que se movilizan solo quieren que se respeten los acuerdos de La Habana, otros sectores han planteado salir contra la reforma tributaria, la ley Zidres y las demás reformas arbitrarias e injustas que se aprobaron o se cocinan en el Congreso de la República.

Las propuestas que van tomando fuerza y que se han escuchado en boca de los más disímiles actores políticos hablan de impulsar un Gran Diálogo Nacional por la Paz y contra el pacto de élites. Se habla de formas democráticas de participación como cabildos abiertos, asambleas populares, mingas de pensamiento, etc., en donde la ciudadanía y los sectores de toda clase pongan a jugar sus propuestas de paz, encaminadas a superar asuntos sociales y cotidianos como el pésimo sistema de salud, el costo de la educación y la ruina en que se encuentra la universidad pública, los altos costos de los servicios públicos, la tragedia ambiental, la pobreza y la desnutrición en la que viven millones de personas en Colombia, entre otros. Tal vez estos temas y asuntos serían los que estaban esperando los 22 millones de colombianos y colombianas que no ven en las urnas ninguna posibilidad para mejorar su crítico nivel de vida.

Un elemento en favor de estas iniciativas es que los mismos sectores y comunidades que se sumen a estos procesos de participación y movilización se representarían a sí mismos y no serían suplantados por los partidos tradicionales y tampoco por otras formas organizativas. En suma, los efectos negativos de los resultados del plebiscito, estarían provocando toda una suerte de proceso constituyente en donde por primera vez en la historia el pueblo caminaría hacia la construcción de su propio futuro.

Es tierra abonada para las organizaciones comunitarias, sociales y populares de todas las tendencias políticas, que siempre han hablado de organización y trabajo desde la base. Un momento para dejar de hablar tanto y actuar en consecuencia y coherencia con el contenido de sus discursos.

A este panorama se le suma el reciente anuncio del Ejército de Liberación Nacional, ELN, de instalar este 27 de octubre la fase pública de conversaciones con el gobierno en Quito- Ecuador, cuyo primer punto de la agenda habla justamente de la participación de la sociedad en la construcción de la paz. Uno de sus máximos líderes y jefe de la delegación de paz de esa guerrilla, planteó en la entrevista concedida a Telesur el sábado 15 de octubre, que la responsabilidad de trabajar por la paz y por su propio destino está en la sociedad misma, e invitó a todas las iniciativas sociales y políticas, y en especial al 63 % que no participó en el plebiscito, a que se apropien de esta propuesta.

Es un momento para trabajar como verdaderas hormigas, de manera laboriosa, colectiva y coordinada. Como dice la canción de la agrupación Calle 13,  “Aquí llegaron las hormigas, vamos conquistando tierras enemigas. Invisible, silenciosa y simultánea, toda la invasión es subterránea. Sin disparar al aire, sin tirar misiles, sin tener que matar gente usando proyectiles, la guerra la peleamos sin usar fusiles. Somos muchos hermanos con muchos primos, la familia es grande porque nos reproducimos”.

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