Edición 126 Marzo - Abril 2017

Los pueblos originarios fueron los primeros en enfrentarse al imperialismo eurocristiano. Es decir que son los precursores, en América, de la lucha por la defensa del bien común, la democracia integral, la madre naturaleza, la libertad, la independencia, la soberanía y la paz.  En otras palabras, desde el siglo XVI, aquí, se inició el enfrentamiento entre las dos concepciones que ha manejado la humanidad, la de bien común y la de la codicia particular; enfrentamiento que aún no termina y en el que los indígenas han manejado la posición más avanzada de toda nuestra historia, mucho más de la que expresan algunas fuerzas, aparecidas desde finales del siglo XIX, que han adoptado teorías provenientes de Europa e inclusive de China.

Como un ejemplo de tantos, es preciso referirse al Cacique Toné, quien en 1557, hace 460 años, al frente de los Catíos, actuó en el suroeste de Antioquia dando sus dos más importantes batallas en lugares cercanos al actual casco urbano de Urrao, según algunos escritores. Estas son las batallas de El Escubillal y Nogobarco.

Juan de Castellanos es uno de los cronistas que en su obra, escrita en verso, Elegías de Varones ilustres de Indias, relata las hazañas de este personaje. Él y otros investigadores, como William Jaramillo Mejía en su libro Antioquia bajo los Austrias, hablan de la forma en que  Toné y su pueblo, a partir de 1539, cuando llegaron los “conquistadores” encabezados por Pedro de Frías, iniciaron la defensa de su cultura y su territorio, y dieron muerte al invasor y a sus acompañantes. Luego, entre 1541 y 1555 no cesaron de asediar la recién fundada fortaleza conocida como Ciudad de Antioquia (situada cerca al actual municipio de Ebéjico y distinta a la actual Santafé de Antioquia), hasta que finalmente la incendiaron.

Lo anterior trajo como consecuencia que el gobierno de la Real Audiencia, con sede  en Santafé de Bogotá, preocupado por semejante situación, contratara al español Gómez Fernández para que formara un ejército de “paramilitares” que enfrentara a los “subversivos” (cualquier parecido con la situación actual, no es coincidencia, sino la repetición tozuda de la historia que no queremos aprender por estar fijándonos en modelos extranjeros de lucha); el español, con su tropa, marchó contra los Catíos, quienes habían construido una fortaleza de madera en El Escubillal. Antes de iniciar el combate, y tal como era obligación en estos casos, Gómez Fernández leyó a los indígenas El Requerimiento, un documento oficial según el cual los nativos, si querían la paz, debían rendirse, pagar tributo al gobierno español, entregar sus tierras y demás riquezas y servir a sus amos. Toné, después de oír aquello, contestó, según relata Juan de Castellanos: “Llegaos un poco más acá, cristianos /por el tributo que se os adereza; /dejaremos las armas de las manos /para ponéroslas en la cabeza; /y aún de vosotros a los más lozanos /tengo de desmembrar pieza por pieza /porque si padecéis muerte prolija /la paz que me pedís quedará fija”.

Estas, aunque seguramente no fueron las palabras textuales de Toné, reflejan su pensamiento y por tanto su posición frente a la invasión, lo que entonces hace que ellas se conviertan en una declaración antiimperialista, más profunda que las declaraciones de independencia redactadas por los criollos siglos después, quienes defendían la concepción de la codicia particular y una democracia recortada al servicio de sus intereses de clase.

El asedio español a El Escubillal duró siete días, al final de los cuales en una retirada espectacular, por lo bien manejada, los Catíos se dirigieron a otra fortaleza que habían preparado de tiempo atrás, ubicada, según se dice, en Nogobarco. Allí resistieron 38 días y estuvieron a punto de vencer; sin embargo, fueron derrotados por la superioridad de las armas y las tácticas. Unos cayeron en poder de los invasores, que no vacilaron en torturarlos y matarlos, y otros escaparon, entre los que se supone estaba Toné, de quien nunca más se volvió a saber.

Declaraciones como la de El Escubillal contra el imperialismo eurocristiano se dieron durante este periodo por parte de muchos otros pueblos indígenas. También las luchas indígenas en toda América continuaron por más de cinco siglos, y continúan hoy en día con aportes de otras fuerzas, siendo las más profundas, auténticas, extensas y heroicas que se hayan dado en nuestro continente, pues avanzan buscando defender y desarrollar la sociedad que, al servicio del bien común, garantice una vida digna integrada plenamente a la naturaleza.

Para mayor información los invitamos a consultar los libros “La concepción americana del bien común”, “Historia general de Urrao” y “Diccionario geográfico urraeño”, de Jaime Celis Arroyave.

Desinformados

Los diálogos de paz entre el Gobierno Nacional y el Ejército de Liberación Nacional avanzan, y la característica principal de este proceso, hasta el momento, ha sido la falta de información hacia la sociedad. Poco se sabe desde que los medios masivos de información, como en una carrera, compitieron para ver quién restaba más créditos y presionaba de mejor manera a la insurgencia para que decretara un cese al fuego unilateral, luego que esta se atribuyera los ataques en Bogotá, en los que resultó muerto un policía.

Sólo se sabe que los diálogos “van bien”, que avanzan “en condiciones óptimas”, y que esperan lograr pronto un cese bilateral, según palabras de los jefes negociadores de cada una de las partes. Así mismo, que una comisión del Polo Democrático viajó a Quito para entregar una propuesta que contribuiría en el camino para dicho propósito. Además, que las dos delegaciones se han reunido con los garantes de otros países y con una comisión de obispos colombianos que apoyan el proceso de paz, y que el guerrillero Alirio Sepúlveda viajó a mediados de marzo desde Colombia para integrarse a la delegación de paz del ELN.  

También se sabe, gracias a un saludo que dio el negociador del ELN, Aureliano Carbonell, en el Seminario Nacional por la Unidad en Bogotá, donde estaban reunidos representantes y delegados de diversos sectores sociales y políticos del país, que en este momento la mesa de conversaciones  se encuentra en un primer ciclo que terminaría a principios de abril, y que gira alrededor de dos temas: uno, sobre dinámicas y acciones humanitarias para lograr acuerdos bilaterales que disminuyan la intensidad del conflicto, y dos, sobre la participación de la sociedad en la construcción de la paz, lo cual es para la guerrilla el corazón del proceso.  Pero estos avances, importantes y benéficos para el proceso, han pasado desapercibidos o han sido cubiertos de manera desinteresada por los medios masivos de información. Paradójicamente, en los últimos días solo resuena que el Ministro de Defensa atribuyó al ELN la muerte de líderes sociales.  

Pablo Beltrán, jefe de la delegación del ELN, con motivo de un encuentro de periodistas que cubren el proceso de paz, envió un saludo en el que advirtió que “sin información no hay participación”, y se refirió a tres estereotipos reproducidos en la matriz mediática que impiden un reconocimiento de los alcances del proceso de paz con esta guerrilla. El primero, dice Beltrán, es considerar que este proceso y el de las FARC son una estafa; el segundo es que en los diferentes intentos de diálogo con el Gobierno, el ELN no llega a nada; y el tercero, que con el acuerdo entre el Gobierno y las FARC ya hay paz completa, y por lo tanto con el ELN no habría que negociar nada nuevo.

Es por eso que la preocupación de algunos sectores sociales, promotores de una participación activa y vinculante de la sociedad, es que la desinformación y el miedo opaquen la necesidad de seguir construyendo la paz de Colombia, con todas las transformaciones necesarias. Información completa y verídica será entonces un gran aporte en este camino para que la sociedad se entere, participe y decida de manera activa sobre el futuro del país.

Tras el aplazamiento a falta de quórum, los debates acalorados y el pulso de poder entre los partidos de la Unidad Nacional, el pasado lunes 14 de marzo  el Senado de la República aprobó  en cuarto debate el proyecto de reforma constitucional que da vida al Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición,  el cual incluye a la sonada Jurisdicción Especial de Paz -JEP- acordada entre el Gobierno y  las FARC durante el proceso de paz. La JEP según su ponente, Roosvelt Rodríguez del partido de la U, podrá “investigar, esclarecer, juzgar y sancionar graves violaciones a los Derechos Humanos en el marco de conflicto". Su  aprobación se dio  a través del mecanismo de Fast Track, el cual no sólo bajó el número de debates sino que también limita cualquier modificación del articulado a la aprobación del Gobierno.  

Este debate final tomó casi ocho horas y contó con las distintas voces de los partidos. Durante su intervención el senador por el Polo Democrático, Iván Cepeda, calificó esta sesión como un deber histórico del Congreso. “Ese deber histórico consiste en romper el ciclo de eterna  impunidad que ha habido en Colombia con relación al genocidio, los crímenes de lesa humanidad, los crímenes de guerra, las graves violaciones de derechos humanos, que han sido perpetrados por décadas por parte de agentes estatales, miembros de grupos insurgentes, estructuras paramilitares y que han contado con la anuencia, el apoyo, la financiación de empresas y de particulares en distintas regiones del país”, enfatizó Cepeda, mientras en las gradas, la ciudadanía, entre ella las víctimas del conflicto, le exigían aprobar al pleno de la corporación este proyecto.

El proyecto de acto legislativo no pasó en blanco, la puja de los partidos que dificultó en principio la realización de los debates se reflejó en una serie de proposiciones que el  Gobierno tuvo que aprobar, la mayoría  provenientes de miembros de Cambio Radical, o cercanos al ex vicepresidente Germán Vargas Lleras, como el Fiscal General de la Nación.  Entre los cambios quedó la incertidumbre sobre la posible inhabilidad para participar en política de miembros de las FARC, de acuerdo a las sanciones y las obligaciones que imparta el Tribunal de Paz;  también se blindó de manera específica a terceros que se sospeche hayan participado o financiado a grupos armados paramilitares, a quienes no se les podrá ordenar comparecer sólo con informes y a quienes se deberá comprobar una “participación determinante” en acciones de dichos grupos.

Esta serie de cambios generaron malestar en algunos congresistas, y en las mismas FARC. En la mañana siguiente al debate, en su cuenta de Twitter, Iván Márquez  manifestó: “Por ningún motivo se puede afectar la Participación Política, esencia del Acuerdo de Paz. Su modificación es como una puñalada en el corazón”.

Con la ya acostumbrada abstención del Centro Democrático, fue aprobada esta reforma constitucional con 62 votos a favor y 2 en contra, y paradójicamente quienes se opusieron fueron los senadores de la Alianza Verde, Claudia López y Antonio Navarro Wolf. Este último dijo que votó así para llamar la atención, no porque estuviera en contra de la JEP, “la ponencia mayoritaria decía que era obligatorio presentar a la JEP los casos de financiación voluntaria de paras ¿Por qué lo excluyeron?... La financiación voluntaria de paras por la Chiquita Brand fue declarado delito de lesa humanidad, ¿porque excluyen hechos similares de la JEP?”, preguntó el senador y exguerillero del M19.

El pasado 29 de marzo se aprobó la conciliación del texto final entre cámara y senado, ahora resta la evaluación de la Corte Constitucional, para así poder continuar la discusión de la  Ley Estatutaria que desarrollará la aplicación de la justicia transicional,  y su entrada en vigor, a la que aún le falta.

La Cultura Quimbaya es reconocida por el impresionante diseño de las piezas que elaboraban con una aleación entre cobre, plata y oro, cuyo proceso se denomina Tumbaga. Algunos antropólogos han revelado en sus estudios que aunque existen restos de hace 10.000 años, hacia 1530 se encontraban organizados bajo una Federación, ubicada en Chinchiná. Esta sería entonces la que lucharía contra los saqueadores españoles que entraron a su territorio en 1539 atraídos por el oro que poseían. Producto de las rebeliones de 1542 y 1577, los Quimbaya terminaron sometidos y diezmados. En 1539 existía un promedio de 20.000 de ellos, pero en 1628 no quedaban más de sesenta, y en 1700 desaparecieron.

El 18 de diciembre de 2006, el abogado Felipe Rincón Salgado interpuso una demanda de acción popular con el objetivo de que 122 piezas pertenecientes a lo que se conoce como el Tesoro Quimbaya, regresen a Colombia. Estas se encuentran exhibidas en el Museo de América en España, desde que el presidente Carlos Holguín Mallarino en 1892 decidió obsequiarlas a la reina de España, María Cristina de Habsburgo, bajo el argumento de agradecer su apoyo en una querella fronteriza con Venezuela y conmemorar el IV Centenario del descubrimiento de América, celebrado en España y en los Estados Unidos.

En el año 2009 esta demanda llegó a estancias judiciales, valiéndose de que el acto de Holguín para aquella época fue llevado a cabo sin el consentimiento del Congreso y por tanto fue un acto ilegal. Rincón aseguró que España debía regresarlas puesto que "hacen parte del patrimonio cultural y arqueológico del país". El juzgado 23 administrativo de Bogotá ordenó que las entidades correspondientes “iniciaran y llevaran hasta su culminación, todas las actuaciones de orden administrativo, jurídico, diplomáticos y económicas inclusive que sean necesarias tendientes a repatriar o readquirir las 122 piezas de oro de la cultura Quimbaya”.

Pero según el periódico El Tiempo, “el 17 de febrero del 2011, el Tribunal Contencioso Administrativo de Cundinamarca revocó el fallo y negó la petición del tutelante, afirmando que no probó la vulneración de derechos colectivos. El caso escaló al Consejo de Estado, que el 2 de junio del 2011 se abstuvo de revisar la sentencia”.

Rincón interpuso entonces una nueva tutela emitida al Consejo de Estado, donde solicitó al juez que “se deje en firme el fallo de primera instancia que ordenó readquirir las piezas de oro”. Esta fue rechazada nuevamente, por lo que el caso llegó a la Corte Constitucional y el magistrado Rojas Ríos convocó a una audiencia pública para tomar una decisión final sobre el caso de la Repatriación del Tesoro Quimbaya.

El 28 de enero del año 2016, desde la Corte Constitucional la secretaria jurídica Cristina Pardo manifestó que para la época no se le podían establecer las labores al entonces presidente Holguín Mallarino en el exterior, y por su parte Patty Londoño, canciller encargada de llevar el caso, dijo que el presidente tenía autonomía para manejar las relaciones exteriores y sus actos, por tanto tenían legitimidad, validez y legalidad, y añadió que no existían recursos jurídicos para obligar a España a regresar las piezas.
El delegado de la Defensoría del Pueblo, Luis Manuel Castro Novoa, aseguró que una de las razones para que el Tesoro fuese reintegrado es que "el Tesoro Quimbaya no ha sido estudiado a profundidad ni en Colombia ni en España, lo que significa que hay una laguna en el conocimiento de esta cultura”, e insistió en que la Corte Constitucional debía ordenar al Ministerio de Cultura "adelantar gestiones administrativas necesarias para conseguir la repatriación".

Esto aunque en el año 2011 el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ya había expuesto en su página web que “en colaboración con el Museo de América de Madrid, estudiaría con los últimos avances en técnicas de observación y análisis no destructivo el conjunto de piezas de metalurgia precolombina” pretendiendo conocer a profundidad los procesos de fabricación, montaje y uso del conjunto arqueológico conocido como Tesoro de los Quimbaya, de Colombia. Para ello, los objetos fueron trasladados desde el museo a dos laboratorios, donde serían examinados. Los resultados fueron publicados en mayo del 2013 en el Journal of Archaelogical Science.

El director del área de Cultura de la Organización de Estados Iberoamericanos, Fernando Vicario Leal, asegura que es imprescindible "defender el regreso por un efecto simbólico para la creación de una nueva realidad cultural", y añadió que España debe devolverlo “como un buen gesto que constituye un acto de construcción de cultura”.

El 23 de febrero de este año la Corte Constitucional tuvo programado en el orden del día el fallo para este caso que viene estudiando durante los últimos cinco años, y parece ser que podría salir a favor de la repatriación y conservación del patrimonio del país. Para ello existen solo tres acciones que podrían garantizar la entrega por parte de España. La primera es que el presidente Juan Manuel Santos llegue diplomáticamente a un acuerdo con este país; la segunda, es solicitar apoyo de la Unesco; y la tercera, implantar una demanda al gobierno español.

Fiebre del oro
En el pasado, España saqueó y esclavizó las culturas precolombinas que se encontraban habitando estos territorios, producto de sus prácticas orfebres, pues la Corona española estaba en una crisis económica. La fabricación con oro de vasijas, cascos, coronas y prendedores, se encargó de mostrar a los españoles que estas eran tierras ricas en recursos.

Por eso, durante la época colonial, miles de kilos de oro labrado y modelado por los precolombinos terminaron fundidos y desapareciendo a causa de la famosa “fiebre del oro” y a través de la guaquería, que se extendió hasta el último cuarto del siglo XIX y que contribuyó al crecimiento de poblaciones como Pereira (Risaralda), y Armenia y Calarcá (Quindío). De hecho, las piezas que Holguín Mallarino obsequió fueron encontradas por un guaquero en la vereda Soledad de Filandia (Quindío) y compradas a este por su gobierno. Por eso el Tesoro no debe ser visto como un conjunto de riquezas sino como un legado cultural.

Según el Boletín Cultural y Bibliográfico de El Museo del Oro, “Será la Ley 48 de 1918, casi 30 años después del hallazgo, la que declare los objetos precolombinos como pertenecientes a la historia patria y prohíba su destrucción y libre destino sin permiso del Ministerio de Instrucción Pública. Pero habrá que esperar dos años más, a 1920, para que se apruebe una nueva ley que prohíba su salida del país sin autorización”.

Aún no se sabe si España devolverá las piezas que en Colombia, y sobre todo en el Quindío, se reclaman. El Tesoro Quimbaya empieza a cobrar otro sentido para este departamento y sus habitantes, al entender que fue un territorio habitado por una cultura que sobrepasó los límites del ingenio para su época, explica el abogado Felipe Robledo, que hace parte de la Academia de Historia del Quindío, y quien se encuentra trabajando por la repatriación y el regreso de las piezas al departamento del Quindío.

Han manifestado desde el Museo de América, donde se custodia, que “El Tesoro llegó a España en 1892 de forma totalmente legal y gracias a la generosidad del pueblo y del Gobierno colombianos en época republicana, por iniciativa de su presidente Holguín Mallarino, aunque fue entregado por el siguiente gobierno de Rafael Núñez como regalo institucional a la Corona Española”.

La casa de Doña Alicia Giraldo queda a unos cuantos metros de una de las esquinas del parque principal del municipio de Granada, Antioquia. Ella apareció en uno de los cuatro balcones, pocos segundos después de que le toqué la puerta. Al inclinar su cabeza por entre dos materas con flores rojas, que colgaban del herraje metálico de ese balcón, dijo: ¡Ah!, ¿es usted? Espéreme un momentico ya le abro. Las palabras se le escucharon con el deje campesino intacto. Su voz era decidida y con energía, igual que cuando saludó, al abrir la puerta. Como si el tiempo ya fuera otro. Como si el dolor que tuvo que soportar por la desaparición de su hijo y el homicidio de su esposo, hace más de diez años, no lo llevara en su alma. ¡Pase, bien pueda!, me dijo de inmediato.

“¡Noooo, a mí ya no me choca contar eso. Y siendo verdá!”, fue lo primero que contestó doña Alicia, después de que nos sentáramos en un mueble de la sala, cuando le dije que, si le molestaba alguna de mis preguntas, de antemano le ofrecía mis disculpas. Con la misma fuerza en su voz, volvió a decir: ¡Pregúnteme lo que quiera!

Con el primer interrogante, empezó a narrar su historia:
Arnoldito, el esposo mío, me mandó aquí paʼl pueblo para darles colegio a los niños que paʼ que salieran adelante. Entonces yo me vine con los más pequeños y con él se quedó el grandecito. Y de la finca me mandaba revuelto, panela y plata que pa´ que comprara la carne y por ahí cositas. La comida no se embolataba.

Me contaron que un día mi esposo llamó al muchacho del cafetal, que pa' desayunar. Bueno, él fue —como ya le habían dicho en una reunión que el que no colaborara se lo llevaban—, y que había una gente por ahí escondida en la estancia y ahí mismo que llegó lo apelotiaron. Entonces ya dizque el niño se arrodilló, sin desayunar ni nada, y que le dijo: papá écheme la bendición que ya nunca me va a volver a ver. Entonces ese hombre todo asustado le echó la bendición. Ese es Edis Norbey, el que no volví a ver.

Y desesperao se abrió a buscalo. Y al ver que búsquelo y búsquelo y nada, ya en Semana Santa él le habló a esa gente que por favor le entregaran el niño, que estaba cansado de esperarlo. Y que le dijeron, corra pa´llí si ta cansaíto. Y en medio de la iglesia y de onde hay un centro de salud, ahí lo cuadraron y lo mataron.

Hacía como tres meses que no lo veía, entonces le había mandao a decir con mi suegro que si iba a venir a Semana Santa, que si no pa´ mandale la ropita pa´ que estuviera bien pinchaíto. Y la razón fue que él venía. Entonces yo lo estaba esperando y le compré ropa: pantalón, camisa, medias. Y hasta unos zapaticos. Y el viernes santo llegaron con él. ¡Ay!, a mí me dio muy duro eso. Cuando a él lo trajeron matao le eché esa ropa pa´ que se la pusieran. Con la ropita nueva lo enterramos.

Desde que mataron a mi esposo me iba muy mal pa´ la comida. Y lo que más duro me daba era despachar a los muchachitos pa´l colegio sin tomar siquiera traguitos. ¡Ay!, eso era muy duro, uno sin una garra de panela. Yo bregaba que ellos 

no echaran de ver. Yo era callaíta. Pero al ver que mis niños cogían camino a la escuela con hambre, quedaba en un solo llanto.

Y como me daba ese desespero verlos salir así, entonces a veces yo me levantaba, los dejaba arreglándose y me volaba pa' onde mi mamá a ver si tenía un pedacito de panela que me diera. Y ella, hasta bien pobre también, me decía: ahí en la cocina hay una librita, pártala en la mitad y llévese un pedazo pa´ usté. O a veces tenía un par y me decía, coja una enterita. Y ya me venía toda contenta a haceles el desayuno —pues, la aguapanelita— a los niños pa´ despachalos. Y en algunas ocasiones sacaba en la tienda unas tostadas fiadas, pero eso me daba pena hacelo seguido, ¡porque pa´ pagar cuándo por Dios!

De pronto, cuando mi Dios me mandaba un angelito, me daban por ahí mil pesitos o así, iba y pagaba en la tienda. También hacía fila los lunes en San Vicente y allá me daban una panela y una libra de arroz, y muchas veces eso era lo que tenía paʼ los niños en toda la semana. Pero a veces, sin terminase la fila, decían: se acabó todo, no hay más. En otras ocasiones me ponía a lavarle ropa a una vecina y me daba arroz, papa, panela. Plata no, pero mercaíto sí.

Al tiempo que nos pasó todo eso, dijeron que por allí iban a abrir una casa pa´ reunir a los niños huérfanos por la violencia. Y yo me volé a ver qué era, y los inscribí. Y ya yendo allá, vi a mi niña más animaíta, porque ella mantenía muy triste por la muerte del papá y el hermano que no apareció. Mónica era desesperadita pa´ irse el día que le tocaba ir a la fundación la Casa del Niño y la Niña. Y yo también, porque sabía que allá le daban alguna cosita.

Y también metí a la niña al internado por la mera comidita, pa´ yo pagásela a las monjas con trabajo. Tenía que coger moras. Y me ponían a desyerbar esas matas y eso me clavaba las tunas por aquí, por entre las uñas. ¡Más horrible! Después tenía que mochar ese tunero y recogelo en unos costales pa´ uno echáselo al hombro y pasalos pa´ otra parte, pa´ hacer montones y después quemalos. Vea, yo venía a la casa con estas manos todas rayadas y ni qué decir la espalda. Y mi niña me veía así y me decía: Mamá, yo mejor me voy a salir del internado pa´ que usté no le toque matase tanto. No trabaje allá, ¡ah!, qué pesar. Y yo cómo ponía a pasar hambre a mi muchacha.

Allá a mí me tocó hacer de todo: aporcar frijol, me mandaban por canastaos de mierda de esas vacas paʼ que la llevara pa´ unas matas de plátano... Y uno, entre más trabajaba, mejor pa´ esas hermanas.

Al principio me daban el desayuno y el almuercito, pero después me dejaron de dar comida que porque el presupuesto no alcanzaba. Y con esos calores tan machos, ¡bendito!, ni bogao tan siquiera me daban. Yo tenía que llevar, cuando había, porque, cuando no, tenía que aguantar hambre. A veces desayunaba con un trago de agua de panela o si acaso con una tostada y salía a las siete y media de la casa pa´ irme todo el día pa´llá. Y cuando esas viejitas se descuidaban, iba y cogía un vaso de por ahí y les robaba agua y tomaba.

Y a las cinco me iba a ir y me decían: ¿Y es que ya se va? Mire que todavía está de día. ¡Y no les gustaba! A la mandona, la hermana viejita, era a la que más le daba rabia porque me iba a esa hora. Y ya después me les empecé a ir a veces hasta a las cuatro de la tarde, pa´ llegar a hacer alguna cosa pa´ comer, porque yo llegaba muerta del hambre. Y pa´ darles a los otros muchachitos.

Como yo venía a la casa toda reventada estas manos, porque me mandaban a cargar viajes de Kingrass —de esa yerba pa´ las vacas—, y como pica esa pelusa que lo desespera a uno, entonces un sábado —porque los sábados también les trabajaba— le dije a Mónica que yo me veía muy enferma, que “no voy a aguantar, yo me voy a morir en ese trabajo donde ni comidita me dan”. Y ella me contestó: Mamá, yo tengo mucho pesar con usted, mejor sálgase. Tranquila que ahí comemos lo que podamos. Y yo pensaba que qué pesar de mi muchachita, será que otra vez la voy a poner a pasar hambre. Ya llevaba como cuatro años matándome. ¡Ah!, y me salí de allá.

Con eso que aprendí, ya como que uno mantiene más entretenido y se le van yendo los pensamientos malucos. Porque cuando tenía a Mónica en la Casa del Niño y la Niña me citaban a reuniones, pero me daba pena ir, pues allá lo ponen a uno a escribir y yo no sabía. Y no iba. Ya después, cuando ella estaba jovencita, entró a Granada Siempre Nuestra —G.S.N.— como aprendiz, pero ahí sí tenía uno que ir a las reuniones por obligación. Y fui, y en un ejercicio de esos me pasaron un papelito y yo no hacía nada. Entonces la encargada se me arrimó, y le dije pasitico: es que yo no sé escribir. Que es por eso que me daba pena venir a reuniones. Entonces Yaqueline, que es la que dirige en G.S.N., me dijo que si me provocaría aprender a leer y a escribir, y le contesté que yo sí, pero que qué pena. ¡Que yo qué voy a aprender. Uno ya viejo! Entonces me dijo: Le voy a poner una profesora a su gusto.

Cuando fui el primer día, en el camino me acordé cuando hice en la vereda Los Medios el primero de escuela; que era muy rico estudiar, pero a uno le daba miedo de la profesora porque ella cascaba muy duro. Me dejaba estas manos rojitas de los golpes con una regla. Y bueno, entré. Y cuando llegué que a clase, ¡ay!, y vi que era no más yo, ahí mismo dije: ¡Cómo así que a mí me van a enseñar solita. Qué pena! Y la profesora me dijo: No, eso no es delito, venga siéntese. Y yo no era capaz de hacer nada, como achantada. Y yo volvía y le decía que yo qué iba a aprender.

Ya me puso como a juntar letras, palabritas, y yo por hacer una letra hacía otra. ¡Ah!, muy tapada. Me fue muy mal esa primera vez. Y llegué a la casa y le dije a Mónica que yo no iba a volver. Y ella me dijo: Mamá, vuelva. No, qué pena pa´ uno de pronto no llevar las tareas.

Y al otro domingo mi niña me dijo: No mamá, arréglese y váyase. No, que me dolía la cabeza, le dije yo. Que qué mentirosa soy, me dijo, y ahí mismo me empacó la maleta. Y ya la segunda vez salí de estudiar más contenta. Ya estaba segura de lo que me había enseñado Camila, la profesora. Y me dijo que yo aprendía muy fácil.

Entonces ahí sí me alegré. Ya iba más animada. Y como a la tercera clase me pusieron de tarea que trajera los nombres de todos los hijos y del esposo —pues, del finaíto Arnoldo— escritos. Y yo le decía a Mónica: ¿Cómo es que se escribe la primera letra? Que porque dizque la primera letra del nombre tiene que ser más grandecita. Por ejemplo la A, de mi hija Aidé, tiene que ser más grande. Y mi niña toda linda se sentó conmigo a hacer la tarea.

Cuando escribía los nombres pensaba en mis cinco hijos vivos. Después el de mi esposo. Ese fue duro; al escribilo pensé cosas. Pero cuando estaba escribiendo el de mi hijo desaparecido, con ese sí dije por dentro: cuánto hace que no veo a mi niño, saber que me sacaron sangre que por si de pronto resultaba en una de esas fosas que encontraban. Y esperé noticia y nunca me volvieron a decir nada. Hasta pensé: qué rico uno morise, porque dicen que uno en la otra vida se ve con ellos. ¡Ah!, pero qué pesar también dejar a mis otros hijos. Yo no sabía por cuál de los dos lloraba más. Yo pensaba en el uno y en el otro. Pero creo que se sufre más por un hijo, y más que nunca apareció. Bueno, al fin terminé la tarea de anotalos a todos. ¡Bendito sea Dios!

Ya me pusieron a leer en un libro un cuento, y me gustó mucho leelo. Y ya por ahí a los cuatro meses leía de corrido. Ese año estuve contenta y que como ya había aprendido a leer, pa´l otro año me seguían enseñando números y divisiones, dijo la muchacha. Y nunca le falté a la profesora con las tareas.

Ya después me pusieron fue un profesor pa´ los computadores. Y ese me dijo que tenía que aprendeme las tablas que pa´ las otras dos semanas. Y a los quince días le llevé las tablas aprendidas en desorden. Y él también dijo que yo aprendía muy fácil. Yo quedé muy contenta con él también.

Y los otros hijos: Jum, ¡ay, dizque mamá estudiando! Todos contentos venían y me abrazaban. Que tan linda mi mamá. Y yo feliz que mis hijos me abrazaran. Aquí nos entrevistaron a Mónica y a mí. Yo saliendo y ella despidiéndome pa´ irme a estudiar.

Pero yo le di gracias a Dios cuando mi niña sacó los grados. ¡Ay!, yo pensaba que no iba a ser capaz. Uno lo ve y no lo cree. Aunque el menor salió muy rebelde y no quiso estudiar, saqué a todos adelante. Ya tienen su trabajito, unos se casaron… Y Mónica, desde que empezó a trabajar, me da plata y me dice: Vea mamá pa´ que compre lo que necesite.

Ya con mi edad solo le pido a Dios que me dé salud pa´ seguir luchando. Vea que ya tengo el otro esposo. Me da, gracias a Dios, buena vida, y la comidita no se pierde.

Doña Alicia, antes de despedirme, me dijo: “¡Yo ya me he recuperado mucho! Pero ¡ay, Dios mío!, qué rico que aparecieran los restos de mi muchacho”; y fue bajando la voz a medida que pronunciaba esta frase. En ese instante, con la mano derecha impidió que las lágrimas rodaran por su rostro, igual que ocurrió cuando narraba la historia en la que sus niños salían a estudiar. Para contar sus otras experiencias, siempre tuvo la misma energía con que me saludó al abrirme la puerta de su casa, sin que se le notara ningún dolor y, menos, resentimiento.

 

La versión 57 del Festival Internacional de Cartagena de Indias –FICCI- fue inaugurada con el documental de la periodista Natalia Orozco “El silencio de los fusiles”, una mirada institucional y oficial del transcurrir del proceso de paz con la guerrilla de las FARC. Durante la noche de la inauguración los espectadores vieron a Juan Manuel Santos, a la directora y a Pastor Alape, líder de esta guerrilla en proceso de dejación de armas, sentados a escasas sillas para la proyección de este documental. Una metáfora: dos enemigos a muerte separados (y unidos) por el arte.

El silencio de los fusiles es una introducción necesaria a una de las caras del conflicto armado en Colombia, sin embargo, como tal vez no lo puede hacer ninguna producción de dos horas, no abarca la complejidad de la guerra y en algún momento se siente incompleta, por lo que cobró mayor relevancia lo que no aparece frente a la cámara, como lo es el resurgimiento del paramilitarismo silenciado por los medios oficiales, y generador de decenas de muertes a líderes sociales en todo el país luego de la firma de la paz.

También, El FICCI rindió un tributo a Eduardo Coutinho, quien falleció en el 2014 y dejó para el mundo un ejercicio cartográfico y etnográfico de un Brasil que todos sospechamos pero nunca vemos. Las fronteras invisibilizadas, su gente y sus cuerpos; su cine no es el capricho de un artista, sino la necesidad de un narrador, que se vale de la palabra para transformar y difundir la cultura. En este homenaje se proyectó “Edificio Master”, un documental de 2002 que retrata en entrevista la voz y los rostros de casi 20 personas residentes en un edificio de Copacabana, Brasil; más que darles voz, Coutinho les da un oído a las personas que llenan las ciudades, extras en otro cine, anónimos en la realidad, gente de cualquier parte, con historias cotidianas, narradores naturales de los cuentos del día a día. Sus lágrimas y sonrisas son tan sinceras como sus apartamentos, más pequeños que las playas de Copacabana pero más calurosos.

“Cabra, marcado para morir”, su película más conocida, nació en 1962 cuando Coutinho filmando una protesta en contra del asesinato del líder campesino João Pedro Teixeira decidió hacer una película al mejor estilo neorrealista, donde los protagonistas de la cinta son las mismas personas que vivieron los acontecimientos, los campesinos del pueblo y la familia de Pedro Teixeira. El 31 de marzo de 1964 tras el Golpe de Estado, fue destruido el equipo de grabación y gran parte de la cinta filmada, solo una pequeña muestra fue confiscada. El documental nació 15 años después, con Coutinho volviendo al lugar de los hechos para reconstruir desde todas las miradas lo acontecido, y dando motivos otra vez a los protagonistas para levantar la voz y para la defender la vida y la memoria. Eduardo Coutinho es una mirada sincera de Brasil y una invitación a los cineastas del mundo a hacer películas por la necesidad de contar, por las ganas de utilizar la cámara para nutrir la memoria y cantar los territorios.

En el viaje de este festival, de Brasil saltamos a Tailandia, al universo del director Apichatpong Weerasethakul, conocido como “Joe”, quien fue uno de los directores a los que el FICCI rindió tributo. De él vimos su película más laureada, “El tío Boonme recuerda sus vidas pasadas” (2010), una cinta que narra las apariciones del tío Boonme, donde mito y realidad se confunden para contar la historia de un territorio y su gente; sus películas han sido definidas como un cine de lo fantasmagórico, alejado de los estándares del cine comercial. Con un estilo propio “Joe” puede provocar sueño, distracción y hasta pereza, pero esas sensaciones se producen porque su trabajo no está hecho para entretener, sino para explorar los secretos del universo. En sus películas, la divinidad está en la diálisis a los riñones del tío, en las cavernas mágicas de luz, en la luna y en la discoteca, la divinidad está en la cotidianidad y como Coutinho, “Joe” con su cámara lo capta a cada segundo, en cada gesto, en cada instante, en cada palabra.

Luego, regresamos a Colombia, donde el documental vuelve a ser protagonista al poner en duda los límites de la realidad, porque el documental no es un género que busca la verdad, sino que toma como materia prima la vida real para la construcción de una narrativa. Sobresalen de la lista por los premios y el interés personal tres obras: “Adiós entusiasmo” de Vladimir Durán, “Amazona” de Clare Weiskopf y Nicolas van Hemelryck, y “Señorita María, la falda de la montaña” de Rubén Mendoza. Este último cuenta la historia de María Luisa, una campesina que nació siendo niño en Boavitá, Boyacá, un pueblo campesino, conservador y católico. La señorita María es una mujer que se ha confrontado toda su vida con su ser y la crudeza con que el mundo la ha tratado, amante de la Virgen María y los animales, ejemplo de esa resistencia inevitable y natural que somos todos. Tenemos la esperanza viva de ver estas películas en las carteleras de los cines en Colombia.

El FICCI en su edición 57 nos dejó un buen sabor de boca, una buena sensación en el cuerpo y las ganas de muchos pasos. Sus películas han contado ese cuerpo que es la frontera íntima de cada ser. El cine colombiano está vivo, y el del mundo, aunque escondido, recuperable.

A Ernesto lo mataron los paramilitares, pero lo han asesinado principalmente el silencio y el olvido; muchos años han pasado ya, la falta de memoria o la amnesia obligatoria cumplieron su labor de olvido. Atrás han quedado las historias que por miedo no se atrevieron si quiera a escapar de los labios para ser contadas. Atrás parece haber quedado ese Oriente antioqueño que se convirtió en un mar de rebeldía e inundó las calles con la voz de indignación que las comunidades levantaban, para denunciar los atropellos que en la región se cometían en nombre del desarrollo. Ernesto Ríos Arias fue otro más de esta generación de profesionales e intelectuales que se ubicó del lado del sentir de los sectores populares, que supo poner sus ideas al servicio de los más necesitados. Al lado de líderes como Ramón Emilio Arcila y Julián Conrado aportó a la organización y construcción del Movimiento Cívico del Oriente Antioqueño durante la década los 80 y principios de los 90.

Ernesto, oriundo del municipio de La Unión (Antioquia), tuvo el privilegio para su tiempo de asistir a una universidad, fue de los primeros profesionales en su municipio, abogado penalista de la Universidad de Antioquia formado bajo la influencia marxista de los años 70, en el contexto estudiantil de las universidades públicas. Desde muy joven se le conoció en su pueblo como líder vinculado a las luchas juveniles por el deporte y la cultura.

Hacia el año 1982 se agudizó en la región la problemática que se venía presentando con la Electrificadora de Antioquia, empresa prestadora del servicio de la energía eléctrica, que compraba energía a EPM para revender en la región a costos exorbitantes –aun cuando la región era productora del 36% de la energía nacional gracias al complejo hidroeléctrico asentado en su territorio–. Habitantes de municipios como San Carlos y Marinilla venían manifestando su inconformidad y llevando a cabo movilizaciones locales frente a esta situación (esto se sumó a los reiterados paros locales que se presentaron en el Oriente hacia finales de los 70); también el municipio de La Unión empezaba a hacerle frente a ésta problemática y Ernesto, con su vocación de líder y la legitimidad de que gozaba en la comunidad, empezó a perfilarse como el gran líder del municipio pero también con grandes proyecciones como dirigente regional. Fue de los representantes de la Junta Cívica de La Unión en la Coordinadora Cívica Regional.

Ernesto fue uno más de los dirigentes que lideró los famosos paros cívicos regionales, protestas que paralizaron por completo al Oriente antioqueño, y que incluyeron dos paros en el año 1982 y uno en 1984, a los que se refirió el gobernador Villegas Moreno como “un paro subversivo programado por doce anarquistas”. Además integró la comisión que representó a las comunidades en la negociación con la Gobernación de Antioquia, EPM y la Electrificadora de Antioquia. Debido a esta labor, en el marco del segundo paro cívico en el municipio de La Unión, horas antes de que se llevara a cabo la manifestación programada, Ernesto en compañía de otro líder fue apresado por la policía como una forma de contener la manifestación popular, lo que desembocó en una protesta local que adelantó el paro unas horas antes de lo planeado, para exigir la liberación inmediata de líder, quien de hecho había alentado y descrito la jornada como “la gente unida, los sectores políticos, comerciales, estudiantes, amas de casa, todos en el paro hasta que no soltaran el último detenido”.

Hizo parte de todo ese proceso de maduración del Movimiento Cívico que Ramón Emilio Arcila denominó “de la protesta a la propuesta”, haciendo mención a ese tránsito que las comunidades organizadas del Oriente antioqueño habían tenido al pasar de las movilizaciones y los paros a una propuesta política para la región, que disputara el poder a los viejos gamonales y caciques del bipartismo, como una forma de ampliar la democracia y propiciar la participación real de los sectores populares. Al respecto Ramón Emilio Arcila y el mismo Ernesto Ríos Arias, llegaron a comentar que la organización social del Oriente antioqueño era un auténtico germen de poder popular, gracias al empoderamiento real de las comunidades.

También Ernesto con su conocimiento jurídico, vio con buenos ojos la reforma estatal que permitió la elección popular de alcaldes a finales de los 80, pues allí el Movimiento Cívico vio la posibilidad de hacerse al poder en las localidades para trabajar en beneficio de las comunidades; por ello desde el primer momento encabezó la lista al concejo del municipio de La Unión por el Movimiento Cívico, y logró ser concejal durante dos períodos con basta votación. También llegó a ser presidente del concejo.

Para ese momento el apoyo popular con el que contaba el Movimiento Cívico en la región y su apuesta político-electoral, le había costado fuertes persecuciones y asesinatos. En el año 83 fue asesinado Julián Conrado en San Carlos, un médico líder en la localidad. También se inició un exterminio sistemático del Movimiento de Acción Sancarlitana que era la expresión del Movimiento Cívico local en San Carlos, y en el 89 fue asesinado el máximo referente del Movimiento Cívico, Ramón Emilio Arcila, cuando era candidato (prácticamente electo) a la alcaldía de Marinilla.
En el municipio de La Unión el liderazgo de Ernesto ya era reconocido, logró proyectos importantes como lo es la primera política pública deportiva del municipio, documento que él mismo construyó; también junto al Movimiento Cívico se había logrado un gran avance urbanístico gracias a la autoconstrucción de vivienda que promovieron, donde a través de la organización popular se construyeron dos barrios. Otro aporte importante de Ernesto Ríos, fue su participación dentro de la recién fundada Alianza Democrática M-19, expresión partidista que había nacido de la negociación entre el M-19 y el Gobierno Nacional; Ernesto fue candidato a la cámara de representantes por ésta agrupación política, y logró jalonar por lo menos 6.000 votos encausando el caudal electoral del Movimiento Cívico en la región.

El 3 de mayo de 1995 Ernesto fue asesinado en la ciudad de Medellín mientras departía en su oficina cerca al centro de la ciudad. Su asesinato se dio en el contexto de la incursión de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, ACCU, grupo paramilitar que ingresó al Oriente antioqueño financiado por ricos, narcotraficantes y políticos tradicionales de la región, y con el apoyo de la policía y el ejército. Incluso, como en el caso de San Carlos, se ha señalado a la fuerza pública de hacer “listas negras” donde anotaba las personas a asesinar.

El asesinato de Ernesto, según Justicia y Paz, se le atribuye al Bloque Metro (estructura ligada a las ACCU). Respecto a la incursión paramilitar en ésta zona del altiplano, el mismo Carlos Castaño llegó a decir que se debía a que en éste lugar estaba asentada “la verdadera oligarquía antioqueña y colombiana” con sus fincas de recreo y veranero, lo que hace creer que hubo fuertes intereses desde sectores tradicionales de poder en la región y el departamento, que tenían en sus planes “descabezar” completamente el movimiento social en la región por los avances significativos que había tenido, y el peligro en que ponían su poder político tradicional.

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del imperialismo. Su espectro emerge de entre todos los conceptos que el capitalismo y sus ideólogos enterraron entre 1989 y 1991, brota de las cenizas que dejó el mito del fin de la historia. Entre esos muertos, que siempre gozaron de buena salud, estaban el capitalismo (que pasó a llamarse economía de mercado, sociedad abierta o democracia), las clases y la lucha de clases (reemplazadas por ciudadanía y sociedad civil), la igualdad (sustituida por equidad), la explotación (en su lugar se habla de esfuerzo individual, de exitosos y fracasados), la clase obrera y el proletariado (bautizados como emprendedores, o miembros de la clase media). Con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética se anunció con gran triunfalismo que entrabamos al fin de la historia y con ella terminaban las pesadillas del capitalismo, que se expresaban en los conceptos antes evocados. El culto al acabose llevó a proclamar que el imperialismo ya no existía, si era que alguna vez había existido.

En su lugar se anunció un nuevo orden mundial de dicha y prosperidad –que se inauguró con la primera guerra del golfo (1990-1991) –, al cual se le agregó el remoquete de globalización, para denotar que el fin de la historia era mundial. En ese nuevo orden de la globalización desaparecían las relaciones de dominación y sometimiento que caracterizan el capitalismo en su expansión mundial desde el siglo XVI, con la conquista sangrienta de América. Y se abría una época en que imperaban las relaciones de fraternidad entre los países, los cuales se beneficiarían de los frutos benéficos de la globalización. Esta fue presentada como una nueva ley de la gravedad social, irreversible e incuestionable, frente a la cual nada se podía hacer. Como lo dijo uno de sus ideólogos más famosos, el novelista Mario Vargas Llosa, oponerse a la globalización es como ladrarle a la luna.

En estas condiciones, el término imperialismo, forjado en las luchas políticas y anticapitalistas desde finales del siglo XIX, desapareció del léxico político y dejó de ser un instrumento analítico de la economía y de las ciencias sociales, incluso en importantes círculos de la izquierda, que fueron cautivados por la vulgata de la globalización.

Desde los Estados Unidos, los círculos empresariales del gran capital, así como los políticos imperialistas, se encargaron de imponer la idea de la globalización, que fue difundiéndose en la mentalidad de la gente del mundo entero, como si en verdad fuera una realidad incuestionable. Así, la globalización entró a formar parte en un lapso de menos de treinta años, de un nuevo sentido común, asumido en general sin ninguna perspectiva crítica. Eso fue reforzado por la propaganda que repite en forma incansable que los productos microelectrónicos que hoy son fetichizados hasta el cansancio (como el celular y sus derivados) son la máxima expresión de la globalización.

Un aspecto central de la vulgata de la globalización es esconder la dura realidad de las relaciones internacionales, en la cual impera la opresión, la explotación, la desigualdad, el saqueo, la guerra que libran los grandes poderes del mundo (hegemonizados por los Estados Unidos) contra los países periféricos, con la finalidad de apropiarse de las riquezas naturales y de la fuerza de trabajo, barata y abundante, que permita asegurar el funcionamiento del capitalismo en los países del centro.

Con mucho éxito, ocasionado en gran medida por la derrota de los proyectos anticapitalistas a nivel mundial y por la crisis ideológica que eso conllevó, los imperialistas se presentaron a sí mismos como la encarnación de la globalización, vale decir, como los portavoces del progreso y la prosperidad de los pueblos de la tierra. Y lograron que muy pocos catalogaran el nuevo desorden mundial como un sistema imperialista, el que fue impuesto a “rajatabla” desde Washington a nombre del “libre comercio”, con la aquiescencia de las clases dominantes de cada país. Con ello se eliminaron las restricciones para la libre movilidad del capital por el orbe entero, se abrieron los países para que las empresas transnacionales los explotaran a sus anchas y saquearan sus bienes comunes de tipo natural, se generalizaron las peores condiciones para los trabajadores, con una renovada explotación y pérdida de derechos. A los reacios a la globalización se les bombardeó, ocupó y masacró (como lo demuestra Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia…), pero eso no fue visto como una acción imperialista, sino como parte de “guerras justas” y “guerras humanitarias”.

Pero, como todo se acaba, la ideología del libre comercio empezó a ser cuestionada en los últimos años por fracciones del propio capitalismo, que plantean un retorno a la política clásica del imperialismo. Su máxima expresión se encuentra encarnada en el actual gobierno de los Estados Unidos, del multimillonario Donald Trump. Este es un personaje antiglobalización desde la derecha, que desde sus primeras acciones en el gobierno liquidó de un plumazo el acuerdo comercial del Pacífico y lo más seguro es que elimine el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) con Europa. Así mismo, ha manifestado que va a renegociar el tratado de libre Comercio de América del Norte, con México, y ha dicho que va a terminar la construcción del Muro en la frontera que separa a los dos países y no ha disimulado su odio a los migrantes y extranjeros.

A raíz de estos hechos, los globalizadores –como Barack Obama, Hilary Clinton y sus admiradores– que han librado guerras, masacrado miles de personas, impulsado el saqueo de continentes enteros, expulsado millones de migrantes… ahora se rasgan las vestiduras y alertan por el peligro que se cierne sobre la humanidad por el fin de la globalización, la que aseguraban hasta no hace mucho tiempo era irreversible, diciendo, con poca imaginación, que al frente de los Estados Unidos se encuentra un loco, un desquiciado, al que debe derrocarse para que la globalización siga su curso. Tan pobre argumentación indica que la estupidez también se globalizó e impide analizar las contradicciones del capitalismo, sin explicarlas, como si fueran producto de la libre voluntad de los individuos y no representaran intereses de clase.

El efecto positivo del cambio político de los Estados Unidos radica en que ha hecho emerger desde las profundidades de ultratumba, el espectro del imperialismo. Este en realidad nunca desapareció, simplemente se le ocultó y se le intentó embellecer con el manto de la globalización. De la misma forma que la crisis de 2007 hizo reaparecer al capitalismo como apelativo del sistema actual, los sucesos del 2016 han hecho renacer al imperialismo, a pesar de las lágrimas de cocodrilo de los apologistas de la globalización. El imperialismo está de vuelta y eso debe considerarse como una oportunidad para los luchadores anticapitalistas del mundo, que ahora deben rescatar y actualizar una categoría que tanta utilidad tiene para entender y enfrentar el imperio del capital.

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