Homenajes |#475577

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Los campesinos residentes en el corregimiento de San José de Apartadó formaron la Comunidad de Paz (CdP) en 1997, después de una ola de violencia paramilitar. “Yo tenía 17 años y un bebé de brazos, cuando bajó el ejército dándonos ocho días para desocupar La Unión”, cuenta Angela*, y agrega que “venían los paramilitares atrás ellos llegaron en la tarde con la misma orden ya habían pasado por La Esperanza, El Porvenir, Las Nieves, y en esto mucha gente se fue de la región para Bogotá, Medellín, o el mismo Apartadó. Los que nos quedamos en San José firmamos la declaración de la Comunidad de Paz el 23 de marzo en el casco urbano”.

Luego de ver un vídeo realizado por Oxfam sobre los primeros momentos, Beatriz se ríe y dice mirando hacia abajo, a sus botas pantaneras, “éramos tan jóvenes, tenía apenas 15 años, y tan animados... empezamos esta comunidad miles de personas, y tantos han sido asesinados, desplazados o desaparecidos. Es difícil mirar esos vídeos a veces, y pensar en todos los que hemos perdido en esta lucha, pero también nos recuerda de dónde venimos. Al principio hicimos todo juntos. Todo tuvimos reuniones dos veces al día, y contamos gente, supimos siempre dónde estábamos. Es increíble pensar todo lo que hemos logrado”.

Hoy día la CdP está conformada por familias campesinas de múltiples veredas. Vallas de madera, pintadas a mano, anuncian los principios no violentos de la CdP y demarcan sus territorios protegidos, salpicados adentro del bosque tropical de la Serranía de Abibe, entre los departamentos de Antioquia y Córdoba. Es una región de selva densa, un pulmón al lado de los monocultivos de banano por los cuales la región es reconocida. En estos cerros al lado del mar crece la cordillera Occidental de los Andes y es un territorio como muchos que han sido escenario del conflicto armado, rico en flora, fauna, agua, y minerales naturales. Además de esta abundancia, las veredas de la CdP se encuentran en un corredor estratégico que permite sacar estos recursos de Colombia por tierra, o por cualquiera de los dos mares: el golfo de Urabá o el Pacífico.

Los habitantes de la zona están acostumbrados a los ciclos de vida abundantes de su entorno: plantas, animales e insectos batallan en crecimientos furiosos por espacio en el ecosistema. Los elementos naturales son potentes: después de una tarde lluviosa, las quebradas son tan fuertes que prohíben el paso entre veredas, y en el sol del mediodía, los trabajadores buscan sombra mientras podan el cacao. Los senderos de esas montañas no permiten los carros, y solo campesinos a pie y bestias de carga transitan los espacios naturales. Hasta las emergencias cotidianas, como una picadura de culebra, por ejemplo, requieren organización y solidaridad de todos, entendiendo que la manera más rápida de sacar a alguien herido de la zona es en una hamaca colgada de un palo, cruzando la serranía a paso corrido. Aun así, con todos los riesgos inherentes del lugar, cualquier integrante de la CdP dice fácilmente que lo más peligroso de su entorno son los hombres armados, pues como su historia lo muestra, la CdP ha sufrido diversas situaciones a manos de los diferentes ejércitos de la zona, tanto legales como ilegales.

Sus casas, aguas y comidas han sido fumigadas con glifosato; sus animales, igual que ellos han pisado minas antipersonales; hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas han sido masacrados, desplazados y violados, así que conocen de manera personal los efectos psicológicos, emocionales y ambientales de los bombardeos, combates y tiroteos. Entienden que su territorio es el tesoro, y al precio de sus vidas han defendido su derecho a trabajarlo, y a vivir de forma digna como campesinos y campesinas que cuidan la tierra y viven de ella. “La presencia de esta CdP sigue totalmente vigente”, dice Sofía, una mujer fuerte y solidaria que sigue analizando la necesidad de su proceso. “El conflicto por esas tierras no se ha acabado y tampoco la amenaza armada por la misma presencia paramilitar, entonces la CdP sigue apoyando a la gente para que puedan trabajar sin tener que desplazarse. La pelea sigue siendo para el territorio y la tierra, y esa CdP ha servido y todavía sirve mucho por acá, no solo a los miembros, sino a todos los campesinos de la zona”, puntualiza.

El proceso ha sido afectado por el conflicto, y el mismo conflicto ha inspirado soluciones creativas a las situaciones macabras vividas por la gente integrada en este proceso. El bloqueo de comida por parte de los paramilitares, por ejemplo, forzó a la comunidad a pensar en su propia soberanía alimentaria, y de esta necesidad nació el centro agrícola comunitario. Grupos de trabajo fueron formados en respuesta de altos asesinatos y poca seguridad por los senderos. “Al principio había mucha formación en las veredas, como los evangélicos hablando la biblia hoy en día, pero la CdP hablando de la comunidad y de por qué era necesaria, enseñando sobre las razones del desplazamiento, explicando cómo trabajar en grupo para cultivar toda nuestra propia comida, apoyándonos entre todos a trabajar las fincas de todos y repartir cosechas de frijoles, yuca, arroz, maíz, y comida para toda la gente. Nos apoyamos con todos nuestros tajos, trabajando en grupos”.

La educación alternativa y popular nació porque las enseñanzas del Estado no incluían la sabiduría tradicional necesaria para la vida en el campo, ni la solidaridad para la convivencia como la CdP lo imaginaba. “Mira –dice Sofía–, la oportunidad para los jóvenes de haber crecido en la CdP les brindó una seguridad que nuestras generaciones previas no tenían”. Así mismo, todos los hijos de Ángela crecieron en la CdP, y ella cree que eso les brindó algo importante: “Mis hijos participaron en comités de los niños y todos los procesos de formación de la comunidad que trabajaban la solidaridad y los principios, y también tuvieron formación en la Universidad Campesina”.

“Sigue siendo necesaria hoy también la CdP porque por ejemplo con el proceso de paz el cambio que viene ya que no están ellos (Las FARC-EP) ni se sabe, porque los paramilitares siguen aquí y no veo nada bueno ahí –dice Angela–. También está la cuestión de la minería. La CdP no quiere que la carretera pase por su territorio, y hasta ahora no puede pasar, pero hay carbón y petróleo. Entonces, explotando esto, se puede dañar mucho el territorio, y la CdP está ahí pendiente de esto”.

Las celebraciones son necesarias para esta comunidad, dice Beatriz, “para darnos fuerza a seguir luchando por nuestras vidas y nuestra comunidad”. A Sofía no le gusta bailar, pero siempre está presente en las celebraciones porque respeta su importancia para todos: “Para decirlo, sin este proceso de la CdP por estos 20 años, no estaríamos nosotros en esas tierras. Quién sabe dónde estaríamos, pero aquí no, es por medio de la comunidad que seguimos acá. Todo lo que hicimos y todo lo que sigue haciendo la CdP me parece muy interesante. Sin este proceso, las cosas serían a otro precio”. La CdP ya se está preparando para conmemorar su resistencia, y si es como en años anteriores, el toque del equipo de sonido será vallenato a todo volumen, para bailar bajo las estrellas hasta amanecer en la celebración de este fuerte proceso, y de esas frágiles y sagradas vidas.

*Todos los nombres de las mujeres citadas en este artículo están cambiados por petición de las entrevistadas.

Last modified on Miércoles, 29 Marzo 2017 16:34
Miércoles, 22 Febrero 2017 00:00

Teresa Ramírez: junto a los empobrecidos

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Arribamos a Cristales un poco antes de las 8 de la mañana, hora en la que empezaría la reunión. Para diciembre de 1987, a más de cincuenta años de fundado, este caserío tenía sus calles sin pavimentar. En el pueblo todo parecía darnos la bienvenida, desde las vetustas casas, ya decoradas para navidad, hasta la amabilidad de su gente que se presentaba acogedora, sobre todo por la presencia del padre Jaime, muy querido por los pobladores de allí.

En medio del parque, un lugar que aunque pequeño es el más grande de Cristales, estaba parada una mujer sonriente, de pantalón azul y camisa blanca. Se saludó con Jaime y se presentó: Teresa Ramírez, dijo ella, con gran cortesía y jovialidad, nos dio la bienvenida y nos invitó a pasar.

Caminábamos hacia la casa cural, cuando una señora de la comunidad interrumpió: – ¡Hermana Tere! –. De inmediato esta se regresó para abrazarla y hablar con ella. No pude ocultar mi asombro, pues no era común por allí escuchar tratar de hermana a una mujer, a menos que fuera para llamar a una monja, y entonces es cuando Jaime me contó que ella, Teresita, era una religiosa que había renunciado al hábito, para sentirse igual a las personas del pueblo.

Teresa Ramírez, mujer de extracción campesina, nació en 1947. Tomó la decisión de hacerse religiosa a los diecisiete años con las hermanas de la Compañía de María. Su espíritu humilde y su cálida sonrisa hicieron que la gente más sencilla la considerara como su hermana y compañera. El padre Javier Giraldo la define como una mujer que “con entereza y capacidad de sacrificio afrontaba gozosamente las dificultades, incle­mencias y circunstancias adversas de tiempos y lugares. Eran proverbiales su sencillez y solidaridad con los más pobres, su capacidad para escoger el último lugar, para aceptar la postergación y el pasar inadvertida”.

Sin olvidar su origen, se dedicó al trabajo con los más empobrecidos, convirtiéndose en uno más de ellos. Fue enviada a comunidades marginales como el barrio de invasión El Bosque, de la ciudad de Barranquilla, y el Doce de Octubre, de la ciudad de Medellín.

A Cristales llegó el 5 de agosto de 1987. Este corregimiento del municipio de San Roque, es uno de los caseríos más pobres de Colombia y está ubicado en una cuchilla de la cordillera central en la región del Nus, en el nororiente antioqueño.

En las décadas de los setenta y los ochenta, esta era una de las regiones que abastecía a Medellín de panela; sus extensos cultivos de caña conformaban grandes haciendas paneleras que contrataban trabajadores y les pagaban un jornal que apenas les daba para llevarle un escaso bocado de comida a sus familias, casi siempre numerosas. Las largas jornadas laborales se extendían hasta por veinte horas diarias, de cuatro o cinco de la mañana a doce o una de la madrugada siguiente. La labor de exprimir el dulce a la caña se hacía amarga desde la plantación hasta el empaque de la última libra.

Para entonces, el dueño de la hacienda no corría ningún riesgo. Les entregaba a algunos campesinos estancias de caña para que las cultivaran a las dos quintas, que significa que de cada cinco arrobas de panela que quedan después de sacar los costos de acarreo y molienda, dos son para el hacendado y tres para el estanciero o cosechero, en una operación matemática injusta puesto que el estanciero realizaba mayor trabajo.

Pero la región también estaba compuesta por algunas pequeñas áreas de minifundistas que cultivaban café, a quienes solo les quedaba un sabor amargo y grandes pérdidas tras vender su cosecha a los bajos precios manejados por las políticas económicas internacionales y por la Federación de Cafeteros.

Por estas razones, Teresa, en su digna condición de mujer, asumió las tareas que desde hacía algunos años desarrollaban en la región algunos sacerdotes y laicos como Bernardo López, Jaime Restrepo y otros, y lideró tareas de concienciación sobre el hecho de que su realidad dolorosa no era voluntad de Dios, sino del sistema social y político imperante. Teresa participó además en la organización y lucha política de la región, y no se amilanó cuando el padre Jaime fue asesinado; por el contrario, la certeza de la muerte y la inminente necesidad de la lucha por la vida, le infundió mayor fuerza y radicalidad en su amor y deseo de un mundo justo.

En mayo de 1988 los campesinos del Nordeste organizaron una movilización, para pedir acueductos, electrificación y otras justas reivindicaciones, además para protestar por el crimen cometido contra Jaime Restrepo. Teresa se vinculó decididamente en la planificación y organización de la jornada de protesta y con su reconocida pulcritud le imprimió vitalidad a la lucha, en la que a pesar de ello no mostró ningún afán de protagonismo individual y procuró siempre construir un liderazgo colectivo.

Teresa, que tenía una sonrisa casi permanente, endureció su rostro frente a los militares de la brigada catorce y a los policías de los Grupos Operativos Especiales de Seguridad – GOES, en defensa del derecho a la movilización de los campesinos, y para pedir la inmediata libertad de los detenidos durante el desarrollo de la represión a la marcha.

Teresa asumió en todo su esplendor el papel que le correspondió como mujer del pueblo. Más que una religiosa del montón fue mujer luz y sal para los excluidos, puso el pecho ante las balas y le sonrió con toda la dignidad a los sicarios, a los que se prestó también a servir cuando, presumiblemente, le pidieron que tomara los datos para una partida de bautismo, obligándola a dar la espalda y así no tener que encarar su feminal sonrisa.

Y dejó un poema en el tablero donde dictó su última clase de español, en una fiel promesa que segundos después cumpliría: “La emoción por la patria: // banderita de Colombia, //mi banderita querida, //porque no te rindas, // ¡yo daré hasta la vida!”.

Last modified on Miércoles, 22 Febrero 2017 20:21

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